Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 15 de agosto de 2014

Leonid Alexandrovich Uspenski: El teólogo del ícono

Ramón Jimeno Sánchez



Leonid Uspenski nació en Golosnovka, una pequeña aldea a unos 400 km al sur de Moscú, en la Rusia zarista de 1902. Su familia estaba formada por su padre –un pequeño terrateniente-, su madre y dos hermanas menores [1]. Su infancia y adolescencia transcurrieron entre el internado de la escuela de la ciudad de Zadonsk y las labores agrícolas familiares.

Desde joven, Leonid se involucró en los movimientos políticos que irrumpían en el país: predicador del ateísmo (¡e incluso profanador de íconos!), a los dieciséis años se alistó en el Ejército Rojo y participó en la guerra civil contra el Ejército Blanco. En un sorprendente paralelismo biográfico con Dostoievski, Uspenski también fue condenado a muerte y también vio conmutada su pena cuando se encontraba ya frente al pelotón de fusilamiento, quedando obligado a trabajar en condiciones penosas para el Ejército Blanco [2]. Con este ejército se replegaría hasta Sebastopol, para comenzar desde allí su evacuación, a Turquía primero y a Bulgaria después. De las atrocidades de la guerra y de su experiencia en el ejército enemigo –recuerda Lydia Uspenski, con quien Leonid se casó en 1942- “aprendió el valor del silencio, permaneciendo durante toda su vida moderado en su discurso e intolerante hacia el asesinato de cualquier ser humano”.

El exilio le seguiría deparando duras pruebas: los trabajos en una salina, en el campo, en una cantera o en una mina, tan mal remunerados que llegaría incluso a “perder temporalmente la vista debido a su malnutrición”. De Bulgaria se trasladaría en 1926 a Creusot (Francia), donde un grave accidente en una fundición le obligó a indemnizar al empresario “por incumplimiento de contrato”. Desde allí pasó a la capital, donde se colocó en una fábrica de bicicletas.

El encuentro de Uspenski con la pintura tuvo lugar en París, en una academia de arte donde desarrollaría su pasión por la copia de motivos florales. Su toma de contacto con el ícono se debió a que, al escuchar la precipitada opinión de que el ícono era un estilo artístico fácil, se propuso “hacer” uno. Cuando lo terminó, destruyó la tabla, por considerar su obra algo inapropiado. Sin embargo, a raíz de aquella experiencia se despertó en Leonid un creciente interés por el ícono, que acabó acercándolo a la Iglesia y devolviéndolo a la fe, marcando un punto de inflexión en su actividad. En efecto, pronto abandonará Uspenski la pintura profana para consagrarse al estudio y creación de íconos, con Georgui I. Krug (después monje ortodoxo –Gregori-, otro gran iconógrafo del siglo XX) como compañero de viaje. La precariedad económica le impidió costearse unas clases de iconografía, que sustituyó por el concienzudo estudio de los antiguos íconos que encontró en París: siempre repetiría que ellos habían sido “sus auténticos maestros”.

En 1930 Leonid Uspenski se incorpora a la Hermandad de San Focio, fundada en 1925 y de la que formaban parte especialistas tan relevantes como los hermanos Kovalevski (Maxim, músico litúrgico, y Evagrio, canonista y futuro arzobispo Juan), Vsevolod Palashkovski (liturgista), el mismo Krug (iconógrafo) y el también mencionado Vladimir Losski. De este grupo surgió en el año 1944 una facultad de Teología ortodoxa con vocación occidental y cuyo rector sería Losski: el Instituto de San Dionisio, distinto del ya existente Instituto de San Sergio, más centrado en aspectos rusos de la ortodoxia, pero dependiente del Patriarcado ecuménico de Constantinopla desde 1931. No hay que olvidar que Francia se constituye durante la época soviética en el principal foro de desarrollo y encuentro de la ortodoxia, pero también de desencuentro y ruptura en su interior.

Uspenski compaginó con éxito una triple actividad: iconógrafo-restaurador, docente y teólogo, autor de múltiples publicaciones cuya cumbre es esta Teología del ícono. De su amplia producción artística sólo indicaremos su obra maestra: los frescos de la iglesia de los Tres Santos Doctores en París (sede del Patriarcado de Moscú en Francia) [3]. Y una revelación póstuma: “Al final de su vida, Uspenski me confesó que en realidad él era escultor, no pintor” [4].

Año tras año impartió sus cursos de iconografía, dejando un espectacular elenco de discípulos esparcidos por el mundo, entre los que destaca el egipcio Isaac Fanous (1919-2007), renovador de la iconografía copta [5]. Los alumnos de Uspenski coinciden en subrayar su coherencia, su sobriedad y su particular método de enseñanza en el taller:

“Leonid hablaba poco… Pero cuando decía algo, solía llegar al corazón del problema. El ambiente en el taller era muy tranquilo, de interioridad… Uspenski no sólo enseñaba una técnica: transmitía la tradición de la Iglesia… sobre todo con su vida… ¿No nos insistía siempre en las reuniones en que había que aprender a desprenderse del resultado? ¿Qué la proyección de la belleza era un don de Dios que opera en nosotros por el Espíritu Santo? ¿Qué el primer objetivo de la iconografía no era producir un icono, sino la santificación del propio iconógrafo? El acento se pone en el camino que debe recorrer cada persona para que el Espíritu pueda un día actuar a través de ellas” [6].

“Una de sus principales cualidades era una humildad auténtica… muy natural. Era tímido, casi abrupto. No sólo enseñaba a los demás a pintar, a manejar el pincel, sino también a ver. Enseñaba el discernimiento que él mismo poseía. A sus alumnos les decía: ‘Busca esa línea, ¡busca!; esta no es buen, ¡busca, busca!’. Estamos ante una filosofía de la pintura: decía ‘busca’ porque jamás admitió un calco, exigía que cada uno dibujara con libertad: se mira el modelo y se dibuja lo que se ve. Su enseñanza estaba fundada en la libertad” [7].

“No dejaba de repetir que el ícono no es una cuestión de estilo, es un lenguaje, conforme –o no- a los dogmas de la Iglesia, que expresa –o no- la doctrina de la santificación. Para ellos (Uspenski y Losski), la teología no podía ser una repetición de fórmulas. La repetición automática era para ellos una herejía. Por eso Uspenski se oponía firmemente a la idea de la copia en la iconografía. Definía el ícono no como un estilo, sino como un canon. Es un canon, o sea, una norma interior que debe aceptarse de modo vivo. Y esto sólo puede hacerse a través del Espíritu Santo” [8].

En 1948, Uspenski publicó un folleto explicando algunos asuntos básicos sobre el ícono, que fue traducido al griego por mediación del célebre iconógrafo Photios Kontoglou [9]. Su primer ensayo de relevancia, El sentido de los iconos [10], de 1952, lo escribió en colaboración con Vladimir Losski, quien prestaba especial atención a la cuestión del “Filioque”, origen –según él- del distanciamiento con el catolicismo. El encargo para una publicación alemana sobre el simbolismo de las religiones, sus cursos de iconografía y la redacción de múltiples artículos se encuentran en el origen de la primera parte de esta obra, publicada como Ensayo sobre la teología del ícono por la editorial del Exarcado Patriarcal ruso en Europa occidental en 1960. Precisamente en esta editorial quería publicar Uspenski la obra final, pero se cruzó en su camino Jean René Bouchet, provincial de la orden de los dominicos franceses y uno de sus mejores amigos. “Jean René le dijo: ‘¡Tienes que publicar tu libro en nuestra editorial!’. Y Leonid respondió: ‘No, no, no es tu fe!’ Y el padre Jean René respondió: ‘¡Sí, esta es exactamente mi fe!’” [11]. Así fue como la primera edición completa de La teología del ícono en la Iglesia ortodoxa apareció en 1980 en Les Éditions du Cerf, casa impulsada por los dominicos y editora de las principales obras de la emigración rusa desde los años treinta.

Uspenski era una persona de pocas palabras y muy laboriosa. “Su capacidad de trabajo era enorme –recuerda Lydia Uspenski-. Su jornada laboral duraba habitualmente de trece a catorce horas, en las que pasaba de la iconografía a la talla de madera y a la restauración… dejando las tardes y festivos para escribir artículos y libros… Escribía despacio, con dificultad y mucho esfuerzo.”

Pocas fueron las invitaciones que aceptó para impartir cursos o clases magistrales fuera de París, pero con gran ilusión volvió en repetidas ocasiones a Rusia después de que, en 1946, el matrimonio Uspenski consiguiera ver restituida su ciudadanía. Esos viajes también los dedicó al estudio del icono. Su profunda y firme ortodoxia, acompañada del conocimiento que poseía de Occidente, hacen extraordinariamente valiosas todas sus comparaciones, observaciones y reflexiones.

Leonid Uspenski falleció la noche del 11 al 12 de diciembre de 1987 en París. Su amigo Jean René, cansado tras regresar de un largo viaje a Suecia, quiso ir directamente desde el aeropuerto a rezar ante el cuerpo presente de Uspenski y hacer compañía a la familia y a los amigos íntimos. Pero no duraría mucho la separación: esa misma noche, poco después de regresar a su celda en el convento de Santo Domingo, se reunión con Leonid. Muchos de sus amigos comunes, al salir de la liturgia en memoria de Uspenski, se congregaron en la habitación del convento para rezar una panijida (responso) por el dominico. “Antes de morir –escribe su esposa-, Leonid dijo que todavía no había conseguido decir lo que era para él lo más importante.”

Extracto de la introducción escrita por
Ramón Jimeno Sánchez al libro de
Leonid Uspensky,
Teología del Icono,
Ed. Sígueme, Salamanca 2013.
Pp. 18-22.


Notas:

[1] Los datos biográficos han sido extraídos principalmente de la breve biografía elaborada por Lydia Alexándrevna Uspenski, esposa de nuestro autor, recogida en P. Doolan, Recovering the Icon. The Life and Work of Leonid Ouspnsky, St. Vladimir’s Seminary Press, New York 2008.

[2] El dramatismo de la pena de muerte es una constante en la literatura rusa del siglo XIX. A Dostoievski le perseguirá durante toda su vida el recuerdo de haber estado condenado a muerte y lo vinculó con Jesucristo (cf. El idiota, Alianza, Madrid 2009, 40-41). Sobre la autohumillación de Cristo en la literatura rusa del siglo XIX, cf. N. Gorodtski, El Cristo humillado. Ensayo desde la literatura y el pensamiento rusos, Sígueme, Salamanca 2010.

[3] Cf. un estudio en inglés, francés y ruso, con cuidadas imágenes de estos frescos, algunas lecciones de Uspenski y comentarios de la liturgia de las fiestas en Théologie en couleurs. Les fresques des fêtes en la Cathédrale des Trois Saints Hiérarques à Paris, Cerf, Paris 2007.

[4] N. Losski, Compte-rendu de la soirée, en Dossier Léonide Ouspensky, 9, al comentar el volumen (la tridimensionalidad) de la escultura de la cruz sobre la tumba de su abuelo, Nicolás O. Losski.

[5] Nicolás Ozoline, en ibid., 6.

[6] B. Frinking, Quelques souvenirs de Léonide Ouspensky par un de ses élèves, en ibid., 13-14.

[7] N. Ozoline, Compte-rendu de la soirée, en ibid., 6-7.

[8] Grégoire Aslanoff, historiador del arte e iconógrafo, en ibid., 7-8.

[9] L. Uspenski, L’ icone. Vision du monde spirituel, Parfos, Paris 1948.

[10] L. Uspenski – V. Losski, The Meaning of Icons, St. Vladimir’s Seminary Press, New York 1999.

[11] N. Losski, Compte-rendu de la soirée, en Dossier Léonide Ouspensky, Théologíen de l’ icône, 8.


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