Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 1 de agosto de 2014

Lev Gillet, un gran teólogo

Olivier Clement





“No sé y no quiero hablar como teólogo (lo cual no soy)”, escribía el “Monje de la Iglesia de Oriente” al inicio de un artículo en el cual exponía el núcleo más audaz de su pensamiento. Y agregaba: “Someto todo lo que sigue al juicio de la Iglesia. Aquí seré sólo un sacerdote que quisiera ayudar, en sus pobres límites, a algunas de las innumerables almas abatidas y oprimidas” [1]. Hablar así define la humildad del verdadero teólogo. ¿Qué sería, en efecto, una teología que, incluso en su novedad, no se insertase en la tradición de la Iglesia y no tuviese por objetivo la salvación de las almas?

Para evocar este pensamiento, hecho fecundo por la oración y por la compasión, examinaré a continuación sus principales fundamentos y luego sus temas esenciales.


Los fundamentos del pensamiento de Lev Gillet

El pensamiento de Gillet se sitúa en la tradición litúrgica y sacramental de la Iglesia indivisa; puede ser definido al mismo tiempo apofático y cristocéntrico; ha privilegiado mucho el acercamiento ruso –que reiteradamente, si bien no muy explícito, permanecerá implícito-; y finalmente supone, con total pudor, algunas de sus experiencias personales.

a) El Padre Lev tenía la certeza que la unidad cristiana existe ya en profundidad, que no es necesario construirla sino más bien descubrirla manifestando “la coincidencia de las tradiciones patrísticas orientales y occidentales”  para “poner a la luz la antigua herencia común”. Esta última se inscribe en los textos litúrgicos de la tradición, que definen toda “una espiritualidad espléndida, eclesial, sin empalagamiento sentimentales” [2].

Es así que el “Monje de la Iglesia de Oriente” ha guardado siempre en su memoria las oraciones de la liturgia latina y ha pedido que fuesen leídas en sus funerales. Ha comentado los textos de los oficios bizantinos en el libro El año de gracia del Señor, insistiendo sobre las lecturas escriturísticas que la himnografía se limita a meditar en una perspectiva homilética y hermenéutica [3]. Junto a los mejores teólogos de la emigración rusa ha insistido luego sobre la eucaristía, “el misterio central, el misterio mismo de la Iglesia en su unidad” [4], subrayando al mismo tiempo que la presencia de Cristo en el Espíritu Santo, supera todo límite institucional. Sobre este fundamento ha desarrollado una eclesiología de comunión, escribiendo que “la pascua del Señor tiene siempre algo de personal, pero no es jamás exclusivamente individual… No puedo separarme de los hermanos de Jesús sin separarme de Jesús” [5].

b) El Padre Lev, desde muy temprano, ha meditado la teología de los padres griegos, celebrando la “alegría pascual” [6] que les anima. Ha sentido resonar en ellos, como en los textos litúrgicos escritos o inspirados por ellos, el carácter casi inmediato, auténticamente original, del anuncio de la resurrección. Ha hecho propias las grandes intuiciones de los teólogos bizantinos, si bien dejando aparte el vocabulario de las “energías”, materia de espesa controversia entre oriente y occidente: Gregorio Pálamas, mal comprendido por los latinos, ha contribuido él mismo, con su violenta polémica, a una cierta cerrazón del pensamiento ortodoxo. Sin embargo, si bien él utiliza el lenguaje tomista de la causalidad, el Padre Lev prefiere el lenguaje patrístico y secretamente palamita de la participación: “He querido hacerles partícipes –hace decir a Cristo- de mi ardor y de mi incandescencia” [7]. Y a esto, en su diálogo con el judaísmo, agregará el lenguaje bíblico de la Shekhinà, lenguaje ya preparado para él por la noción de “Sapienza”, querida por Bulgakov.

Su respeto por el misterio le procuraba horror por las polémicas teológicas, por aquel odium theologicum en lo cual lo otro es siempre reducido a lo peor de sí mismo. Anticipaba así las aproximaciones “estructuralistas”:

Se corre el riesgo de crear monstruos cuando se transporta un concepto a un sistema extraño, extrapolándolo de su contexto, y cuando se traducen y se introducen en algunas categorías intelectuales cosas pensables y expresables sólo en categorías totalmente diversas. [8]

La verdad, en efecto, no es un sistema, es una persona, la persona por excelencia, Cristo –que el Padre Lev prefiere llamar Jesús- interiormente modelado por la “oración monológica”, la llamada “oración de Jesús”. Su pensamiento es por tanto simultáneamente apofático y cristocéntrico, siendo la aproximación apofática, por la vía negativa, el único medio para sondear el misterio de la persona, o mejor de la comunión trinitaria de las personas. Se puede hablar, si se quiere, de “pancristismo”, y esto es esencialmente fiel al dogma de Calcedonia y está abierto a la plenitud trinitaria. El Padre Lev afirma la prioridad de las hipóstasis (personas) sobre la naturaleza divina, profundidad insondable del amor de ellos. Insiste sobre el dinamismo de la aproximación patrística que sustituye el actuar habitado por el amor al ser de una ontología objetiva y estática. Jesús es un rostro de hombre infinitamente hermano: ecce homo, y que se abre sobre la gloria que brota del Padre. Cristo existe únicamente vuelto “hacia el Padre” y nos arrastra consigo en este mismo impulso. El Padre es el “corazón” de la Trinidad y por tanto el “corazón de todo”. “Cada latido de ese corazón es un salto con el cual el Padre se da. Aquellos latidos hacen fluir hacia nosotros la sangre del Hijo, vivificado por el soplo del Espíritu” [9]. El Espíritu mismo se manifiesta como aquel movimiento que, en lo más íntimo de nuestro ser, nos permite decir que Jesús es el Señor y llamar a Dios con estas palabras: “¡Abba, Padre!”. En esto consiste toda la vida cristiana: “En el Hijo, por obra del Espíritu, encontrar al Padre, coincidiendo con la tensión de Jesús ‘hacia el Padre’” [10]. Gillet fue así llevado a retomar la formulación de Bulgakov de que el Espíritu Santo es el “sujeto” de nuestra vida espiritual, mientras Cristo es el “objeto”. [11].

c) Rusia –ha dicho el “Monje de la Iglesia de Oriente”- es “la gran madre tumultuosa de emociones”. Y fue su primer amor, su primera pasión.

Lo que le interesa en la sensibilidad de la Rusia cristiana no es el ritualismo sino el evangelismo, “un amor humilde” [12]. En Galicia, descubrí la audacia y la frescura de la filosofía religiosa rusa que, en su mejor aspecto, le parece actualizar de un modo profético las intuiciones de los padres griegos.

El filósofo Vladimir Soloviev fue importante en su destino, no sólo por su sentido de la Iglesia indivisa [13], sino también por su tema del divino-humanismo, único capaz, para el Padre Lev, de responder de manera creadora (y sin condena) a las blasfemias apasionadas del hombre moderno.

Aún más decisivo fue para él Bulgakov, con su intuición de una kénosis de amor en el seno de la misma Trinidad: “La cruz levantada en el corazón del Padre” de la cual “la cruz del Gólgota no fue más que la expresión” [14], hecha cruenta por el pecado del hombre. El amor verdadero es siempre “kenótico”, sacrificial. De Bulgakov deriva también el acento puesto en el “principio femenino”, sobre la Sabiduría que rige el mundo y lo hace dócil, en Cristo, a la incandescencia divina. “Señor amor, te doy gracias por el principio femenino que has introducido en tu universo y que has asociado íntimamente a la salvación del mundo” [15]. Tal Sabiduría cósmica es vuelta consciente en la persona y en el “sí” de la Madre de Dios, y el Padre Lev insiste sobre el carácter mariano de la santidad, sobre esta “castidad” espiritual que significa “corazón no disperso, no dividido, integridad preservada o recuperada” [16].

El gran símbolo apocalíptico de la “mujer vestida de sol” une el tema de la Sabiduría al del Reino futuro. Aquí el Padre Lev cita a Rabindranath Tagore: “¿habéis oído sus pasos silenciosos? Él viene, viene, siempre viene. A cada instante y en toda edad, cada día y cada noche viene…” [17]

Este evento escatológico, ya anticipado en la eucaristía, se interioriza en el instante. “El instante es el momento de intersección en el cual la eternidad y el tiempo se tocan” [18]. En este sentido el padre Lev ha podido hablar del “sacramento del instante presente”.

Sin embargo, en su confrontación con la sofiología, él se ha poco a poco preguntado, sin por otro lado renegar de su admiración y su respeto: “¿Y si verdaderamente los sofiólogos fuesen depositarios de un gran misterio? … Pero para seguirlos, tengo mucho temor de perder el evangelio”. [19]

Más en general, el padre Lev ha tomado distancia de un cierto “ortodoxismo” occidental que, por ingenuo orgullo y deseo de contraponerse al catolicismo, exalta incesantemente “una concepción luminosa del mundo” [20] y sabe hablar solo –pero ¿en qué sentido?- de “transfiguración” y de “deificación”. Antes que nada –afirma- es necesario recordar “la humanidad muy dulce y dolorosa de Jesús, su pasión y su cruz…” [21]. Sobre el Tabor, Jesús habla con Moisés y Elías de su próximo éxodo, es decir de su pasión. En el oficio bizantino de las alabanzas matutinas de la Transfiguración se leen algunos textos de la fiesta del 14 de septiembre, en los cuales es exaltada “la venerable y vivificante cruz”. “Deificación” significa la posibilidad de amar verdaderamente; y no hay amor sin cruz.

Agregamos finalmente, que se pueden encontrar, en el pensamiento del padre Lev –primero citadas y luego implícitas- muchas otras influencias junto a la del cristianismo ruso: algunas instancias de la reforma, y sobre todo de Soren Kierkegaard, pero también Franz Kafka, e incluso el “pequeño caminito” de santa Teresa de Lisieux. ¡El “Monje de la Iglesia de Oriente” no ha renegada nada de su herencia occidental! Y siempre más, abandonando la torre de marfil de los teólogos  patentados que se contentan de hablar los unos de los otros, se ha mezclado con los hombres de hoy, les ha escuchado –de modo particular en Hyde Park-, y su lenguaje se ha vuelto despojado, se ha aligerado, hasta tener una simplicidad a veces cristalina. Es para éstos que él ha escrito.

d) El Padre Lev –ha hablado de esto sólo de grande y con gran pudor- ha conocido “la incandescencia del amor”, “una palabra terrible” [22], afirma. Evocó en algunas oportunidades “una experiencia absolutamente personal” [23], “una visión interior” [24] que sobreviene cuando nos volvemos “lo suficientemente maleables para que Jesús pueda esculpir su rostro sobre [nuestro] corazón” [25]. Entonces nos sucede de “escuchar palabras interiores pronunciadas sin ningún sonido audible”, pero sobre las cuales el hombre de oración no puede engañarse, ya que “es un tono de Jesús, un estilo que le es propio”, “un punto firme de reposo que pone fin a las incertezas y a las discusiones” [26].

Sobre todo, el padre Lev ha experimentado, el 30 de mayo de 1935, sobre la orilla del lago de Tiberíades, un impresionante “sentimiento de presencia… Este sentimiento duró de modo extremadamente intenso por una hora entera. La presencia estaba conmigo, me colmaba, me hacía llorar sin razón… y estaba asociada a la persona de Jesús” [27].

Jesús así se le presentaba simultáneamente como el amigo y el inmenso.

Jesús: inmensidad del mar. Mar de un azul oscuro, a la caída de la noche. Mar que el sol del medio día cubre de un cegante blancor. En el horizonte, la línea del mar y la línea del cielo se funden. Así, oh Señor, lejos, lejos, cuanto te puede seguir mi mirada, te veo perderte en la gloria del Padre. [28]

Al mismo tiempo, Jesús es este compañero secreto que, en los momentos de angustia, posa dulcemente su mano sobre nuestra espalda.


Los temas esenciales

Entre los temas que me parecen más importantes del pensamiento del padre Lev, consideraré tres: la vida en Cristo, una universalidad sin relativismo y el Dios sufriente.

a) La vida en Cristo es el título de una obra de Nicolás Cabasilas, obra que el padre Lev quería mucho. Para él la “vida en Cristo” es ante todo una “pequeña vía”, en el sentido teresiano de la expresión “la pequeña vía del cordero, la vía de la infancia” [29]. Cuando llega “la tentación de una desesperación total, de una angustia cerrada sobre sí misma” [30], no hay otro camino que abandonarse, con actitud al mismo tiempo humilde y tenaz, al “Señor amor”, Jesús, en el cual sólo existimos. “Vengo a ti en las pequeñas cosas”, le hace decir el padre Lev a Jesús. Entonces, todo lo que es pequeño se vuelve grande, “todo se vuelve sagrado, si tu amor lo transfigura” [31]. Es necesario aprender a reconocer en toda creatura una intención de amor, viendo transparentarse el rostro de Dios a través de cada rostro, ya que es en Cristo que todo, también más allá de la muerte, encuentra su verdad. El Padre Lev no se cansaba de recordar la invitación de Cristo: “Venid a mí todos los que estéis cansados y oprimidos, y yo les daré  descanso” (Mt 11, 28). Y es justamente en esta perspectiva que aconsejaba una práctica humilde, confiada y no técnica de la “oración de Jesús” reducida al solo Nombre, como un murmullo silencioso.

La vida en Cristo, en segundo lugar, es el descubrimiento de cada persona como de aquel al cual Cristo dice “tú”, como de un “tú” de Cristo. [32]

En el ser más retrasado, más desgraciado, subsiste la imagen de Dios que el amor puede despertar. El Padre Lev amaba contar la historia de un pequeño muchacho iraní, un niño anormal, reducido –en apariencia- a una existencia casi vegetativa y que imprevistamente se revela capaz de un gesto de amistad, pidiendo a su madre que recibe a unos huéspedes que les ofrezca café gritando: ¡Kawe! [33]

Si la persona aparece entonces irreducible incluso a los peores limitaciones, es porque ella es ícono del Dios hecho hombre, porque Él no sólo la vivifica “desde el interior”, a través de su Espíritu, sino porque también establece con ella una relación única y la hace existir diciéndole “tú”. Jesús ama y por esto descubre a cada uno “bajo [su] pecado, detrás de [sus] transgresiones y de [sus] deficiencias” [34]. Y este amor es infinito, y sin embargo siempre el mismo, ya que él ama a cada uno “de manera única” [35]. La imagen de Dios –que nosotros ya somos y que debemos volvernos, haciéndola siempre más “semejante”-  es la apertura suscitada en nosotros del effatá divino, apertura de trascendencia que nos hace más grande que el mismo mundo [36]. Naciendo de esta relación originaria, llamada y guiada por esta, la persona poco a poco se realiza estableciendo a su vez con los otros una relación hecha de atención, respeto, y también de amor. Todo esto, en un dinamismo trinitario gracias al cual el pobre amor humano no puede hacer otra cosa más que descifrar superficialmente el abismo de amor divino-humano que Cristo nos ofrece.

Reconocer el rostro de Dios en la humanidad de Cristo quiere decir reconocerlo también en el del hermano, y por tanto superar “el badén que va del yo aislado al yo que se abre y se ofrece” [37]. “Es después de haber sido tocados por Jesús, que percibimos la realidad verdadera de cada ser y lo que hay en el de único” [38]. Y simultáneamente presentimos, en su misma diversidad, la unidad de todos los hombres en Cristo, ya que cada uno es “una talla diversa del único diamante” [39].

Por esto los problemas éticos se plantean no en términos de derecho, sino “en los términos de Cristo” [40]. La ley, abolida, es “sustituida en el corazón del hombre por una imagen a la vez divina y humana” [41]. Y esta imagen, que es una presencia personal, es capaz de tocar y de cambiar incluso el corazón que permaneciese inaccesible a las prescripciones de los permisos y de las prohibiciones. La ética evangélica del amor ofrece “inspiración” y “orientación”, despierta la responsabilidad. “En la mayor parte de los casos, la mejor solución es la que exige un sacrificio real”, es decir una superación con el riesgo de perderse. “Es importante –escribe el padre Lev- aprender los ‘valores de la pérdida’”. [42]

Sería por esto vano pedir al evangelio soluciones técnicas. Lo que éste procura es un espíritu que permitirá tal vez inventar tales soluciones.

Cristo, finalmente, en el cual somos llamados a vivir no es sólo histórico sino también cósmico. Encontramos aquí la “contemplación natural” (theoría physiké) de la tradición, desarrollada sin embargo gracias a la visión científica moderna e reinserta en el movimiento de una temporalidad escatológica.

“El amor sin límites no se detiene en el hombre. Mi amor sostiene el universo entero. Es el vínculo sustancial entre todos los seres, entre todas las cosas y aquel que le ama” [43].

“Ves la belleza del amor en un hilo de hierba, en una hoja, en una rama… Introduce tu vida en la vida del universo, sometiéndola al mismo designio divino” [44]. La montaña y el mar, los vientos y la tempestad, los animales feroces como aquellos más mansos encuentran su espacio en el corazón de Cristo. Debemos por tanto darles un espacio en nuestra oración, dilatando esta última al universo entero.

En cada cosa se resume la evolución cósmica, en cada cosa “el amor sin límites viene a nosotros a través de los siglos” [45], y a través de nosotros, quizás por medio de nosotros, aspira al cumplimiento del Reino.

El hombre debe “hacer ofrenda” de todos los seres. Tiene el deber, en Cristo, de dar forma y palabra a la “informe acción de gracias del universo” [46], este lógos álogos, como decía Orígenes.

Desde ahora, en lo secreto de la Iglesia, el mundo encuentra cumplimiento en la eucaristía. Se podría casi decir: se revela como eucaristía. La vocación del hombre es la de ser el sacerdote del mundo y de trabajar por su transfiguración por medio de la oración, de la ciencia, del arte. Esta vocación sacerdotal, eucarística, vuelta insistente, se interioriza y misteriosamente se exterioriza, en la invocación del nombre de Jesús. “En él todas las cosas son creadas” (Col 1,16). El nombre del Verbo encarnado “contiene el mundo”. Invocado sobre todo lo que existe, a través de todas nuestras actividades, permite “cristificar” el universo. [47]

b) Cuando el padre Lev, durante su juventud, aún católico, se había puesto al servicio de los migrantes rusos más miserables, había soñado con un monasterio puesto bajo la triple tutela de Carlos de Foucauld, católico en tierra islam; de san Serafín de Sarov, testimonio de una transfiguración universal en el Espíritu Santo; y de Sandha Sundar Singh, un indio vuelto cristiano pero sin renegar del patrimonio espiritual de su país. Más tarde, durante la segunda guerra mundial, escribió sobre el hebraísmo y sobre la relación entre hebreos y cristianos en un libro quizás profético titulado Communion in the Messiah. En un momento posterior, en el Líbano, descubrió y comenzó a explorar en profundidad al islam. Durante la última parte de su vida, trabajaba en Londres para el Spalding Trust, que favorecía un estudio de todas las religiones: en el British Museum leía y reseñaba todas las publicaciones concernientes, sobre todo, al hinduismo y al budismo.

Al mismo tiempo, a través de sus contactos personales y de sus discusiones en Hyde Park, y quizás también por medio de sus intuiciones y tentaciones (“Mi hosanna ha pasado a través del crisol de la duda”, habría podido decir con Fedor Dostoevskij), tenía una comprensión profunda del ateísmo, o más bien del no teísmo –indiferencia, voluntad de adherirse directamente a la vida- de tanto de nuestros contemporáneos. Los cuales, como ha escrito, intentan “vivir una vida al mismo tiempo racional, joven, espontanea, liberada de las antiguas supersticiones y prohibiciones…” [48]. Su respuesta es la “divino-humanidad” y el leitmotiv: “Señor amor”.

Por una parte –afirma- la indiferencia y la incredulidad a menudo expresan una insurrección “contra los ídolos que los creyentes se crean” [49]. Es necesario ser capaz de descifrar las aspiraciones inconscientes hacia el Cristo representado por tantos “deseos de intensidad”, especialmente en la pasión -que es importante respetar- y en la esfera de la sexualidad, que el padre Lev había estudiado con Freud y de la cual sabía hablar con respeto y simplicidad. El ser humano, en su inconfesada voluntad de transgredir la muerte, y el individuo, en la exaltación de su unicidad, son atraídos sin saberlo en la transgresión crística de la muerte y en la búsqueda de la persona.

Por otra parte, el padre Lev intentaba discernir “el cristianismo latente que actúa en las grandes religiones no cristianas” [50]. “Por todas partes, en todos, yo veo al Logos” [51].

En el ateísmo como en las múltiples formas de lo religioso, él quería “reconocer y adorar al Cristo escondido e implícito…” [52]. Si Jesús es “la luz que ilumina a cada hombre que viene al mundo” (Juan 1,9), “muchas personas tienen un contacto real con él bajo otros nombres y otras formas” [53]. “Seas bendito, oh Señor, porque tu luz obra en todas las almas y se encuentra (como refractada) en todas las razas, en todas las creencias” [54]. Ya conscientemente minoritaria, la Iglesia es el pueblo real, profético y sacerdotal que, a través de su testimonio, su intercesión y su celebración, debe poco a poco hacer tomar consciencia a los hombres de la luz que les habita, y revelarles que ella se ha encarnado. Y así podemos hablar de Dios a los ateos hablándoles del hombre, y hablar del hombre a los contemplativos desencarnados hablándoles de Dios.

La obra más poética y también más mística del padre Lev es el libro sutil e inagotable que se titula Amor sin límites. Su objetivo es precisamente el encuentro con los no cristianos, los no creyentes o los fieles de otras religiones, “para vivificar en ellos el movimiento –quizás apenas perceptible- hacia el Dios único, el Dios que se revela en Jesucristo” [55]. Con este objetivo, Gillet intenta hacer entrever la irradiación de la “esencia divina”, la “comunión interior” [56] de las personas divinas, aquel “océano de limpidez” del cual habla la mística siríaca. “Todo esto nosotros lo hemos llamado amor, y amor sin límites” [57]. He aquí la fuente primaria a la cual es necesario remontarse. Este abismo no es impersonal, indiferenciado, sino es precisamente un abismo de amor. Entonces, poco a poco, se podrá “discernir, seguir, en esta fuente, algunos manantiales orientados y distintos; quedarse junto a las tres simbólicas figuras igualmente jóvenes, igualmente bellas, sentadas a la mesa de Abraham, bajo las encinas de Mamré” [58]. Alusión al célebre ícono de Andrej Rublev que el padre Lev ha sobriamente, y casi dolorosamente, comentado.

c) En cualquier parte, y en particular en los libres encuentros de Hyde Partk, el “Monje de la Iglesia de Oriente” se ha imbatido en la objeción del mal. Escribía entonces: “Busco mostrar que Dios no es responsable del mal, y de exponer, lo mejor que puedo, la concepción del Dios sufriente…” [59]

Quizás estamos aquí justamente en el corazón de la visión teológica y espiritual del padre Lev, con este tema a menudo retomado en sus escritos: en un artículo de la revista Contacts del 1965, en el capítulo 43 de Jesús: breves consideraciones sobre el Salvador y en el capítulo titulado “En el horno” de Amor sin límites.

Ante todo es necesario “rechazar toda imagen de un Dios que está sentado sobre un trono celestial y que presencia, impasible, los combates que se desarrollan sobre la tierra” [60]. La fuerza de Dios es la del amor, que no se impone, no puede irradiarse más que a través de los corazones que se abren libremente a él. El mal y la muerte, Dios no los quiere: son obras del “adversario” [61]. La creación de seres libres ha implicado contemporáneamente la omni-potencia y la omni-debilidad del Creador, su retiro sacrificial, a través del cual no ha dejado de preparar “un resultado de luz” [62]. Por esto –y es uno de los temas fundamentales de la espiritualidad rusa- el Cordero está inmolado desde la creación del mundo.

El Padre Lev, ciertamente, era inmune a todo dualismo ontológico, pero otorgaba una gran importancia a una suerte de dualismo existencial, evocando de buena gana la caída de los ángeles y el misterio luciferiano. El Dios viviente y activo, lejos de estar cerrado en una eternidad que domina desde lo alto, se compromete realmente en la historia, combate con nosotros contra la “potencia de las tinieblas” que arrastra a la creación hacia una nada asintótica. Pero puede actuar solo a través de “la persuasión y de la gracia” [63]. Luchando a nuestro lado, él recibe heridas y muertes, las asume activamente, voluntariamente, por locura de amor. Pero todo esto permaneciendo serenamente Dios en lo profundo de su trascendencia – el padre Lev ha evitado los callejones sin salida del “kenotismo”-. “La tempestad se desencadena a los pies de la montaña. La cima de la montaña permanece inmersa en la luz” [64]. La persona divina del Hijo, en [su] unión con la naturaleza humana”, conoce “desde dentro”, a través de una verdadera “identificación”, lo que cada uno de nosotros experimenta [65]. “Nuestro tiempo humano ha sido por ti, oh Dios hecho hombre, llevado al cielo, a la eternidad divina” [66]. Inscripta en esta eternidad viviente, la cruz se ha hecho coextensiva a toda la historia de los hombres, a todo el gemido de la creación: y “el Padre y el Espíritu toman cada uno en la pasión del Hijo la parte que les es propia” [67]. Entonces, en la eternidad divina, y por tanto en todo momento de la historia humana, “el viernes santo y la Pascua son uno”. Incluso a través del sufrimiento, y sin que nosotros podamos por ahora comprender gran cosa, Dios triunfa.

Tu sufrimiento, oh Cristo, no se opone a tu gloria y a tu bienaventuranza. Es la materia misma de la cual tú sacas tu triunfo eterno. Tu sufrimiento, simultaneo a tu victoria, es por esta superada, iluminada, transfigurada. [68]

Por tanto, “Dios no está jamás ausente”. Él “sufre con el hombre y por el hombre y, en este compartir, todo sufrimiento es ya superado” [69]. A menudo sentimos solo el peso de la carga, pero Jesús toma sobre sí nuestra cruz y nos arrastra en un camino de resurrección.

Es en esta luz que es necesario vislumbrar el destino eterno del hombre, más allá de la muerte. El Padre Lev se hace testigo discreto, como san Isaac el Sirio, de una esperanza sin límites. “El pecado –escribe- ha sido encerrado en el corazón de Cristo. El Dios-hombre se convierte, en el rechazado, el condenado” [70]. En él “la santidad absoluta ha estado en contacto con todo pecado, con el pecado de cada pecador” [71], y esto durará para siempre. Frente al misterio del pecador que no se arrepiente, no es necesario ni condenar (sería como condenarse a sí mismo), ni elaborar una “apocatástasis” teórica (sería como absolverse a sí mismo), sino: “contempla la imagen del Crucificado: es la respuesta”. [72]


Olivier Clement.
Introducción al libro de
Un Monje de la Iglesia de Oriente
Il Roveto Ardente
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose,
Magnano 2014. Pp. 19-37


Notas:

[1] L. Gillet, “Le Dieu souffrant”, en Contacts 17 (1965), p. 241.

[2] Palabras de Gillet citadas en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 120.

[3] Cf. Un moine de l’Église d’Orient, L’An de grâce du Seigneur, Paris 1988.

[4] L. Gillet, Introduction à la foi orthodoxe, suplemento a La Voie: Bulletin de la Communauté orthodoxe française, Paris 1930, citado en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 235.

[5] Un monaco della Chiesa d’Oriente, Gesù: brevi considerazioni sul Salvatore, Brescia 1964, p. 94.

[6] Carta del 4 de enero de 1925, citado en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 106.

[7] Un monaco della Chiesa d’Oriente, Amores enza limiti, Brescia 1973, p. 100.

[8] Id., La preghiera di Gesù. Genesi, sviluppo e pratica nella tradizione religosa bizantino-slava, Brescia 1964, p. 58.

[9] Id., Gesú: brevi considerazioni, pp. 100-101 y 106.

[10] Ibid., p. 111.

[11] Cf. É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 238.

[12] Carta del 4 de enero de 1925, citada en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 107.

[13] Cf. Un moine de l’Église d’Orient, “La signification de Soloviev”, en 1054-1954: L’Église et les Églises, Chevetogne 1955, pp. 369-379.

[14] Carta del 27 de febrero de 1937, citado en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 289.

[15] Un monaco della Chiesa d’Oriente, Amores enza limiti, Brescia 1973, p. 94.

[16] Id., Gesú: brevi considerazioni, pp. 13.

[17] Cf. L. Gillet, Communion in the Messiah, Studies in the Relationship between Judaism and Christianity, London 1942, p. 111.

[18] Ibid., p. 113.

[19] Carta del 1937, citado en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 238.

[20] L. Gillet, “À propos d’ une controverse”, en Oecumenica (julio 1936), citado en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, pp. 183 y 239.

[21] Ibid.

[22] Entrevista a Gillet, en This Time-bound Lalder: Ten Dialogues on Religious Experience, a cargo de E. Robinson, Oxford 1977, p. 38.

[23] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Gesù: brevi considerazioni, p. 8.

[24] Ibid., p. 27.

[25] Ibid., p. 28.

[26] This Time-bound Ladder, pp. 59 y 46.

[27] This Time-bound Ladder, pp. 33-34.

[28] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Gesù: brevi considerazioni, pp. 35-36.

[29] Ibid., p. 74.

[30] This Time-bound Ladder, p. 42.

[31] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Amore senza limiti, p. 56.

[32] Cf. Ibid., p. 45.

[33] “Cafè”, en persiano. Cf. This Time-bound Ladder, p. 33.

[34] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Amore senza limiti, p. 9.

[35] Ibid., p. 47.

[36] Cf. Ibid., p. 41.

[37] Ibid.

[38] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Gesù: brevi considerazioni, p. 50

[39] Id., Amores senza limiti, p. 45.

[40] Cf. É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 532, donde se cita una conferencia realizada en el Líbano en el verano de 1965.

[41] Cf. ibid., p. 535, donde se cita una conferencia realizada en Suecia en el verano de 1968.

[42] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Amore senza limiti, p. 79.

[43] Ibid., p. 23.

[44] Ibid., p. 24.

[45] Ibid.

[46] Ibid., p. 37.

[47] Id., La preghiera di Gesù, p. 111.

[48] Un moine de l’ Église d’ Oriente, La colombe et l’ agneau, Chevetogne 1979, p. 99.

[49] Palabras citadas en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 515.

[50] Ibid.

[51] Carta del 6 de abril de 1961, citado en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 519.

[52] Ibid.

[53] This Time-bound Ladder, p. 34.

[54] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Gesù: brevi considerazioni, p. 36.

[55] Cit. en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 558.

[56] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Amore senza limiti, p. 21.

[57] Ibid.

[58] Ibid., pp. 21-22

[59] Carta del 11 de mayo de 1938, Cit. en É. Behr-Sigel, Lev Gillet, p. 318.

[60] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Amore senza limiti, p. 69; This Time-bound Ladder, p. 43.

[61] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Amore senza limiti, p. 70.

[62] Ibid.

[63] Ibid., p. 69.

[64] Ibid., p. 69-70.

[65] Cf. Ibid.

[66] Id., Gesù: brevi considerazioni, p. 129.

[67] Ibid., p. 131

[68] Ibid., p. 129-130.

[69] L. Gillet, “Le Dieu souffrant”, p. 253.

[70] Un monaco della Chiesa d’ Oriente, Gesù: brevi considerazioni, p. 83.

[71] Ibid., p. 85.

[72] Ibid., p. 86-87.



1 comentario:

  1. Leyendo este post me he rejuvenecido un poco ya que desde mi juventud que no había vuelto a leer escritos ni del padre Lev Gillet ni del teólogo Olivier Clement ambos ya fallecidos, aunque el segundo personaje solo hace 5 años.

    Aquí se pueden leer unos textos par ami impresionantes sobre el paso de Lev Gillet a la comunión ortodoxa.

    http://www.pagesorthodoxes.net/foi-orthodoxe/temoignage-lev-gillet.htm

    ResponderEliminar