Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 26 de agosto de 2014

Monte Alabanza

P. Diego de Jesús
(monje del Monasterio del Cristo Orante)




Y detrás de los mitos y las máscaras: el alma, que está sola.
Así reza una línea póstuma de un logrado poema en El Oro de los tigres.
También a este ermitorio le cabe el aforismo.
Claro que este “detrás” dice muchas cosas. Lindas todas. Desde un perseguir y un solventar hasta un escondimiento y un sostenimiento…

Revestido de carnes y nervios, como una inerte osamenta brota milagrosamente en vida, así, alguna arcana vez –lejana y ya muy ida-, este inerte monte calcáreo recibió agua de deshielo por vez primera y ésta embebió su dureza ósea, reseca y muerta. Y fue ese el primer día.

Y un monje, barreta en mano, como el guerrero hinca su hierro en suelo ajeno, la punzó, la hirió, la atravesó. Y hubo una tarde y una aurora. Y fue ese el segundo día.

Y se trajo tierra oscura de loa bajos, y viajes y más viajes de guano de esas viejas mulas grises del RIM. Y así fue el día tres.

Y se plantaron árboles: cedros, cipreses, pinos, abedules, piceas y secuoyas. Nutridas por el guano, liberadas en lo hondo por el caliche perforado, ungidas por las aguas que tímidas cantan, echaron sus raíces. Y fue ese el cuarto día.

Y dijo un monje: sea éste el monte Alabanza y que el Retorno glorioso del Hacedor halle este cerro envuelto en la plegaria. Y se buscó, sobre la cresta del cerro, lo más ancho de su lomo: cincuenta y cinco pasos amplios y solemnes. Y se estaqueó y se dibujó con minuciosa línea de cal la colonia de ermitas a levantar allí. Y hubo una tarde y una mañana: era ese el quinto día. Y dijeron los monjes: hagamos un eremitorio a imagen y semejanza de los que forjaron nuestros Padres en la Fe. Y se cargaron de los arroyos y se subieron hasta la cresta piedras –miles de piedras- y ladrillos y el ingenio humano levantó la robusta Casa de Oración. Fue ese el sexto día.

Un hexámeron tejido de mito y logos, rostros y máscaras.

Tras él –o detrás y debajo de él- el alma del éremo: sola, nuda y pura, vibrando al son del pulso de seis ocasos y seis auroras. Alma porosa, que carga en sí la paleta completa del hexámeron –como el domingo sabe a toda la semana-, para quedar sabiendo a la frescura del agua que mana y corre, al seco golpe del hierro hiriendo el pedernal, al humus hecho polvo y ceniza, al abeto y al rosa, a la piedra milenaria y a la casta arena sin edad. Y al rosar de hábitos, al melisma, el incienso, al vino y al pan.

Alma sola, escondida entre centurias de cáscaras y mitos, siluetas y figuras, es la forma inmaterial del yermo. Un solo nombre la nombra con rigor: Alabanza. Alabanza del séptimo día, de cara y a la espera, del octavo día sin ocaso.

Hay días –mezquinamente inusuales, hay que decirlo- en que desciende la bruma dejando el yermo entero envuelto en una sacra penumbra: es entonces que los sedosos velos de piedras y robles, aguas y soles, ripios y cal… caen, como una mano vencida. Y el alma sola, sin figura que la nombre, se muestra y se da. Soy la alabanza jamás alcanzable, siempre nueva; el oro de los tigres que en secreto inspira su mágico rugir. No hace falta que corras los velos: hállame en la rosa y el sayal, en el rojo pez y el mudo altar.

  
Diego de Jesús
22.VIII. 2014

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