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sábado, 30 de agosto de 2014

San Isaac el Sirio. Discurso 4 (Primera colección)


Sobre el amor del mundo


Ella es verdadera, la palabra del Señor según la cual nadie puede poseer a la vez el apego (pothos) al mundo y el amor (agapè) de Dios, ni estar a la vez en comunión con el mundo y en comunión con Dios, ni preocuparse al mismo tiempo del mundo y de Dios (cf. Mt. 6, 24). Cuando abandonamos las cosas de Dios a causa de las vanas glorias, o, como sucede a menudo, para satisfacer las necesidades del cuerpo, muchos de nosotros se dejan arrastrar hacia otras cosas. Ellos pretenden trabajar por el Reino de los cielos, pero olvidan la promesa del Señor, que dice: “Si vosotros os preocupáis más que por el Reino de los Cielo, yo no os dejaréis privados de lo que es necesario a vuestra naturaleza corporal, sino que todo esto yo se los daré también. Yo no dejaría que os preocupéis por estas cosas.” (Mt. 6, 33). Él se preocupa de los pájaros que no tienen alma razonable y han sido creados para nosotros, y ¿Él no cuidará de nosotros? Sin duda alguna. A quien se preocupa de las cosas espirituales, o de alguna de entre ellas, las cosas corporales le serán procuradas al tiempo querido, sin que él tenga temor de que les falten. Por el contrario, aquel que se preocupa de las cosas corporales más de lo necesario, las cosas de Dios le faltarán a pesar de él. Pero si nosotros somos fervorosos en nuestra preocupación por lo que se hace por el Nombre del Señor, Él mismo se preocupará por unas y por otras, según la medida de nuestro combate.

2. Sin embargo, nosotros no debemos poner a prueba a Dios, esperando que él nos otorgue los bienes materiales a cambio de nuestra actividad espiritual, sino que nosotros debemos orientar todo nuestro trabajo hacia la esperanza de los bienes por venir. En efecto, aquel que se ha consagrado de una vez por todas a la adquisición de la virtud, movido por el amor [que posee] su alma, y que desea llevar a buen fin esta obra, no se preocupa más de las cosas corporales, ni de su presencia o de su ausencia. A menudo Dios permite que los hombres virtuosos sean probados al respecto, y deja a los malvados sublevarse contra ellos de todos los lados. Él les golpea en sus cuerpos, como a Job, les reduce a la pobreza, los pone al margen de la humanidad, les golpea en todo lo que ellos poseen; sin embargo, estos males no pueden producir perjuicio a sus almas.

3. No es posible, en efecto, cuando marchamos por el camino de la justicia, que nosotros no encontremos contrariedades, que nuestro cuerpo no sea probado por la enfermedad  y la fatiga, y que no nos pasen distintas vicisitudes, si queremos vivir según la virtud. Pero el hombre que lleva su vida siguiendo su propia voluntad, o estando dominado por la envidia, o perdiendo su alma, o entregándose a otras cosas nocivas, está condenado. Si aquel que marcha por el camino de la justicia y se dirige hacia Dios con muchos compañeros, encuentra sobre el camino alguna de estas cosas penosas, no debe desviarse de su ruta, sino aceptarlas con alegría y simplicidad, y dar gracia a Dios que le ha otorgado su gracia y le ha juzgado digno de soportar las pruebas y de participar así de los sufrimientos de los profetas, de los apóstoles y de otros santos que han soportado, sobre su camino, tribulaciones venidas tanto de los hombres, como de los demonios o de sus propios cuerpos. Estas cosas no pueden  ocurrir sin un orden de Dios y sin que Él las permita, a fin de que ellas produzcan en nosotros la justicia. Es imposible, en efecto, que Dios otorgue a aquel que quiere unirse a él otro beneficio más que el de hacerle cargar algunas pruebas por la verdad.

4. El hombre, por él mismo, no puede hacerse digno de algo tan grande como el de sufrir la prueba para obtener estos dones divinos, y alegrarse en ello. Esta no puede ser más que una gracia que viene de Cristo. San Pablo da testimonio de esto. Esto es tan grande que él no duda en llamar “carisma” al hecho de que un hombre, porque pone su esperanza en Dios, le sea dado sufrir: “les ha sido otorgado este don, no sólo de creer en Cristo, sino también de sufrir por él” (Fil 1,29). Y san Pedro, en su Carta, escribe: “Felices vosotros cuando sufráis por la justicia, pues participáis de los sufrimientos de Cristo” (1 Pe 3, 14). Tú no debes pues alegrarte cuando estás en la prosperidad, y en la tribulación tomar un aire triste, como si pensaras que estas pruebas  son extrañas a los caminos de Dios. En efecto, desde el principio y de generación en generación, es por la cruz y por la muerte que se avanza por este camino. ¿De dónde viene que tú consideres que las aflicciones encontradas en el camino están fuera del camino? ¿No quieres caminar sobre las huellas de los santos? ¿O bien quieres tener un camino trazado especialmente para ti, exceptuando los sufrimientos? El camino de Dios es una cruz cotidiana. Nadie puede subir confortablemente al cielo. Nosotros sabemos dónde desemboca el camino de la facilidad. Cuando alguien se da a Dios con todo su corazón, Dios no le deja jamás sin preocupaciones, -sin preocupaciones de verdad. Es en esto que se reconoce cuando Dios toma cuidado de un hombre: él le envía sin cesar aflicciones.

5. Aquellos que pasan su vida en las pruebas, la Providencia no permite jamás que ellos caigan en mano de los demonios, sobre todo si ellos besan los pies de sus hermanos, si ellos cubren sus faltas y las ocultan como si éstas fueran sus propias faltas. Quien quiera estar sin preocupaciones en el mundo y que todos les feliciten, y que desea al mismo tiempo caminar sobre el camino de la virtud, está fuera de este camino. Los justos, no sólo combaten voluntariamente para realizar las obras buenas, sino que también llevan un combate mayor soportando las pruebas que no han buscado, para que sea probada la paciencia de ellos. Pues el alma que teme a Dios no reduce nada de lo que perjudica al cuerpo, sino que espera en Dios, ahora y en los siglos de los siglos. Amén.


Discurso 4 de la Primera colección de Isaac el Sirio.
Saint Isaac le Syrien. Discours ascétiques (según la versión griega).
Traducción al francés, introducción y notas por P. Placide Deseille.
Monastére Saint-Antoine-Le-Grand y Monastére de Solan. 2011
pp. 89-91.




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