Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 10 de octubre de 2014

San Isaac el Sirio. Discurso 50 (Primera colección)



Breves sentencias que contienen varios pensamientos en los cuales se muestra el daño [causado] por el celo necio, que [se esconde] bajo la apariencia de temor de Dios, y el auxilio que [deriva] de la tranquilidad, junto a otros temas.



Un hombre fervoroso [celante] no alcanza jamás la paz del pensamiento, y a quien le falta paz, le falta también alegría. Si, en efecto, la paz del pensamiento es considerada salud perfecta, el celo es en cambio lo opuesto a la paz. Entonces, aquel que está movido por el [mal] celo está enfermo de una gran enfermedad [1].

¡Oh hombre!, mientras te preocupas de agitar tu celo contra la enfermedad de otros, tú en realidad expulsas la salud de tu alma. ¡Preocúpate ante todo de curarte a ti mismo!

Si, sin embargo, deseas también curar la enfermedad [de los otros], sabed  que cuantos están enfermos tienen necesidad de cura, más que de reproche. Por esto, cuando tú no eres de ayuda para los otros, [en verdad] tú infliges a ti mismo una gran enfermedad. En efecto, frente a los hombres, el celo no es considerado una forma de sabiduría, sino más bien una enfermedad del alma, ya que este es [signo de] una inteligencia limitada y de una gran ignorancia.

Principio de la sabiduría divina es [en cambio] la calma, que se adquiere por medio de la magnanimidad, y el cargar la debilidad de los hombres. Se ha dicho en efecto: Vosotros fuertes llevad el peso de los enfermos [2], y: Corregid al transgresor con espíritu humilde [3]. El Apóstol enumerará entre los frutos del Espíritu Santo la paz y la paciencia [4].

Un corazón colmado de sufrimiento [5] porque [se descubre] incapaz de cumplir las fatigas [6] propias del cuerpo, es la cima de todas las fatigas corporales.

Las fatigas corporales, sin el sufrimiento del pensamiento, son como un cuerpo sin alma.

Aquel que sufre en su corazón y está relajado en sus sentidos es como un enfermo cuyo cuerpo está enfermo pero que su boca se entrega a toda clase de alimentos nocivos.

Aquel que sufre en su corazón y está relajado en sus sentidos es como un hombre que tiene un hijo único y lo mata con sus manos, poco a poco.

El sufrimiento del pensamiento es un don precioso que [viene] de Dios, y aquel que lo lleva, junto a [todo] lo que este impone, es como un hombre que lleva la santidad en sus miembros.

El hombre que en cada cosa, buena o mala, es dominado por la lengua, no es digno de esta gracia.

La conversión, acompañada por la asiduidad [con los hombres], es un vaso perforado.

El don, acompañado de una ofensa, es un cuchillo escondido en la miel.

La castidad, acompañada de la asiduidad con una mujer, es como una leona y un cordero en la misma casa.

Las fatigas [ascéticas], acompañadas por la crueldad en la presencia de Dios, son como uno que mata al hijo delante de su padre.

Aquel que está enfermo en su alma y corrige a los propios compañeros es como uno que, a pesar de tener los ojos cegados, indica a otros el camino.

La compasión [7] junto a la justicia [8] en una misma alma es como uno que adora a Dios y a los ídolos en una misma casa. ¡La compasión es siempre enemiga de la justicia!

La justicia es la rectitud de una igual medida que se da a alguien de un modo igual, sin tener en cuenta [9] la [persona] particular [que tiene adelante], para darle la retribución adecuada. La compasión, en cambio, es una pasión movida por la bondad, que se inclina sobre todo con indulgencia: no retribuye a aquel que merece el mal y a aquel que merece bien, da en abundancia el doble. Si la [justicia] está a favor de quien es justo, entonces la [compasión] está a favor de quien es malvado [10].

Como el rastrojo y el fuego no pueden permanecer en una misma casa, así tampoco la justicia y la misericordia en una misma alma.

Como un grano de arena no balancea una gran cantidad de oro, así la necesidad de justicia de Dios no balancea su compasión.

Como un puñado de arena que cae en el gran océano, así son los pecados de toda carne en relación a la inteligencia de Dios.

Como no puede ser frenada una fuente de abundante agua con un puñado de polvo, así no puede ser vencida la misericordia del Creador por el mal de las creaturas.

Como uno que siembra en el mar y espera la cosecha, así es aquel que ora con rencor.

Como no es posible impedir a las llamas del fuego ir hacia lo alto, así no es posible impedir a la oración del compasivo subir hacia el cielo.

Como la impetuosidad del mar en un lugar escarpado, así es la fuerza de la ira cuando encuentra espacio en nuestra inteligencia.

Aquel que ha adquirido la humildad en su corazón, ha muerto al mundo. Aquel que ha muerto al mundo, ha muerto a las pasiones [11]. Para aquel que en su corazón ha muerto a los propios parientes, Satanás ha muerto. Aquel que encuentra la envidia, con esta encuentra también lo que es la causa primera.

Hay una humildad que viene del temor de Dios, y hay una que viene del amor de Dios. Hay quien ha sido hecho humilde por su temor,  y está quien ha sido hecho humilde por su alegría. Al primero le acompañan la compostura de los miembros junto al orden de los sentidos y un corazón siempre contrito; al segundo, en cambio, una gran dilatación y un corazón se dilata y que no puede ser contenido.

El amor no conoce la vergüenza. Por esto no sabe darse una regla ni [sabe dar] un orden a sus miembros. Es natural para el amor no avergonzarse y olvidar la propia medida. ¡Feliz aquel que te ha encontrado, puerto de toda alegría!

Amada por Dios es la comunidad de los humildes, como la comunidad de los serafines.

Precioso es para Dios un cuerpo casto más que un sacrificio puro. Ambos, en efecto, hacen al alma una morada de la Trinidad.

Delante de tus amigos camina como se debe [12]. Haciendo así encontrarás provecho para ti y para ellos. Ya que a menudo, queriendo asumir una actitud amigable [13], el alma deja ir las riendas de la vigilancia.

Cuidaos de la asiduidad [con alguien]: ¡no siempre es provechosa!

En la comunidad, honra el silencio, ya que este previene de muchos daños.

Presta atención a tu vientre, pero menos que a tu  vista. La batalla interior es absolutamente más fácil.

No creas, hermano, que puedas regular los pensamientos interiores, sin [poner] orden en el cuerpo.

Teme los hábitos más que los enemigos. Aquel que alimenta un hábito es como uno que alimenta el fuego. Ambos tienen la medida de su fuerza en la materia [de la cual disponen]. Cuando un hábito pide algo y esto le es negado, a la segunda ocasión lo encontrarás más débil. Pero si aquella [la primera] vez hizo su voluntad, la segunda vez su asalto contra ti será aún más fuerte. Aquel recuerdo permanecerá en ti en todo lo [que haces].

Es mejor la ayuda que viene de la vigilancia, que la ayuda que viene de las fatigas.

No ames a aquel que gusta de las bromas y de las burlas, porque te arrastrará a acciones disolutas.

Con aquel que es relajado en su conducta, no alegres tu rostro, no obstante cuídate de odiarlo. Si quiere levantarse, dale una mano, y hasta la muerte preocúpate de encontrarlo. Si [sin embargo] tú estás aún enfermo, ¡no dispones ni siquiera de la medicina! Entonces, se ha dicho: “Acércale la extremidad de tu bastón, etcétera” [14].

Delante de aquel que es vanidoso y está enfermo de envidia, habla con vigilancia, porque mientras tú hablas, él en su corazón interpreta tus palabras como le place. Aunque tú tuvieras buenas intenciones, él aprovecha la ocasión para hacer tropezar a los otros, y tus palabras son distorsionadas por su inteligencia [que hace de ellas] ocasiones de mal [15]. Pon oscuro tu rostro con aquel que comienza a hablar de sus hermanos delante de ti. Haciendo así serás encontrado vigilante tanto para Dios como para él mismo.

Si das algo a un necesitado, haz preceder tu don con la alegría de tu rostro, con palabras dulces y que lo animen por su sufrimiento. Cuando en efecto obras de este modo, la alegría que su pensamiento [recibe] por tu don, es todavía más grande que el bien [que le es dado] a [su] cuerpo.

En el día en el cual abres tu boca para hablar contra un hombre, has de cuenta que tu alma está muerta para Dios y vanas son todas tus fatigas, incluso si probablemente la intención de [tu] hablar pueda parecerte [con una finalidad] que va a enderezar y construir. Pero, ¿de qué le sirve a uno demoler la propia construcción para restaurar la de su prójimo?

En el día en el cual tú, de alguna manera, sufres por un hombre, sea éste bueno o impío, [y tu sufrimiento sea] en el cuerpo o en la inteligencia, en ese día considera que tu alma es mártir, y semejante a aquel que, con motivo del sufrimiento, ha sido hecho digno de volverse confesor de Cristo. Recuerda que Cristo ha muerto por los impíos, según la palabra de la Escritura, no por los buenos. Observa cuán grande es esto: sufrir por los malvados y hacer el bien a los pecadores es verdaderamente más grande que hacerlo a los justos. El Apóstol te lo recuerda como algo que es digno de asombro [16].

Si, pues, te sucede de descubrirte justo, en ti mismo, en el interior de tu alma, no te preocupes de ir en búsqueda de otra justicia. [17]

Antes que todo, preocúpate por la castidad del cuerpo y la pureza de la consciencia. Sin ellas, todo es vano delante de Dios.

Por cada acción que haces sin pensar y sin [someterla a] un atento examen, sabes que la fatiga que pones es vana, incluso si se trata de algo bello. Dios, en efecto, cuenta como justicia [18] lo que [la acción] necesita de discernimiento y no el trabajo [19] por sí mismo.

Una lámpara en pleno sol es el justo [20] que no es sabio.

Una semilla sobre una piedra es la oración de aquel que tiene rencor.

Un árbol sin frutos es el asceta que no es compasivo.

Una flecha venenosa es la corrección [que viene] de la envidia.

Una trampa escondida es el cumplimiento [que viene] del mentiroso.

Un consejero necio es el observador ciego.

Una herida en el corazón es el sentarse con los necios.

Una fuente amable es el conversar con los sabios.

Un consejero sabio es un baluarte confiable.

Un amigo necio es un tesoro peligroso.

Es mejor asistir a un velorio, que ver a un sabio que sigue a un necio.

Es mejor habitar con las fieras, que habitar con los envidiosos.

Es mejor habitar en un sepulcro, más que habitar con aquellos que tienen comportamientos perversos.

Siéntate con los buitres, pero no con los lujuriosos.

Ten por compañero a un asesino, pero no un pendenciero.

Entretiénete con un cerdo, pero no con un charlatán.

Es mejor el cachorro de un cerdo, que la boca de un charlatán.

Siéntate en medio de leones, pero no en medio de altaneros.

Sé un perseguido, pero no uno que persiga.

Sé un crucificado, pero no uno que crucifica.

Sé un ultrajado, pero no uno que ultraje.

Sé un calumniado, pero no uno que calumnie.

Sé pacífico y no un [mal] fervoroso. Persigue la bondad y no la justicia [21]. La justicia no [pertenece] a la conducta del cristianismo: ¡no se encuentra mención de ella en la enseñanza de Cristo!

Alégrate con quien se alegra y llora con quien llora [22]: ¡éste es el signo de la pureza!

Con los enfermos, hazte enfermo; con los pecadores, aflígete; y con los que se convierten, ¡alégrate!

Sé amigo de todo hombre, pero solitario en tu pensamiento.

Únete al sufrimiento de cada cosa, pero en tu cuerpo mantente lejos de todas las cosas.

No reprendas a nadie y no corrijas a nadie, ni siquiera a aquellos cuyas conductas son malas.

Extiende tu manto sobre el pecador y cúbrelo. Si tú no puedes tomar sobre tu alma sus faltas y recibir por ellas el castigo en su lugar, al menos soporta  ser avergonzado pero no lo avergüences a él.

No litigar por [lo que respecta] al vientre; no odiar por [lo que respecta] al honor; y no amar el puesto de juez.

¡Debes saber, hermano mío, que nosotros no estamos dentro [de una celda] para conocer las obras malvadas de los hombres! En efecto, recién cuando nosotros veamos a todos los hombres como buenos es cuando habremos conseguido la pureza de nuestra inteligencia. Si en efecto también nosotros somos reprobables, castigadores, juiciosos, inquisidores, soplones y censuradores, ¿en qué cosas el habitar en la ciudad es reprobable con respecto a habitar en el desierto?

Si no estás tranquilo en tu corazón, haya [al menos] quietud en tu lengua.

Si no eres capaz de poner orden en tus pensamientos, pon orden [al menos] en tus sentidos.

Si no eres solitario en tu inteligencia, sé solitario [al menos] en tu cuerpo.

Si no puedes fatigarte con tu cuerpo, [al menos] sufre con tu pensamiento.

Si no eres capaz de vigilar sobre tus pasos, [al menos] vigila sobre tu jergón.

Si no eres capaz [de ayunar] durante las vigilias nocturnas, ayuna al menos en la tarde; y si no eres capaz [de observar] el ayuno durante la tarde, cuídate al menos de la saciedad.

¿No eres santo en tu corazón? ¡[Al menos] sé santo en tu cuerpo!

Si no eres un llorante [23] en tu corazón, al menos cubre de llanto tu rostro.

¿No eres capaz de volverte justo [24]? ¡[Al menos] habla como un pecador!

¿No eres un servidor de la paz [25]? ¡[Al menos] no seas un agitador!

¿No puedes ser diligente? ¡[Al menos] sé modesto en tu inteligencia!

¿No eres un victorioso? ¡[Al menos] no te enardezcas contra aquellos que son vencidos [por el pecado]!

¿No eres capaz de frenar la boca de aquel que habla contra su prójimo? Al menos cuídate de ser su compañero.

Sabes que si de ti saliera un fuego que quemara a los otros, a tus manos se les pedirá cuenta de las almas de todos los que aquel fuego tocara. Y si [incluso] no seas tú el que sople ese fuego, pero estás de acuerdo con el que lo sopla y te complaces de su acción, serás su compañero en el juicio.

Si amas la tranquilidad, permanece en la quietud; y si has sido hecho digno de la quietud, alégrate en todo tiempo.

¡Pide el discernimiento y no el oro!

¡Revístete de la humildad y no de tela de lino!

¡Adquiere la quietud y no un reino!

No hay nadie capaz de discernimiento que no sea también humilde: aquel que no es humilde, no tiene nunca discernimiento.

No hay nadie humilde que no sea también pacífico: aquel que no es pacífico, no es nunca humilde.

No hay ningún pacífico que no sea también alegre.

En todos los caminos que los hombres recorren en este mundo, no encuentran paz hasta que no se acercan a la esperanza en Dios. El corazón no encuentra paz de las ansiedades y de las ofensas, hasta que no se acerca a este lugar y esta esperanza no da en ellos paz e infunde alegría en sus corazones. Esto es cuanto ha dicho aquella boca adorable llena de santidad: Venid a mí todos vosotros que estáis afligidos y oprimidos y yo os daré reposo [26]. Dice: “Acercaos a la esperanza en mí y alejaos de los muchos caminos, y vosotros encontraréis reposo de las fatigas y de los temores”. La esperanza en Dios eleva el corazón, mientras que el temor de la gehena lo parte.

La luz del pensamiento genera la fe, la fe genera la consolación de la esperanza, y la esperanza fortifica el corazón.

La fe es la revelación de las cosas intuidas. Cuando el pensamiento es tenebroso, la fe está escondida: en nosotros prevalece el temor y [esta] expulsa de nosotros la esperanza. La fe que viene de la enseñanza no libera al hombre de la presunción y de las dudas, sino sólo la [fe] que se eleva de las cosas intuidas, y que es llamada “revelación de la verdad” [27].

Mientras que el intelecto [28] no ve claramente a Dios como Dios, por medio de la revelación de las cosas intuidas, el temor no se acerca al corazón. Cuando estamos abandonados en la tiniebla y perdemos esta intuición, tanto de quedar humillados, entonces nos agarra el temor que nos acerca a la humildad y a la conversión.

El Hijo de Dios se ha sometido a la cruz: ¡los pecadores tenemos confianza en la conversión!

Si el hábito de la conversión [ha sido capaz de] alejar la ira del rey [29], ahora Él no desprecia la sinceridad de vuestros pensamientos. Si el hábito de la humildad ha alejado la ira de sobre aquel que incluso sabía en su corazón que no era sincero, ¿cuánto más [la alejará] de vosotros que sufrís sinceramente por vuestras fallas? Es suficiente el sufrimiento del pensamiento, en lugar de las fatigas del cuerpo, según la palabra del Intérprete [30].

Templo de gracia es aquel que se une a Dios mediante una constante reflexión sobre lo que pertenece a [Dios]. ¿Qué es la reflexión sobre lo que le pertenece? Es el constante entretenerse en lo cual él se complace; es el sufrir en todo tiempo; la fatiga continua del pensamiento por aquellas cosas que, en razón de la miseria de la naturaleza, permanecen siempre incompletas; la constante tristeza que, a causa de ellos, el pensamiento lleva con movimientos violentos y que presenta a [Dios] con humilde compunción, como una ofrenda durante su oración; y el no preocuparse, en cuanto es posible, del propio cuerpo, según la propia fuerza. ¡He aquí aquel que lleva en su alma la memoria constante de Dios! Dice en efecto el feliz obispo Basilio: “La oración sin distracción es la que produce en el alma una constante reflexión sobre Dios. Y además ésta es la inhabitación de Dios: por medio del recuerdo constante que nosotros tenemos de Él, Él habita en nosotros” [31]. Esto es en efecto cuanto sucede en la reflexión contrita del corazón, mediante el propósito [de hacer] lo que a Él le complace. Los pensamientos malvados que no [vienen] de la voluntad, provienen de la relajación que les ha precedido.

¡Oh hombres, hermanos, que deseáis dar al cuerpo, para reanimarlo, un poco de reposo del trabajo [32] para Dios, de modo de tomar fuerza y poder de nuevo volver a tal trabajo, no relajemos del todo nuestra vigilancia, en los pocos días en los cuales descansamos, entregando por entero a nuestra alma a la relajación, como hombres que no tienen más intención de volver al propio trabajo!

Los que reciben flechas en un tiempo [que sería] de paz, son cuantos, con la libertad [33] de [su] voluntad, han amontonado en su propia alma las causas. Y los hábitos sucios de los cuales se ven revestidos en un lugar [que incluso] es santo –es decir en el momento en el cual Dios se eleva en sus corazones- son aquellos que han tejido en el tiempo de relajación. Las cosas que en el tiempo de la oración pura –cuando buscamos presentar la ofrenda- nos avergüenzan, son las que hemos hecho íntimas en el tiempo en el cual hemos tratado a nuestros sentidos con negligencia.

La vigilancia es de mayor ayuda al hombre que las obras, y la relajación le hace más daño que el ocio. Del ocio en efecto surgen guerras interiores que, aunque maltraten al hombre, éste es capaz de vencerlas. En efecto, apenas éste se aleje del ocio y vuelva nuevamente a la fatiga ascética [34], estas son reducidas al silencio y vuelan lejos de él. No así, en cambio, lo que es generado por la relajación, aunque tal blandura es [a su vez] generada por los vicios. En efecto, durante todo el tiempo en el cual [el hombre] está en el espacio de la libertad, él puede hacerse siempre violencia para reconducirse a sí mismo al orden de las leyes que lo cuidan. ¡Él está en el espacio de su libertad! Pero cuando se encuentra en la relajación, él ha salido del espacio de la libertad. Si un hombre no aleja completamente de sí la propia vigilancia, no podrá estar obligado,  con coerción y contra su voluntad, a conformarse a esto que no es de [su] satisfacción. Y si no ha abandonado completamente los límites de la propia libertad, no incurrirá en accidentes capaces de ligarlo al punto que ya no sea capaz de oponerse a la necesidad.

Oh hombre, no abandones el espacio de la libertad, por medio de tus sentidos, porque cuando quieras entrar nuevamente, no podrás. El ocio, en efecto, daña solo a los jóvenes, la relajación, en cambio, daña también a los perfectos  y a los ancianos. En efecto, los que se dejan conducir por el ocio de los malos pensamientos, vuelven nuevamente mediante la vigilancia, si están en la altura de las buenas conductas. Pero los que, confiando en sus fatigas, han dejado la vigilancia, han sido arrastrado de la altura de la conducta a una vida relajada: sucede entonces que uno salga herido en las tierras por sus adversarios y muera en tiempo de paz, y que otro salga a fuera con el pretexto emplear [su] vida y reciba daño su alma.

Nosotros no debemos estar afligidos cuando caemos en algún [error], sino cuando perseveramos en estos. Las caídas suceden a veces también a los vigilantes, pero el permanecer allí es la muerte completa. El sufrimiento que nosotros soportamos por alguna de nuestras transgresiones involuntarias, [nos] es contado como trabajo [35] puro de la gracia que sostiene nuestra vida.

Aquel que, confiando [ser perdonado], comete por segunda vez su falta, camina con Dios de modo astuto. Sin que él se dé cuenta, se abatirá sobre él lazo del castigo y no le será concedido aquel tiempo del cual él confiaba.

Todo hombre que sea relajado en sus sentidos, es relajado [también] en su corazón. Es el trabajo [36] del corazón el que frena los miembros exteriores. Y si uno se da a tal [trabajo] con discernimiento, siguiendo el ejemplo de los padres que nos han precedido, es conocido que esto se manifiesta en él con otros [signos]: no está ligado a las riquezas materiales, no ama el dinero, y la ira está completamente ausente de él. Al contrario, donde se encuentran estas tres realidades –el amor a las riquezas materiales, por pequeñas o grandes que sean, la facilidad a la ira y la esclavitud del vientre- aunque éste se asemejase a los santos de antaño, sabed que [su] relajamiento en las realidades exteriores [proviene] de su falta de perseverancia en las interiores, y no es [fruto] de un descuido general del alma. Si no fuese así, ¿cómo es posible que él haya despreciado las realidades materiales, sin haber adquirido la tranquilidad?

A una separación obrada con discernimiento se acompañan: el no [tener] vínculos con las cosas, el ser sobrio [en lo que respecta] a la vida y el amor a los hombres.

Si [alguno] soporta voluntariamente injusticias por Dios, él es puro en su interior. Si no desprecia a un hombre por sus llagas, él es verdaderamente un hombre libre. Si no sufre encontrarse con aquel que le honra, ni se agita cuando se encuentra con aquel que no está de acuerdo con él, él está verdaderamente muerto de todo lo terreno.

La vigilancia con discernimiento es mejor que todo género de conducta a los cuales los hombres se aplican en cualquier nivel.

No odies al pecador: todos nosotros somos deudores. Si es por Dios que tú te opones a él, llora más bien por él! ¿Por qué lo odias? Odia sus pecados y ora por él, para ser semejante a Cristo, que no se enoja con los pecadores, sino que ora por ellos ¿No has visto cómo lloraba por Jerusalén? [37] Muchas veces, en efecto, nosotros somos engañados por Satanás. ¿Por qué pues odiamos a aquel que, como nosotros, ha sido engañado por el mismo que nos engaña a nosotros? Hombre, ¿Por qué odias al pecador? ¿Quizás porque no es justo [38] como tú? ¿Pero tú cómo puedes ser justo, si no tienes amor? Si en cambio tú tienes amor, ¿cómo no lloras por él, sino que, por lo contrario, lo persigues? ¡Es por ignorancia que algunos, [incluso] capaces de discernimiento, se agitan contra los que comenten pecados!

¡Sé un anunciador de la bondad de Dios! Él, en efecto, es providente contigo mientras que tú no eres digno; y mientras tú eres deudor de muchas cosas, no parece que él te pida [algo]; y por las pequeñas cosas en las cuales tú muestras [buena] voluntad, él te recompensa con grandes cosas.

¡No llames a Dios “justo”! [39] En efecto, en aquello que te concierne no se ha hecho conocer su justicia. Aunque David lo llama justo y recto [40] sin embargo su Hijo nos ha mostrado que él es bueno y dulce. Dice en efecto: Él es dulce con los malos y con los que reniegan [41].

¿Cómo puedes llamar a Dios “justo”, cuando te tropiezas con los capítulos sobre el salario de los obreros? [El dueño de la viña dice en efecto]: Amigo mío, yo no te he hecho una injusticia… y quiero dar a este último lo mismo que a ti… ¿por qué tomas a mal que yo sea bueno? [42]

¿Cómo puede uno decir Dios es “justo” cuando se encuentra con el relato del hijo pródigo? Habiendo éste derrochado todos sus bienes en la relajación, ante la sola compunción que mostró, [el padre] corre, se le tira al cuello y le reintegra todos sus bienes [43].

No es cualquiera él que nos ha hablado de él, para que nosotros dudemos de su bondad: es el Hijo mismo el que ha testimoniado con respecto a [Dios] estas cosas. ¿Dónde está la justicia de Dios, si mientras éramos pecadores Cristo murió por nosotros? [44] Si pues él es compasivo aquí abajo, nosotros creemos que no cambiará. Que no pensemos nunca esta impiedad: que hay un tiempo en el cual Dios no sea compasivo. Las propiedades de Dios no cambian como las de los mortales. Y no hay un tiempo en el cual él no posea algo y luego la posea; o bien que algo pueda ser sustraído o agregado a aquel que lo posee, como [sucede en las] creaturas. Las cosas que son de Dios, están junto a él desde siempre y por siempre, como dice también el bienaventurado Intérprete en su Comentario al Génesis [45].

Témele con motivo de su amor [por nosotros] y no por el nombre de dureza que le es puesto encima [46]. Ámalo porque es bueno para nosotros amarlo, y no por las cosas que nos dará y por aquellas que ya hemos recibido. Aunque en efecto él hubiese creado por nosotros solo este primer mundo, ¿quién es digno de su gracia? ¿Dónde está su retribución [47] por nuestras acciones? ¿Quién es el que le ha persuadido antes [que nosotros fuésemos] para que nos hiciera venir a la existencia? Y ¿quién lo persuade en nuestro favor cuando nosotros nos encontrábamos en un estado de olvido, como si no existiéramos? ¿Quién transforma en vida nuestra corrupción? Y también: ¿de dónde es que desciende del polvo [que nosotros somos] [48] el movimiento del conocimiento?

¡Oh asombrosa compasión de Dios! ¡Oh maravillosa bondad de nuestro Creador! ¡Oh fuerza de la cual todo es posible! ¡Oh dulzura desmedida hacia toda creatura! ¡Incluso a los pecadores les traes de nuevo a la existencia!

¿Quién es capaz de glorificarlo? A aquel que obra impía y blasfemamente, ¡él lo levanta! Lo hace resurgir del polvo inanimado, [haciéndola] creatura gloriosa, inteligente y racional. Y al insensible polvo esparcido y a los sentidos dispersos [les transforma en] naturaleza racional y veloz en los movimientos, incluso el pecador, al [momento de] su resurrección, no es capaz de comprender su gracia [49].

¿Dónde está la gehena que nos puede hacer sufrir? Y ¿cuál es el tormento cuyo temor puede tener en nosotros la superioridad como para vencer la alegría del amor de [Dios]? Y ¿qué es la gehena en relación a la gracia de la resurrección que nos resucita del she’ol, y hace así que esta realidad corruptible se revista de incorruptibilidad [50], y eleva en la gloria esta realidad hundida en la ignominia del she’ol?

¡Vosotros que tenéis discernimiento, venid, admirad! ¿Quién está dotado de una mente sabia capaz de asombrarse? ¡Venga, asómbrese por la gracia de nuestro Creador! Esta es la retribución de los pecadores: en vez de retribuirle según la justicia [51], él les retribuye con la resurrección. En lugar de los cuerpos que han pisoteado su Ley, él les reviste de una gloria plena. Esta gracia, que viene después de nuestro pecado, es más grande de la que, cuando no éramos aún, nos ha traído a la existencia.

¡Gloria a tu inconmensurable gracia! Ahora las olas de tu gracia me hacen callar, sin dejar en mí ningún movimiento, ni siquiera para darte gracias. ¿Con qué boca te alabaré, Rey bueno que amas nuestra vida? Gloria a ti, en los dos mundos [52] que has creado para instruirnos y para deleitarnos, por todo lo que has traído a la existencia para hacernos conocer tu gloria, ahora y por siempre por los siglos de los siglos. Amén.



Isacco di Ninive
Annuncia la bontà di Dio
Testi dei Padri della Chiesa. Nº 81.
Introducción, traducción del siríaco y notas a cargo de Sabino Chialà.
Edizioni Qiqajon, Mganano 2006.
Pp. 13-31


Notas:

[1] El término siríaco que traduzco con celo es tnânâ, que indica precisamente el fervor o ardor, considerado en el ambiente ascético normalmente positivo. Este inicio de Isaac debe haber asombrado a no pocos de sus lectores, al punto que el traductor griego de su obra agrega el adjetivo “malo” cada vez que el Ninivita habla del celo en términos negativo. Para el traductor, por tanto, no es el celo en cuanto tal el que ha de ser rechazado, sino el mal oculto. Isaac es en cambio clarísimo y, sin embargo no desdeñando la pasión para él sumamente necesaria en la vida espiritual (véase la insistencia sobre hashâ, “sufrimiento-pasión”, en lo que sigue del texto), pone en guardia de aquel celo que se muestra como intransigencia, dureza y condena. Hay por tanto una sutil pero importante diferencia entre el celo (tnânâ), que es signo de dureza, y la pasión (hashâ), que es en cambio participación interior y sufrimiento.

[2] Rm 15,1.

[3] Gal 6,1.

[4] Cf. Gal 5,22.

[5] El término siríaco hashâ, como el correspondiente griego páthos, indica tanto el “sufrimiento” como la “pasión”. En este caso, y en aquellos que siguen, el sentido de la sentencia podría también conformarse a la segunda acepción.

[6] Evocando con “fatiga”, aquí y en lo que sigue, el término ‘amle, con el cual los autores siríacos indican las prácticas de la vida ascética. Otro término que se refiere al mismo tema es pulhânâ, que he traducido con el término “trabajo”; este indica la práctica y el cultivar las obras ascéticas.

[7] En siríaco: mrhamanutâ, sustantivo formado sobre la raíz rhm, que indica precisamente la compasión o la misericordia. Normalmente traduciré este término con “compasión”, mientras traduciré el sinónimo rahmâ / rahme, construido sobre la misma raíz, con “misericordia”.

[8] El término siríaco aquí usado, kenutâ,  indica la justicia como exactitud, equidad. Tenemos pues en siríaco al menos otros dos términos que tienen un significado análogo pero no idéntico: zadiqutâ, que indica la justicia de aquel que es conforme al querer de Dios (la justicia como santidad), y trisutâ, que indica la rectitud o la equidad. Como explicará abajo, este tercer término para Isaac, es semejante al primero. La distinción entre estos términos y otros formados sobre la misma raíz es fundamental para seguir el discurso de Isaac. Cuando uso el término “justicia” o “justo”, sin espicificaciones posteriores, traduzco kenutâ y kenâ; con “rectitud” y “recto”, traduzco trisutâ y trisâ. Señalaré, en cambio, los casos en los cuales se recurre a zadiquiâ y zadiqâ.

[9] Literalmente: “desviar”.

[10] Literalmente: “Si ésta está de parte de la justicia, entonces aquella está de parte del mal”. Por justicia, en este caso, Isaac no usa el término kenutâ sino zadiqutâ, quizás porque quiere indicar no tanto aquellos que se consideran justos en cuantos fieles observantes de la ley, sino a los que son realmente conformes al querer de Dios.

[11] O bien: “ha muerto a los sufrimientos”. Al comienzo de esta misma colección de discursos, Isaac dice explícitamente que él usa el término “mundo” no para indicar la creación o los hombres, sino como un nombre colectivo que reúne a las “pasiones”. (cf. Isaac de Nínive, Primera Colección 2; Id., Un’ umile speranza, pp. 111-112.

[12] Literalmente: “según la forma”.

[13] Literalmente: “bajo la forma de la amistad”.

[14] Hay aquí una referencia a un dicho de los padres del desierto en el cual se lee: “Un anciano dijo: ‘Si vez a uno caer y puedes ayudarlo, tiéndele tu bastón y hazlo levantarse. Pero si no puedes levantarlo, déjale tu bastón y no te pierdas también tú junto con él. Si le das la mano y no puedes levantarlo, será él el que te arrastre hacia abajo y morirán los dos’. Esto decía por aquellos que quieren ayudar a otros más allá de sus posibilidades.” (Detti dei padri, Serie anónima N 472; cf. I padri del deserto, Detti editi e indediti, a cargo de S. Chialà y L. Cremaschi, Qiqajon, Bose 2002, p. 230). Este dicho se encuentra también en la serie siríaca editada por Budge y corresponde al número 1,331 (cf. E. A. W. Budge, The Paradise of the Holy Fathers, Chatto and Windus, London 1907).

[15] Literalmente: “ocasiones de enfermedades”.

[16] Cf. Rm 5, 6-8.

[17] La justicia de la cual aquí se habla no es la kenutâ, sino la zadiqutâ (cf. supra, p. 15, n. 8), y sobre la misma raíz está construido también el verbo que he traducido con “descubrirse justo”.

[18] Una vez más, el término empleado es zadiqutâ.

[19] En siríaco: pulhânâ (cf. supra, p. 14, n. 8)

[20] En siríaco: zadiqâ.

[21] Aquí y a continuación vuelve al término kenutâ.

[22] Cf. Rm 12, 15.

[23] El término siríaco que es empleado aquí es àbilâ, que significa literalmente “lloroso-[llorante]” pero que en la literatura siríaca es uno de los nombres del monje.

[24] Verbo construido sobre la raíz zdq.

[25] Cf. Mt 5,9.

[26] Mt 11, 28.

[27] Para Isaac la fe no es un conjunto de conceptos aprendidos por la enseñanza recibida por otros: esto es sólo el punto de partida. La verdadera fe es una intuición interior y personal que se levanta en el corazón del creyente. Tal concepto será explicado en el discurso inmediatamente posterior al nuestro, donde Isaac dice: “Yo no llamo ‘fe’ al hecho que uno crea en la distinción de las adorables personas en la Esencia, en la propiedad de su naturaleza, o en la asombrosa economía que se realizó en nuestra humanidad cuando [Dios] tomó nuestra naturaleza. Sino que yo llamo ‘fe’ a la luz inteligible que la gracia levanta en el alma y que en el testimonio del pensamiento sostiene el corazón lejos de la duda”. (Isaac de Nínive, Primera colección 51; cf. también Id., Un’ umile speranza, pp. 147-148).

[28] En siríaco: hawnâ, término particularmente difícil de traducir al italiano. En efecto, la traducción “intelecto” es especialmente insuficiente porque arriesga de dar a éste “lugar” una connotación intelectual o psicológica. El término siríaco indica en cambio, propiamente, un lugar más que un órgano: se trata de aquel espacio interior en el cual el hombre acoge y se vuelve morada de Dios.

[29] Cf. Mt. 18, 23-27.

[30] La tradición siro-oriental indica con el apelativo “Intérprete” a Teodoro de Mopsuestia. No he podido individuar el pasaje exacto al cual Isaac se refiere.

[31] Basilio de Cesaria, Carta 2,4.

[32] Aquí y en las dos repeticiones siguientes, está en el siríaco el término pulhânâ (cf. supra, p. 14, n. 6).

[33] Literalmente: “Parresia”.

[34] Literalmente: “en lugar de la fatiga”.

[35] En siríaco: pulhânâ.

[36] En siríaco: pulhânâ.

[37] Cf. Mt 23, 37-39.

[38] En siríaco, aquí y en lo sucesivo: zadiqâ.

[39] De aquí en adelante retoma los términos kenâ y Kenutâ (cf. supra, p. 15, n. 8).

[40] En siríaco: kenâ y trisâ. La referencia a David puede ser entendido como un en general referida al Salterio, donde en más de un pasaje Dios es llamado recto y justo.

[41] Lc 6, 35.

[42] Mt 20, 13-15.

[43] Cf. Lc 15, 11-24.

[44] Cf. Rm 5,8.

[45] Se trata todavía de Teodoro de Mopsuestia, autor de un Comentario al Génesis que nos ha llegado a través de fragmentos, sobre todo de la versión siríaca y del original griego. Algunos pasajes han sido encontrados también en las versiones latina y árabe.

[46] En el discurso 39 de la Segunda Colección, Isaac afronta el problema de los nombres de Dios afirmando que hay algunas acciones o algunos sentimientos referidos a Dios, como la cólera, la ira y el odio, que no corresponden a su verdad, aunque estén testimoniados por la Escritura. Invita por tanto a una lectura “inteligente”, también de los textos sagrados (cf. Isaac de Nínive, Segunda colección 39, 2.19; Id., Un’ umile speranza, p. 34).

[47] Entiende los castigos por las acciones malvadas.

[48] Cf. Gen 2.7.

[49] Otra traducción posible: “No es capaz de reconciliarse con su gracia”.

[50] 1 Cor 15, 53.

[51] El término siríaco aquí empleado es también kenutâ.


[52] Es decir, sobre la tierra y en los cielos.



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