Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 11 de diciembre de 2014

La espera del Mesías.

Matta El Meskin



El curso entero de la historia está en manos de Dios

Todo el Antiguo Testamento [1], desde el primer capítulo del Génesis, presenta la historia humana como un movimiento de creación y desarrollo que inicia desde Dios y luego se establece en el hombre. Dios continúa dirigiéndolo y controlándolo con gran precisión según su particular designio y su voluntad, de modo que tanto en la vida de un individuo como en la de una generación o de una nación, el movimiento de la historia aparezca claramente en total y perfecta sumisión a su voluntad y a su presciencia. Dios es “el Rey de los siglos” (1 Tm 1, 17) y todo se cumple “según el designio preestablecido y la presciencia de Dios” (Hechos 2, 23). Dios establece también el movimiento del tiempo a favor del hombre habiendo “establecido el orden de los tiempos y los confines del espacio” (Hechos 17, 26).


Trascendencia de la historia en Dios

El movimiento del tiempo se muestra como independiente de nosotros y así parece libre y no relacionado con el hombre: en efecto el sol surge y se oculta, más allá de si el hombre lo quiere o no lo quiere, y los años transcurren, el verano y el invierno, cambian independientemente de su voluntad. El tiempo parece verdaderamente despreciar al hombre como si estos estuviesen sometidos a su autoridad. En realidad, sin embargo, Dios ha sometido al hombre al transcurrir del tiempo y toda su solemne grandeza, para que a partir de esto el hombre pueda modelar la propia historia espiritual en su desanudarse a través de los siglos y en el elevarse al final más allá del transcurrir del tiempo mismo. He aquí en efecto a qué está llamado el hombre: será unido a Dios en la vida eterna, donde no habrá ni sol ni luna, ni verano ni invierno (cf. Ap 21, 23). Cristo indicaba este cumplimiento al cual tiende la historia cuando dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35).

Considerado como movimiento que se verifica en la realidad material, en el cielo y sobre la tierra, el tiempo es algo muerto y pasajero, pero en la realidad humana éste está vivo, es una historia duradera, la historia de la salvación, la historia de la palabra de Dios que no vuelve nunca vacía. Es un movimiento que se inicia desde Dios y en Dios termina, llevando consigo a la humanidad redimida: “Antes de formarte en el vientre materno te conocía, y antes que tu salieses a la luz te había consagrado” (Jer 1,5). Así, si el hombre obra según la voluntad de Dios, es decir en armonía con el conocimiento de Dios y con la consagración a él, entonces se eleva más allá del movimiento del tiempo y lo somete realmente a la voluntad de Dios, transformando las horas, los días y los años en una historia de salvación, en una edad divina, vida eterna en el reino de Dios: “Este es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación” (2 Cor 6,2).

El hombre que se opone a la voluntad de Dios y deliberadamente desprecia el conocimiento y la santidad, cae presa del pasar del tiempo y se vuelve parte muerta de una edad muerta. Y el hombre, que está obligado por la necesidad a dominar el movimiento del tiempo, cumple así la voluntad de Dios pero por obligación, sin acogerla, ni quererlo y sin alegrarse por esto. Es como el frío del invierno o el calor del verano, importantes pero al mismo tiempo insignificante, los cuales sirven al crecimiento de las creaturas, pero no son queridos por estas; dan su energía, fuerza y renovación, mientras que en sí mismos están muertos.


La intervención de Dios en la historia humana.

Todo el Antiguo Testamento es una historia viva que con claridad y vivacidad narra la constante condescendencia de Dios y su comunicación con el hombre para elevarlo por encima del pasar del tiempo muerto. Dios ha cumplido esta obra interviniendo con su Palabra y transformando el sucederse de los años y de las generaciones en una historia sagrada y viva, la historia de Dios con el hombre y del hombre con Dios.

Esto significa que toda la Torá es tanto la historia de la acción de la palabra de Dios en la humanidad, como una historia de las acciones de los hombres en comunión o en contraste con la palabra de Dios. En ambos modos Dios se revela con todos sus atributos. El pasar del tiempo en el Antiguo Testamento al final ha conducido justamente a la revelación de Dios, y de todos sus atributos, al hombre y en el hombre. Esto ha sucedido tanto cuando la voluntad de Dios era observada, como cuando fue rechazada. El rechazo opuesto por el hombre a la voluntad de Dios era un nuevo elemento en el cual se ha podido revelar la habilidad de Dios en el conducir a la humanidad a la sumisión.


Cada persona es parte de cada libro de la Biblia.

Cuando leemos los libros de la Biblia, a primera vista estos parecen constituir solo una historia de eventos temporales. Pero si consideramos en profundidad su fin y objetivo y  referimos a nosotros mismos esto que leemos, descubrimos que su intención es revelar, justamente en nuestras personas, al Dios viviente. Nos es dado ver a nosotros mismos como somos y luego comenzar a ver a Dios como él es, especialmente confrontándolo con nosotros. ¿Cuál es el significado de la revelación de Dios al hombre? Aquí está todo el secreto de la Torá y del evangelio, el significado fundamental de la humanidad y la plenitud de la historia: “Esta es la vida eterna, que te conozcan, el único Dios verdadero, y a aquel que has mandado, Jesucristo” (Jn 17,3).


Acercarse a Dios en el tiempo a través del conocimiento

Dios es verdad, vida y luz eterna. El conocimiento de la verdad es participación en la verdad. El conocimiento de la luz es iluminación. Perdiendo el conocimiento de Dios, el hombre ha perdido la verdad en sí mismo y ha perdido la vida y la luz eterna. No puede ser más consciente de nada fuera del pasar del tiempo que transcurre por encima de su persona y le tiene en su poder, hasta que no cae muerto bajo éste. Todos los caminos posibles para el conocimiento de Dios han sido preparados para el hombre. Es el conocimiento de Dios que salva al hombre del caer bajo el dominio del tiempo y de su engañosa finalidad, representada por la muerte. El conocimiento de Dios es la revelación constante que él hace de sí en las mentes y en los corazones de cada pueblo mediante la comunicación del amor. Además, justamente en el vivir en perenne y gozosa unión con la fuente del ser, hay una garantía de vida y de inmortalidad. Esto provoca inevitablemente nuestro elevamiento por encima del pasar del tiempo y de la muerte, hasta la percepción de nuestra cualidad de ser más grandes que el tiempo, por encima de los eventos, más verdaderos y más duraderos que la muerte.


La palabra racional y la Palabra encarnada

A fin que, sin embargo, la revelación de Dios fuese más perfecta, todas las generaciones debían tener la experiencia del conocimiento de Dios en cada época, para que al final todas pudiesen conocer a Dios como la verdad plena que trasciende la percepción individual y conocer la vida eterna como vida que se extiende por encima del tiempo y de la existencia de la persona particular. Por esto, era necesario que la humanidad pasase a través de dos edades de la vida con Dios, o Testamentos, cada una completamente distinta de las otras.

La primera, que llamamos Antiguo Testamento, representa la revelación indirecta a través de palabras racionales. La segunda, que llamamos Nuevo Testamento, representa la revelación directa a través de la Palabra encarnada.

La diferencia entre Antiguo y Nuevo Testamento es resumida por el inicio de la Carta a los hebreos: “Dios, que había hablado en los tiempos antiguos muchas veces y de diversos modos a los padres por medio de los profetas, en estos días que son los últimos nos ha hablado por medio de su Hijo”. (Heb 1,1-2)

Esto muestra claramente que la revelación en el Antiguo Testamento era indirecta, es decir revelación a los profetas a través de la Palabra inspirada de Dios, sucedida en tiempos diferentes (“en los tiempos antiguos”) y a través de eventos diferentes (“muchas veces y de diversos modos”). El Nuevo Testamento en cambio es la autorevelación directa de Dios (“por medio del Hijo”) que trasciende la historia (“ha hablado a nosotros”). Esta revelación no queda inactualizada o limitada por la historia (“en estos días que son los últimos”), ya que la Palabra se ha hecho carne. La revelación de Dios en los dos Testamentos se coloca sobre dos planos distintos y complementarios: el primero es el plano histórico objetivo, basado sobre la palabra racional inspirada a través del pasar del tiempo, el cambio de los eventos y el sucederse de las generaciones. El segundo es el plano de la real auto-revelación, basado en la encarnación de la intemporal Palabra de Dios. Esta segunda es una revelación directa que trasciende el tiempo y se ha cumplido gracias a la encarnación, con la aparición de Dios en la carne, sin que Dios en sí mismo sufriese cambio.


La revelación de Dios en el hombre y en sí mismo en los dos Testamentos.

El método históricamente usado por Dios para revelarse en el Antiguo Testamento tenía tres componentes fundamentales.

El primero consistía en el hacer al pueblo en cuanto nación algunas promesas específicas temporales respecto a la existencia de la nación y de sus relaciones con las otras naciones. Dios habría cumplido las promesas en el tiempo fijado, por medio de los jueces, de los jefes y de los reyes, de los cuales había preestablecido los movimientos y las acciones: así el pueblo habría podido percibir a Dios en su perfecta conducción de los eventos.

El segundo componente estaba constituido por los mandamientos, por las legislaciones y por las normas religiosas y litúrgicas, incluyendo la necesaria consagración de los ministros y la unción de los sacerdotes, para enseñar al pueblo y hacerlo acercar a Dios: así el pueblo habría podido percibir a Dios a través de la purificación.

El tercero consistía en el dar al pueblo las profecías y las indicaciones espirituales sobre el futuro que le esperaba en la continua relación con Dios y sobre la misión en las relaciones con los otros pueblos de la tierra. Esto fue la tarea de los profetas que hablaron movidos por el Espíritu de Dios: así el pueblo podía conocer a Dios en el arrepentimiento y en el retorno a él.

Lo más sorprendente es que cada uno de estos tres componentes está  presente en cada libro de la Biblia, y un estudio y meditación profunda muestran que estos forman un plan claro y perfecto, dotado de un método lógico y de un fin preciso.

Los jueces, los jefes y los reyes que se sucedieron los unos a los otros en Israel en un arco de dos mil años, tenían claramente en común una autoridad divina, no obstante las diferencias morales y religiosas entre ellos y sus muchos fallos. Verdaderamente es como si hubiesen sido designados por Dios para realizar un único plan divino, independientemente del éxito y de los fracasos particulares.

Lo mismo vale para los levitas y los sacerdotes. A pesar de sus rangos, funciones y cualidades diversas y a pesar de los fracasos de muchos, ellos estaban unidos por un único servicio que realizaban para el pueblo y que Dios aceptaba sin mirar la sinceridad y la rectitud o la infidelidad y la rebeldía de quienes lo realizaban.

Lo mismo se puede decir también de las palabras de los profetas. Todas las profecías que, dignamente o indignamente, fueron pronunciadas en el tiempo del Antiguo Testamento son testificadas por la Escritura como palabras del Espíritu Santo y se cumplieron en el tiempo establecido, más allá de si el profeta que las anunciaba era impuro o si el pueblo rechazaba la profecía.

Además, estas tres vías, ejemplificadas en el rey, en el sacerdote y en el profeta, fundamentan el método pedagógico históricamente usado por Dios para revelarse a sí mismo al pueblo de Israel en el correr de los siglos, están ligadas entre ellas en una suprema unidad de objetivo que progresa en el tiempo. El reino de Israel, es decir el método de gobierno y el modo de vivir del rey, era garantía de la práctica del culto de Dios, del servicio del santuario, del mantenimiento del sacerdocio, del sacrificio cotidiano a Dios y del cumplimiento de todas las funciones sacerdotales. Todo esto, a su vez, estaba relacionado con las palabras de los profetas respecto a la integridad y a la exactitud de los objetivos que motivaban a Israel en cuanto pueblo. La unidad de Israel puede pues parecer fundada sobre un sistema –un sistema de monarquía, sacerdocio y profecía- pero en su esencia se trataba de una unidad orgánica viviente. El rey, el sacerdote y el profeta no representaban tres sistemas, sino eran tres componentes de un cuerpo viviente que Dios controlaba y guiaba a un fin específico y hacia una meta de importancia vital para el mundo entero: la revelación de Dios mismo.

El plan divino que está tras la constitución de este cuerpo viviente (un pueblo guiado por un rey divinamente consagrado, servido por un sacerdote divinamente constituido, inspirado por un profeta que hablaba movido por el Espíritu Santo) se puede sintetizar en el deseo de Dios de revelarse a sí mismo al mundo a través de este cuerpo vivo que progresaba en el tiempo y en el arco de muchas generaciones. El rey, en su absoluta soberanía, revelaba a Dios cual gobernante y salvador del pueblo. El sacerdote, en su servicio sacerdotal, lo revelaba cual reconciliador y sanador del pueblo. El profeta, en sus palabras y en sus visiones, lo revelaba como aquel que conforta y enseña al pueblo.

Pero hay otro misterio sorprendente a tener presente, complementario a lo anterior. Dios no ha considerado al pueblo de Israel como un cuerpo separado de sí. Lo pensó como su hijo primogénito, ya que era el primero entre los pueblos del mundo en ser amado por Dios. Lo pensó también como su siervo dilecto, porque era el primer pueblo que servía a Dios según un específico sistema cultual. Sin embargo, no ve estas cosas en la persona de sus reyes o de sus sacerdotes o de sus profetas, y ni siquiera en la nación, también ésta rebelde. Las ve en la persona del Mesías, que debía dar plenitud al concepto de realeza, en el sentido de gobierno justo y divino; al concepto de sacerdocio, en el sentido de redención y salvación;  y al concepto de profecía, en el sentido de una revelación de Dios directa y no mediada por alusiones. El Mesías los representaría ante Dios en su calidad de hijos verdaderos, siendo el Hijo divino de Dios, si bien al mismo tiempo permanecía según la carne un siervo de Dios y un verdadero israelita, ya que era de la estirpe de Abraham, hijo de David.

Así el Mesías desde el inicio fue considerado rey, sacerdote y profeta:

Rey eterno a imagen del cual fueron creados David y todos los reyes divinamente consagrados y en el cual la realeza alcanzaría su culmen. El comando del Reino de Israel debía permanecer sobre sus espaldas para siempre, en la verdad divina y no simplemente en la historia, porque su trono no pasará jamás: “Un niño ha nacido por nosotros, nos ha sido dado un hijo. Sobre sus espaldas está el signo de la soberanía y es llamado: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Príncipe de la paz. Grande será su dominio y su paz no tendrá fin sobre el trono de David…” (Is 9, 5-7)

Sacerdote a imagen del cual fue creado cada sacerdote para que sirviese ante Dios como mediador para el pueblo, y en el cual el sacerdocio encuentra su culmen. La mediación reside en su persona, ya que él es el único mediador de la redención, el perdón de los pecados y la reconciliación eterna entre Dios y el hombre.

Profeta en cuyo nombre todo profeta profetizó y del cual había indicado la venida en la plenitud de los tiempos. En él debían alcanzar la cumbre todas las profecías, todo conocimiento, toda la sabiduría del eón presente, ya que Cristo es la perfecta revelación viviente frente a Dios y al hombre. Ya no hay más necesidad que se profetice de él, ya que toda carne ha visto la salvación de Dios.

El Nuevo Testamento indica la misteriosa y perfecta relación entre Israel como pueblo y el Mesías, es decir Cristo. Todo lo que era atribuido a Israel puede ser atribuido al Mesías de modo preciso y puntual. Por ejemplo, el retorno del Señor Jesús de Egipto donde se había refugiado con su madre y José, Dios dice de él: “Desde Egipto he llamado a mi hijo” (Mt 2, 15). Esta misma palabra había sido dicha al pueblo de Israel cuando dejó Egipto (cf. Es 4, 22-23: “Israel es mi hijo primogénito… deja partir a mi hijo”, y Os 11,1). Es como si el pueblo de Israel hubiese obrado simbólicamente, poniendo en práctica la obra, la vida y el carácter del Cristo que viene.

Las características comunes al pueblo de Israel y al Mesías se extienden verdaderamente a todo aspecto, hasta el punto que las profecías dirigidas a Jacob –llamado Israel- debían ser comprendidas también como referidas al Mesías y puede ser explicada y aplicada tanto al Mesías como al pueblo de Israel, sin ninguna contradicción. Esto es el maravilloso misterio que está detrás del hecho de que Cristo es llamado Hijo y Siervo y, al mismo tiempo, Rey, Sacerdote y Profeta, ya que es un verdadero israelita, o más precisamente el verdadero Israel, y es verdaderamente el Hijo de Dios [2].

Esto muestra la interdependencia dinámica entre la persona del Mesías y el pueblo de Israel. Cada palabra dicha por Dios, cada mensaje, cada acción realizada a través de sus reyes, sus sacerdotes y sus profetas para el pueblo de Israel tenían el propio fundamento en la persona del Mesías y estaban destinadas a encontrar su cumplimiento y su meta definitiva en él, el Rey eterno, el único Sacerdote y el Profeta que pronunciaba palabras por sí mismo. De él dependía la existencia entera y la vida entera de Israel.

Así, la historia del pueblo de Israel con el conjunto de los acontecimientos sucedidos a sus reyes, con todos los ritos y el conocimiento del mismo Mesías, es narrada simbólicamente en la forma de un pueblo elegido con atención y amor para representar a Dios en medio de los pueblos de la tierra y proclamar la existencia y la misericordia al resto de las naciones.

Incluso las tragedias de Israel, su esclavitud y los repetidos castigos en el curso de la historia, no pueden ser excluidos de la esfera de acciones positivas con las cuales Dios conducía a Israel siempre hacia delante, lentamente pero con seguridad, haciéndolo acercar a los otros pueblos y reinos de la tierra. Todo esto era en vista a la unidad con las otras naciones del mundo a las cuales Israel debía salir al encuentro en la persona del Señor Jesús, el Mesías. Cuando Jesús hizo perfecta esta unión entre Israel y las naciones, en sí mismo, sobre la cruz, haciendo de los dos un solo pueblo, entonces se concluye la misión histórica de Israel. O más precisamente, la misión del Mesías de la historia se concluye y desde entonces comenzó la misión de Cristo de las naciones, el Cristo de la vida eterna.

La unidad intrínseca y orgánica que existe entre la persona de Israel y la persona de Cristo esclarece el motivo por el cual, fuera de la persona de Cristo que es el principio y el fin de Israel, no se puede explicar y no se puede comprender el fin de todos los eventos históricos, de toda la legislación y los ritos, de todas las enseñanzas y las profecías testimoniadas por el Antiguo Testamento, a pesar de que sean propias del pueblo de Israel y su auténtico patrimonio. Como dice el apóstol Pablo, Cristo es el fin de la ley dada a Moisés; análogamente es el fin del reino fundado por David y también el fin de las profecías anunciadas por los profetas. Verdaderamente él es el fin del mismo Israel y en consecuencia el fin de la humanidad ya que “todas las cosas subsisten en él” (Col 1,17).

El Antiguo Testamento prepara pues el camino a Cristo, representándolo en el tiempo y en la escena de la historia mediante algunas “figuras”. Antes de encontrar en él su cumplimiento, los eventos históricos eran en el fondo una profecía que indicaba de modo específico a Cristo. Lo mismo todos los ritos sacerdotales y los actos de culto atrajeron al espíritu humano hacia el misterio de Cristo, el verdadero Cordero, antes de llegar a un final repentino, cuando su sangre fue derramada sobre la cruz para que todos pudiésemos volver a él la mirada. También las profecías denunciaban constantemente el engañoso revestimiento externo que velaba la verdad del Reino del Mesías viviente, el Reino de gracia y verdad, espíritu y vida, hasta cuando éste se mostró definitivamente y nosotros lo hemos visto y lo hemos tocado con nuestras manos en la Palabra de Vida, Jesucristo, el cual es Espíritu de profecía: (“Ya que el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía”: Ap 19,10). Cristo era y es el eje alrededor del cual la Torá entera y la totalidad de la historia de la humana salvación se decide. Entre las imágenes más bellas del Mesías de Israel, está la visión de Daniel del Mesías como Hijo de hombre. En esta el Mesías de Israel, centro de la salvación, del reino y de la gloria de Israel, se vuelve imagen del Mesías de la humanidad entera, que abraza la totalidad de la creación humana y se vuelve centro de una salvación, de una gloria y de un reino que trasciende la realidad de este mundo: “Mirando en las visiones nocturnas, apareció, sobre las nubes del cielo, uno semejante a un hijo de hombre; llegó hasta el anciano y fue presentado a él, que le dio poder, gloria y reino; todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán; su poder es un poder eterno… y su reino no será jamás destruido” (Dn 7, 13-14). Esta verdad era uno de los aspectos más eminentes de la enseñanza de los rabinos y de los maestros inspirados de Israel en el período precedente al nacimiento de Cristo. Estos insistían en que no hay profecía alguna fuera del Mesías. “Todos los profetas profetizaron solo en relación a los días del Mesías”. “El mundo entero fue creado para el Mesías” [4]. Es la misma verdad que funda los escritos del Nuevo Testamento. Cristo mismo la confirma como un hecho digno de la máxima atención: “Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les explicó en todas las Escrituras lo que se refería a él” (Lc 24,27). Este es el fundamento de la fe impresa en la mente de la Iglesia primitiva. “Todas las cosas han sido creadas por medio de él y en vista a él. Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en él.” (Col 1,16-17)

Cuando los maestros y los rabinos de Israel se dieron cuenta de este hecho, comenzaron a reunir todos los eventos y las profecías contenidas en las Escrituras que indicaban al Mesías, incluido lo que respecta a su persona, a su obra y al tiempo de su venida en la historia. Reunieron 458 referencias mesiánicas de los cuales 75 son del Pentateuco, 243 de los libros de los profetas y 138 de la historia de los patriarcas, y las registraron en el tratado Sanhedrin. Desafortunadamente, sin embargo, los últimos maestros y rabinos que vivieron inmediatamente antes de la venida de Cristo permanecieron frenados en intricadas interpretaciones de estos textos respecto al Mesías y se perdieron en deducciones extrañas y absurdas que cubrían la verdad y hacían oscuro el rostro de la persona real en la cual el Mesías viene. Las profecías que se referían al Mesías eran distorsionadas en la mente de los jefes, su capacidad de percibir la verdad se había disuelto y sus ojos se habían vuelto ciegos frente a la visión de la luz, cuando ésta descendió. Además, la conciencia espiritual de los jefes se debilitó a causa de mirar exclusivamente la forma externa de la ley. Para los sacerdotes, los fariseos, los saduceos y los escribas la esencia de la religión consistía en la observancia puntual de la ley, en la repetición de los textos que la contenían, en un rígido apego a los ritos de purificación y a las otras observancias rituales, en la repetición de breves oraciones y en un celo patriótico por recuperar las glorias de un tiempo, el reino y la antigua supremacía. El ámbito de la espera mesiánica para ellos se agotaba aquí y no podían tomar en consideración actividades o acciones o intereses que les fuesen extraños.

Pensaban que incluso la venida del mismo Mesías debía simplemente consolidar la antigua forma de culto con sus precisos detalles y el cumplimiento de sus esperanzas. Así el culto judío se aleja del verdadero significado mesiánico que tenía en la intención divina. Las Escrituras y las profecías no fueron más interpretadas en su significado esencial. En vez de converger en la persona del Mesías que debía venir cual Salvador del mundo a través de Israel, fueron comprendidas como una descripción de un Mesías que vendría como dominador del mundo, instrumento para restaurar la gloria del pueblo de Israel.

Así, apenas Cristo hizo su aparición en público, estalló un conflicto entre él y  los jefes de los judíos: a pesar de que su enseñanza fuese de origen divino, cuanto más su predicación ignoraba el escrupuloso apego a los insignificantes detalles de la ley, las purificaciones y los excesos de religiosidad, la gloria mundana y la supremacía de Israel, tanto más Cristo era rechazado por los sacerdotes, por los doctores de la ley y por los zelotes del pueblo. Estos se dedicaban fanáticamente a sus ritos, a su raza, a su estado y consideraban que Jesús no tenía la calidad necesaria para ser el Mesías según la imagen que se habían hecho, siguiendo sus propias inclinaciones y sus fines corruptos.

Sin embargo, este ofuscamiento del significado esencial de la fe en el Mesías en el interior de los grupos de los sacerdotes, de los escribas, de los fariseos y de los saduceos no era general. Permanecía una parte del pueblo de Israel, que comprendía también a jefes y a  otros hombres piadosos, que supo conservar el espíritu auténtico del culto y adherirse a las fieles promesas de Dios. Este resto de hombres piadosos anhelaba con fe ardiente la venida del Mesías, ya que lo habían vislumbrado en el estudio de los profetas y de los maestros de Israel. El Nuevo Testamento, en las primeras páginas de los evangelios, nos da algunos ejemplos de estos creyentes: el viejo Simeón, la profetiza Ana, el sacerdote Zacarías, Isabel y la santa virgen María.


Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 1999 Magnano
Pp. 63-76

Notas:

[1] Durante el adviento la Iglesia reflexiona sobre la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y sobre la confirmación de las profecías vinculadas a la encarnación de la Palabra.

[2] “El cual incluso siendo en forma de Dios no consideró su igualdad con Dios un tesoro celoso, sino que se despojó a sí mismo asumiendo la forma de un siervo y volviéndose semejante a los hombres” (Fil 2, 6-7).

[3] “Ya que satisfizo a Dios hacer habitar en él toda plenitud” (Col 1,19)


[4] Sanhedrin 99ª; 98b. 


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