Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 8 de diciembre de 2014

The Call (o ME RINDO)

P. Diego de Jesús




La madrugada del 3 de diciembre de 1989 bajé al living. Entraba aroma a jazmines por la ventana entreabierta. Poco había logrado dormir, escuchando por última vez los crujidos de una casa a la que –en principio- no volvería jamás. A las diez teníamos que estar en la calle San Martín 761 del microcentro porteño para mi ingreso al Monasterio.
Y ahí estaba ella, en la penumbra.
Rezando su Rosario, como todas las madrugadas. Le pedía rezarlo juntos. Estaba un poco seria. Pensé que no le había gustado mi intromisión en sus cosas. Al terminar el último Gloria me dice –muy seria- ¿podremos rezar juntos la oración de Foucauld? (esa de Padre, me pongo en tus manos, te lo entrego todo, etc.) Sí, claro, le dije. Al terminar me miró y me dijo: con gozosos dolores de parto te traje al mundo, con el mismo gozoso dolor te llevo hoy…
Luego, aflojándose un poco, me sonrió, me agarró la cara con sus dos manos y, como sospechando mi preocupación, me agarró la cara con sus dos manos y, como sospechando mi preocupación, me dijo: tu madre va a estar bien.
Y allí salimos todos, entre corridas y nerviosismos, en dos autos, de Martínez al centro. Mucho tiempo después recordé haberme dado vuelta, ya sobre el umbral de la puerta, para barrerlo todo con una última mirada… con resabios a la mujer de Lot.
Ya en el convento nos hicieron esperar en el locutorio. Me habían permitido incluir a varios amigos, aunque la ceremonia sería muy escueta y sobria. Iban llegando. Recuerdo bien algunas caras: Fernando Garma, el Turco de Kemmeter, Matías de Cristóbal. Alfredo van Gelderen hablaba con papá, en un forzado y loable esfuerzo por romper el gélido ambiente.
Al Turco –en medio de todo eso- lo aparto y le encomiendo una última tarea: una breve carta que debe entregar en la calle Agüero. Era tan sólo un adiós final que quería incluir secretamente en el rito de ingreso. Con cara muy circunspecto, de profesional funebrero, me susurra: dalo por hecho.
Suena una campana.
Nos vienen a buscar.

Pasamos todos al pequeño hall de ingreso, frente a la escalera de subida de la clausura.
El prior y un postulante –Francisco Berola- cantan el Ubi Caritas al pie de la escalera.
Francisco lee un texto de la Regla. Y el Padre Oscar, el Evangelio del llamado: “y dejándolo todo, lo siguieron”.
Yo no veo a nadie de los “míos”, pues estoy puntero del grupo. Percibo a mis hermanos detrás y mis padres cerca. María solloza, pero muy despacito.
Yo estoy tranquilo y feliz. Sólo pienso: ¡al fin! Será que fue muy sinuoso el itinerario hasta este umbral.
Sinuoso y tortuoso, pero llegamos.
- ¿Qué pides?- me pregunta el Prior.
- La Misericordia de Dios y de los hermanos- balbuceo.
Francisco descuelga un crucifijo y me lo acerca a besar.
Doy entonces un paso al frente, me descalzo los mocasines y arrodillado beso las rodillas del Crucificado.
El Prior inicia un canto y girando sobre sí inicia la subida de las centenarias escaleras que conducen al altillo de Santa Catalina, recoveco íntimo en que se ha anidado la clausura de este nido monacal. Subo tercero, descalzo, hasta la diminuta capilla. Abajo quedaron todos, que se marchan cual deudos de un funeral. Un silencio misterioso cae como un sedoso velo sobre el feble atalaya en el corazón del microcentro porteño.
Es mañana de sábado. Es primavera. Y el invierno ha sido duro; muy duro; tal vez el más duro de mi vida: gris, gélido, brumoso… Y ahora cantan las tórtolas y la madreselva del ventanal está en flor.
Y es el día de las misiones. Con vértigo, arrodillado ante el Sagrario, caigo en la cuenta del abisal paso dado. Y lo sé –vaya a saber cómo- lo sé irreversible. Felizmente irreversible. Les pido a san Francisco Javier y a la Petit de Lisieux  que mi plegaria jamás se cierre sobre mí; que entienda siempre estar de misión, desde el corazón de mi Madre, la Iglesia… para que cuando vuelva el Hijo del Hombre encuentre orantes sobre la Tierra. La Tierra baldía…
Y retumban –casi con su timbre- esas tres palabras de santa Teresa que siempre me resultaron tan melodiosas como estridentes: para siempre, siempre, siempre…
Me llevan a mi diminuta celda. Desnuda. Sobre el ínfimo escritorio, una postal, en blanco y negro, del Cristo de Cimabue. Regalo de un querido fraile. A su dorso, con caligrafía muy escolar: “in silentio et in spe erit fortitudo vestra”, la bella expresión del Profeta, tan cara a santa Teresa.

Y se fueron el Padre y Francisco.
Y me senté.
Por la ventanita de la celda se veían las cornisas y frisos de las abandonadas Galerías Pacífico…
Y pensé dos cosas. O las recé. O ambas anudadas.
Lo primero –coincidiendo con el desplomante gesto de sentarme-: qué extraña y paradojal sensación de haber triunfado, de haber ganado la mayor de las batallas… y de haber sido ferozmente derrotado. Me rindo; Tú ganas, suspiré con gozo. Mi rendición incondicional es mi victoria. Y como un marinero o un andinista aprietan sus legendarios nudos, noté el que curiosamente se dibujaba entre mis dedos: había ganado la batalla definitiva deponiendo las armas.
Y lo segundo, con un dejo de preocupación o al menos de cierta desconfianza: debería ser ésta una instancia donde ver por delante una empresa vasta e inmensa por realizar, una labor y proyecto descomunal a afrontar, un gigantesco por-hacer que se abriera sobre el horizonte… Y no, muy por el contrario sólo sentía estar sentado en la cumbre del Aconcagua. La extraña sensación de que, con esto, ya estaba todo hecho. No era banderín de largada: era clara sensación de cinta de llegada. Algo así como no haber entrado al monasterio para hacer muchas cosas sino haber hecho muchas cosas para entrar al monasterio. “Para este fin de amor fui creado”… Un insólita sensación de haber puesto la película al revés y estar empezando por los créditos del final… Un inexorable clima de consummatum est. De Todo se ha cumplido… con abisal acento en el todo. Y balbuceó entonces mi aturdida entendedera una hoja de ruta que me ha guiado este cuarto de siglo: se te irá el resto de la vida en un arduo camino, en un espinoso derrotero, por retornar a este punto de partida. Este día es el final, no el comienzo. Caminarás hacia este sábado; andarás hacia este Tres… Peregrina con tenacidad la vida entera hacia este 3 de diciembre, hacia esta celda, hacia esta ventana, hacia este inicio.
Una campana interna sonó y entendí que debía raudamente bajar por la atunalada escalera para mi primer –o penúltimo- acto monástico. Cada minuto y cada suceso me irían distanciando –como una barca se desamarra del seguro puerto- de esa silla, de ese final que se me otorgó en el comienzo.
Y entendí el viaje hacia el Origen.
Primero fue sólo eso: una vaga sensación –vuelve al Origen-, que fue madurando como esperanza hasta cobrar la fisonomía de una serena intuición que brotó en serena expresión: vuelve al Origen. Y este recóndito logos fue aumentando su brío y sonido como aguas emergentes a punto de aflorar en fontana hasta brotar en frito de guerra: ¡vuelve al Origen! El aroma de ese altillo porteño hizo hace y hará de silente brújula y ayuda  a que los morriñosos recuerdos crezcan y crezcan hasta tornarse nítidos y rotundos delante de mí: es un Rostro; inmediato; el Tuyo, Señor. Mi Patria y Fuente. Mi Origen y Meta. Mi Sábado; mi Tres.
Vuelve Señor; en cada ocaso, en cada final, devuélveme al Origen.
Me rindo; Tú ganas…

P. Diego de Jesús
Monje del Cristo Orante
3 de diciembre de 2014

1 comentario:

  1. Excelente Padre, me hizo acordar a Castellani, especialmente en sus últimas palabras: "Me rindo Señor, me rindo".

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