Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 15 de enero de 2014

Una experiencia de comunión en el desierto rumano: Padre Cleopa de Sihastria (1912-1998)


Serafim Joanta





Introducción

El padre Cleopa (Ilie) es uno de los más grandes espirituales rumanos del siglo XX. Es también aquel que ha tenido mayor influencia sobre el monaquismo rumano y sobre la Iglesia ortodoxa de Rumania en general. Está todavía presente, en el recuerdo de su persona carismática y sobre todo a través de sus escritos espirituales, en la vida de muchísimos monjes y fieles de Rumania, y es conocido también más allá de las fronteras de este país porque algunos de sus escritos han sido traducidos a diversas lenguas. El padre Cleopa es uno de los últimos grandes representantes de la tradición hesicasta en Rumania renovada por el starec Paisij Velickovskij del Monasterio de Neamt, en Moldavia.

Yo soy uno de sus numerosos discípulos. Por treinta años lo he frecuentado y escuchado con gran amor. Tenía un verdadero don para el ministerio de la palabra, se dirigía a la multitud que lo buscaba incesantemente y para no desatender este don, a menudo el padre Cleopa enviaba a los que le pedían confesarse al padre Paisij (Olaru), apodado por la gente “el hesicasta”, otro gran espiritual de Sihastria, que confesaba día y noche. El padre Paisij era padre espiritual y confesor del padre Cleopa desde cuando éste último había entrado al monasterio. Y así, del padre Cleopa los fieles recibían la enseñanza de la fe a través de la palabra, mientras que del padre Paisij recibían el perdón de los pecados en el sacramento de la confesión. Es una verdadera bendición para mí hablar en esta sede de mi padre espiritual en el Señor. Oso hacerlo gracias a sus santas oraciones, convencido de que él intercederá por mí y por los que le han conocido, así como por el mundo entero, porque aquellos que han encontrado gracia ante el Señor interceden por los hombres, sus hermanos. No escondo que tengo una gran veneración por el padre Cleopa, que le rezo a menudo y que espero ver el día en el cual nuestra Iglesia lo propondrá como santo a la veneración de los fieles.


La vida del padre Cleopa

El padre Cleopa nació el 10 de abril de 1912 en una familia campesina, discretamente pudiente, profundamente cristiana, en el norte de Moldavia, en municipio de Sulitza, del departamento de Botosani. Era el quinto de diez hijos y en el bautismo recibió el nombre de Constantino. En los primeros dos meses de vida el niño estuvo tan enfermo que sus padres temían que muriese. Rechazaba el alimento y lloraba casi continuamente. Su madre, desesperada, lo llevó un día a lo del hieromonje Conon Gavrilescu, del skit de Cozancea, famoso por sus dones de exorcista y de sanador. El hieromonje le dijo que debía ofrecer el niño a la Madre de Dios poniéndolo en la iglesia con un cirio encendido ante el ícono de la Virgen. La madre obedeció, orando con muchas lágrimas: “Madre de Dios, te ofrezco este niño enfermo. Haz de él lo que quieras”. El niño más tarde se curó y no estuvo jamás enfermo hasta su muerte. El padre Conon le había predicho también que sobreviviría a todos sus hermanos y hermanas. Y así sucedió.

Los padres, Alejandro y Ana, eran muy piadosos, amaban a Dios, a la Iglesia y a los hijos. Su vida cristiana, al igual que la de todos los habitantes del país, se desarrollaba entorno a la iglesia con sus fiestas y sus eventos religiosos. Consideraban importantísima la educación de los hijos, tanto en la escuela, con sus siete años de estudio, como, sobre todo, en la casa. Era una educación profundamente cristiana. El padre Cleopa recordaba a menudo en sus prédicas la atmósfera religiosa de su familia. Decía: “En casa había una habitación cubierta de íconos, una especie de capilla. A media noche nos despertábamos para leer el salterio y hacíamos una centena de metanías. Luego volvíamos a la cama. Por la mañana orábamos también una hora”. Era más bien el padre quien era severo con los hijos, vigilaba de cerca su comportamiento moral  y su rectitud de vida. El padre Cleopa recordaba también: “A la mañana, antes de ir a la escuela, nuestra mamá quería darnos de comer, y papá decía: ‘Mujer, déjalos. No morirán de hambre’. Recién al medio día, después de terminar las lecciones, tomábamos primero que nada el pan bendecido traído el domingo de la iglesia, y después comíamos. Los hermanos más grandes, sobre todo Miguel, no comían nada hasta cuando no habían terminado de leer todo el salterio.” Esta atmósfera que reinaba en casa y la educación religiosa recibida prepararon la vocación monástica de los cincos hijos que fueron monjes. Después de la muerte del padre, Alejandro, la mamá Ana se hizo también ella monja en el monasterio de Agapia recibiendo el nombre de Agafia. Se durmió en el Señor después de veinte años de vida monástica, en 1968, a la edad de noventa y dos años.

Después de la escuela obligatoria, a la edad de catorce años, siguiendo el ejemplo de sus dos hermanos mayores, el joven Constantino comenzó a frecuentar regularmente el skit de Cozancea, a cinco kilómetros de su ciudad natal. En el skit vivía también el padre Paisij, el hesicasta, que lo acogió como hijo espiritual.

Después de tres años, en 1929, Constantino partió definitivamente para el skit de Sihastria con la bendición del padre Paisij y acompañado por el hermano mayor Basilio. El skit de Sihastria era conocido por la severidad de la vida espiritual querida por el higúmeno Ioanichie (Moroi), un gran asceta, formado en la vida monástica en el Monte Athos. Siendo el único presbítero del skit, él celebró la divina liturgia cada día por veinte años, alimentándose únicamente de la eucaristía y de la prósfora con la cual preparaban los santos dones. Sólo el sábado y el domingo tomaba un poco de alimento con los hermanos para no faltar al amor en el trato con ellos.

El padre Cleopa contaba también las duras pruebas a las cuales eran sometidos los novicios en el skit de Sihastria. En cuanto a él y a su hermano, debieron permanecer tres días a la puerta del skit, con la orden de golpear constantemente un tronco de un árbol que había sido cortado recitando interiormente la oración de Jesús: “Señor, Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. A la tarde el ecónomo del skit los conducía a una celda para que descansaran antes del oficio de medianoche y de la mañana. Al día siguiente debían volver a comenzar a observar lo que les había sido pedido en la puerta del skit. La tarde del tercer día fueron conducidos ante de todo al higúmeno para la confesión general de los pecados. Éste les preguntó si el tronco golpeado hubiese reaccionado de alguna manera. La lección sacada por ellos era que el monje debe soportar todas las pruebas sin lamentarse. Después de tres días de ayuno total, recibieron de comer y al día siguiente comulgaron los santos dones. Entonces fueron integrados en la vida de la comunidad. El hermano Constantino recibió el encargo de ocuparse de las ovejas del skit, cosa que hizo con gran celo por trece años.

El hermano Constantino tenía una memoria excepcional. Era capaz de aprender de memoria el salterio entero, numerosos pasajes del Nuevo y del Antiguo Testamento, muchos himnos acatistos y muchas oraciones y también algunos textos de los Padres de la Iglesia que más tarde citaría abundantemente en sus prédicas y en sus escritos. Su pensamiento estaba impregnado de la santa Escritura y de los Padres de la Iglesia. Escuchándolo hablar, a veces por horas, se tenía la impresión de que no decía nada por sí mismo, porque todo lo que decía se inspiraba de las Escrituras y de los santos. Si bien había frecuentado la escuela sólo siete años. Asombrados de su ciencia, muchos les preguntaban dónde había hecho sus estudios universitarios. El padre Cleopa respondía bromeando: “Sobre las colinas de Sihastria, pastando las ovejas del skit”. En realidad, leyó muchísimo durante los años en los cuales ejerció la tarea de pastor: “toda la biblioteca de Neamt”, en la cual en el siglo XVIII vivió Paisij Velickovski (1722-1794), monasterio del cual dependía el skit de Sihastria antes de volverse monasterio en el 1947.

El 2 de agosto de 1937, después de ocho años de noviciado, el hermano Constantino fue tonsurado monje y recibió el nombre de Cleopa. Fue ordenado diácono el 27 de diciembre de 1944, y presbítero el 23 de enero de 1945.

De la vida del skit de aquella época se debe decir que el 30 de mayo de 1941 un incendio quemó las celdas de los monjes –eran una treintena-, la capilla y el techo de la iglesia, construcciones que estaban edificadas en madera. El anciano y santo higúmeno Ioanichie, viendo que todo su trabajo de más de treinta años había sido consumido por las llamas en pocas horas, hizo tres grandes metanías delante de la iglesia diciendo como Job: “El Señor lo dio, el Señor lo quitó, sea bendito el nombre del Señor” (Job 1,21). Y dirigiéndose a los monjes dijo: “No se desanimen porque todo esto ha sucedido por nuestros pecados. Soporten con coraje cada prueba y no abandonen este lugar santificado por la oración y las lágrimas de nuestros predecesores. Respetad con asiduidad el santo orden de este skit. Sabed que aquel que no respeta este orden, será expulsado por el mismo lugar. Si llevan una vida casta y si el amor reina en medio de ustedes, la Madre de Dios reedificará ella misma nuestro skit de sus cenizas y encontrarán paz y salvación. Pero si no respetan estrictamente la regla de oración, el ayuno y sus deberes de monje, este lugar será abandonado, porque Dios ama más un lugar abandonado que el lugar en el cual viven muchos monjes, pero negligentes e impuros.”

Es en esta situación que el padre Cleopa es elegido en junio de 1942 para suplir al higúmeno y, después de la muerte de éste, en 1944, se convierte, contra su querer, en superior del skit. Al cabo de algunos años, a pesar de las durísimas condiciones de la guerra, logró con la ayuda de Dios y de la Madre de Dios, patrona del lugar, restaurar completamente el skit. También la vida espiritual se renovó con la llegada de nuevos novicios y un ritmo de oración aún más intenso. A parte de los siete oficios de alabanza cada día, el nuevo higúmeno introdujo doce vigilias de toda la noche en el curso del año y la lectura ininterrumpida del salterio en la iglesia, durante los oficios. Cada monje, por turno, debía leer el salterio en la iglesia por dos horas. Esta regla es respetada hasta nuestros días.

En 1947 el skit será elevado a rango de monasterio y gozará de una influencia aún más grande sobre los fieles de la región y del país entero. Un importante evento en la vida del monasterio fue el traslado, el 1º de diciembre de 1948, del gran staretz  Paisij, el hesicasta de Cozancea, a Sihastria. Rebosante de amor y de bondad, con un corazón misericordioso, el padre Paisij tenía el don de escuchar y de aconsejar cada día en el sacramento de la confesión a decenas de personas, no sólo a los monjes del monasterio que, según la regla, debían confesarse cada viernes, sino también de una multitud de fieles. Debe decirse que en Rumania los fieles amaban confesarse en los monasterios, sobre todo allí donde encontraban grandes starcy como el padre Paisij.

Pero Rumania empezó justo en esta época una nueva etapa de su historia. El 30 de diciembre de 1947 el rey debió abdicar. Se instaló la dictadura comunista y con esta la persecución religiosa. Centro de la persecución eran los sacerdotes y los monjes misioneros que tenían una influencia espiritual en sus fieles. El padre Cleopa estuvo entre los primeros puestos en la mira. El 21 de mayo de 1948, en el día de la fiesta de Constantino y de Helena, el padre Cleopa terminó su prédica en la iglesia con estas palabras: “El Señor conceda a nuestros dirigentes de hoy ser como los santos Constantino y Helena para que la Iglesia se acuerde de ellos a través de los siglos.” Después de la divina liturgia no tuvo ni siquiera tiempo de quitarse los ornamentos litúrgicos: un auto lo esperaba en la puerta del monasterio para conducirlo a la policía secreta donde debió permanecer cinco días sufriendo continuos interrogatorios y sin recibir nada de comer y ni de beber. Liberado después del interrogatorio, el padre pidió consejo a su padre espiritual y a muchos otros monjes y se retiró al bosque, no lejos del monasterio, donde se excavó una celda subterránea. Allí vivió en el más grande anonimato muchos meses.

El 6 de junio de 1948, después de la muerte del patriarca Nicodemo, la Iglesia ortodoxa de Rumania recibió a otro patriarca, en la persona de Justinian Marina, que tenía una cierta influencia sobre el presidente del partido comunista y que apreciaba de modo especial al padre Cleopa. Por pedido del patriarca, el padre, después de seis meses de reclusión, regresa al monasterio y retoma sus funciones con gran alegría de los monjes y de los fieles. Pero el nuevo patriarca tenía otro proyecto respecto al padre Cleopa. Desde el inicio de su patriarcado, el patriarca se ocupó de la renovación del monaquismo rumano en su conjunto con la creación de la escuela monástica y también de escuelas técnicas para monjes. Así, en agosto de 1949, transfirió al padre Cleopa con un grupo de monjes de Sihastria, al norte de Moldavia, para fortalecer la vida de un monasterio situado en una zona en la cual muchos fieles se habían separado de la iglesia rechazando el nuevo calendario adoptado por la Iglesia en 1923. Como higúmeno de Slatina, el padre Cleopa, les introdujo la regla de los oficios de Sihastria, la confesión semanal y una estricta vida comunitaria según le modelo de Teodoro Studita. Organizó también una escuela monástica para los novicios cuyo número crecía constantemente. Entre los nuevos habían también algunos teólogos como Petronio Tanase (+2011), el cual por el 1970 fue higúmeno del skit Prodromos sobre el Monte Athos; Antonio Plamadeala, futuro metropolita de Transilvania (1982-2005); Daniel Tudor, gran poeta y místico, muerto en la prisión comunista; Arsenio Papacioc, nacido en 1914 y actualmente residente en el monasterio de Techirghiol, que pasó catorce años en prisión, y otros más. En 1952 eran ochenta entre monjes y hermanos en Slatina, setenta eran jóvenes.  

Al mismo tiempo, el padre Cleopa recibió el encargo de cuidar y guiar la vida monástica en los monasterios de la región: Putna, Moldovita, Rasca, Sihastria y el skit de Sihla y Rarau. Todas estas comunidades seguían la misma regla de oración y tenían una gran estima por el padre Cleopa que les visitaba regularmente. También en estos monasterios fueron organizadas escuelas monásticas. La popularidad de padre Cleopa crecía. Numerosos monjes y fieles lo buscaban continuamente para recibir su palabra. Era también invitado a hablar en diversas parroquias para defender el nuevo calendario. Hasta la policía secreta pidió su colaboración en la propaganda por la colectivización de la agricultura, pero el padre les rechazó. Por este motivo la policía lo persiguió con continuas intimidaciones. Después de un interrogatorio en el monasterio en 1952, el padre Cleopa y numerosos otros monjes, entre los cuales estaba el padre Arsenio, fueron conducidos al puesto de policías y sometidos a un largo interrogatorio durante el cual fueron acusados de boicotear la economía nacional y de tener una actitud hostil en las relaciones con el partido comunista. Maltratados y encerrados durante la noche en una habitación iluminada con fuertes reflectores que les impedía dormir, fueron dejados con la orden de no hacer propaganda religiosa. Volvieron al monasterio, aconsejados por numerosos padres espirituales, los dos el padre Cleopa y Arsenio partieron y se escondieron en las montañas donde permanecieron por dos años. Vivieron separados en cabañas escondidas en el bosque, pero se veían regularmente para la confesión y la eucaristía. En 1954, el patriarca obtiene de las autoridades políticas el permiso de permitirles regresar al monasterio. Poco después el patriarca les pidió visitar los monasterios de su eparquía de Bucarest para predicar y confesar a los monjes y monjas. Al inicio de 1956, el padre Cleopa deja Slatina, cediendo su lugar de higúmeno a su discípulo Emiliano, y parte por pedido del metropolita de Banat, para una misión en los monasterios de Timisoara y de Arad, al oeste del país. Después de esta misión, que dura un año, regresa definitivamente a su monasterio de origen, a Sihastria, y se dedica exclusivamente a la oración y a la predicación.

Pero densas nubes se perfilan en el horizonte. En octubre de 1959 un decreto del gobierno ateo excluía de la vida monástica las mujeres que tuvieran menos de cincuenta años y los hombres que tuvieran menos de sesenta. De este modo muchos monasterios y muchos skit fueron cerrados y más de cuatro mil monjes y monjas debieron dejar los monasterios para volver al mundo “a trabajar en la construcción del socialismo”. La mayor parte de los monjes de Sihastria, incluso su higúmeno Ioil, debieron dejar el monasterio que se convirtió en una casa de reposo para los monjes ancianos de Moldavia. El padre Cleopa se vio obligado también él, por tercera vez, a tomar la vía del desierto. Vivió aislado en diversos lugares por más de cinco años, manteniendo sin embargo un vínculo secreto con algunos monjes entre los cuales estaba el padre Ioanichie Balan, futuro historiógrafo del monaquismo rumano. En este tiempo de oración y de silencio escribió diversos libros sobre varios temas religiosos que fueron publicados a fines de la época comunista en adelante.

En agosto de 1964 fue decretada la amnistía para todos los detenidos políticos. Un viento de libertad se hacía sentir por todos los lugares del país. Así, el 29 de septiembre, el padre Cleopa pudo volver a su monasterio. Retomo, si bien con prudencia, su predicación en la iglesia y sobre todo sobre la colina frente a su celda, donde los fieles se reunían cada día. Fue constantemente vigilado por la policía secreta hasta finales de la época comunista. En este tiempo, por veinticinco años, le fue prohibido, repetidas veces, hablar al pueblo. Y sin embargo la misma policía secreta lo apreciaba por su predicación y defensa de la ortodoxia contra las sectas: estas últimas, sostenidas por el extranjero, atraían muchísimos fieles, lo que era visto como una amenaza a la unidad del pueblo que contaba con un ochenta y siete por ciento de bautizados ortodoxos. Se explica así por qué algunos libros del padre Cleopa tuvieron el permiso para ser publicados en época comunista.

En 1977, el padre Cleopa hizo una peregrinación al Monte Athos y a Roma. Al regresar visitó en Celia al archimandrita Justin Popovié, canonizado este año por la iglesia serbia, para preguntarle si debía permanecer en Rumania o partir definitivamente para el Monte Athos. El santo hombre le dijo:

Padre Cleopa, si tú partes para el Monte Athos, serás una flor más en el “Jardín de la Madre de Dios”, pero ¿y los fieles? ¿A quién serán dejados? De tu permanencia en el Athos sacarás provecho tú, pero en el país muchos sacarán provecho de ti, y tú conducirás a Dios a tantas almas que no tienen una guía espiritual. También yo viví un tiempo en el Monte Athos, pero he regresado para dedicarme a la misión en mi país. Te aconsejo permanecer en el país. Allí encontrarás tu salvación y contribuirás a la salvación de otros. Esta es la más grande obra de los monjes de hoy: luchar contra la incredulidad, las sectas y la indiferencia religiosa. [1]

Después de la caída del comunismo, el padre Cleopa pudo actuar y hablar con toda libertad, y no se lamentó jamás de su sufrimiento. Al contrario, decía que el comunismo había sido permitido por Dios a causa de los pecados del pueblo. En la libertad reencontrada, muchos de sus discípulos, entre los cuales estaba el actual patriarca de la Iglesia de Rumania, Daniel, también él monje de Sihastria, se volvieron obispos.  En este período el número de los monjes y de los fieles que le visitaban creció sucesivamente.  Muchos jóvenes le pedían la bendición para entrar al monasterio y volverse monjes en Sihastria o en otros lugares. Así Sihastria se convirtió en un vivero de monjes para muchos nuevos monasterios y muchos skit de Moldavia. El Padre Ioanichie Balan publicó los libros del padre Cleopa aún inéditos y una colección de opúsculos titulados el Padre Cleopa nos habla para la difusión de la fe a nivel popular. El padre Cleopa recibió en su celda a monjes, fieles y también a obispos hasta el último día de su vida, el 30 de noviembre de 1998. Fue llamado por el Señor en la noche del 1º de diciembre, a la edad de 86 años. En su funeral, el 5 de diciembre, participaron ocho obispos, una centena de monjes y de sacerdotes y una multitud de más de diez mil fieles de todo el país.


Comunión y soledad en la vida del padre Cleopa

Comunión y soledad son dos dimensiones constantes en la vida del padre Cleopa. Fue un hombre de comunión con su vida y su misión en los monasterios de Sihastria, de Slatina y otros, y fue un hombre de soledad por su vida personal de oración en la celda –cuatro horas al día, “regla” que respetaba rigurosamente- como también por su vida de eremita durante ocho años. Su vida de soledad y de comunión ha  plasmado su personalidad carismática. Tenía un sentido muy fuerte de la obediencia y de la sumisión a la autoridad de la Iglesia, tanto más cuando esta era perseguida. Sabía muy bien que los obispos estaban obligados a compromisos con el poder político para buscar el no hacer sufrir demasiado a la Iglesia y por esto no ha condenado jamás a la jerarquía cuya tarea es la de custodiar la unidad de la Iglesia. Respecto al nuevo calendario introducido en 1923, no sólo aceptó esta decisión de la Iglesia, y la defensa con todas sus fuerzas tanto con la predicación como con los escritos. Sobre este argumento estaba el testimonio de su higúmeno Ioanichie. Este después del cambio del calendario, se puso a ayunar por cuarenta días sin comer ni beber nada y preguntaba a Dios si tal cambio era conforme a su voluntad. Al cabo de veinte días vio a los tres santos jerarcas Basilio, Gregorio de Nacianzo y Juan Crisóstomo que le dijeron: “Ioanichie, ¿por qué dudas y no obedeces? ¿No sabes que la desobediencia conduce a la muerte y que la obediencia es más grande que la ofrenda de sí?”

En cuanto al ecumenismo, un tema tan controvertido hoy en algunos ambientes monásticos, el padre Cleopa afirma en los Diálogos espirituales con el padre Ioanichie Balan:

Los encuentros entre las Iglesias son buenos, evangélicos. Estos ayudan a los cristianos a conocerse mejor y a poner fin al odio entre las confesiones. [2]

Era bastante realista con respecto a la unión entre las Iglesias. Decía que no sería hecha pronto porque  “ninguno renuncia fácilmente a su fe para adoptar la fe ortodoxa”. En cuanto respecta a la gracia de la salvación que algunos niegan a toda otra Iglesia fuera de la ortodoxia, dice literalmente: “la Iglesia ortodoxa y la Iglesia católica, en cuanto Iglesias apostólicas, tienen la gracia de la salvación” [3].

[...]

El amor que crea y fortifica la comunión era la virtud principal del padre. Desbordaba de amor por los monjes, por los fieles y por toda la creación. Era tan misericordioso que en Sihastria y en Slatina hizo introducir el uso de dar de comer a todos los fieles que participaban en los oficios. A veces estos eran tantos que todas las provisiones del monasterio eran distribuidas a los peregrinos. Y el padre insistía en que si pusiese todo en la mesa, sin reservas, convencido que cuando se da todo lo que se tiene, Dios provee milagrosamente las comidas que siguen, lo que sucedió siempre. El padre apreciaba la sinceridad, la humildad y el arrepentimiento de los pecados vivido por la gente simple. Decía con Juan Crisóstomo: “Si buscáis una fe pura, la encontraréis en el pueblo simple.”

Respecto a la relación entre comunión-misión y soledad en la vida de los monjes, el padre Cleopa decía:

Es necesario cuidar ambas para que no se excluyan. Hay necesidad, sin embargo, de mucha vigilancia y de mucha humildad. Como monjes no debemos dejar nuestra regla monástica de oración, silencio, obediencia, castidad y pobreza por amor a Cristo. Todo esto colabora para nuestra purificación y nuestra salvación… Es bueno para los monjes jóvenes, para aquellos que aman el silencio, para los monjes de gran hábito, para los ancianos y los enfermos elegir más bien el silencio, la obediencia, la iglesia, la celda y la soledad en el interior de la vida comunitaria, mientras los confesores, los monjes encargados de acoger a los peregrinos, los sacerdotes que viven una vida casta y que tienen el don de la palabra, todos ellos tienen el deber de ocuparse de los fieles con mucho amor, de escuchar sus problemas, de aconsejarles, de orar por ellos y de animarlos… Pero la oración, la iglesia y la obediencia son un deber de todos. [5]

El padre Cleopa no aconsejó a ninguno de retirarse al desierto porque la vida solitaria es más difícil que la vida en comunidad y comporta un mayor número de peligros. Decía que en el desierto el diablo mismo es el que combate contra el monje, mientras en el mundo o en una comunidad actúa a través de otros. De todos modos, según la tradición, es necesario tener una larga experiencia de vida común antes de retirarse al desierto con la bendición del padre espiritual y del higúmeno.

El padre Cleopa, que era un hombre muy realista y que ha escrito incluso un libro para poner en guardia contra una interpretación ligera de los sueños, de las visiones y de los milagros y para que no se busque semejantes fenómenos. Por el insistente pedido de sus discípulos cuenta algunos fenómenos extraordinarios que vivió él mismo en el desierto, sean algunas tentaciones del diablo, sean las intervenciones de Dios para salvarlo o animarlo en la lucha contra el maligno. He aquí dos ejemplos:

Una noche, hacia la una, después de haber leído el oficio de media noche y durante el oficio de la mañana, siento un fuerte ruido… La tierra temblaba. Abro la puerta de mi cabaña y veo una luz resplandeciente y dentro de la luz un carro de cuero con muchas ruedas. Del carro desciende un hombre de alta estatura con ojos medios blancos y medios negros. Con voz autoritaria me dijo: “¿qué haces aquí?” Me acordé al instante de lo que decían los santos padres: “Si tienes los santos dones contigo, tienes a Cristo viviente”. Entonces, sin dudarlo entré a mí cabaña, me abracé al árbol en el cual guardaba los santos dones diciendo: “¡Señor Jesús, no me abandones!” ¡Podéis imaginar con qué intensidad se ora cuando el diablo está en la puerta! Junto a mi cabaña había un gran precipicio. Cuando miro de nuevo veo al diablo precipitarse con el carro en el barranco, arrojado por el poder de Cristo. Cuando cayó, sentí un ruido ensordecedor cuyo eco permaneció en mis orejas hasta el día siguiente. [6]

El padre Cleopa recitaba cada día el himno de la Madre de Dios. Una noche, en el desierto, cuando leía el acatistos, el diablo se le aparece en una visión semejante a la descripta arriba. Quería matarlo tirándole una gran rueda que giraba. En peligro de muerte, el padre aprieta fuertemente contra el pecho el libro de oración que tenía en la mano y grita: “¡Desaparece! Tengo sobre mí los actos de la Madre de Dios que me protegen!” Y así fue salvado. Después de esta tentación diabólica, por cuarenta días cada vez que recitaba el acatistos, la cabaña se llenaba de un perfume de azucenas y de rosas. Los primeros días, temiendo que tal perfume viniese del diablo, pidió a Dios alejarlo. Pero al final se dio cuenta que el perfume venía de Dios que quería animarlo en su lucha ascética. [7]

Quería terminar esta presentación con algunas sentencias del padre Cleopa –que encontramos tantísimas en sus escritos- sobre la oración del corazón:

En cuanto la mente entra en el corazón [durante la oración], se manifiesta un signo natural. Es como un clavo de fuego que quema el corazón a partir de su centro. Luego el calor pasa al pecho, a la espalda, a la columna vertebral y al cuerpo entero. El sudor comienza a inundar el cuerpo y los ojos derraman lágrimas de arrepentimiento. ¡Es la oración de fuego! El esposo encuentra a la esposa: Cristo a nuestra alma. Esta unión espiritual hace del hombre un solo espíritu con Dios. Es lo que dice el apóstol Pablo: “¿No sabéis que quien se une a la prostituta forma con ella un solo cuerpo?... Pero quien se une al Señor forma con él un solo espíritu” (1 Cor 6, 16-17).

Esta unión nos da una gran dulzura espiritual y un gran calor. Pero el fundamento de la oración no es sólo la dulzura y el calor. El fundamento es más bien la compunción del corazón por los pecados, el arrepentimiento, las lágrimas. En este estado nuestra alma goza de tal alegría y consolación, de tal dulzura y calor que cuando vuelve de esta unión con Cristo en el corazón, le es imposible decir alguna palabra. ¡Qué momentos de felicidad, que dulzura, qué alegría se prueba en el corazón! Y quien ora así, es decir con la mente que desciende en el corazón o con la mente unida al corazón por una o dos horas, cuando deja de orar, su corazón por semanas no podrá más acoger algún pensamiento de este mundo. El cielo de su corazón es tan puro que el Espíritu Santo puede actuar en él con toda libertad.

La mente puede purificarse fácilmente de los pensamientos malvados. Basta leer algún pasaje de las santas Escrituras o decir una breve oración con atención. Pero es fácil dejarse arrastrar de nuevo por pensamientos malvados. El corazón, en compensación, se purifica difícilmente de las pasiones malvadas, porque se deja dominar más fácilmente por estas pasiones.

Tres son los enemigos que luchan contra nosotros hasta la muerte: el diablo, los placeres de este mundo y la carne. El diablo es el príncipe de todo mal. Nos tienta directamente con pensamientos de incredulidad, de blasfemia, de dudas, de desesperación, de orgullo y de vanagloria. Indirectamente nos tienta a través de los hombres con pensamientos de orgullo, de vanagloria, de cólera y de relajación. Nos tienta también con la avaricia, la avidez, la envidia, el juicio de los otros, la charlatanería… A través de la carne nos tienta con la pereza, la gula, la ebriedad, la relajación, la flojera de la voluntad, la insensibilidad del corazón y otras tentaciones semejantes a estas.

Debemos tener siempre conciencia de que a cada instante pecamos. Sin esta humildad no encontraremos la salvación.

La obediencia sin oración es propia del mercenario, pero quien obedece y ora al mismo tiempo realiza un acto litúrgico.

La humildad nace de la obediencia sin contestaciones.

Es necesario no enseñar nunca a los otros antes de vivir nosotros mismos lo que queremos decir. Quien enseña a los otros lo que no ha experimentado personalmente es semejante a una fuente pintada sobre una pared, mientras que quien habla a partir de la propia experiencia es semejante a una fuente de agua viva.

[...]
  
¡Es más difícil hacer un verdadero monje que hacer una catedral!

“Padre –le dijo un fiel- creo que usted es un santo”. El padre le respondió: “Yo creo que a través de tu boca ha hablado el diablo”.



Serafim Joanta
Comunione e Solitudine
Ed. Qiqajon. Comunita di Bose.2011
Pp. 213-230


Notas:

[1] Cf. Arch. Ioanichie Balan, Viata si nevointele Archimandritului Cleopa, Iasi 2002, pp. 168-169.

[2] Cf. Id., Convorbiri duhovnicesti, Eiscopia Romanului si Husilor 1984, p. 162 (cf. tr. It. In Id., Volti e parole dei padri del deserto romeno, a cargo de la Comunità dei fratelli contemplativi di Gesù, Bose 1991)

[3] Ibid., p. 30

[4] Ibid., p. 140.

[5] Ibid., p. 159.

[6] Id., Viata, pp. 125-126.

[7] Cf. ibid, p. 113.


[8] Fue el más grande santo obispo de la Iglesia de Rumania en el siglo XVIII.