Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 28 de febrero de 2014

La antropología litúrgica o doxológica


Paul Evdokimov


La continuidad de los planos acerca los mundos angélico y humano y esta proximidad tan íntima de las fuerzas celestes ayuda a pasar del proyecto a la obra, del vacío a la plenitud carismática, gratia plena, y condiciona la antropología hagiofánica [1] bajo sus aspectos litúrgico y doxológico.

La “pequeña” y la “gran entrada”, en el momento del oficio divino, se acompañan con el cortejo de la jerarquía de los ángeles. El hombre se asocia a su canto, primero en el Trisagion: “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal”: El Padre, fuente de santidad, el Santo; el Hijo, el Fuerte, el que triunfa de la muerte; el Espíritu Santo, el Vivificante, soplo de vida. Y el segundo canto, el Sanctus, resume el tema de la anáfora, la adoración eucarística trinitaria; el ministerio humano y el ministerio de los ángeles se unen de nuevo en el mismo impulso de oración: “Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos. El cielo y la tierra están llenos de tu gloria”. “Sed santos”, “sed perfectos” designan el mismo pleroma, el contenido positivo del siglo futuro lleno de gloria e incoado aquí abajo. Un santo no es un superhombre, sino el que encuentra y vive la verdad de hombre como ser litúrgico. La definición antropológica encuentra su expresión más exacta y plena en la adoración litúrgica: el ser humano es el hombre del Trisagion y del Sanctus: “cantaré a mi Dios mientras viva”. “El abad Antonio, que vivía en la soledad, conoció un día por una visión, que un hombre de una santidad igual a la suya ejercía en el siglo la profesión de médico; había dado a los pobres todo lo superfluo y, uniéndose al coro de los ángeles, cantaba todo el día el Trisagion” [2]. Por esta “acción” es “colocado aparte”, hecho santo. Su única preocupación, su único “trabajo” es cantar a su Dios. “Y todos los ángeles… los ancianos y los cuatros animales… se prostraron ante el trono, con el rostro en tierra, y adoraron a Dios, diciendo: ¡Amén, Aleluya! Y llegó del trono una voz que decía: Alabad a Dios todos sus servidores” (Apoc 7, 11 y 19,4). La imagen que con mayor frecuencia se encuentra en las catacumbas, es la de una mujer en oración, “la orante”; representa la única actitud verdadera del alma humana. No basta con tener oración. Es preciso convertirse en, ser oración; construirse en forma de oración, transformar el mundo en templo de adoración, en liturgia cósmica [3]. Ofrecer no lo que se tiene, sino lo que se es. Es un tema muy grato a la iconografía y que sintetiza el mensaje del Evangelio: chaire, “regocijaos y adorad… que toda criatura que respire, dé gracias a Dios”. Es la maravillosa descarga del peso del mundo entero, de la pesadez del hombre mismo: “El Rey de Reyes, Cristo, avanza”. Es lo único necesario. “Representando místicamente a los querubines, cantemos a la vivificante Trinidad el himno tres veces santo, depongamos toda preocupación mundana para recibir al Rey de todas las cosas, invisiblemente escoltado por los ejércitos angélicos. Aleluya, Aleluya, Aleluya.” Como en el “amén, amén, amén” de la epíclesis [4], es el sello trinitario que volveremos a encontrar en el “reino, poder y gloria”, doxología de la oración dominical. Este reino no llega solamente (el memorial litúrgico se acuerda del que viene). El tiempo litúrgico es ya la llegada, la parusía; y, para responder a su vocación de ser litúrgico, el hombre es carismático, neumatóforo: “habéis sido sellados por el Espíritu Santo… y Dios se ha reservado (a éstos sellados por el Espíritu) para la alabanza de su gloria” (Ef 1,4). No se podría precisar con mayor exactitud el destino litúrgico del hombre.

La meditación patrística se orienta siempre hacia el opus Dei, hacia la eterna doxología. “Avanzo cantándote”, exclama san Juan Clímaco y transparenta magníficamente la misma alegría que empapa la palabra tan alada de san Gregorio Nacianceno: “Tu gloria, Cristo, es el hombre, al constituirlo ángel y cantor de tu esplendor… Por Ti, yo vivo, hablo y canto… la única ofrenda que me queda de todas mis posesiones.” [5]. Y todavía san Gregorio Pálamas: “Iluminado, el hombre alcanza las cumbres eternas… y ya aquí en la tierra se hace todo milagro. E incluso sin estar en el cielo, concurre con las fuerzas celestes en el canto incesante; permaneciendo en la tierra, como un ángel, conduce hacia Dios toda creatura” [6]. La Iglesia es profundamente mistagógica; introduce “graciosamente” en las dimensiones del tiempo y del espacio litúrgicos; su unidad condiciona el culto que reproduce todos los momentos de la vida del Señor y hace participar a todos los fieles en ella; su milagro es su experiencia ofrecida a todos: “Reunidos en tu templo, nos vemos en la luz de tu gloria celestial”, canta la Iglesia.


Paul Evdokimov
La Ortodoxia
Ed. Península. Barcelona. 1968.
Pp. 101-103



Notas:


[1] Hagiofanía viene de agiòs –santo- y expresa toda manifestación de la santidad.

[2] P.G. 65, 84. Ver Dom Stolz: L’ ascèse chrétienne, Ed. Chevetogne, 1948, p. 71.

[3] Liturgia cósmica es el título del libro de Von Balthasar; lo aplica a la teología de san Máximo Confesor.

[4] Oración de consagración de las ofrendas eucarísticas, invocación al Espíritu Santo.

[5] P. G. 37, 1327.


[6] P. G. 150, 1081 AB.


martes, 25 de febrero de 2014

La participación en la naturaleza divina

Schimonje Hilarión

Cuarta parte


Con su ascensión al cielo, Jesús nos ha dejado su Nombre omnipotente, lleno de gracia y de verdad, anunciando que su Nombre pertenece a aquella misma potencia divina, energía y particularidad presentes en él mismo, que es Dios

Si el creyente sigue las palabras de Jesús e invoca noche y día, con la mente o con los labios, el Nombre de Dios, cumpliendo cuanto le sea posible también con los otros mandamientos evangélicos, se convertirá él mismo en oración y después de un breve o largo tiempo experimentará gracias asombrosas, como atestigua Isaac de Nínive:

El Espíritu, cuando habita en un hombre, no lo deja desde el momento en el cual este hombre se ha vuelto oración, porque el mismo Espíritu no deja de orar en él.
Por más que este hombre duerma o vele, ya la oración no se aparta de su alma. Sea que coma, o beba, o duerma, o haga cualquier otra cosa, y hasta en el más profundo sueño, el perfume de la oración se eleva sin cansancio en su corazón. La oración no lo abandona más. En todos los momentos de su vida, incluso cuando parece  cesar, esta está secretamente activa en él de continuo. Uno de los Padres portadores de Cristo dice que la oración es el silencio de los puros. En efecto, sus pensamientos son movimientos divinos.
Los movimientos del corazón y del intelecto purificado son las voces llenas de dulzura con los cuales tales hombres no dejan de cantar en secreto al Dios escondido. [Discurso ascético 85]

Naturalmente esta comprensión se la puede alcanzar sólo con el corazón iluminado por el espíritu y no con la mente grosera y carnal, que entra irregularmente en la esfera espiritual y quiere percibir corporalmente las cosas espirituales. Aquellos que se encuentran en tal condición material y quieren acceder prematuramente a la dimensión del espíritu se preguntan: “¿cómo puede este darnos a comer su carne?” (Jn 6,52); o bien, en la plena incomprensión, se interrogan: “¿cómo puede nacer un hombre cuando es viejo? Puede acaso entrar por segunda vez en el seno de su madre y renacer?” (Jn 3,4).

Y el Señor dice: “Aquel que ha nacido del Espíritu es espíritu” (Jn 3,6). Esto significa que las cosas espirituales se pueden comprender sólo espiritualmente a la luz de la gracia.

Todo fiel servidor de Cristo lo invoca con fervor y lleva su santo Nombre en el corazón espiritual con devoción y amor. Para éste el Nombre santo es como el Señor mismo, nuestro Salvador amadísimo, el cual antes de todos los siglos ha nacido del Padre, consubstancial y es idéntico a él en todas las cosas.

El Señor es esencia espiritual contemplada por el intelecto, así también su santo Nombre. Nuestra relación y acercamiento a él sucede espiritualmente a través de las fuerzas interiores del alma, por esto no se puede separar el Nombre del Señor Jesucristo de su santísima persona.

El conocimiento, y aún más la experiencia de este profundo misterio, es preciosa en la vida interior y sirve como fundamento y punto central de esta. Este sentimiento arraigado de Dios da a nuestra invocación continua, dirigida a él, fuerza divina, estabilidad y concentración. Este recoge en las profundidades del corazón todas las fuerzas interiores y penetra en nuestra naturaleza espiritual como un rayo de sol a través del vidrio de un vaso. Así, nuestra alma, resplandeciendo de la luz divina irradiada de nuestro Señor Jesucristo, presente en su santo Nombre, sube a lo alto sin cansancio hasta la más elevada perfección espiritual y unión con Dios.

Entonces sucede algo maravilloso y sobrenatural: el santo Nombre se encarna, en un cierto sentido, en nosotros y, a través de la percepción interior del alma, experimentamos claramente en el Nombre de Dios al Señor mismo que vive en nosotros. Esta divina percepción del Señor y de su Nombre se funda en una identidad en la cual es imposible distinguir el uno del otro. Se puede explicar mejor con la siguiente reflexión: ya que en el Señor “habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9), se deduce que su divina perfección debe también habitar en su santísimo Nombre, Jesucristo, desde cuando el Dios-hombre asumió nuestra naturaleza.

Si la plenitud de la divinidad estaba visiblemente en la carne, por tanto corporalmente, esta lo está también de modo invisible y espiritual en el santo Nombre, que puede ser percibido sólo por el corazón y por la mente del orante purificado, que lleva el santo Nombre en el santuario interior del corazón como si llevase la misma magnificencia de la esencia de Cristo en el Santo de los Santos.

Según las palabras de san Macario, custodiando el santo Nombre en nuestro interior nosotros nos acercamos a la misma esencia de Cristo, a su naturaleza divina-humana. En tal fluir juntos nos volvemos con él un solo espíritu según el testimonio del santo Apóstol (cfr. 1 Cor 6,17) y tomamos inevitablemente parte de los atributos divinos de Cristo. Y, sensiblemente, a través de la estrechísima unión con él, gustamos su bondad, su amor, su paz, su felicidad; y ya que el Señor es bueno, nos volvemos buenos según su imagen, mansos, incapaces de maldad y humildes; tenemos un indecible amor por todos los seres y percibimos la vida eterna.

Solo el orante, que siente claramente en el espíritu la presencia divina, puede dar testimonio de que en el Nombre del Señor Jesucristo está el mismo Dios y su santa esencia. Alcanzada esta altísima condición espiritual, el orante recibe la certeza de confiarse sólo a la percepción de su corazón a través del Espíritu del Señor y no más de las reflexiones ilusorias de la mente. Por esto el santo Apóstol dice: “El Dios de nuestros Padres te ha predestinado a conocer su voluntad” (Hech 22, 14).

Quien celebra en sí mismo, con sensible convicción, la liturgia interior del santo Nombre, reconoce en el alma la salvífica presencia del Señor, su vida e incluso, si así nos podemos expresar, su respiración. En el santo Nombre, invocado frecuentemente, se encuentra la más estrecha unión con Dios, la vida eterna, en la cual el Señor mismo permanece.

Según los santos Padres, no existe ninguna unión mayor que la del Espíritu de Dios con nuestra alma. La santa unión sucede concreta y perceptiblemente durante la invocación interior, mediante la cual nuestro intelecto desciende al corazón y se une con la esencia espiritual e invisible de Jesucristo.

El metropolita de Moscú, Filaret escribe:

El hombre no es creado de modo que pueda vivir separado de Dios y lejos de él. Si el alma humana es la respiración de los labios de Dios, esta misma cercanía entre el alma y Dios debe ser como la percepción de la respiración de alguien que está cerca de nosotros. La separación entre el hombre y Dios está en contra de la naturaleza del hombre…

La Sagrada Escritura afirma: “En él vivimos, nos movemos y estamos” (Hech 17,28). Cuando el Nombre del Señor establece su morada en nuestro corazón este se vuelve un vaso de la divinidad, tierra de luz y de gozo, sentimiento espiritual de la vida eterna.


Texto extraído de Sobre la Montaña del Caucaso,
diálogo de dos eremitas sobre la oración de Jesús.
Publicado en Diario sobre la oración de Jesús, del schimonje Hilarión.
Pasajes escogidos a cargo de Vincenzo Noja.

Ed. Paoline. Milano. 2010. Pp. 55-61.