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sábado, 12 de abril de 2014

San Isaac el Sirio. Discurso 3 (Primera colección)


La vida solitaria


A propósito de la vida solitaria. No es necesario tener ni temor, ni terror, sino afirmar nuestro corazón en la confianza en Dios y sacar nuestro coraje de la fe que nos da la certeza de que Dios nos protege y nos cuida.


Si un día eres juzgado digno de la vida solitaria (anacoresis), de la cual el fardo es ligero, pues ella es el reino de la libertad [1], no te dejes oprimir por el temor [2], como tiene costumbre de hacer de múltiples maneras, suscitando una multitud de pensamientos. Por el contrario, cree que tu Guardián está contigo y, en tu sabiduría, ten la certeza íntima (plèrophoria) que tú mismo, así como toda la creación, dependéis de un único Maestro que, por su solo querer, mueve todo el universo, lo hace temblar, lo apacigua y dispone todas las cosas. Ninguno de sus servidores puede perjudicar a uno de sus compañeros de servicio sin el permiso de Aquel que provee todo y rige todo. [Cuando tú eres asaltado por el temor], levántate pues enseguida y toma coraje. Incluso si Dios deja a ciertas creaturas la libertad de perjudicarte, ésta no es jamás una libertad total. Ni los demonios, ni los animales dañinos, ni los hombres malvados pueden realizar plenamente su voluntad de dañar y destruir sin que la voluntad de Aquel que gobierna el mundo lo permita y no ponga algunos límites. No les deja jamás libres de desplegar toda su actividad, sino ninguna carne sobreviviría. El Señor, en efecto, no deja al poder de los demonios y de los hombres ejercerse libremente sobre su creación, ni a su voluntad obrar como le place. Por esto di siempre a tu alma: “Yo tengo un guardián que vela por mí, y ninguna creatura puede aparecer ante mí si ésta no ha recibido la orden de lo alto”. Incluso si tú ves con tus ojos y escuchás con tus orejas sus amenazas, no creas que ellos pueden pasar al acto. Pues si ellos tuvieran permiso de lo alto no habrían tenido necesidad de palabras ni de discursos, y su querer hubiese sido inmediatamente ejecutado.

2. Dite también: “Si es la voluntad de mi Maestro que los demonios tengan poder sobre sus creaturas, yo no puedo estar en contra, [sino que yo debo ser] como alguien que no quiere oponerse a la voluntad de su Señor”. Y así, incluso en las tentaciones, tú serás colmado de alegría, pues tú sabrás y sentirás plenamente que ésta es la voluntad del Maestro que te dirige y te conduce. Afirma pues tu corazón en la confianza en el Señor, y no temas ni los terrores de la noche, ni las flechas que vuelan durante el día (cf. Sal 90,5). Se ha dicho, en efecto, que la fe en Dios del justo domestica a las bestias salvajes y las hace como corderos (cf. Hebreos 11,33).

3. Algunos dicen: “Yo no soy bastante justo para poder confiarme en el Señor”. Pero, en verdad, es para trabajar en adquirir la justicia por lo cual tú has partido a este desierto lleno de tribulaciones, y tú no haces más que obedecer a la voluntad de Dios. Sin embargo, tú te esforzarás en vano, soportando todos estos trabajos –pues Dios no quiere el sufrimiento de los hombres- si tú no haces una ofrenda de amor. Todos aquellos que aman a Dios hacen bien esta distinción y es por amor por él que ellos se infligen estas tribulaciones. Todos aquellos, en efecto,  a quienes se les ha placido, en el temor de Dios, vivir en Cristo Jesús, toman sobre ellos la tribulación y soportan la persecución. Y Él pone a disposición de ellos sus tesoros secretos.

Sobre el progreso que resulta de las tentaciones para los que las soportan con acción de gracias.

4. Uno de los santos ha dicho: “Había un anacoreta, un anciano respetado. Una vez, fui a verle porque yo estaba afligido por algunas tentaciones. Él estaba enfermo, tendido sobre su cama. Después de haberlo abrazado, yo me senté junto a él y le dije: “Ora por mí, Padre, pues yo estoy muy afligido por las tentaciones de los demonios”. El abrió los ojos, me miró y me dijo: “Mi niño, tú eres muy joven y Dios no permite a las tentaciones atacarte”. Yo le respondí: “Sí, yo soy muy joven, pero tengo las tentaciones de un hombre grande”. El replicó: “Entonces, Dios quiere hacerte sabio”. Yo le dije: “¿cómo me hace sabio? Cada día yo gusto la muerte” Y él continúa: “Dios te ama. Cállate. Dios te va a dar su gracia”. Luego agrega: “Sabes, mi niño, que durante treinta años yo luché con los demonios y durante los veinte primeros años  no experimenté ningún socorro. No fue más que cinco años más tarde que tuve algún reposo. Con el tiempo éste ha aumentado. Al cabo de siete años, cuando comenzaba los ochenta, se ha intensificado. Y ahora que los treinta años ya han transcurrido y llegan a su fin, el reposo se ha vuelto tan grande que no me es posible conocer su medida”. Él agregó: Cuando yo me levanto para mi liturgia [3], no llego a decir más que una sola estrofa [4]; en cuanto al resto, llego a permanecer tres días fuera de mi mismo con Dios, y no siento ninguna fatiga. Tú ves qué reposo sin límites procura el trabajo soportado durante numerosos años.”


Que la vigilancia de la lengua no sólo despierta al intelecto con respecto a Dios, sino que también contribuye a la temperancia (encratéia).

5. Uno de los Padres no comía más que dos veces por semana. Él nos dijo: “El día en que yo hablo a alguien, no me es posible observar la regla del ayuno como lo hago habitualmente, sino que estoy obligado a romper el ayuno”. Nosotros comprendemos así que la vigilancia de la lengua no sólo despierta la inteligencia con respecto a Dios, sino que también, en lo que conciernen a las obras visibles que se realizan con el cuerpo, dan secretamente una gran fuerza para cumplirlas. Además, ésta ilumina [al hombre] para su obra interior, como lo han dicho los Padres: “La vigilancia de la boca despierta la conciencia con respecto a Dios, si se calla con ciencia [5]”.

6. Este santo tenía la costumbre de hacer durante la noche frecuentes agrypnies [6]. Él decía: “Las noches donde velo hasta el alba, me acuesto después de la salmodia; pero cuando me despierto después de haber dormido, estoy como un hombre que no es más de este mundo, y no se levanta más en mi corazón ningún pensamiento terrestre. No tengo ya necesidad de mi canon [7] de oración ordinaria, sino que todo este día estoy fuera de mí mismo.”

7. “Un día en el cual debía comer, después de haber pasado cuatro días sin tomar alimentos, me he levantado para rezar la liturgia de las vísperas, y comer después. Yo estaba en el patio de mi celda. El sol brillaba en todo su esplendor. Apenas comencé a decir una estrofa, fui arrancado de mi liturgia y permanecí así, no sabiendo donde estaba, hasta que el sol se levantó a la mañana siguiente y me calentó el rostro. Entonces, cuando el sol me empezó a agobiar y me quemó el rostro, mi intelecto regresó y comprendí que otro día había pasado. Agradecí a Dios, que derrama hasta este punto su gracia sobre el hombre y que hace a los que le buscan dignos de tal magnificencia.” A él sólo la gloria y el esplendor, por los siglos de los siglos. Amén.


Discurso 3 de la Primera colección de Isaac el Sirio.
Saint Isaac le Syrien. Discours ascétiques (según la versión griega).
Traducción al francés, introducción y notas por P. Placide Deseille.
Monastére Saint-Antoine-Le-Grand y Monastére de Solan. 2011


Notas:

[1] La soledad de la anacoresis es el reino de la libertad en el sentido de que solo puede legítimamente acceder a este género de vida un monje que ha dominado perfectamente  las pasiones y que, despojado de toda voluntad propia, puede vivir en una entera docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo, sin estar obligado a seguir reglas precisas; cf. supra, Intr., p. 34.

[2] Literalmente: “el pensamiento (logismos) del temor”.

[3] El término de “liturgia” designa generalmente en Isaac el oficio divino recitado en la celda por el anacoreta.

[4] Literalmente: “un solo Gloria”. Se trata de un grupo de tres salmos, terminados por la doxología Gloria al Padre… y forman el tercio de uno de los veinte cathismas del Salterio, habitualmente compuestos por tres estrofas. En su oficio divino, las Iglesias sirios orientales utilizan una división análoga del Salterio.

[5] Es decir comprendiendo el sentido de lo que se hace y con discernimiento.

[6] Agrypnie: vigilias nocturnas consagradas a la oración, sea en comunidad en la iglesia, sea –como es habitualmente en los Discursos de Isaac- solo en la celda.


[7] Según la terminología monástica, el “canon” del monje es la regla de oración personal la cual debe cumplir en la celda, a parte del oficio divino. Se compone principalmente de numerosas grandes metanías y de rosarios de la “oración de Jesús”.