Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 26 de junio de 2014

A ti, quienquiera que seas…

Un Monje de la Iglesia de Oriente
[Lev Gillet]




Quienquiera que seas, como tú seas, el Señor-amor te dice: Mi mano descansa en tu mano.
Este gesto quiere decir que te amo y que llamo.
Nunca he dejado de amarte, de hablarte, de llamarte. A veces era en el silencio y en la soledad. A veces donde otros estaban reunidos en mi nombre.

Esta llamada, frecuentemente, no la has percibido porque no escuchabas. Otras veces la percibías pero de una manera vaga y confusa. En alguna ocasión estuviste muy cerca de darme la respuesta que acepto. En otras, sí me has respondido, pero sin constancia duradera. Te apegabas a la emoción de oírme. Pero retrocedías ante la decisión.

Sin embargo, nunca te has empeñado definitivamente, de una manera total y exclusiva en la escucha del amor.

Una vez más vengo a ti. Quiero volverte a hablar. Te quiero todo entero. Te lo repito: el amor te quiere de manera total y exclusiva.

Te hablaré en secreto, en confidencia, íntimamente. Mi boca está junto a tu oído. Escucha lo que mis labios van a decirte en voz baja, el murmullo que es para ti.

Yo soy el amor, tu Señor. ¿Quieres entrar en la vida del amor?

No se trata de una atmósfera de ternura tibia. Se trata de entrar en la incandescencia del amor.

Aquí está la verdadera conversión, la conversión del amor incandescente. ¿Quieres convertirte en otro del que has sido, del que eres? ¿Quieres ser el que es para los otros y, sobre todo, para este Otro y con este Otro para el que cada ser tiene la existencia? ¿Quieres ser el hermano universal, el hermano del universo?
Escucha lo que mi amor quiere decirte.


Pero yo sí que te conozco.

Hijo mío, tú no sabes lo que eres. Tú no te conoces todavía. Quiero decir: no te has conocido verdaderamente como el objeto de mi amor. Como consecuencia no has conocido lo que tú eres en mí y todas las posibilidades que hay en ti.

Despiértate de este sueño y ensueño malos. En ciertas horas de sinceridad tú no ves de ti mismo más que los fracasos y las faltas, las caídas y las manchas, quizás los crímenes. Pero todo esto no eres tú. Esto no es tu verdadero “yo”, tu “yo” más profundo.

Bajo todo esto, detrás de todo esto, bajo tu pecado, detrás de todas las transgresiones y de todas las faltas, yo, te veo a ti.

Te veo y te amo. Es a ti mismo al que amo. No al mal que tú haces. Ese mal que no se puede ignorar, ni negar, ni atenuar. ¿Puede ser blanco lo negro? Pero, debajo, a una profundidad más grande, veo otra cosa, que vive todavía.

Las máscaras que llevas, los disfraces que te pones, pueden disimularte a los ojos de otros e incluso a los tuyos. Pero no pueden esconderte ante mí. Te persigo hasta donde nadie te ha perseguido.

Esa mirada…, tu mirada que no es límpida y tu avidez febril, anhelante, por lo que te parece intenso y todas las convulsiones precarias, y tu dureza y avaricia de corazón…  todo esto… lo separo de ti. Lo corto de ti. Lo arrojo lejos de ti.

Escucha… Nadie te comprende verdaderamente. Pero yo te comprendo. ¡Podría decir de ti cosas tan grandes, tan bellas! Podría decirlas de ti: no de ese “tú” que el poder de las tinieblas ha descarriado frecuentemente, sino del tú tal como desearía que fuese, del tú que permanece en mí pensamiento e intención de amor, del tú que puede aún hacerse visible.

Haz visible lo que tú eres en mi pensamiento. Sé la última realidad de ti mismo. Haz activas las potencias que he puesto en ti.

No hay en ningún hombre ni en ninguna mujer ninguna posibilidad de belleza interior y de bondad que no estén también en ti. No hay ningún don divino al que no puedas aspirar. Y tú los recibirás todos juntos si amas conmigo y en mí.

Sea lo que sea lo que hayas podido hacer en tu pasado, soy yo el que rompo las ataduras. Y si rompo las ataduras, ¿quién te impide levantarte y andar?


  Un Monje de la Iglesia de Oriente
[Lev Gillet]
Un monje de la Iglesia de Oriente
Amor sin límites
Ed. Narcea. Pág. 9-12