Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 22 de julio de 2014

Del alcance de la oración por el mundo.

Archimandrita Sophrony



El bienaventurado starets [San Silouan] escribe: “El monje es un hombre que ora y llora por el mundo entero… El Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, da al monje el amor del Espíritu Santo, y este amor llena el corazón del monje de dolor por los hombres, porque no están todos ellos en el camino de la salvación. El Señor mismo se afligió tanto por su pueblo que se entregó a la muerte en Cruz. La Madre de Dios lleva en su corazón esta misma compasión por los hombres… El Señor ha dado el Espíritu Santo a los apóstoles, a nuestro santos Padres y a los pastores de la Iglesia. En esto consiste nuestro servicio en el mundo. Por esta razón ni los pastores de la Iglesia ni los monjes deben ocuparse de los asuntos de este mundo, sino que deben seguir el ejemplo de la Madre de Dios, que en el templo, en el Santo de los Santos, meditaba día y noche sobre la ley del Señor y perseveraba en oración por el pueblo” [1]

La oración por el mundo entero, por el Adán total, aparta en muchos casos al monje de un servicio determinado a favor de los hombres. Se podrá preguntar: tal abstención de un servicio determinado, ¿no supone la renuncia a una ayuda concreta en aras de una abstracción? En modo alguno, porque el Adán total no es una abstracción, sino la más concreta plenitud de lo humano.

La unidad ontológica de la humanidad total es tal que una persona que logra superar el mal en sí misma inflige una gran derrota al mal cósmico, por lo que las consecuencias de esta victoria repercuten beneficiosamente en el destino del mundo entero. Por otra parte, la naturaleza del mal cósmico es tal que, vencido en algunas hipóstasis humanas (personas), sufre una derrota cuyo alcance y amplitud son absolutamente desproporcionados al número de estas personas.

Un solo Santo es una realidad extraordinariamente preciosa para la humanidad en su conjunto. Por el simple hecho de existir, desconocidos para el mundo, pero conocidos de Dios, los santos hacen descender sobre la tierra, sobre toda la humanidad, una gran bendición de Dios. El starets escribe:

“Creo que gracias a tales hombres, el Señor guarda el mundo, porque estos son preciosos a sus ojos; Dios, en efecto, escucha siempre a sus humildes servidores, y todos nosotros vivimos en paz gracias a sus oraciones.” [2]

“El mundo subsiste gracias a las oraciones de los santos. Pero cuando la oración se debilite, el mundo perecerá… Tal vez digas que hoy ya no hay monjes que oren por el mundo entero; pero yo te digo que, cuando ya no haya en la tierra hombres de oración, el mundo se acabará, innumerables calamidades caerán sobre él; y esto ya sucede ahora”. [3]

Los santos viven por el amor de Cristo; y este amor es la fuerza divina que ha creado el mundo y que lo mantiene. Por eso la oración de los santos está tan llena de sentido. San Barsanufio (monje de Palestina, fallecido hacia el 540) certifica que en su tiempo la oración de tres hombres salvó al mundo de la catástrofe. Gracias a los santos, desconocidos del mundo, el curso de los acontecimientos históricos e incluso cósmicos se encuentra modificado; por eso, cada santo es un fenómeno de alcance cósmico, cuya significación va más allá de la historia terrena y se eleva a la esfera de la eternidad. Los santos son la sal de la tierra, son su razón de ser; son el fruto gracia al cual la tierra es salvaguardada. Pero cuando la tierra deje de engendrar santos, la fuerza que salvaguarda el mundo de la catástrofe será retirada.

Cada santo, como Antonio, Arsenio, Nicolás, Efrén, Sergio, Serafín y quienes se le asemejen, constituyen un tesoro, precioso y eterno, del mundo entero; y el mundo, sin embargo, prefiere ignorarlos y mata con frecuencia a sus profetas.

Cosa extraña, hay hombres que no acaban de entender cómo la grandeza de los actos religiosos procede de su enraizamiento en el Misterio divino y sin principio. Estos hombres conciben la vida religiosa-espiritual como experiencias subjetivas psicológicas, que desaparecen en cuanto dejan de ser percibidas en el alma. Gracias a nuestra relación con el starets y atendiendo a sus palabras, es evidente que él atribuía extremada importancia a los estados espirituales a causa de su significado ontológico-eterno. Sentía la oración  por los enemigos y por el mundo entero como vida eterna, como la acción divina en el alma del hombre, como la gracia increada y el don del Espíritu Santo. Y mientras el mundo se muestre capaz de recibir este don, continuará existiendo; pero cuando en la tierra, entre los seres humanos, no existan más portadores –ni siquiera aislados- de esta gracia, enseguida la historia de la tierra se acabará y ninguna ciencia ni cultura humanas evitarán esta catástrofe.

La experiencia cotidiana nos muestra que incluso los hombres que aceptan en su fuero interno el mandamiento de Cristo de amar a los enemigos no lo realizan en su vida. ¿Por qué? Ante todo porque no podemos amar a nuestros enemigos sin la gracia; pero si los hombres, comprendiendo que esto supera sus fuerzas naturales, pidiesen a Dios, como dice el starets, que les ayudase con su gracia, recibirían con toda seguridad este don.

Desgraciadamente, suele acontecer lo contrario: no sólo los incrédulos, sino también los que se confiesan cristianos, tienen miedo de obrar según los mandamientos de Cristo en lo concerniente al amor a los enemigos. Piensan que eso no aprovecharía más que a los enemigos; viendo a éstos a través del prisma deformante del odio, se los imaginan despojados de todo bien, y creen que se aprovecharían de su “debilidad”; que responderían a su amor, bien aplastándolos, bien humillándolos sin vergüenza, y que entonces triunfaría el mal, personificado generalmente en estos enemigos.

La idea de la “debilidad” del cristianismo es profundamente falsa. Los santos poseen una fuerza que les permitiría dominar fácilmente a los hombres, a las masas, pero siguen el camino inverso: se hacen esclavos de sus hermanos y adquieren por ello un amor que, en su esencia, es imperecedero. En este camino, obtienen una victoria que perdura a lo largo de los siglos; en cambio, una victoria obtenida por la violencia nunca es duradera y, por naturaleza, no es nunca una gloria, sino la vergüenza de la humanidad.

El starets concebía la Encarnación del Verbo de Dios y toda la vida terrenal de Cristo como amor por el mundo, a pesar de que el mundo rebose odio contra Dios. Él había conocido de este modo al Espíritu Santo en el amor que con su venida ahuyenta todo odio, como la luz ahuyenta las tinieblas; en el amor que hace al hombre semejante a Cristo, hasta en los movimientos más secretos de su alma. Y esto es, según la enseñanza del starets, la verdadera fe.

“Muchos han estudiado todas las creencias religiosas, pero la verdadera fe, la que se debe tener, no la han conocido por este camino. Quien ore con humildad para que Dios le ilumine, a éste el Señor le hará conocer con  qué gran amor ama a los hombres”. Los hombres tienen miedo de lanzarse a este fuego que el Señor ha venido a traer a la tierra. Temen quemarse y “perder” su alma en él. Pero quienes no se han echado atrás y han tenido esta fe (Lc 17,33); Jn 12, 25), como el starets, saben que han encontrado la vida eterna; lo saben con certeza y no necesitan de otro testimonio que el del Espíritu que testifica en ellos mismos (1Jn 3,14; 5,10).

El camino del starets es el camino de los santos, indicado por Cristo mismo, pero que el mundo en su conjunto no ha aceptado. Para luchar contra el mal, que se manifiesta igualmente en el plano físico, los hombres recurren a la fuerza física. No es infrecuente encontrar a cristianos que actúan así. La santa Iglesia, sin embargo, ha seguido siempre los pasos de Cristo crucificado, tomando sobre sí el peso de los pecados del mundo.

El starets tenía una conciencia muy clara de que no se puede vencer el mal más que con el bien; que luchar con la fuerza sólo lleva a reemplazar una violencia por otra. Tuvimos muchas ocasiones de hablar con él sobre esto. Decía: “En el Evangelio se dice claramente… Cuando los samaritanos no quisieron acoger a Cristo, los apóstoles Santiago y Juan quisieron hacer descender fuego del cielo para consumirlos, pero el Señor se lo prohibió y dijo: ‘No sabéis de qué espíritu sois… Yo no he venido para perder a los hombres, sino para salvarlos’ (Lc 9, 52-56). Nosotros también debemos tener este único pensamiento: que todos sean salvados.”

Dios nos ha concedido vivir en la proximidad del starets y ver en él parcialmente la maravillosa vida que Cristo ha traído a la tierra; ver cómo pueden coexistir extrañamente en el mismo corazón una paz profunda e inquebrantable junto a grandes y desgarradores lamentos; una radiante y dulce alegría y, a la vez, los grandes tormentos de un espíritu que vive la tragedia de la humanidad.

La ley de la vida eterna, si es lícito utilizar aquí este término, se manifiesta en dos mandamientos: el del amor a Dios y el amor a nuestro prójimo. Cuando un asceta se aleja del mundo, al comienzo su vida se concentra, sobre todo, en el primer mandamiento y, sobre el arrepentimiento personal, adquiriendo así un carácter aparentemente “egoísta”. Más tarde, cuando el arrepentimiento ha alcanzado un cierto grado de plenitud y cuando la gracia ha tocado el alma del asceta, empieza a actuar en él el amor de Cristo que se derrama sobre cada hombre y sobre toda la humanidad. Entonces, aun cuando el asceta habite en el desierto y no vea el mundo con los ojos corporales, lo ve en espíritu y vive profundamente sus sufrimientos, porque los ve con la conciencia cristiana del carácter único y del valor eterno de cada persona.

Allá donde vaya el hombre, en cualquier profundo desierto que se recluya, si sigue los caminos de la vida verdadera en Dios, vivirá la tragedia del mundo; incluso de modo más intenso y profundo que quienes viven de lleno en el mundo, pues éstos desconocen el don de que están privados. Los hombres sufren muchas privaciones, pero, salvo raras excepciones, no son conscientes de su principal privación. Cuando están privados de bienes temporales y se dan cuenta de lo que les falta, sufren y se lamentan. ¿Cuáles serían los sollozos y lamentos del mundo entero, si se diera cuenta de su principal privación, y con qué ardor buscaría “lo único necesario”?

Puede haber una aflicción por el mundo, verdadera, santa y agradable a Dios; pero puede darse otra, perversa y negativa. En el alma del hombre que no ha conocido el amor perfecto, los dos mandamientos entran a veces en violenta colisión. El que ama a Dios se aleja del mundo y se sume en un cierto egoísmo espiritual; como si fuese indiferente a lo que sucede en el mundo, trabaja en la salvación de su propia alma. Quien ama a la humanidad de forma apasionada vive sus sufrimientos; animado de un sentimiento de compasión por el mundo, se encara contra Dios, haciéndole responsable de los sufrimientos que inundan el mundo entero. Algunas veces esta rebelión se convierte en un odio violento. En el bienaventurado starets se pueden ver, a imagen de Cristo, uno y otro amor en su unidad orgánica y también en la diversidad de su manifestación. Triunfante en la eternidad, el amor está crucificado en nuestro mundo de pecado.

Dios nos ha permitido ver parcialmente cómo el starets lloraba para que el mundo no estuviese privado de la gracia del Espíritu Santo, que le había sino dado conocer. Estaba devorado por una profunda “compasión” y pedía a Dios “misericordia para todos los pueblos de la tierra”.

En el verdadero amor a Dios es donde el verdadero amor al ser humano halla su fuente. El starets también afirmaba sin cesar que “el amor divino no habita en quien no ama a sus enemigos”.


Archimandrita Sophrony
Vida y enseñanza de San Silouan el Athonita,
Ed. Sígueme, Salamanca 2014, pp. 237-242



Notas:

[1] Cf. el capítulo “De los monjes”, en Archimandrita Sophrony, Escritos de san Silouan el Athonita, Sígueme, Salamanca 2011, 159.

[2] Cf. el capítulo “Relatos de experiencias, encuentros y conversaciones con otros ascetas”, en Sophrony, Escritos de san Silouan, 236.

[3] Cf. “De los monjes”, en Sophrony, Escritos de san Silouan, 159-160.