Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 8 de agosto de 2014

El Padre Cleopa de Sihastria

Jean-Claude Larchet




El Padre Cleopa es sin ninguna duda la figura más significativa del monaquismo rumano de la segunda mitad del siglo XX.

Se conoce en el mundo entero los magníficos monasterios pintados de Moldavia. Se conoce menos el monaquismo rumano [1], que es, sin embargo, desde hace varios decenios, uno de los más activos del mundo ortodoxo y comporta en su seno notables [figuras] espirituales [2].

Establecido en la región de Dobroudja (Scythie menor) desde el siglo segundo, ha dado nacimiento desde los primeros tiempos del cristianismo a ilustres monjes como san Juan Casiano (siglo IV), Juan Maxence o Dionisio el pequeño (s. V-VI) que, formados en la teología y en la espiritualidad del Oriente, la hicieron irradiar en todo el Occidente, manifestando ya el rol de “puente” y de “cruce” que Rumania jugaría en los siguientes siglos, hasta nuestros días.

Durante la creación de los Estados rumanos independientes de Valaquia y de Moldavia (siglo XIV), el monaquismo rumano vivió en esa región una expansión considerable, profundamente marcada por la espiritualidad hesicasta que encontraba por entonces su apogeo en el mundo bizantino bajo la protección de san Gregorio Pálamas. Es de señalar, sin embargo, que en razón de las relaciones bastantes tensas entre la Iglesia de Moldavia con el patriarca de Constantinopla, la espiritualidad hesicasta vino a Moldavia no directamente del Monte Athos, sino de Serbia, por la Valaquia. El principal artífice de esta renovación fue san Nicodemo de Tismana (+ 1406) proveniente de Valaquia.

En el siglo siguiente, mientras que Bulgaria, Serbia y Constantinopla sufrían la dominación otomana, Rumania guardaba preciosamente esta herencia espiritual y se ponía al servicio de la ortodoxia dominada, tanto como le permitía su relativa autonomía. Los príncipes de Moldavia y de Valaquia, en los siglos XV,  XVI y XVII, fueron no sólo los constructores de la mayor parte de los monasterios que han sobresalido en estas regiones, sino también los protectores y los bienhechores de los monasterios del Monte Athos, del Meteoro y del Sinaí, lo que permitió también al monaquismo rumano mantener vínculos frecuentes y privilegiados con los máximos lugares del monaquismo ortodoxo.

En el siglo XVIII, el monaquismo rumano vivió su segundo período de renovación (después del siglo XIV), bajo el impulso de dos personalidades excepcionales: el staretz Basilio de Poiana Marului (1692-1767) y el staretz Paisij Vélichkovskij (1722-1794). El primero fue el padre espiritual de numerosos skits e hizo de Poiana Marului el centro hesicasta más importante del país. Él difunde la práctica de la Oración de Jesús no solo entre los monjes sino también entre los laicos. Su discípulo, el staretz Paisij, de origen ucraniano, permaneció cuatro años en Valaquia y diecisiete años en el Monte Athos antes de convertirse en el higúmeno de los monasterios de Dragomirna, Bucovine, Secú y Neamtz, en Moldavia. Fue un padre espiritual notable que vivificó al monaquismo por su ejemplo y sus enseñanzas, y un gran organizador que supo recentrar la vida monástica sobre la tradición hesicasta original. Fue también un editor infatigable de numerosos textos patrísticos. Mientras que sus discípulos y colaboradores traducían estos textos al rumano, él mismo los traducía al eslavo. Y mientras que su discípulo Rafael publicaba una Filocalia en lengua rumana [3], él mismo componía una Filocalia en lengua eslava. La obra de Paisij tuvo así no sólo en Rumania sino también en Rusia una irradiación considerable.

El final del siglo XVIII estuvo marcado por la figura del staretz Jorge de Cérnica (+ 1806), discípulo del staretz Paisij. El siglo XIX estuvo a su vez dominado por la personalidad notable de san Calinico de Cérnica (1787-1867). Éste último funda el monasterio de Frasinei donde introdujo una regla severa inspirada en las de los monasterios athonitas. En su enseñanza, insistía sobre la oración, la obediencia y las necesidades de los pobres y él mismo daba el ejemplo de una ascesis muy rigurosa.

El final del siglo XIX fue desgraciadamente el comienzo de un período de sombras para el monaquismo rumano, marcado por la secularización de los bienes monásticos y la influencia cada vez mayor de la mentalidad laica. En esta época, “la corriente paisiana se agotaba, la irradiación de los monasterios se obscurecía, la literatura patrística caía en el olvido y el espíritu secular se esforzaba en conquistar derecho de ciudadanía en el recinto mismo de la teología” [4]. La tradición hesicasta no desapareció completamente, sino que fue conservada sobre todo por algunas ermitas y algunas personalidades aisladas.

Es recién en el siglo XX, en el período entre las dos guerras, que el monaquismo rumano tiene una tercera restauración (después de la del siglo XIV y la del siglo XVIII). Sus principales iniciadores fueron el staretz Vincent Malau y el staretz Joannice Moroi. El Padre Cleopa Ilié, al cual está consagrado este libro, fue discípulo de éste último y su sucesor a la cabeza del monasterio de Sihastria. Continúa su obra y figura después de él como el principal artífice de la gran renovación de la vida espiritual que vivió Rumania en los dos últimos tercios del siglo XX. Esta renovación tuvo una irradiación considerable en la vida de los fieles ortodoxos de ese país, en razón de los vínculos profundos que han unido siempre, en Rumania, a los monjes y el pueblo de Dios. Su influencia constituyó también un contrapeso a la ideología antireligiosa y a la ética deshumanizante expandida por el régimen comunista. Y este movimiento espiritual fue providencialmente acompañado por una renovación de los estudios patrísticos y teológicos, bajo el auspicio de otra personalidad excepcional, el Padre Dumitru Stanislao. El Padre Cleopa y el Padre Dumitru fueron en el siglo XX, según la expresión del metropolita Daniel de Moldavia, “las dos columnas de la Ortodoxia en Rumania”.

El Padre Cleopa nació en una modesta familia de paisanos moldavos, y su educación se limitó a la dada por la escuela primaria. Desde muy joven tuvo la carga junto a sus hermanos de cuidar el rebaño de la familia, y en el monasterio, donde el entra a la edad de diecisiete años, le fue confiada la misma tarea de pastor. Este trabajo, que ejerce durante doce años, lo mantuvo relativamente separado de la comunidad, y es con sorpresa que los monjes de Sihastria ven al gran higúmeno Joannice Moroi, aquejado por la enfermedad, nombrar al Padre Cleopa como su sucesor.

El Padre Cleopa dirigirá el monasterio como simple monje y tres años más tarde lo ordenaran sacerdote. Pero gracias a sus carismas, logra reunir en torno a él en poco tiempo a cerca de ochenta monjes.

Su actividad estuvo primero marcada por la restauración de un modo de vida cenobítico [5] que volviera a dar importancia a la obediencia, a la confesión semanal, a la participación de todos los servicios litúrgicos, al respeto de una regla de oración personal y a la práctica de la Oración de Jesús según la tradición hesicasta.

Su éxito excepcional en Sihastria y su irradiación hizo que le confiaran pronto la dirección de numerosos skits y monasterios de la región: Slatina, Sihla, Putna, Moldovitsa, Rashca, Rarau, Gai… Él supo, como en Sihastria, darles un dinamismo nuevo y hacerles acceder a una calidad de vida espiritual que se irradiaría en toda Rumania y más allá de sus fronteras.

La personalidad carismática del Padre Cleopa atrae en efecto hacia él a numerosos monjes y sacerdotes del país y de otros países ortodoxos, que difundirán sus enseñanzas y su práctica.

Poco a poco, hay también numerosos fieles que se reunirán en torno a él. La irradiación y la influencia del Padre Cleopa le atraen la hostilidad del régimen comunista, y él debe en tres oportunidades ocultarse  en las montañas. Es al terminar su último período de eremitismo forzado, en 1964, que algunas decenas de miles de visitantes vienen a él para confesarse, recibir consejos espirituales, ser consolados, beneficiarse de sus oraciones, recibir su bendición u obtener la gracia de un milagro.

Todos los que han estado en contacto con el Padre Cleopa han sentido la gracia que se experimenta en presencia de los santos. Ellos le han dejado con el alma aliviada, apaciguada, vivificada. Algunos no creyentes, llegados hasta él por simple curiosidad, han regresado con fe. Algunos enfermos, han retornado curados…

Las multitudes de peregrinos, que llegaban de Rumania y de todo el mundo ortodoxos atraídos por la fama del Padre Cleopa, aumentó a tal punto que el monasterio debió construir, en 1989, un anfiteatro que pudiese contenerlos cuando el Anciano iba al encuentro de ellos.

¿Cómo explicar esta excepcional irradiación del Padre Cleopa en los medios monásticos y fuera de estos, una irradiación que alcanzó también tanto a los más altos dignatarios de la Iglesia como a los simples monjes, a los clérigos como a los laicos, a los más grandes teólogos como a los fieles menos instruidos, a los ancianos como a los jóvenes?

En primer lugar, por la santidad que irradiaba su persona y que se expresaba por las grandes virtudes realizada a su perfección: desprendimiento y desinterés, generosidad, pureza interior, paciencia, dulzura, humildad, sabiduría, y sobre todo amor a Dios y al prójimo, éste último expresado especialmente en una inmensa compasión a todos y en una intercesión permanente por todos ante Dios.

Después, por los carismas particulares que el Padre Cleopa, en virtud de la pureza de su espíritu y de su corazón, había recibido del Santo Espíritu: don de palabra, discernimiento, clarividencia, profecía y curación.

Finalmente, por las cualidades personales que hacían a su personalidad muy atractiva. Se puede citar en especial su simplicidad, herencia de sus orígenes paisanos, pero elevada a un nivel de virtud sobrenatural por la práctica ascética del despojo interior y de la pobreza espiritual. Una simplicidad que le permitía un contacto inmediato con las personas de condición modesta y los pequeños como así también con los grandes de este mundo.

Se puede citar también el carácter a menudo pintoresco de sus palabras y un poco de humor que él dejaba deslizarse.

Pero la impresión dejada por el Padre Cleopa iba más allá de la naturaleza de sus palabras y se hacía sentir incluso cuando ellas tenían un carácter ordinario. Uno de sus cercanos, que asistía a los numerosos encuentros del Anciano con sus visitantes y recogía muchas veces las reacciones de ellos, señala: “A menudo, los que lo escuchaban lloraban. Cada uno sentía su alma conmovida, no sólo a causa de lo que decía, sino en primer lugar por la gracia de Dios que permanecía en él. En efecto, su simple presencia, por la gracia del Espíritu Santo del cual estaba lleno, transformaba el alma de las personas.” Y muchos, saliendo de su encuentro con el Padre Cleopa, decían: “En toda nuestra vida no hemos visto jamás un hombre como este.”

El libro que van a leer no da más que una débil idea de la personalidad santa del Padre Cleopa, y solo aquellos que le han conocido tienen una representación adecuada.

A modo de ejemplo de la impresión dejada por el Anciano sobre uno de sus visitantes, se puede dar este bello relato escrito por el Padre Ion Bria:

“El Padre Cleopa nos ha parecido como una persona de una autenticidad cristalina, primaria. Un Adán bíblico original, que lleva en su constitución física todas las marcas descritas por el Génesis. Un hombre todo hecho a imagen y semejanza de Dios, en el cual la relación entre el cuerpo y el alma, entre la visibilidad de la materia y la transparencia del espíritu cambia. En este ícono viviente, el cuerpo terrestre se vuelve celestial mientras que el espíritu divino se vuelve visible. […] El Padre Cleopa nos ha parecido de una vitalidad extraordinaria, que no viene del alimento o de la savia de la tierra, sino del ejercicio de la lucha espiritual, del “combate invisible” en el cual está comprometido todo su ser. Una lucha con él mismo hasta las lágrimas, una ascesis continua por superar las barreras falsas o reales, personales o sociales que le impiden identificarse con el Señor y con su prójimo. El Padre Cleopa no es sólo un ejemplo, sino también un “paráclito”, un abogado y un intercesor para sus prójimos. Él no ha hecho “escuela” en torno a él, sino que atrae más bien a sus discípulos en un movimiento y un impulso continuo para que ellos se vuelvan antorchas y testimonios vivientes de Cristo allí donde ellos viven y trabajan. […] Él comienza su oración besando la tierra para mostrar no solo el sentido metafísico de la creación, sino también el sentido histórico, local, geográfico de la persona. […] El Padre Cleopa nos ha impresionado también por su espontaneidad y su lucidez espiritual. Una libertad que se desprende de su total dependencia del Espíritu Santo, una lucidez que tiene su fuente en la pureza de su alma. […] Su poder de juzgar –en el sentido de discernir y de iluminar las realidades de este mundo- no proviene de un ejercicio intelectual sino más bien del coloquio que él tiene a cada instante con Dios. He aquí porqué él habla desprendido de toda coerción, sospecha o vacilación. En su conducta no hay rasgos de agresividad: él está por encima de toda polémica y de todo fanatismo”. [6]

La personalidad santa del Padre Cleopa fue moldeada por el Espíritu Santo, del cual él recoge la gracia para sus esfuerzos ascéticos y sus grandes luchas.

El Padre Cleopa fue beneficiado, sin duda desde el comienzo de su vida, de condiciones propicias para un crecimiento espiritual rápido y derecho. Él fue criado en una familia ajustada hasta en los detalles de la vida cotidiana a un modo de vida profundamente cristiano. Su padre y su madre (que se vuelve posteriormente monja en el Viejo Agapia) pueden ser considerados como unos santos laicos de los cuales la gracia se irradia no sólo sobre el Padre Cleopa, sino también sobre sus hermanos y su hermana, vueltos ellos también excelentes monjes antes que murieran prematuramente.

En su infancia, el Padre Cleopa tuvo como padre espiritual a un santo sacerdote: el Padre Jorge Chiriac. Adolescente, la providencia le posibilitó encontrar al Padre Paisios Olaru que vivía en una ermita junto a la pradera en donde él iba, en compañía de sus hermanos, a cuidar el rebaño de la familia. El Padre Paisios, quien será hasta el fin de su vida el padre espiritual del Padre Cleopa y vivirá muchos años a su lado en Sihastria, fue él también, uno de los más grandes espirituales rumanos del siglo XX [7]. Finalmente el Padre Cleopa tuvo la gracia de volverse monje en Sihastria, en el cual el higúmeno, el Padre Joannice Moroi, era también un espiritual de una dimensión excepcional.

El Padre Cleopa, sin embargo, no fue solamente ayudado por la excelente dirección espiritual de estos santos, por su poderosa intercesión, y por la obediencia sin falla de la cual él hizo prueba para con ellos. Él manifiesta desde muy temprano un gran rigor y una gran constancia en la ascesis, ayunando severamente, durmiendo poco y orando mucho.

En la vida del Padre Cleopa, la oración ocupa de entrada un lugar central. Además de imponerse una regla que incluía cada día los siete principales oficios litúrgicos y numerosas oraciones (Canons, Acatistos…), él se consagra a la Oración de Jesús cada día durante muchas horas hasta practicarla de manera acabada, es decir continuamente, en el corazón y acompañada de lágrimas.

A esto se añade la lectura regular de las santas Escrituras, de los escritos espirituales y teológicos de los Padres y de las Vidas de los santos, que una memoria prodigiosa le permitía asimilar y guardar permanentemente a su disposición para las enseñanzas que él daba a sus discípulos y visitantes.

La ascesis del Padre Cleopa se desarrolla en una vida que conjuga las virtudes de la vida monástica y las de la eremítica, la primera estaba dominada por la obediencia, el servicio a los otros hermanos y a la oración comunitaria; la segunda por el modo de vida hesicasta: soledad, silencio, oración personal.

Es, sin duda, que los once años pasados por el Padre Cleopa en la soledad de las praderas cuando él cuidaba los corderos del monasterio, después los ocho años pasados en la soledad del bosque donde debió por tres veces ocultarse para evitar ser encarcelado por el régimen comunista, jugaron un rol importante en su formación espiritual y en su santificación personal.

Durante los ochos años que el Padre Cleopa vivió como ermitaño en el bosque, su modo de vida fue cercano, por su despojamiento y su rigor, al de los Padres del Desierto. Se alimentaba en ese tiempo principalmente de raíces y hierbas salvajes, celebraba la divina liturgia sobre un tronco de árbol y pasaba quince horas por día en oración.

Su regreso al monasterio en 1964, después de cinco años de este modo de vida, fue el de un hombre transfigurado por la gracia, y es a partir de este momento en que multitudes inmensas acuden a Sihastria para ver a un santo, movimiento que en su humildad el Padre Cleopa no comprendía, pero al cual respondió como a un llamado de Dios a ir en ayuda de los que estaban espiritualmente necesitados.

De 1964, hasta su dormición en 1998, se dedicó incansablemente al servicio de numerosos hijos espirituales y visitantes. Él habría preferido vivir en soledad (y fue tentado, en un momento, a retirarse al Monte Athos), pero las exigencias de la caridad se impondrán en él hasta el agotamiento. El Padre Cleopa fue llevado a organizar sus días dividiéndolos en tres partes: en la primera, la noche, él oraba y descansaba un poco; en la segunda, él leía las Sagradas Escrituras y las obras de los Padres y escribía; y en la tercera, se dedicaba a sus hijos espirituales y a los peregrinos.

Es por la insistencia de sus discípulos, pero también por la del Padre Dumitru Stanislao y la del metropolita de Transylvania Antonio Plamadeala, que tenían por él una gran veneración y una gran admiración, que el Padre Cleopa acepta poner por escrito sus enseñanzas espirituales. Él ha dejado así una obra considerable redactada de su propia mano. Doce volúmenes de entrevistas grabadas han sido también publicadas. Nosotros esperamos, en el futuro, poder publicar en Francia algunas de estas obras.

Entre tanto, este libro, escrito por un discípulo del Anciano, que vivió muchos años a su lado, constituye la mejor introducción actual a su vida y a su enseñanza, y nosotros no dudamos de que serán numerosos los lectores que podrán sacar provecho y serán, a través de él, tocados por la gracia que habitaba en el Padre Cleopa.


Jean-Claude Larchet
Introducción al Libro Le Pére Cléopas,
del Pére Ioannichié Balan,
Ed. L’ Age d’ homme, Suiza 2003, pp. 7-15.


Notas:

[1] Sobre la historia del monaquismo rumano, una de las pocas obras en francés es la del Padre Romul Joanta (ahora metropolita Serafín de Alemania), Rumanie, Tradition et cultura hésychastes, Bellefontaine, 1987.

[2] Numerosos santos monjes rumanos del siglo XX han sido presentados por el autor de este libro, el Padre Ioannice Balan, en una obra anterior titulada: Vie des moines de Moldavie, Chevetogne, 1986.

[3] Fue realizada en Dragomirna en 1767, cinco años antes de la publicación de la Filocalia griega realizada por san Nicodemo el Hagiorita y san Macario de Corinto.

[4] A. Scrima, “L’ avènement philocalique dans l’Orthodoxie roumaine”, Istina, 1958-3, p. 314.

[5] A continuación del período de decadencia anteriormente señalado, muchos monasterios se habían vuelto idiorítmicos, es decir que cada monje conducía una vida independiente. Es de notar que la renovación que vivió el Monte Athos en los últimos decenios del siglo XX estuvo igualmente ligada a una restauración de la vida cenobítica.

[6] Extracto de una conferencia pronunciada en 1977 a la comunidad protestante de Grandchamp (Suiza).

[7] Un volumen de esta colección le estará dedicado.