Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Isaac el Sirio. Discurso 72 (Primera colección)


Del arrepentimiento al amor perfecto de Dios
Himno de la Caridad


Contiene algunas proposiciones útiles llenas de la sabiduría del Espíritu


La fe [1] es la puerta de los misterios. Lo que los ojos del cuerpo son para las cosas sensibles, la fe lo es para los ojos ocultos del alma. De la misma manera que nosotros tenemos dos ojos corporales, tenemos también dos ojos espirituales del alma, como afirman los Padres, y cada uno no tiene el mismo objeto de visión que el otro. Por un ojo, vemos los secretos de la gloria de Dios oculta en los seres, a saber su poder, su sabiduría y la Providencia eterna que nos rodea y nos comprende a partir de la manera maravillosa con que nos dirige. Por el mismo ojo vemos también los ejércitos de los ángeles, nuestros compañeros de servicio. Y por el otro ojo, vemos la gloria de la santa naturaleza de Dios, cuando, en su benevolencia, nos hace entrar en los misterios espirituales y abre a nuestro espíritu el océano de la fe.

2. Como una gracia viene después de otra gracia, el arrepentimiento ha sido dado a los hombres después del bautismo. El arrepentimiento es, en efecto, un segundo nacimiento, que viene de Dios. Lo que nosotros hemos recibido como prenda por el bautismo [2], lo recibimos como don por el arrepentimiento. El arrepentimiento es la puerta de la misericordia, la cual se abre a los que la buscan. Es por esta puerta que nosotros tenemos acceso a la misericordia divina, y, si nosotros no entramos por ella, no encontraremos la misericordia, “pues todos han pecado, dice la divina Escritura, y todos son justificados gratuitamente por su gracia” (Rom. 3, 23-24). El arrepentimiento es la segunda gracia, y nace en el corazón mediante la fe y el temor. El temor es el bastón paternal que nos conduce, hasta que nosotros hayamos llegado al paraíso espiritual [lleno de todos] los bienes. Cuando hayamos llegado, nos dejará y se volverá.

3. El paraíso es el amor (agapè) de Dios, amor que lleva en él las delicias de todo aquello que puede hacer al hombre bienaventurado. Es allí en donde le bienaventurado Pablo había recibido un alimento ajeno a la naturaleza (cf. 2 Cor 12, 1-4, relacionado a Apoc 2, 7 y 22.2). Y desde que él gustó en este lugar [los frutos] del árbol de la vida, escribía: “Lo que el ojo no vio, lo que el oído no oyó, lo que no ha subido al corazón del hombre, es lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9). A Adán le fue impedido acceder a este árbol por el consejo del Diablo. El árbol de la vida es el amor de Dios, que Adán perdió por su caída (cf. Gen 3, 22-23), y nunca más encontró la alegría; y debió trabajar y penar sobre la tierra [que no producía más que] espinas (cf. Gen 3, 17-19). Incluso si ellos caminaban sobre un camino recto, los que están privados del amor de Dios comen el pan ganado con el sudor de su trabajo, como le fue ordenado al primer creado, después de la caída. Hasta que nosotros encontramos el amor, debemos trabajar sobre esta tierra [cubierta] de espiras, debemos sembrar y cosechar en medio de las espinas, incluso si nuestra semilla es una semilla justa. Constantemente somos heridos por las espinas y, lo que hacemos para ser justos, es con el sudor de nuestro rostro como vivimos (cf. Gen 3, 17-19). Pero cuando hemos encontrado el amor, somos alimentados del pan celestial y somos revestidos de fuerza, sin trabajo ni pena. El pan celestial es Cristo, que ha descendido del cielo y ha dado la vida al mundo. Y tal es el alimento de los ángeles.

4. Quien ha encontrado al amor come a Cristo cada día y a toda hora, y se vuelve inmortal. Pues ha dicho: “Aquel que come del pan que yo le daré no morirá jamás” (Jn 6, 58). ¡Bienaventurado quien come el pan del amor, que es Jesús! Pues el que se alimenta de amor se alimenta de Cristo, el Dios que está por encima de todas las cosas, como Juan testimonia cuando dice: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Así pues, aquel que vive en el amor recibe de Dios el fruto de la vida y, aunque esté todavía en este mundo, él respira ya el aire de la Resurrección, ese aire que será la delicia de los justos en la Resurrección. El amor es el Reino. Es de [este amor] que el Señor ha misteriosamente prometido a sus apóstoles que se alimentarán en su Reino: “Coméis y bebéis en la mesa de mi Reino” (cf. Lc 22, 30). ¿De qué [alimento] se trata sino del amor? Pues el amor es capaz de alimentar al hombre en lugar de los alimentos y de las bebidas. Él es “el vino que alegra el corazón del hombre” (Sal 103, 16). ¡Felices los que beban de este vino! Los libertinos que lo han bebido, se han vuelto castos [3]. Los pecadores que lo han bebido, se han olvidado del camino del pecado. Los borrachos que lo han bebido, se han vuelto ayunadores. Los ricos que lo han bebido, han deseado la pobreza. Los pobres que lo han bebido, se han vuelto ricos en esperanza. Los enfermos que lo han bebido, han sido fortificados. Los ignorantes que lo han bebido, se han vuelto sabios.

5. Del mismo modo que no es posible atravesar sin un barco el vasto mar, así tampoco se puede sin el temor alcanzar el amor. El mar que produce náuseas y que nos separa del paraíso espiritual, no podemos atravesarlo más que con el barco del arrepentimiento conducido por los remeros del temor. Pero si estos remeros del temor no dirigen bien el barco del arrepintiendo, por el cual nosotros atravesamos el mar de este mundo para ir a Dios, nos hundiremos en este mar que nos da náuseas. El arrepentimiento es el barco; el temor es su piloto, y el amor es el puerto divino. El temor nos embarca sobre el navío del arrepentimiento, nos hace atravesar el mar de esta vida y nos lleva al puerto divino, que es el amor, hacia el cual se dirigen todos los que, por el arrepentimiento, se entregan a la pena y llevan su pesada carga. Y cuando nosotros hayamos alcanzado al amor, habremos alcanzado a Dios. Habremos llegado al término de nuestra navegación, habremos atravesado el mar y alcanzado esta isla que está más allá del mundo, y donde están el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, [un solo Dios]. ¡A Él sean la gloria y el poder! Y pueda hacernos dignos de su gloria y de su amor, que se obtienen por su temor. Amén.


Discurso 6 de la Primera colección de Isaac el Sirio.
Saint Isaac le Syrien. Discours ascétiques (según la versión griega).
Traducción al francés, introducción y notas por P. Placide Deseille.
Monastére Saint-Antoine-Le-Grand y Monastére de Solan. 2011
pp. 449-452.


Notas:

[1] Se trata aquí de la fe plenamente desarrollada y convertida en “fe que ve” (cf. 18, 3-4), de la cual la “fe que escucha” constituye las primicias. Esta fe da acceso a los dos niveles de la théôria, en primer lugar a la théôria physikè, la percepción espiritual de los logoi, es decir de los pensamientos-voluntades divinas ocultas en los seres creados, y del sentido espiritual de las Escrituras, luego a la théôria suprema o contemplación de Dios solo, en el espejo del alma (cf. 17,3).

[2] Según la enseñanza común de los santos Padres, el bautismo confiere la gracia divina como una prenda, es decir como una semilla llamada a desarrollarse gracias a la sinergia de la voluntad libre del hombre y de la gracia del Espíritu Santo. El arrepentimiento profundo de las faltas cometidas después del bautismo marca el primer despertar de la sensibilidad espiritual, órgano de la contemplación (cf. san Juan Clímaco, La escala santa, grado 7, 28 y 54; SO 24, p. 117 y 121.


 [3] Según el siríaco. 



domingo, 31 de agosto de 2014

Isaac el Sirio. Discurso 6 (Primera colección).


Sobre la utilidad de la huida del mundo


En verdad, este es un combate violento, difícil y arduo que se debe llevar cuando están presentes las cosas [que provocan la tentación]. Por más fuerte e invencible que sea el hombre, cuando está en presencia de las causas de donde proceden los ataques, las guerras y los combates, el temor se apodera de él, y cae más rápidamente que si el Diablo mismo le combatiera abiertamente. En efecto, mientras que el hombre no se aleje de las cosas que arrojan el desorden [confusión] en su corazón, deja a su enemigo un lugar donde atacarle. Por poco que él se adormezca, su pérdida es fácil. Desde que el alma, en efecto, está bajo el dominio [la influencia] de los encuentros peligrosos que ella tiene en el mundo, estos encuentros se vuelven para ella piedras de tropiezo, y  está como naturalmente vencida desde que se encuentra en  presencia de ellos.


2. Nuestros Padres, que antiguamente han recorrido estos caminos, han comprendido bien que nuestro intelecto no es siempre lo suficiente vigoroso para permanecer en el mismo estado y velar sobre sí mismo, y que hay momentos donde él mismo es incapaz de discernir lo que le es perjudicial. Es por esto, que habiendo considerado todo esto en su sabiduría, ellos tomaron por arma la renuncia a todas las posesiones, lo que libra al hombre de muchos combates, como está escrito. Preservados de muchas faltas gracias a esta pobreza, ellos parten al desierto, donde no se encuentran ninguna de estas cosas que suscitan las pasiones. Así, cuando a ellos les tocaba pasar por un momento de gran fragilidad, nada [del exterior] podía provocar su caída. Ellos no tenían la ocasión de encolerizarse, ni de caer en la fornicación, ni de tener rencor o vana gloria. Las tentaciones de este tipo estaban reducidas al extremo, gracias al desierto. Ellos se habían protegido a sí mismos por el desierto, como por una torre de defensa impenetrable. Desde entonces, cada uno podía llevar bien su combate en la hesychía, allí donde nuestros sentidos no encuentran ningún objeto que puede ayudar a nuestro Adversario [siendo causa de tentación]. Pues vale más para nosotros morir combatiendo, que vivir en el pecado. 


Discurso 6 de la Primera colección de Isaac el Sirio.
Saint Isaac le Syrien. Discours ascétiques (según la versión griega).
Traducción al francés, introducción y notas por P. Placide Deseille.
Monastére Saint-Antoine-Le-Grand y Monastére de Solan. 2011
pp. 109-110