Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 9 de septiembre de 2014

Encuentro con San Diádoco de Fótice (400-486)




Estamos a mediados del siglo V, nos dirigimos al noroeste de Grecia, a la región de Epiro, para encontrarnos con un anciano llamado Diádoco, obispo de Fótice.

Voy a su encuentro, con gozo y reverencia, y puesto a sus pies, deslumbrado ante su presencia, le pido:

- Padre, dime una palabra sobre la oración continua.

- Hijo, ¿qué buscas?

- Ser un orante… ser un hombre de oración, y por eso he venido hasta ti, para recibir de tus labios una palabra de vida.

Después de quedarse por un momento en silencio, con voz suave y firme me dice:

- Llegarás a lo que deseas sólo si entregas tu vida por completo a nuestro muy deseado Señor Jesucristo [1]. Lanzarse a buscar la perla preciosa de la oración implica venderlo todo, todo lo que eres y posees. 
“El ser a su semejanza es sólo de aquellos que por una gran caridad esclavizaron su libertad a Dios. Pues cuando no nos pertenecemos, entonces somos semejantes al que nos reconcilió con Él por el amor.”[2]

- Pero Padre, yo que no soy monje sino un simple  laico, ¿puedo consagrar también mi vida al Señor y a la oración?

- Por supuesto que sí…. “Conságrate siempre a la oración -en la guarda del intelecto- aunque no vivas en un monasterio.”[3] 
No dediques tiempo solo al estudio y a la lectura sobre la oración –que sin duda fácilmente te llenarán de consuelo- sino más bien soporta en los comienzos la estrechez de la virtud de la oración.
Dedícate “lo más posible a la oración, a la salmodia, a la lectura de la Escritura”.[4] Y, sobre todo, “vive en un ferviente recuerdo de Dios”[5]. Con el deseo y el ardor que coseches de este permanente recuerdo de Dios, enfrenta cada día el combate que se da en tu corazón contra la tentación, el pecado y el mal.

- Explícame, te lo ruego, a qué te refieres cuando hablas de este combate que se da en el corazón.

- Hijo, quien busca alcanzar la perfección espiritual y el conocimiento de nuestro Señor por la oración,  se va convirtiendo poco a poco en un verdadero luchador del combate espiritual.  
“A los que comienzan a amar la piedad, el camino de la virtud les parece muy escabroso y penoso, no porque lo sea, sino porque la naturaleza humana apenas salida del seno materno vive cómodamente en los placeres. Pero para aquellos que pueden sobrepasar el [punto] medio, se manifiesta como un camino llano y fácil. […] Es necesario pues en los comienzos  del combate, practicar con una voluntad violenta los santos mandamientos de Dios [6], para que, viendo nuestra intención y esfuerzo, nuestro buen Señor nos envíe una voluntad muy presta para servir con placer sus gloriosos deseos; pues la voluntad entonces es preparada por el Señor, de manera que practiquemos incesantemente el bien con gran gozo.”[7]

-¿Cómo se va creciendo en este camino espiritual?

- Al principio, “la gracia esconde su presencia esperando el propósito del alma. Cuando el hombre entero se vuelve hacia el Señor, entonces ella, con un sentimiento inefable, manifiesta su presencia en el corazón y espera nuevamente el movimiento del alma, dejando que los dardos del demonio lleguen hasta su sentido íntimo, para que con un propósito más ferviente y una humilde disposición busque el alma a Dios. En lo restante, si el hombre comienza a avanzar por la observancia de los mandamientos e invoca incesantemente al Señor Jesús, entonces el fuego de la santa gracia se distribuye incluso en los sentidos exteriores del corazón, quemando totalmente la cizaña de la tierra humana. […] Finalmente, cuando el luchador se ha revestido de todas las virtudes y sobre todo de la perfecta pobreza, entonces la gracia ilumina con un sentimiento más profundo toda su naturaleza y lo enciende en un gran amor de Dios. […] Así la brisa del Espíritu Santo, que mueve el corazón hacia los soplos de paz, extingue los dardos del demonio incendiario cuando aún son llevados por el aire. Incluso al que ha llegado a esta medida, Dios lo abandona alguna vez a la malicia de los demonios, dejando entonces su intelecto sin luz, para que nuestra libertad no sea totalmente encadenada por los lazos de la gracia, no sólo porque por las luchas es derrotado el pecado, sino también porque el hombre debe progresar aún en la experiencia espiritual.” [8] 

- Padre, mi corazón desea ardientemente entregarse al Señor, vivir según sus mandamientos, pero lamentablemente es también en mi corazón donde siento el ardor y el poder que ejercen en mí las pasiones.

 - “Lo propio de un hombre amigo de la virtud es el ir consumiendo siempre lo que hay de terreno en nuestros corazones por el recuerdo de Dios, para que así poco a poco, el mal sea consumido por el fuego del recuerdo del bien, y el alma vuelva perfectamente a su brillo natural con un esplendor mayor” [9].
“Hay que abandonar siempre la disposición al mal, mediante el ejercicio en el recuerdo de Dios, porque la naturaleza del bien es más poderosa que la disposición al mal, pues aquella es, mientras que esta no es, salvo cuando se practica” [10].
Así, “es necesario que el alma sea llamada primero a los combates por el gozo inicial, y luego sea examinada y probada por la verdad del Espíritu Santo acerca de los males realizados o de las vanidades que aún realiza… para que probada por el divino examen como en un horno, reciba la acción de un gozo privado de fantasías, en el ferviente recuerdo de Dios.” [11]

- Hay días en que mi corazón sin esfuerzo se inclina a la oración, pero en otros momentos las pasiones lo tironean de un lado hacia el otro como si fuera verdaderamente esclavo de ellas.

- “Los que están en el comienzo de la actividad espiritual tienen un corazón parcialmente calentado por la gracia. Es por eso que a veces su intelecto comienza entonces a fructificar pensamientos espirituales. Pero las partes visibles del corazón continúan pensando según la carne, porque todos los miembros del corazón no están aún iluminados por la luz de la santa gracia en un sentimiento profundo. […] Si empezamos, pues, a practicar con celo ferviente los mandamientos de Dios, en adelante la gracia iluminará todos nuestros sentidos en un sentimiento profundo, como quemando nuestros pensamientos y penetrando nuestro corazón con una cierta paz de inalterable amistad, preparándonos para tener pensamientos espirituales y no más carnales. Esto es lo que sucede continuamente a aquellos que se aproximan bastante a la perfección, a los que tienen incesantemente en el corazón el recuerdo del Señor Jesús.” [12]

- Los antiguos Padres de Egipto nos han enseñado sobre la importancia de mantener siempre el recuerdo de Dios y lo conveniente que es para esto rezar con oraciones breves, pero cuando te escucho veo cómo tú ya no sólo me hablas del recuerdo de Dios sino también de mantener continuamente el recuerdo del Señor Jesús en el corazón e invocar incesantemente su Nombre. Abba, te lo ruego, dime más sobre esto...

- Con gusto te hablare de la invocación del Santo Nombre de Jesús,  que –te confieso- ha robado completamente mi corazón, pero déjame que te explique algo antes:
El camino espiritual es un itinerario que va de lo visible a lo invisible… Nuestro intelecto tiene que aprender a dejar de mirar y de detenerse en lo exterior para prestar más atención a lo interior y ver allí al Invisible. El luchador paciente es aquel que “persevera incesantemente viendo, con los ojos del pensamiento al Invisible, como si fuera visible” [13]. Cuando hablo de mirar el interior y allí al Invisible, me refiero a la necesidad de mirar siempre la profundidad de nuestro corazón.
Porque la gracia de Dios reside en la profundidad del alma, “por ello desde las mismas profundidades de nuestro corazón sentimos como brotar el deseo divino, cuando recordamos a Dios fervorosamente.” [14] “La vista, el gusto y todos los sentidos disipan la memoria del corazón […] Nosotros, pues, mirando siempre la profundidad de nuestro corazón con un recuerdo incesante de Dios, vivamos como ciegos en esta vida engañosa” [15].

- Padre, pero cuando he intentado en la oración no prestar atención a lo que pasaba a mi alrededor, concentrarme en mi interior y buscar allí al Señor, he luchado sin éxito contra una multitud de pensamientos que vienen y me distraen todo el tiempo.

- Hijo, ahora te hablaré –como me habías pedido- de la invocación del Nombre de Jesús y te daré un remedio para las distracciones que durante la oración te aparecen.
“El intelecto nos exige absolutamente, cuando cerramos todas sus salidas [externas] por el recuerdo de Dios, una obra que satisfaga su necesidad de actividad. Hay que darle al ‘Señor Jesús’, como única ocupación [tendiente] a su fin […] Que contemple en todo tiempo sólo esta palabra en sus propias cámaras del tesoro, para no volver a sus imaginaciones. Todos cuantos meditan incesantemente en la profundidad de su corazón este santo y glorioso Nombre pueden ver entonces también la luz de su intelecto. Pues, dominado por el pensamiento en un estrecho esfuerzo, consume en un sentimiento intenso toda mancha que cubre el alma; pues nuestro Dios es un fuego devorador. Por eso el Señor invita al alma a un gran amor de su propia gloria. Perseverando en aquel Nombre glorioso y muy deseado en el fervor del corazón por medio de la memoria del intelecto, produce en nosotros el hábito de amar su bondad sin que nada se le oponga en adelante. Ésta es, pues, la perla preciosa que se puede adquirir habiendo vendido los propios bienes, y cuyo descubrimiento produce un gozo inefable.”[16]

- (Al escucharle estas palabras veía su ojos brillar y su rostro resplandecer. Era como si hubiera abierto su corazón para confiarme un secreto preciado que allí guardaba. Yo en silencio admirado solo escuchaba.)

- Pero esto no sólo te ayudará en tus momentos de oración – me dijo- , también la invocación del Santo Nombre del Señor Jesús es un arma poderosa para el combate del que te hablé al comienzo. Cuando estés en medio de la lucha, “emplea el santo Nombre de Jesús para rechazar al mal” [17]
“Si el intelecto se encuentra en una memoria muy ferviente, sosteniendo el Santo Nombre del Señor Jesús y lo usa como arma contra el engaño, entonces el impostor se apartará.” [18]
“Si el intelecto se encuentra, recordando atentamente al Señor Jesús, disipa el soplo de apariencia agradable del enemigo y exultante se lanza en el combate contra él…” [19]
Así, si quieres purificar tu corazón abrásalo continuamente por el recuerdo del Señor Jesús, teniendo incesantemente esto como tu única meditación y obra. Porque es necesario que los que quieren arrojar su podredumbre no oren a veces sí, y a veces no, sino que se consagren siempre a la oración. [20]

- Padre, ¡enséñame a invocar correctamente el santo nombre de Jesús en mi corazón!

- La gracia es la que enseñará a tu alma a invocar el nombre de Jesús. “El alma tiene la gracia misma, la cual medita y grita con ella el “Señor Jesús”, como una madre enseñaría a su pequeño hijo la palabra “papá”, repitiéndola con él hasta que en lugar de un gorjeo infantil lo condujera a la costumbre de llamar claramente a su padre, incluso en su sueño.” [21]
Amigo mío, te invito a que te conviertas en un luchador… Si te lanzas con generosidad a este combate para el cual ya te he enseñado mi arma más valiosa, experimentarás a su momento los consuelos inefables de nuestro Señor.

- ¿Cuáles son estos consuelo?

- “El recuerdo de Dios, que permanece fervoroso por la regulación de la voz, prepara el corazón para llevar algunos pensamientos que hacen brotar lágrimas y están llenos de dulzura” [22]. Una dulzura que viene de Dios y colma el corazón [23].
“Sentirás –también- abundantemente la consolación divina […] podrás gustar sin error la consolación del Espíritu Santo” [24]; “tu alma se arrastrará por el amor de Dios” [25]; “sentirás de modo inefable la bondad divina… y el gozo que llegará verdaderamente a tu alma y a tu cuerpo es un recuerdo inefable de la vida incorruptible” [26]. Y, sin duda, muchas otras cosas más que la palabra no puede explicar, y que sólo las conocen Dios y el alma.


La noche había pasado y nuestro diálogo llegó a su fin. Las primeras luces del alba aparecían desde el horizonte y el anciano, con una fuerza nada común, prendía las velas para la oración de la mañana.

Selección de textos y composición por un laico del Cristo Orante


Notas:

[1] Cfr. DIADOCO DE FÓTICE, Obras completas, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1999. Cien capítulos sobre la perfección espiritual 38. [En adelante Cap. Gnost.]

[2] Cap. Gnost., 4.

[3] Cap. Gnost., 97.

[4] Cap. Gnost., 68.

[5] Cap. Gnost., 11.32.

[6] En varios pasajes Diádoco une a la observancia de los mandamientos el recuerdo de Dios y la invocación del Santo Nombre de Jesús: “Si empezamos, pues, a practicar con celo ferviente los mandamientos de Dios, en adelante la gracia iluminará todos nuestros pensamientos, penetrando en nuestro corazón con una cierta paz de inalterable amistad […] Esto sucede continuamente […] a los que tienen incesantemente en el corazón el recuerdo del Señor Jesús.” Cap. Gnost., 88. “Es necesario, pues, que se consagre siempre a la observancia de los santos mandamientos y a un profundo recuerdo del Señor de la gloria.” Cap. Gnost., 96. “Pues si alguno no deja de recordar a Dios y no descuida sus santos mandamientos, no caerá en una caída voluntaria o involuntaria”. Cap. Gnost., 100. Véase también la cita que presentamos en el texto a continuación: Cap. Gnost., 85.

[7] Cap. Gnost., 93.

[8] Cap. Gnost., 85.

[9] Cap. Gnost., 97.

[10] Cap. Gnost., 3.

[11] Cap. Gnost., 60.

[12] Cap. Gnost., 88.

[13] Cap. Gnost., Tercera definición.

[14] Cap. Gnost., 73.

[15] Cf. Cap. Gnost., 56-57.

[16] Cap. Gnost., 59.

[17] Cap. Gnost., 33.

[18] Cap. Gnost., 31.

[19] Cap. Gnost., 32.

[20] Cf. Cap. Gnost., 97.

[21] Cap. Gnost., 61.

[22] Cap. Gnost.,73.

[23] Ibid.

[24] Cf. Cap. Gnost., 30-31.

[25] Cap. Gnost., 33.

[26] Cap. Gnost., 25.