Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 18 de diciembre de 2014

El Cristo de la historia: un Cristo viviente.

Matta El Meskin


“Pero vosotros, ¿quién decís que sois?
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente”
Mt 16, 15-16

El nacimiento de Cristo, su muerte y su resurrección son acontecimientos sobrenaturales que van más allá de su dimensión histórica y es por esto que su impacto directo sobre la humanidad entera ha superado toda medida lógica humana. En cuanto a la autoridad de Jesús, basta pensar aquello que los discípulos llegaron a afirmar después de la resurrección de Cristo, dando su testimonio del proceso sufrido ante los escribas y los ancianos judíos: “En ningún otro hay salvación. No hay en efecto otro nombre dado a los hombres bajo el cielo por el cual podamos salvarnos” (Hech 4, 12).

Por esto debemos prestar la máxima atención cuando el evangelio nos informa sobre la vida de Jesucristo. Aquello que en efecto leemos en el evangelio según Mateo y según Lucas sobre el nacimiento humano que sucedió en el corazón de la historia es colocado por Juan en un contexto divino que trasciende la historia. En efecto, lo que para Mateo y Lucas es el nacimiento del niño Jesús, para Juan es la encarnación de la Palabra existente desde el principio.

Análogamente para su muerte, mientras los tres evangelios sinópticos transmiten el relato desde el punto de vista de la historia individual y humana de Jesús, el cuarto evangelio se aparta para elevarla por encima del nivel de una historia individual y desvela en ésta el misterio de la redención divina que abraza a toda la humanidad:

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: “¿Qué hacemos?” Porque este hombre realiza muchos signos. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación”. Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: “Ustedes no comprenden nada. ¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?” No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación, y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos. (Juan 11, 47-52)

Podemos percibir y sentir justo en el corazón del evangelio como la historia y la eternidad se han mezclado en una asombrosa sintonía. La historia era y permanece historia: ésta se refiere solo al pasado con sus acontecimientos, ya concluidos y transcurridos, impresos en los días, en los meses y en los años. El hombre ha considerado siempre inconcebible la eventualidad que un día la historia y la eternidad pudiesen mezclarse. En aquel tiempo, en la persona de Jesucristo, la historia se ha puesto firmemente de pie, viva y dadora de vida, poderosa en su eficacia, entrelazada con las profundidades mismas de Dios y de la eternidad, pronta a transportar el pasado mortal del hombre a una vida eterna e inmortal que no decae.

La historia –o el tiempo- era el punto en el cual la historia de cada creatura estaba obligada a detenerse, ya que era creada, vivía y moría. Así fue hasta que- en la plenitud del tiempo- nace, en un día, en un mes y en un año preciso de la historia, un niño llamado Jesús. Él fue registrado como un ciudadano normal en los registros del censo imperial. A dos mil años de distancia de aquel nacimiento y conformemente a cuanto es indicado en los evangelios, claros acontecimientos han mostrado con insistencia y con signos evidentes que en aquel lugar y en aquel niño había sido inaugurada una nueva historia de la humanidad. Un misterio que engloba también el cielo y sus creaturas invisibles y se dilata hasta la eternidad de Dios.

He aquí el testimonio del evangelio según Lucas:

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!” Lucas 2, 8-14

Este evento celestial fue la primera abierta violación de los confines impuestos al espacio de la humanidad y su capacidad de contar la historia a nivel del tiempo. La violación por parte de los ángeles del campo visible y audible del hombre es algo que originariamente no pertenecía a la historia o a la capacidad receptiva humana. Es evidente que aquel que ha nacido es de condición tal que, una vez abajado a nivel humano y terreno en el pesebre de Belén, inmediatamente se abre un pasaje hacia la condición divina y celeste. Esto no sucede pues sin efecto en lo más alto del cielo.

El ángel que realiza una tarea particularísima: aparece como un evangelista a servicio de los hombres y así –en base a las órdenes recibidas de Dios- se hace cargo de recordar a cada uno la importancia de este día en la historia de la humanidad:  día de “gran alegría” del cual todos podrán sacar su felicidad sobre la tierra. En la óptica divina, en efecto, el día de la navidad de Cristo representa el nacimiento de un Salvador. El ángel entra aquí por primera vez en la historia como un narrador de los días, pero al mismo tiempo revela el valor de este momento, valor escondido en la naturaleza de Aquel que ha nacido: no es un día a la manera de los hombres, sino es “el día de la salvación”, “gran alegría”, “complacencia en los hombres”. Con el nacimiento de este niño salvador, los días de dolor han terminado y han iniciado los de felicidad. Se ha puesto fin a la época de la desobediencia del hombre y se ha iniciado la de la glorificación de Dios por parte de los hombres en la tierra como de los ángeles en los cielos, ¡ambos sobre el mismo nivel! No obstante, el “hoy” del saludo del ángel puede hacer pensar en un punto de partida temporal, se trata del inicio de una época post-histórica: es la historia de la salvación eterna, la historia de la alegría divina que debía ser derramada sobre la tierra para no ser jamás arrancada del corazón del hombre.

Así la violación del mundo del hombre por parte de los ángeles y de la multitud de ejércitos celestiales es en realidad el preludio del ingreso del hombre en el mundo celestial, en el mundo de los ángeles y de Dios, en la persona de Aquel que ha nacido para trascender los límites del tiempo y del espacio. En otras palabras, el nacimiento de Cristo fue el inicio de una reconciliación entre dos mundos: el de Dios y sus ángeles por un lado y el hombre y sus sufrimientos por otro. Fue el punto de partida de la revelación de lo que está en los cielos y la manifestación del invisible. Es a partir de la navidad que los evangelistas empezaron a escribir la historia de Cristo. Pero estos contaron la historia de Dios, no la del hombre. Narraron el cumplimiento de las promesas eternas de Dios, hechas en los tiempos antiguos y realizadas en el tiempo establecido en Jesucristo, su Hijo, ofrecido por Dios mismo a nuestra tierra en una carne semejante a la nuestra. Su venida había sido anunciada por todos los profetas en las santas Escrituras, que el Espíritu Santo había grabado en los corazones de hombres y mujeres de fe, para que sean conservadas y custodiadas con cuidado a través del transcurrir de los siglos hasta el día de la aparición de Cristo.

La historia de Cristo es la historia de Dios en relación a la salvación humana. Cristo, en efecto, es la Palabra de Dios para el hombre, como se afirma en la Carta a los Hebreos: “En estos días que son los últimos nos ha hablado por medio del Hijo” (Hebreos 1,2).

Si bien la historia de la vida de Cristo salvador puede parecer una historia narrada en el tiempo bajo la forma de eventos delimitados por el tiempo y por el espacio, en realidad es la manifestación de Dios en la verdadera naturaleza del género humano, la manifestación del cielo sobre la tierra, de la eternidad en la plenitud del tiempo.

Los evangelios parecen un relato escrito por cuatro personas empeñadas en hacer una indagación sobre todo cuanto ha sucedido. Pero el Espíritu Santo que ha inspirado a los evangelistas, mientras les dejaba describir a Cristo según cuanto habían visto, experimentado y observado, ejercitaba al mismo tiempo el propio control sobre cada cosa vista y vivida. De tal modo los vinculaba a su fuente divina con sutiles alusiones y con explicaciones: así el Espíritu revelaba el misterio de la eternidad a través de la historia, el misterio del invisible en lo visible e incluso el misterio de la divinidad en la carne. Así el evangelio revela infaliblemente lo excepcional de la persona de Cristo. No es en absoluto difícil, ni siquiera para la gente simple y sin instrucción, percibir espiritualmente este dato. Una persona semejante trasciende la historia, va más allá de los eventos y de las circunstancias referidas en los evangelios, permanece siempre viva y eficaz porque cada línea del evangelio la revela como la persona del Hijo del Dios viviente.

El Espíritu Santo hizo que se transmitiera la experiencia de los evangelistas y su comprensión espiritual con la misma inefable alegría con la cual habían a su vez acogido el mensaje: por esto les confió las verdades más profundas de la fe. Juan evangelista nos revela la autenticidad del sentimiento que experimentaba mientras escribía el evangelio:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado. Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que nuestra alegría sea completa. 1 Juan 1,1-4

El lector del evangelio debe por esto adherirse firmemente al Espíritu que inspiró el texto y no perder jamás de vista este elemento en su camino por la historia hacia la eternidad, en su pasaje de lo visible a lo invisible. De otra manera terminaría perdido en los sucesos de la historia, ¡poniéndose a buscar entre los muertos a aquel que está vivo!

Es absolutamente imposible –según la tradición evangélica entera- que alguien pueda reconocer a Cristo como Señor si no por obra del Espíritu Santo. Análogamente Cristo no puede revelarse a alguien si no es por medio del Padre que está en los cielos. Este dato nos revela las dimensiones de la profunda, sustancial e infinita relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, no solo en su entidad personal, sino también en relación a la posibilidad de su manifestación: Dios puede ser revelado solo en su totalidad.

La encarnación de Cristo, su nacimiento y su ingreso en la sustancia de la historia humana han puesto al evangelio en condición de moverse entre la historia y la eternidad, haciendo posible un misterio que está más allá de la razón. Este evento además hace a Dios accesible al conocimiento humano después del aislamiento, el exilio, la separación e incluso la hostilidad en la cual todos habían vivido, lejos del único santo, absoluto e incognoscible Dios.

No olvidemos que el encuentro entre la eternidad y la historia vivida de modo realista y tangible, no tenía absolutamente ningún precedente. En el nacimiento de Jesús, Dios se ha revelado en persona. En éste lo invisible se ha hecho visible y lo incognoscible se ha hecho conocer en una fúlgida manifestación de la gloria de Dios.

Sin embargo, es siempre necesario no olvidar que nadie se adentra en los evangelios al nivel de una investigación puramente histórica que hace de Cristo el objeto de investigaciones, indagaciones y análisis, descuidando otro elemento fundamental en la aproximación al evangelio. Los evangelistas han escrito sus textos y demostrado sus relatos teniendo la mirada fija en Cristo como Señor y Dios, que los ojos de sus corazones contemplaban como viviente. De este modo el evangelio ha tomado forma por sus manos: no como un informe meticuloso de una determinada historia que tenía como protagonista a un hombre llamado Jesús, sino –al contrario- como testimonio de una realidad viva que había tocado sus ojos y sus corazones (es decir, la realidad del Señor Jesucristo, el Hijo de Dios viviente que había colmado su ser, sus sentimientos y su fe) y que habían registrado en la memoria con absoluta fidelidad y precisión. De este modo, fueron capaces de demostrar a los creyentes que Jesús, el Cristo viviente que había resucitado de los muertos en la gloria, era Dios más allá de toda duda. Justamente él, el mismo Jesús que había nacido en Belén, había vivido en Nazaret, había predicado en Galilea y había sido crucificado en Jerusalén.

Es por tanto indispensable que el lector de los evangelios ponga delante de sus propios ojos esta realidad viviente antes de sumergirse en el mensaje contenido en esos textos: la historia entonces se transfigurará delante de él. ¡Los evangelios, antes de ser un libro de historia, son libros de fe!   Por esto, la fe en la persona de Jesucristo revela todos los misterios del evangelio y resuelve todos los problemas históricos puestos por un relato escrito hace dos mil años. Hemos así constatado, y podemos constatar cada día, que el evangelio es revelado con mayor profundidad, gracia y discernimiento en los corazones simples que tienen una fe firme.

El evangelio no revela sin embargo la verdad como una hipótesis global que debe ser aceptada o rechazada en bloque. Al contrario, se dirige a cada corazón de modo específico y personal, revelando a cada hombre la verdad de modo adecuado a su estatura espiritual, al  nivel de su fe, a su grado de aceptación de la verdad, en un flujo continuo de revelación que crece con el crecer de la fe y con el pasar del tiempo.

Es oportuno que el lector del evangelio se acerque a la verdad contenida en éste, con la misma óptica y con el mismo espíritu que el de los evangelistas, a fin de recibir las palabras del Espíritu allí contenidas. No es nuestra intención hacer más ardua la tarea del lector. Estamos por el contrario dando la clave de lectura del misterio del evangelio. Si el lector obedece al Espíritu del evangelio, se esfuerza por consentir y someter la propia mente a la verdad, entonces la verdad misma se transfigurará ante él, volviéndose igual a la contemplada por el evangelista. Entonces el lector será investido por el soplo del Espíritu del evangelio y por su flujo inefable que lo transportará con la mente y con el corazón directamente por la palabra al cara a cara con la persona de Jesucristo.

Así se realiza el milagro del evangelio: “Entonces abrió sus mentes a la inteligencia de las Escrituras” (Lc 24, 45). Aquí la historia es transfigurada y Cristo es manifestado como Dios por el testimonio del Espíritu en nuestros corazones.

Partiendo de este punto (es decir de la atención por el espíritu del evangelista y por un libre sometimiento al Espíritu Santo que dirige las palabras y confiere su forma) nos movemos hacia la indispensable atención por las palabras de Cristo mismo, por él pronunciadas y confirmadas con calma y firmeza: por la pura y simple atención del corazón por estas palabras podemos percibir la persona de Cristo mismo. ¡En cada palabra, en cada frase Cristo se pronunciaba realmente a sí mismo!

Cada vez que prestamos el oído atento a su proclamación de la relación que lo une a Dios, nos volvemos conscientes, de modo cierto y firme, del misterio de su eterna calidad de Hijo de Dios. Escuchamos su voz: “Mi Padre que está en el cielo” (Mt 7, 21; 10, 32; 12, 50; 18, 10.19; etc.), “Mi Padre celestial lo hará” (Mt 18, 35), “Yo debo estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49), “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5,17), “Mi Padre que me las ha dado” (Jn 10,29), “Os he hecho ver muchas obras buenas por parte de mi Padre” (Jn 10, 32), “Yo soy la verdadera vid y mi Padre el viñador” (Jn 15,1), “Abba, Padre” (Mc 14, 36). Podemos percibir aquí –sin ninguna dificultad- que la relación entre Cristo y Dios es eterna y por encima de su condición humana, y que indudablemente existía antes de su nacimiento en Belén.

Las palabras de los evangelistas revelan de por sí grandeza de alma, pero dejan transparentar –con extrema evidencia- que la magnanimidad de quien las ha pronunciado es todavía más grande. El alcance teológico evidenciado por los términos usados es seria y profunda, pero el lector o el oyente no tiene ninguna dificultad en percibir que la mente que las ha elaborado y pronunciado posee una profundidad y una seriedad aún mayores. La audacia de las expresiones en los pasajes citados supera toda comprensión, pero se trata de una audacia confiada y mansa que induce a la lógica a aceptar sin esfuerzo que Cristo no está diciendo más que la verdad, manifestándola con autoridad en sí mismo, sin ficción alguna. ¡Verdaderamente el Cristo que habla en el evangelio habla de sí mismo, de la verdad, de Dios! ¡Cristo es la Palabra de Dios!

Cristo imprime firmemente en la mente de sus discípulos esta verdad (su eterna calidad de Hijo de Dios) para que todos puedan captar en ésta el misterio de su vínculo personal con el Padre, misterio que debía revelarse como la vía que en Él nos conduce más cerca de Dios, Padre también nuestro.

Cristo insiste también sobre otro hecho de extrema importancia: la manifestación del reino de Dios y la relación que tiene con su venida a nuestro mundo. Cristo empezó su predicación dirigiendo al mundo estas palabras: “¡Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca!” (Mt 4,17), y con esto hacía referencia a sí mismo. Durante su vida terrena se empeñó en subrayar con fuerza que el reino de Dios había ya empezado, había ya venido, era inminente. Él proclamó que su venida en el mundo constituía la inauguración del tiempo del reino de Dios e indicó en su encarnación y nacimiento el auténtico ingreso de la humanidad en la esfera del reino de Dios. Esto significa, en consecuencia, el ingreso de todos los que están unidos a él en la fe, como destacaron los ángeles la noche de su nacimiento: “¡Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombre que él ama!” (Lc 2,14). La iniciación de la tierra y del hombre en la esfera del reino y de la paz de Dios significa aquí la irrupción del reino de Dios en el mundo del hombre.

Cristo continuará remarcando esto hasta el día de su crucifixión cuando esté frente a Pilato: “Entonces Pilato le dijo: ‘Por lo tanto, ¿tú eres rey?’. Respondió Jesús: ‘Tú lo dices. Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo” (Jn 18, 37).

Sólo cuando recordamos que él estuvo frente a Pilato, nosotros percibimos la gravedad y la enormidad de la acusación presentada legalmente a Pilato en contra de él para crucificarlo porque había declarado: “Yo soy rey”.

No olvidemos que Cristo remarcó su calidad real teniendo delante de sí la cruz, mientras los soldados se preparaban a crucificarlo y el cáliz de la amargura estaba ya colmado y preparado. ¿Cómo podemos olvidar la espalda desnuda, los latigazos por la flagelación, la cabeza cubierta de salivazos? Frente a todo esto estaba Jesús: lo escuchamos todavía repetir: “Yo soy rey. ¡Para esto he nacido y para esto he venido al mundo!” Y ahora cerremos un instante los ojos, imaginemos de nuevo esta escena y escuchemos atentamente para sentirlo pronunciar la solemne declaración con su voz firme. En este momento un sentimiento de fe nos invade y nos permite comprender que éste es verdaderamente el Hijo de Dios y que su reino es un reino eterno, que no acabará jamás y que no es de este mundo. Si el reino de Dios ha entrado en nuestro mundo a través del nacimiento de Cristo, es gracia a su muerte que nosotros entramos en el reino de Dios en los cielos.

Volvamos ahora a nuestro punto de partida: estamos de nuevo en Belén, en una humilde casa alquilada por José después del nacimiento de Jesús. María está sentada con el niño Jesús -que ya tiene dos años- en su regazo. Es de noche y la oscuridad envuelve la casa y la ciudad. De improviso aparece una luz semejante al resplandor de un relámpago que inunda el campo y la casa. José sale afuera y ve una estrella extraordinariamente luminosa que se ha parado exactamente sobre la casa, como si quisiese señalar con sus rayos el lugar donde se encuentra el niño. José percibe rápidamente que la estrella indica una revelación. Al momento de entrar para decírselo a María, escucha un gran ajetreo en el sendero y en la puerta de la casa. Entonces sale y ve una escena particular: una caravana de camellos adornados con todas sus arreos es conducido de la mano de un pelotón de servidores y transporta algunos hombres ancianos cuyo aspecto traduce una condición elevada y rica: son príncipes orientales. Descienden y sus rostros irradian alegría y simpatía, a pesar del cansancio por el largo viaje. Se adelantan y preguntan a José: “¿hay en esta casa un niño de casi dos años? Ha sido anunciado por el cielo, su madre es una virgen y los profetas han hablado de él.” José con una sella invita al silencio y los conduce rápidamente al interior de la casa, donde se encuentran el niño y la madre. Con enorme asombro ve la cara del niño resplandecer como si un rayo de la estrella estuviese atravesando la pared y se hubiese posado sobre ese rostro. La madre está envuelta en luz, como si los cielos se hubiesen abierto.

Los magos, hombres sabios, se postran juntos y permanecen ante el niño cantando una dulce melodía, con una veneración increíble, mientras sus rostros irradian alegría y dulces lágrimas descienden a lo largo de las barbas blancas haciéndoles resplandecer de luz.

Luego se acercan al niño, cada príncipe con un regalo en la mano. El primero se postra y abre su baúl: oro trabajado, semejante a aquel con el cual se adornan las coronas de los reyes. El segundo se arrodilla, a su vez, y toma con la mano una caja de incienso con un perfume delicioso: lo esparce sobre las manos del niño, que aparece así como un sacerdote que trae un mensaje. Llega luego el tercero y también él se postra: tiene en la mano una enorme cantidad de mirra, como aquella usada por el Señor el día de su sepultura. Quizás es incluso la misma, conservada con cuidado por él, para el día de su pasión.

¡No puedo experimentar más que asombro por estos magos y por sus dones, y aún más por Aquel que les envió guiándolos hasta Belén!

Una vez más estamos frente al Espíritu que habla, pero sin usar palabras. El oro en las manos de los magos, materialmente no es más que dinero, riqueza, augurio o don, pero según el Espíritu es un acto de coronación real, con el cual el niño era coronado desde la cuna, para que fuese siempre reconocida la verdadera realeza de Cristo. ¿No le hemos escuchado decir frente a Pilato: “Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo” (Jn 18, 37)?

El evangelio y su contenido me inspiran temor: su conclusión se vuelve a iluminar el inicio, y éste último vierte su propia luz, viva y penetrante, hasta la conclusión del relato.

Así el Espíritu sopla entre las líneas y las palabras y atraviesa los capítulos. Felices los que siguen al Espíritu para caminar en la luz: a ellos es revelado el misterio de Cristo.


Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 1999 Magnano
Pp. 79-90