Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 24 de diciembre de 2014

El aspecto escondido de la navidad

Matta el Meskin


El reino que viene

El Nuevo Testamento y el cristianismo no son opuestos al Antiguo Testamento y al judaísmo. Así, el Nuevo Testamento es la declaración del cumplimiento de todas las promesas y los misterios del Antiguo respecto al Mesías, el reino de Dios y la salvación.

Porque les aseguro que Cristo se hizo servidor de los judíos para confirmar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas que él había hecho a nuestros padres, y para que los paganos glorifiquen a Dios por su misericordia. Así lo enseña la Escritura cuando dice: Yo te alabaré en medio de las naciones, Señor, y cantaré en honor de tu Nombre. Y en otra parte dice: ¡Pueblos extranjeros, alégrense con el Pueblo de Dios! Y también afirma: ¡Alaben al Señor todas las naciones; glorifíquenlo todos los pueblos! Y el profeta Isaías dice a su vez: Aparecerá el brote de Jesé, el que se alzará para gobernar las naciones paganas: y todos los pueblos podrán en él su esperanza. (Rom 15, 8-12)

En nuestros días la Iglesia, en medio de todas las naciones del mundo, es la revelación y el cumplimiento de las esperanzas de todos los escritos del Antiguo Testamento respecto al reino de Dios, en el cual Cristo que es la cabeza, reina y gobierna el reino universal de salvación. La esperanza entera del pueblo de Israel, con todos sus profetas y sus instituciones, estaba focalizada sobre la salvación del mundo entero: esta salvación está ahora obrando a través de la Iglesia.

Es también claro que a lo largo de todo el Antiguo Testamento hay un desarrollo del concepto del reino de Dios que viene y del modo en el cual el Mesías es comprendido y profetizado. Este es el motivo por el cual, cuando Juan el Bautista comenzó a predicar la conversión y el reino de Dios, la multitud se reunió en torno a él en un número que no tenía precedente en el ministerio de todos los otros profetas. La espera consciente del reino había alcanzado una gran madurez e intensidad. Es una espera y un vivo sentido de la inminencia que encontramos también en las declaraciones de Simeón y de la profetiza Ana. El espíritu de profecía habló también por boca de Zacarías, Isabel y Juan, confirmando que el reino estaba verdaderamente cercano. Pero Juan el Bautista fue extremadamente honesto consigo mismo y con sus seguidores diciendo: “¡Yo no soy el Mesías!”

No debemos olvidar que al inicio de su ministerio, Jesús fue acogido sin dudas como el Mesías salvador gracias a la sinceridad y a la fidelidad de Juan el Bautista: todos los seguidores de Juan, incluso sus discípulos más íntimos, pasaron al grupo del Mesías.

Todo el pueblo acogió a Cristo como el rey que venía en nombre del Señor, el Hijo de David venido para anunciar el inicio del reino del Mesías, reino que el pueblo sabía que era eterno. Cuando Cristo se mostró reacio en revelarse a sí mismo, la gente no tuvo duda de llevarlo fuera para hacerlo rey a la fuerza. Pero él huyó de ellos, porque la comprensión que ellos tenían de la salvación y del reino de Dios era incompleta y errada.

Todo esto muestra hasta qué punto la fe en la doctrina de la venida del reino de Dios había impregnado la mente del pueblo e incluso de los paganos. La gente común tiene siempre una conciencia aguda de lo que Dios está obrando, como dice el proverbio: “Voz del pueblo, voz de Dios”.

Es también claro que a lo largo de toda la historia de Israel hay un fuerte vínculo entre los tiempos de aflicción, de exilio y de doloroso castigo de Dios por un lado y, por otro, el brotar de la esperanza en la venida del Mesías y en su salvación. Anhela la salvación, en efecto, quien ha experimentado la amargura del exilio en el propio cuerpo, en la propia mente y en el propio espíritu.

Una rápida ojeada a los salmos –en particular a los versículos “El Señor reina, exulta la tierra” (Sal 97, 1) y “El Señor reina, tiemblan los pueblos” (Sal 99,1) –nos revela cuán impaciente fue la espera y con cuánta fatiga Israel buscaba discernir, en las tinieblas de la historia y de los acontecimientos, el rey que debía venir. Es cuanto encontramos no solo en los salmos, sino también en las profecías que constantemente indican el reino de Dios y el Mesías que debe venir para gobernar la tierra entera en la justicia y en la rectitud, para reunir a las naciones bajo su estandarte y para guiar a los redimidos a su redil, donde todos lo alabarán y lo servirán.

Cada vez que la moral declinaba y la consciencia se corrompía, cuando los pilares de la sociedad –es decir los jefes- se derrumbaban y las condiciones se volvían más críticas, entonces reflorecían las esperanzas en la venida de un rey que reformaría la conducta de las naciones y curaría la enfermedad que había golpeado al pueblo con la decadencia moral. A veces las profecías eran muy explícitas al indicar que sería Dios mismo quien gobernaría las naciones rebeldes golpeándolas con la vara de su ira y destruyendo a los hipócritas con el simple soplo de su boca. Dios se volvería para siempre el Padre de los redimidos ya perdonados y sería llamado el Príncipe de la paz sobre la tierra.

Luego viene el Mesías y cumple todas las obras que habían sido escritas sobre él. El evangelio nos refiere que Juan mandó a sus discípulos a preguntar: “¿Eres tú aquel que debe venir o debemos esperar a otro?” En otras palabras: “¿Eres tú el redentor, el salvador, el sanador que debe gobernar a Israel y someter a todas las naciones y los pueblos?” Y Jesús responde: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!” (Mt 11, 4-6) Es decir, feliz quien recibe a Cristo como el rey de justicia que viene. “Hemos encontrado aquel del cual han escrito Moisés en la Ley y los Profetas, Jesús, hijo de José de Nazaret” (Juan 1, 45). Por tanto, el significado espiritual del reino de Dios en el Nuevo Testamento es que hemos recibido de los profetas una herencia verdaderamente preciosa: la feliz esperanza en la cual murieron las generaciones pasadas.

El reino de Dios, que el Mesías que viene estaba a punto de revelar y proclamar, era la esperanza más íntima y más querida por sobre toda otra, no sólo para los profetas, sino para todos los rabinos y los maestros y para el pueblo entero. Los interrogantes encontraron una respuesta y las cuestiones abiertas una solución en virtud del reino que debía venir: “la samaritana dijo: ‘Sé que debe venir el Mesías (es decir, el Cristo): cuando él venga nos revelará todo’” (Juan 4,25).


El aspecto visible de la navidad

Estamos acostumbrados a focalizar nuestras meditaciones sobre el nacimiento de Cristo sobre lo que ha sucedido visiblemente en la historia: el Verbo se ha hecho carne y nosotros hemos contemplado su gloria. La vida se ha hecho visible y nosotros la hemos visto con nuestros ojos y tocado con nuestras manos. Dios ha aparecido en la carne.

Los pastores recibieron un signo del cielo y corrieron a ver el prodigio en la gruta: un niño envuelto en pañales que yacía en un pesebre. De él había sido dicho que era aquel que liberaría a su pueblo de todos los pecados. Vinieron también los magos, después de un largo viaje, guiados por una estrella del cielo movida por una fuerza proveniente de lo alto: así el testimonio del Salvador del mundo venía del exterior, no de Israel, en un momento en el cual los jefes y los rabinos no supieron reconocer y proclamar a su Salvador.


El aspecto escondido de la navidad.

Pero quisiéramos ahora considerar qué a sucedido de modo invisible en el día del nacimiento de Cristo. Ha sido demostrado de modo irrefutable en la escena de la historia y del tiempo, así como en el corazón de los apóstoles, de los santos y de la Iglesia entera, que Aquel que había nacido era verdaderamente el rey que debía venir, el salvador, el redentor, el poseedor de la llave de la casa de David, aquel que cuando cierra ninguno puede abrir y cuando abre nadie puede cerrar. Su reino es un reino eterno que no acabará jamás, según la visión del profeta Daniel (cf. Daniel 6, 27).

Este es el otro aspecto del nacimiento de Cristo, ya que en Cristo se cumplió la promesa de Dios hecha desde el inicio de la era de la salvación, y la manifestación sobre la tierra del reino de Dios, guiado y gobernado por él. Este era el reino del cual habían hablado incesantemente los profetas. Los ejércitos celestiales proclamaron la salvación: “Ha nacido por vosotros un salvador”, y los magos anunciaron el reino eterno: “¿Dónde ha nacido el rey de los judíos? … Hemos venido para adorarlo” (Lc 2,11; Mt 2,2).

Así podemos contemplar el rostro escondido del día de Navidad: los tronos fueron destruidos y fueron preparados otros. Una época terminaba y se iniciaba otra, como había dicho la Virgen María en su inmortal himno de alabanza: “Ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha elevado a los humildes”, “ha desplegado el poder de su brazo” (Lc 1, 52.51). Ya en la anunciación el ángel había proclamado con claridad y alegría: “Él será grande y llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará por siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).

Es sorprendente que el reino de Cristo, portador de salvación, haya podido ser proclamado mientras él estaba aún en el seno, y confirmado de muchos modos: primero por el ángel, luego por la Virgen al momento de haberlo concebido, luego por el sacerdote Zacarías y por Isabel. En el día de su nacimiento fue reconfirmado por los ejércitos celestiales y por los magos, que habían soportado las fatigas del largo viaje para poder ver al rey de los judíos, adorarlo y ofrecerle los dones que expresaban la esencia de la fe de ellos en su reino.


La insistencia de Cristo sobre la realidad del reino

Otro aspecto del nacimiento de Cristo niño, envuelto en pañales y puesto en un pesebre, es justamente este reino, proclamado por los cielos, por los ángeles y por los soberanos, reino que Cristo con su nacimiento, había venido a establecer y gobernar en favor del hombre. Cristo había nacido con las llaves de David sobre sus hombros, según las palabras del ángel a la Virgen: “El Señor Dios les dará el trono de David su padre y reinará para siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. (Lc , 1-32-33)

Debemos focalizar nuestra atención sobre este segundo aspecto porque en realidad es la esencia del significado de Navidad. Si leemos atentamente, descubrimos que es este otro aspecto el que domina el evangelio y toda la Escritura. Cristo mismo, en su predicación y en sus parábolas, atribuyó al reino de Dios una centralidad que no otorgó a ningún otro tema. El reino de Dios fue también el mensaje con el cual inició su ministerio: “Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17). Si traemos a la memoria los eventos registrados en el evangelio, encontramos que en las enseñanzas finales de Cristo –aquellas impartidas después de la resurrección, durante los cuarenta días en los cuales se apareció a los apóstoles- habló con ellos del reino de Dios (cf. Hechos 1,3). Todos tienen presente también las palabras de Cristo respecto al reino y diseminadas a los largo del evangelio: Cristo las utilizó para intentar explicar y describir el inexplicable e indescriptible reino de Dios, apelando a todo tipo de imágenes. El cuidado del Señor al presentar estas parábolas del reino revela el enorme significado atribuido por Cristo al concepto de reino. Ninguna parábola a solas podría describir el reino de Dios, y ni siquiera todas las parábolas juntas serían suficientes. De otra manera Cristo no habría tenido necesidad de emplear cuarenta días, en la plenitud de su resurrección y transfiguración, para explicar nuevamente los misterios del reino de Dios, después de haberles ya hablado constantemente por tres años y medio, tanto explícitamente como en parábolas.

El reino de Dios, después de todo lo que ha sido dicho en el evangelio y después de todas las explicaciones, permanece siendo siempre una novedad que espera su cumplimiento. Cuando todas nuestras parábolas y sus significados llegan al final, la realidad del reino permanece inmutable. Es una vida que no puede ser descripta, pero que es vivida: ¡he aquí el por qué, por más que hablemos del reino, nos damos cuenta que nos faltan palabras! El reino permanece como algo del cual el alma tiene necesidad mucho más de cuanto necesita de la mente o la fantasía.


Cristo y sus parábolas del reino.

Cuando Cristo nace de la Virgen, tenía la apariencia de un hombre como los otros, no obstante estuviese rodeado de eventos extraordinarios. Esta era y es todavía la opinión de muchos: ellos vieron en Cristo un gran hombre, nacido de una Virgen santa, en virtud de un incomprensible milagro. El milagro es considerado de igual manera que un insondable enigma. Sucede exactamente lo mismo cuando Cristo expone sus parábolas del reino. Algunos las consideraron simplemente como parábolas que contenían una sabiduría enigmática. Y Cristo se había luego reencontrado en el estrecho círculo de sus discípulos y les había revelado explícitamente el secreto de las parábolas, presentadas como enigmas respecto al reino de Dios. “Sus discípulos lo interrogaron sobre el significado de la parábola. Y él les dijo: ‘A vosotros les he dado a conocer los misterios del reino de Dios, pero a los otros solo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no entienden’” (Lc 8, 9-10).

Jesucristo en su nacimiento, crucifixión y resurrección, ha sido como una de las parábolas que eran a menudo contadas acerca del reino de Dios. El Cristo nacido de la Virgen exteriormente no era nada más que un proverbio enigmático, pero los que tienen ojos para ver y orejas para oír percibieron el otro aspecto de la navidad: Dios ha aparecido en la carne, pues el niño que ha nacido revela el misterio de los cielos, el misterio del poder, de la autoridad y de la gloria de Dios, y la impronta de su naturaleza (cf. Hebreos 1,3).

Sorprendentemente, Dios proveyó a los escépticos un ejemplo que les acusase de su estupidez. El ejemplo, que se vuelve muy pronto un testimonio del inescrutable misterio de Cristo, es el de los magos que llegaron del lejano oriente para postrarse ante el niño-rey nacido en Belén. Los magos eran plenamente conscientes del aspecto escondido de la navidad: sus ojos estaban abiertos para ver la estrella en el cielo, sus orejas estaban abiertas para escuchar el misterio. Así ellos comprendieron cada cosa, obedecieron a la visión y no se rebelaron a la llamada.

Este es el Cristo nacido en Belén: un misterio al mismo tiempo visible y escondido. Uno puede contentarse por lo que ve exteriormente: una historia, una máxima, un enigma. Es lo que sucede cuando, en cada relato del evangelio, no se ve más allá del Cristo de la historia. Pero si los ojos y las orejas están abiertos, Cristo y su nacimiento asumen otro intangible significado que ningún libro y ninguna mente humana puede contener. Cristo se vuelve el misterio contenido en sus parábolas del reino: una fuente de visión que satisface sin límites, una fuente de comprensión y de sabiduría más allá de toda razón. Es el grano de trigo –como dice de sí mismo y en una de las parábolas del reino-  que contiene el misterio de la muerte y resurrección y el misterio del hambre y de la saciedad.

Todo esto para decir que la preocupación de Cristo por explicar el reino de Dios estaba motivada por el hecho que de aquel modo él se revelaba a sí mismo y explicaba su nacimiento. Si nosotros recorremos todas las parábolas de Cristo y las penetramos en profundidad en el Espíritu, descubrimos tantísimas cosas del misterio de Cristo mismo. Cuando el Señor envió a sus discípulos a predicar, y les dio a ellos autoridad, mostró el alcance del vínculo existente entre el reino y él: “Id y anunciad el reino”, “vosotros seréis mis testigos”, “quien los acoge me acoge a mí y quien me acoge, acoge a aquel que me ha enviado”. Aquí Cristo se pone a sí mismo en el centro del anuncio del reino. Es verdad que el reino es “el reino de mi Padre”, y “Yo soy el camino” y “nadie va al Padre si no por mí”. “Quien niega al Hijo no posee tampoco al Padre”.


Cristo niño revela los misterios del reino

Es verdad que el reino de Dios es poder, y Cristo nacido en Belén revela como este poder de Dios es iluminador, calmo y humilde.

Es verdad que el reino de Dios es un sistema, una organización, una ley, y Cristo nacido en Belén revela el amor, la compasión, la humildad y el sacrificio de sí de un corazón determinado por hacer explotar las fuerzas de este sistema, de esta organización y de esta ley.

Es verdad que el reino de Dios es el poder lógicamente supremo y la autoridad divina absoluta, forma de gobierno celestial y decreto divino, y lo que ha sucedido en Belén nos revela que el reino de Dios, a pesar de toda su tremenda superioridad celestial, no es más extraño a nuestra extirpe, ni inaccesible a la vista, ni difícil de escuchar. El milagro eterno ha sucedido, el prodigio más allá de la lógica humana se ha cumplido y los cielos han anunciado el mensaje: “Hoy os ha nacido en la ciudad de David un salvador, que es Cristo el Señor. Este signo es para vosotros: encontraréis un niño envuelto en pañales, que yace en un pesebre” (Lc 2, 11-12).

Cristo recién nacido en el pesebre nos revela el otro rostro del reino y cómo es posible que en una gran simplicidad y humildad, en la suprema benevolencia divina, la salvación haya alcanzado el cumplimiento en aquel reino.


La simplicidad de Cristo recién nacido y el reino.

La manifestación del reino como poder y organización, como sistema y autoridad en la persona de Cristo, manifestado en la humildad de su nacimiento en Belén, nos da un sentido penetrante del reino. Como Cristo mismo dijo con fuerza: “El reino de los cielos está cerca de vosotros”, “El Señor está cerca”. Verdaderamente debemos darnos cuenta que el niño que está frente a nosotros en Belén es de una simplicidad extrema: podemos ganarnos su simpatía con el amor, igual que a todo niño podemos abrazarlo y besarlo. Este es el modo que Dios ha elegido para representar la cercanía y la simplicidad del reino de los cielos. O mejor, es en la extrema simplicidad que el reino se ha hecho cercano y nos ha hecho posible acceder a él, gracias al nacimiento de Cristo en ese accesibilisimo  establo en lugar de los palacios de los reyes rodeados por murallas y por puertas atrancadas y custodiadas por servidores y mayordomos.

Verdaderamente creo que todos los que han gustado el don celestial y se han vuelto partícipes del Espíritu Santo, han gustado también la buena palabra de Dios y las maravillas del mundo futuro (cf. Hebreos 6, 4-5). Ahora estos perciben claramente la verdad de esta afirmación y con qué liberalidad el don celestial ha sido otorgado y con qué facilidad se lo puede alcanzar. Como dice la Escritura: “el reino de los cielos sufre violencia y los violentos se lo adueñan” (Mt 11, 12). Como en efecto podemos abrazar a un recién nacido, así podemos adquirir el Espíritu Santo en nuestros corazones.


El reino y Cristo a nuestro alcance.

Miremos de cerca y por mucho tiempo a los ojos del niño Jesús envuelto en pañales y acostado en el pesebre: en sus ojos podemos ver el otro rostro de la navidad, podemos ver el reino en toda su altura y profundidad. Nosotros lo miramos y él nos mira con extrema simplicidad y benevolencia. Toma en brazos al niño Jesús y sentirás cómo es liviano el reino, si bien es un yugo por llevar y un fardo que cargar.

Si quieres creer verdaderamente que el reino de Dios está personificado en Jesucristo, escucha las palabras del mismo Señor que unen el reino con su persona. Él habla del discípulo que ha abandonado todo “por mí y por el evangelio” (Mc 10, 29), y es obvio que el evangelio es la predicación del reino. Los discípulos eran absolutamente conscientes de la realidad de este vínculo entre el reino y Cristo. El evangelista Lucas escribe claramente: “Cuando comenzaron a creer en Felipe, que anunciaba la buena noticia del Reino de Dios y del nombre de Jesucristo, hombres y mujeres se hicieron bautizar” (Hechos 8,12).


El reino visible y el reino escondido

El Señor se refería a esta realidad en su profundidad cuando decía a sus discípulos: “El reino de Dios está en medio de vosotros” (Lc, 17,21), y cuando decía a Pedro: “A ti te daré las llaves del reino de los cielos” (Mt 16, 19). Esta promesa era en referencia a la confesión de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente” (Mt 16,16): la fe en Cristo en efecto es la llave del reino, según las profecías respectivas: “la llave de la casa de David” (cf. Is 22,22; Ap 3,7).

Pero la verdad del reino escondido era oscura para muchos, como para las mujeres simples que eran solícitas servidoras de Jesús. La madre de los dos hijos de Zebedeo, por ejemplo, que aprovecha la ocasión propicia para pedir al Señor que sus dos hijos se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda en su reino.

La sensación del reino inminente o la expectativa de que el Señor sería revelado imprevistamente en su reino no eran extrañas a la atmósfera en la cual vivían todos los compañeros de Cristo. El mismo poder de Cristo era la manifestación del reino de Dios, y así el reino se volvía siempre más cercano a ellos después de cada milagro, hasta que se volvió parte integrante de sus conciencias. Los discípulos terminaron por convencerse que estaba ya por realizarse y se volvieron así fervientes con respecto a esto, hasta ponerse en un estado de espera impaciente y a veces también de tensión: “Estos creían que el reino de Dios debía manifestarse de un momento a otro” (Lc 19,11). Así Cristo comenzó a enseñarles en parábolas que faltaba un largo camino todavía por recorrer antes de volver, y que debería pasar todavía mucho tiempo antes de que el reino fuese manifestado: “Un hombre de noble estirpe partió para un país lejano para recibir un reino y luego volver” (Lc 19,12).

Esta percepción de la inminente salvación y de la aparición del reino de Dios en la revelación del reino visible de Cristo impregnaba a todos los discípulos y a la gente en general durante los últimos días terrenos de Cristo, al punto de que la multitud, una semana antes de la crucifixión, se puso a gritar: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna, en lo más alto del cielo!” (Mc 11, 9-10).


El reino de Dios viene con poder.

Y el pregón de la multitud llegaba con cincuenta y siete días exactos de anticipo respecto a lo que sucede el día de Pentecostés. El descenso del Espíritu Santo con poder de los cielos realizó el reino, aunque sólo de modo parcialmente visible. La salvación descendió de lo alto, Cristo es revelado como salvador y redentor, y el reino de Dios se volvió una realidad interior que colmó a los discípulos y les hizo hablar en todas las lenguas a todas las naciones llamadas a la salvación.

Esta realización del reino por el poder del Espíritu Santo en el día de Pentecostés es a lo que se refiere Cristo cuando dice: “Hay algunos entre los presentes que no morirán antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino” (Mt 16,28).

Pero hemos visto ya a los ángeles anunciar la aparición del mismo reino de otra manera, más profunda, en el momento del nacimiento de Cristo en Belén. Los ángeles usaron las mismas palabras cantadas por los niños el domingo de Ramos, mientras proclamaban junto a los ejércitos celestiales: “Gloria a Dios en lo más alto del cielo y paz en la tierra… benevolencia a los hombres”, uniendo así el reino de Dios en los cielos con su aparición sobre la tierra. Este grito de los ángeles coincide misteriosamente con el canto de los niños: “¡Hosanna en lo más alto del cielo! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino de nuestro padre David, reino que viene en el nombre del Señor!”


Las alabanzas de los ángeles es un himno teológico

En este punto es muy importante darse cuenta de lo que los ángeles querían decir uniendo la gloria de Dios en lo más alto de los cielos con la paz y la benevolencia sobre la tierra. ¿No es pues la realidad de la encarnación, el misterio escondido en el otro aspecto del nacimiento de Cristo en un establo? El vínculo entre cielo y tierra, entre lo visible y lo invisible, entre Dios y el hombre es la realidad de la natividad. Es la auténtica manifestación del reino de Dios entre los hombres: Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”.

El himno de los ángeles no es un simple canto o una antífona festiva: es una declaración teológica y una revelación del significado verdadero del misterio de Cristo, angélicamente expresado en un canto de alabanza.

Nos damos cuenta que no obstante la encarnación del Verbo, el Hijo unigénito de Dios, es decir, su volverse hombre o, como dice Pablo, el habitar corporalmente en él toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2,9) y la manifestación de Dios en la carne (cf. 1 Tm 3,16), a pesar de esto, percibimos en el canto de los ángeles que la unión no ha abolido el cielo y la tierra. Así, se continúa dando gloria a Dios en lo alto de los cielos mientras, al mismo tiempo y por la misma razón, la plenitud de la paz y de la benevolencia desciende sobre la humanidad. En efecto, la unión realizada en la persona de Cristo no elimina nada, sino, por su humildad y condescendencia, aumenta la gloria dada a Dios en los cielos, así como nuestra paz y nuestra felicidad son aumentadas por el amor, por la redención y por la salvación descendida sobre una tierra llena de fatigas y de penas. Este es el significado del reino y de su manifestación: que nosotros podemos adquirir sobre la tierra la plenitud del designio de Dios y su celestial beneplácito. Es también la sustancia de la oración que el Señor enseñó a sus discípulos a fin de que la meditaran cada vez que la recitaban: “venga tu reino, se haga tu voluntad, como en el cielo sobre la tierra”.

Ya que Cristo había unido en sí mismo la voluntad del Padre y la voluntad de la humanidad y éstas las había hecho propia, única voluntad, era capaz de otorgarnos la gran gracia en virtud de la cual nos volvemos a su vez capaces de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida terrena y de recibir constantemente en lo profundo del corazón –por medio del misterio del cuerpo y de la sangre y en la medida del grado de nuestra oración- el reino de Dios del cual continuamos invocando su venida.

Si volvemos a la alabanza de los ángeles: “Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra… benevolencia a los hombres”, vemos en esta una promesa segura que la oración: “Padre nuestro, que estás en los cielos…” que recitamos cada día, será escuchada, pero lo será en nuestro Señor Jesucristo. Justamente como los ángeles cantaban y proclamaban que a causa del nacimiento de Cristo en Belén se da gloria a Dios en lo más alto de los cielos y es otorgada la paz sobre la tierra y la benevolencia a todos, así frente al misterio de la encarnación de Cristo pedimos con confianza: “Venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo así en la tierra”.

Es Cristo el secreto de estos dos vínculos supremos entre el cielo y la tierra y entre Dios y el hombre.

Volvamos la mirada a Cristo niño nacido en un establo. Meditemos sobre la simplicidad y la humildad de su ingreso en el mundo, porque justamente gracias a este somos capaces de abrirnos un camino hacia el otro aspecto de este nacimiento maravilloso y ver a Dios. Somos capaces de tomar el misterio de la voluntad de Dios y del misterio del Reino, que ahora está a nuestro alcance, igual que aquel niño manso que yace en el pesebre.


Matta el Meskin
Comunione nell’amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 1999 Magnano.
Pp. 91-105