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lunes, 12 de enero de 2015

Los tres aspectos del mal y el Maligno

Paul Evdokimov



Entre las múltiples manifestaciones del mal se pueden discernir tres aspectos sintomáticos: el parasitismo, la impostura y la parodia. El Maligno vive como un parásito en el ser creado por Dios, formando una monstruosa excrecencia, una demoníaca inflamación. Como impostor, codicia los atributos divinos, convierte la semejanza en igualdad: “Seréis como Dios”, sus iguales. Finalmente, celoso contradictor, parodia al creador y construye su  propio reino sin Dios, imitación con signo invertido.

Los filósofos nunca han tenido éxito a la hora de aclarar el problema del mal, más bien se han dedicado a complicarlo y embrollarlo. El mal, por el contrario, jamás constituye un problema para los padres de la Iglesia. No se trata de especular sobre el mal; de lo que se trata es de combatir al Maligno. La oración de un santo sería esta: “Presérvanos de toda especulación inútil sobre el mal y líbranos del Maligno”. De la misma manera, la Biblia no habla de principios éticos relativos al bien y al mal, sino que revela a Dios y menciona al Adversario; denuncia también al “hombre impío” de los últimos tiempos, el “hijo de la perdición” que se hará llamar dios (2Tes 2,3-4).

El diablo, dice Cristo (Jn 8, 44), está en el corazón mismo del ser “desde el principio”, y es un asesino. Espíritu de negación, ante todo, es asesino de su propia verdad, la de ser Lucifer, receptáculo de la luz divina. De este modo, consuma su propio suicidio metafísico y se erige en negación universal de la impronta de Dios; logra ser de este modo, a la vez, el homicida y el deicida.

Si para Platón lo contrario de la verdad es el error, para los evangelios, en su nivel más profundo, es la mentira. “Mentiroso y padre de la mentira” por esencia, el Maligno se atribuye una vocación terrorífica, la de alterar conscientemente la verdad. La perversión inicial de su voluntad ha hecho posible la usurpación de los espacios libres a fin de fabricar una existencia a base de piezas falsas. Isaías designa, claramente, esta tarea: “la mentira es nuestro refugio, el engaño nuestro cobijo” (Is 28, 15).

Mentir de cara al cielo es oponerse a la verdad de Dios, es imponer al mundo su propia versión. El diablo se erige en doble de Dios para desalojar a este de su creación y convertir esta en insensible a la presencia divina, realizando de este modo una gigantesca sustitución: “Dices en tu interior: Yo y sólo yo” (Is 47, 8), “tu corazón se ha engreído, y has dicho: Yo soy un dios” (Ez 28,2).

“Cuando miente, habla de lo que lleva dentro” (Jn 8, 44) [1], este juicio del Señor contiene toda una filosofía del mal. Toda mentira, por su propia naturaleza, se origina en lo falso, es decir, en lo inexistente. “Lo que lleva dentro”, el fondo del Maligno, de donde saca sus mentiras, sería por consiguiente la nada,  san Gregorio de Nisa puede definir, en consecuencia, el mal como aquello que posee una sustancia fantasmagórica. Dios, gracias a su fiat-sí, crea las semejanzas y realiza todo en todos. El Maligno, en virtud de su no, “antifiat”, evacua y vacía todo en todos y constituye el “lugar de la desemejanza” [2]. Por el contrario, “los santos no son los que hablan de su propio fondo, sino que es Dios quien lo hace” [3], y así forman “el lugar de la semejanza”. El tremendo secreto de Satán esconde la ausencia de fundamento ontológico, y esta terrible vacuidad le obliga a atacar, a usurpar el ser fundado y enraizado en el acto creador de Dios. El mal se pega al ser como un parásito, lo vampiriza y lo devora.

Las Escrituras no hacen filosofía; la Biblia no ve en el mal una simple ausencia de bien y de perfección, una carencia de plenitud, sino, más bien, una libertad fracasada, convertida en una voluntad perversa. Añadiendo lo inexistente a lo que existe, ella le pervierte y le convierte en un ser maléfico. De todas formas, esta perversión, el mal, no se materializa y no se personaliza en el Maligno más que bajo ciertas condiciones, si se le ofrece “alojamiento y techo” ontológicos, lo cual quiere decir la posibilidad, gracias a su libertad, de convocar cómplices conscientes o inconscientes que se dediquen a servir a la mentira. En este verdadero ministerio de los “poseídos” por el mal, los seres disminuyen para que el mentiroso se infle y crezca. Su tragedia consiste en que el alimento de los dioses, “el pan de los ángeles” de que el hombre se alimenta (Sal 78, 25), le falta al diablo, porque este trigo celestial es el cumplimiento de la voluntad del Padre. Esta voluntad es la sustancia de toda realidad, enseña san Ireneo. Así, en el mundo de Dios, el Maligno fantasmagórico, hambriento de lo real, se dedica a no ser más que el “gorrón ontológico”. Sus espantosas francachelas, hechas de este abuso del ser humano, alimentan desde aquí abajo el infierno de los seres humanos, prolongan la vaciedad de la que Dios está ausente.

Pero allí donde no hay Dios, tampoco hay hombre. La pérdida de la imagen de Dios entraña la desaparición inmediata de la imagen del hombre, deshumaniza el mundo, multiplica los poseídos. La ausencia de Dios se sustituye por una cargante presencia de un obsesionado por sí mismo, de un autoídolo [4], y sus tristes utopías corren el riesgo a la larga de modificar el tipo antropológico. El hombre pierde la dimensión de profundidad, dimensión del Espíritu Santo; ahora bien, quien no es movido por el Espíritu Santo no es un ser humano, según la audaz expresión de san Gregorio de Nisa.

Toda pasión lleva la semilla de la muerte desde el momento en que embota el espíritu de discernimiento. Del mismo modo, todo medio malo jamás queda justificado por el bien perseguido porque él es ya su negación. Se puede decir justamente lo contrario: el buen medio dirigido hacia un mal fin corre fuertemente el riesgo de cambiarlo en bien. Todo es una cuestión de fondo y de fuente. Las tentaciones equivocan las expectativas, porque el mal no posee ninguna fuente de vida en sí mismo; satura sin jamás saciar ni calmar la sed. No tienen poder para repetir la palabra del Señor: “El que beba del agua que yo quiero darle nunca más volverá a tener sed” (Jn 4,14). Aquel que busca otras fuentes pasionales se llena de una sed inextinguible.

En el fondo de todo estado pasional, ambición, erotismo, juego, drogas, se encuentra un mecanismo simplista de carácter posesivo que, una vez agotado, deja al final la herida del tedio por la inmensa banalidad de su raquítico contenido. Como la ostra segrega su perla, toda ideología que hace del ateísmo una pasión termina pronto o tarde por producir tedio. Los observadores atentos ponen de relieve este estado del alma, sumamente sintomático. Se trata, ante todo, de la gran pesadez de los doctrinarios, ocupados en fabricar el “hombre nuevo”. Este se debería “producir” en las fábricas de la disciplina social. Para sobrevivir, el poder sobre la masa, sobresaturado de gráficos y estadísticas [5], la galvaniza y la apasiona mediante paisajes lunares, mediante una paz sumamente ambigua y mediante las construcciones quinquenales del paraíso terrestre. Pero he aquí que, en lugar del “hombre nuevo”, aparece el hombre de siempre, lleno de tedio; aquí o allá, un poco por todas partes, el hombre bosteza. Dostoievski y Baudelaire decían que el mundo perecerá no a causa de las guerras, sino por el tedio insoportable, gigantesco, cuando de un bostezo grande como el mundo salga el diablo.

Dostoievski se ha interesado vivamente por este fenómeno que se universaliza con rapidez y ha encontrado el método más eficaz contra todo intento de profanación: basta con poner de manifiesto su más pura esencia, que se revela inmediatamente como ridícula; ahora bien, todo ridículo que se muestra con evidencia muere inevitablemente; el diablo mismo ¿acaso no es siempre un poco ridículo?

El escritor ha reflejado ampliamente con humor los “locos de Cristo”, tan queridos por el pueblo. Protegidos por su “locura”, totalmente aparente, escondiendo una humildad extrema y el amor al prójimo, se oponían durante el día a los silencios cómplices y denunciaban sin miedo toda mentira y toda hipócrita profanación con un sentido de la ironía mordaz y un humor irresistible, y por la noche oraban a favor de todos. Lanzaban piedras a las casa de los “bienpensantes” y besaban la jamba de las casas de los pecadores.

Durante las sangrantes persecuciones de los últimos tiempos, estos “pobres de espíritu” han predicado el evangelio y el reino de Dios en las encrucijadas de las ciudades.

El humor, como la risa, posee una función liberadora; libera del peso de las funciones sociales, de toda tentación de tomarse demasiado en serio, del sufrimiento excesivo, incluso en el campo de la vida espiritual. La ingenuidad franca, infantil, es un rasgo típico de los grandes santos; ellos se divierten como hijos de Dios y la sabiduría divina encuentra en este juego sus delicias (Prov 8, 31).


Paul Evdokimov
Las Edades de la vida espiritual
Ed. Sígueme, Salamanca 2003.
Pp. 91-95


Notas:

[1] El Código samaritano lee en Gn 3,2, en vez de “serpientes”, el “mentiroso”, lo que le pone en concordancia con Jn 8, 44.

[2] Cf. L. Ouspenski, Essai sur la théologie de l’ icone, Paris 1960, 187, n.1.

[3] Barsanufio de Gaza, Cartas 885.

[4] Andrés de Creta, El gran canon penitencial, Tangel 1991, que se lee durante la gran Cuaresma.


[5] El buen sentido de Disraëli distinguía los tres grados de la mentira: las mentiras, las mentiras redomadas y las estadísticas.


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