Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 28 de febrero de 2015

Isaac el Sirio. Discurso 8 (Primera Colección)

Discernir los signos del progreso

Sobre la sutileza del discernimiento


Vela sin cesar sobre ti mismo, mi bien amado, y observa cómo se desarrolla tu labor espiritual [1]. [Considera] las tribulaciones que te suceden, el lugar del desierto donde tú moras, la sutileza de tu intelecto, la profundidad de tu conocimiento, las muchas durezas de [tu permanencia] en la hesiquía,  así como la multitud de los remedios –es decir, de las pruebas- que te sobrevienen del verdadero Médico, para la buena salud de tu hombre interior. Y a veces, [las pruebas] vienen de los demonios; a veces, de las enfermedades y de los trabajos del cuerpo; a veces, del terror que te inspiran tus pensamientos, cuando te acuerdas de las cosas temibles que sucederán en los últimos tiempos. Pero a veces también, eres estimulado o aliviado por el calor de la gracia, por la dulzura de las lágrimas, por la alegría del Espíritu Santo y por el bien de otras cosas, de las cuales sería muy largo de hablar aquí.

2. ¿No ves claramente que, gracias a éstas, tu úlcera comienzan a curar y a cicatrizarse, que tus pasiones comienzan a debilitarse? Verifícalo: entra constantemente en ti mismo, mira cuáles son las pasiones que han perdido sus fuerzas frente a ti, cuáles han desaparecido y te han dejado por completo; cuáles han comenzado a callarse a causa de la buena salud de tu alma, y no simplemente porque te has alejado de las cosas que te excitan; cuáles finalmente [se han apaciguado] porque tu intelecto ha aprendido a dominarse y no solamente porque las causas han desaparecido. Permanece aún atento, y mira si, bajo la podredumbre de tu úlcera, comienza a volver a salir la carne viva, es decir, la paz del alma.

3. Mira también cuáles son las pasiones que continúan haciéndote violencia y exprimiéndote, y en qué momento. ¿Son corporales, o psíquicas, o ambas? ¿Actúan hipócritamente y misteriosamente a través de tu memoria o se rebelan violentamente contra tu alma? ¿Actúan como dueñas o furtivamente? ¿Cómo se mantiene tu intelecto en guardia contra ellas, él, como un rey, tiene poder sobre los sentidos? Cuando ellas se abalanzan contra él y empiezan la lucha, ¿él combate y pone toda su energía en dejarlas ir o bien rechaza mirarlas de frente y enfrentarlas? Mira también cuáles pasiones, entre las más viejas, que permanecen activas y cuáles han nuevamente desaparecido. ¿Estas pasiones se ponen en movimiento acompañadas de imágenes o también en la memoria, pero sin pensamientos pasionales y sin excitación [de los sentidos]? Todas estas cosas permiten saber qué etapa del alma has alcanzado. En un primer estadio, las pasiones no se han calmado; el alma sufre rudos ataques, incluso si ella se resiste con todas sus fuerzas. Pero en un segundo estadio se verifica lo que dice la Escritura: “David estaba en su casa y Dios le da el reposo quitándole todo [los enemigos] que le rodeaban” (2 Reyes 7,1).

4. No pienses que se trata aquí de una solo pasión. Las pasiones naturales de la codicia y de la cólera se suman en efecto a la del amor a la gloria, que incita a ponerse en espectáculo, excita la imaginación y la ambición y la del amor al dinero. Cuando el alma está secretamente atenta, incluso sin llegar a librarse de ellas efectivamente, la pasión forja en su intelecto algunas imágenes de todo esto que le alimenta, le representa algunas riquezas acumuladas, lleva al alma a rumiar estos pensamientos, le inspira el deseo de poseer todo esto y también otras cosas.

5.  Las pasiones no hacen toda la guerra que presentan violentos ataques. Dejan solamente al alma en la tribulación: la despreocupación, la acedia, la tristeza no atacan al alma, ni la empujan al descuido, sino que solamente colocan un peso sobre ella. Sin embargo, es por la victoria sobre las pasiones que le agreden violentamente que se manifiesta la fuerza del alma. Es necesario tener de todo esto un conocimiento sutil y disponer de criterios para sentir, en cada nivel que se sube, dónde se ha llegado y en cuál región el alma comienza a avanzar: ¿está en la Tierra prometida o [solamente] más allá del Jordán?

6. Estad igualmente atento a esto: ¿tu conocimiento es capaz, gracias a la iluminación de tu alma, de discernir estas cosas, o no las discierne más que oscuramente o está completamente privado de este discernimiento? ¿Constatas con completa seguridad que tu pensamiento ha comenzado a purificarse? ¿La distracción encuentra todavía lugar en tu pensamiento al momento de rezar? Y ¿qué pasión encuentra todavía tu pensamiento cuando se prepara a rezar? ¿Sientes en ti mismo que el poder de la hesiquía cubre tu alma con su sombra, la colma de esta dulzura, de esta serenidad y de esta paz que habitualmente engendra en el pensamiento? ¿Tu intelecto está constantemente encantado, sin que tú lo quieras, por el recuerdo de las realidades incorpóreas, que no está permitido a los sentidos escrutar? ¿Eres de repente inflamado por una alegría que impone el silencio a la lengua? ¿Un placer incomparablemente delicioso brota continuamente de tu corazón, encantando completamente tu intelecto? En algunos momentos, ¿Estas delicias y esta alegría invaden imperceptiblemente tu cuerpo? Una lengua de carne no puede expresarlas, pero todas las cosas terrestres no parecen entonces más que ceniza y polvo. Cuando sobrevienen las primeras de estas delicias, las que experimenta el corazón, el intelecto –recordándolas- es colmado de calor, algunas veces a la hora de la oración, otras al tiempo de la lectura, otras durante una meditación prolongada o en una larga aplicación del pensamiento. Las segundas [las que invaden el cuerpo mismo] sobrevienen fuera de estos momentos, a menudo cuando realizamos un trabajo manual, a menudo también a la noche, cuando estamos entrando en el sueño y en el estado de vigilia, que nosotros dormimos sin dormir, que nosotros estamos despiertos sin estarlo verdaderamente. Pero cuando un hombre es habitado por estas delicias que se derraman por todo el cuerpo, le parece, en este momento, que esto no es más que el Reino de los cielos.

7. Mira también si tu alma ha adquirido el poder de despojarse de los recuerdos sensibles, gracias al poder de la esperanza que ha tomado posesión de tu corazón y ha fortificado tus sentidos interiores por un inexplicable sentimiento de certeza (plèrophoria). Y mira si tu corazón está despierto, exento de toda preocupación y de toda cautividad al respecto de las cosas terrestres, para que esté aplicado sin interrupción a la obra de la conversación continua con nuestro Salvador; ¿y sabes reconocer  lo que distingue la invocación (klèsis) de la conversación [con Dios] (diègèsis), cuando escuchas hablar de esto?

8. El permanecer ininterrumpidamente en la hesiquía, acompañada de la actividad [espiritual] incesante que comporta, permite al alma gustar rápidamente de estas cosas. Sin embargo, si los que las han descubierto se muestran luego negligentes, las pierden y no las reencontrarán en poco tiempo. Al sujeto de estas cosas, al que le anima el testimonio de su consciencia, puede osar no obstante tomar como suyas las palabras del bienaventurado Pablo que decía: “Yo tengo la certeza (parrhèsia) que ni la muerte, ni la vida, ni el presente, ni el futuro, ni ninguna otra cosa podrá separarme del amor de Cristo” (Rom. 8, 38). Que, ni las tribulaciones del cuerpo, ni las del alma, ni el hambre, ni la persecución, ni la desnudez, ni el aislamiento, ni la prisión, ni el peligro, ni la espada, ni los ángeles de Satán, ni sus poderosas asechanzas maléficas, ni sus ataques que chocan a los contraataques que destrozan su orgullo, ni las calumnias, ni los ultrajes, ni los golpes infligidos sin razón, [pueden separarme del amor de Cristo].

9. Pero si estas cosas, oh mi hermano, no parecen haber comenzado a manifestarse en ti, de alguna manera y en una medida más o menos grande, tus fatigas, tus tribulaciones y toda tu hesiquía son vanas. Tus manos podrán hacer milagros, resucitar muertos, pero esto sería igualmente sin fruto. Sacude pues ahora tu alma y, con lágrimas, persuade al Salvador del universo a que te quite el velo que cubre las puertas de tu corazón y desplace de tu firmamento interior las oscuras nubes de las pasiones a fin de que seas hecho digno de ver la luz del día, en lugar de permanecer como un muerto sentado eternamente en las tinieblas.

10. Las agrypnias [2] continuas, donde se suceden las lecturas y las incesantes metanías [3], no tardan en procurar bienes a los que son celosos. Quien ha descubierto las agrypnias y las metanías ha por esto mismo descubierto estos bienes y quienes quieren  también encontrarles, deberán permanecer en la hesiquía, tener la actividad espiritual que ella implica, no atar sus pensamientos a ninguna cosa y a ningún hombre, no ocuparse más que de su alma. Que ellos no se apliquen más que a su actividad interior. Gracias a esta actividad, descubrimos en nosotros mismos una sensación parcial, pero exacta, de algunos de estos bienes, que nos dan la certeza [de poder obtener] el resto.

11. El que permanece en la hesiquía y hace la experiencia de la dulce bondad de Dios no tiene necesidad de muchos argumentos para ser persuadido y su alma no pude ser alcanzada por la enfermedad de la increencia, como los que dudan de la verdad. En efecto, el testimonio de su pensamiento es mucho más persuasivo que todos los discursos que no se fundan sobre la experiencia. A nuestro Dios sea la gloria y la magnificencia por los siglos. Amén.



Discurso 8  de la Primera colección de Isaac el Sirio.
Saint Isaac le Syrien. Discours ascétiques (según la versión griega).
Traducción al francés, introducción y notas por P. Placide Deseille.
Monastére Saint-Antoine-Le-Grand y Monastére de Solan. 2011
pp. 117-121


Notas:

[1] Repetidamente, especialmente en este capítulo y en los siguientes, Isaac invitará a su lector –o más bien a su discípulo- a retornar sobre sí mismo, no con una preocupación escrupulosa o para obtener satisfacción, sino para discernir si no está en una ilusión, si no se ha estancado, si sus esfuerzos son reales y se él progresa realmente.

[2] Ver más arriba 3, 6 y la nota 56.


[3] Las “metanías” consisten en prosternarse la frente contra la tierra y en levantarse inmediatamente. Éstas tienen un lugar en los oficios litúrgicos, pero está sobre todo prescrito hacer un gran número en el curso de la oración privada de la celda. Existe también “pequeñas metanías”, que consisten en inclinarse más o menos profundamente, esbozando el gesto de tocar el suelo con la mano derecha, luego elevarse y hacer el signo de la cruz. Las metanías son a la vez un gesto de penitencia y de veneración (por ejemplo, ante una persona que se respeta o ante un ícono).   

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