Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 14 de febrero de 2015

Isaac el Sirio. Discurso 9 (Primera colección)


ELEVARSE EN EL ORDEN DE LOS GRADOS DE LA VIDA MONÁSTICA


Breve exposición sobre las etapas de la vida monástica y cómo las virtudes nacen unas de otras.


De la actividad (ergasia) espiritual en la cual uno se hace violencia nace un calor (thermè) sin medida que es encendido en el corazón por los pensamientos [1] ardientes (thermai enthymèseis) nuevamente aparecidos en el intelecto. Esta actividad y la vigilancia (phylakè) agudizan el intelecto gracias al calor que les anima y le procuran la visión [2] (orasis). Y esta visión engendra pensamientos ardientes (thermoi logismoi) de los cuales voy a hablar, [que brotan así] de la profundidad de esta visión del alma. Es esta visión la que es llamada contemplación (théôria). Esta contemplación da nacimiento al calor [espiritual], y de este calor, que nace de la gracias (charis) de la contemplación, provienen el derramamiento de lágrimas. Al comienzo, no es más que un débil grado: en el curso de un mismo día, las lágrimas vienen varias veces y se van. Pero luego, el río se vuelve incesante, y por este río incesante, el alma obtiene la paz de los pensamientos [3]. Por esta paz de los pensamientos, es elevada hasta la pureza del intelecto. Y por esta pureza del intelecto, el hombre llega a ver los misterios de Dios. En efecto, esta pureza está contenida secretamente en la paz que ha sobrevenido a los combates [contra los pensamientos]. Después de ésta, el intelecto llega a ver revelaciones y signos, como vio el profeta Ezequiel. Éste, bajo la imagen del torrente (cf. Ez., 47, 3-5), ve representadas las tres etapas que el alma atraviesa para acercarse a Dios: después de la tercera, el espacio restante es infranqueable.

2. El comienzo de todo esto es la buena resolución ante Dios y las diversas actividades espirituales fielmente practicadas en la hesiquía. Estas presuponen un renunciamiento radical y un alejamiento absoluto respecto a las cosas de este mundo. No es necesario verdaderamente enumerar en detalle estas diversas actividades espirituales, pues ellas son bien conocidas por todos. Sin embargo, exponerlas no puede perjudicar a los que las conocen, al contrario, pienso que puede serles muy provechoso. Yo no sabría pues allí ocultarme.

3. Estas son: el ayuno, la lectura, las vigilias (agrypnie) atentas durante toda la noche, según las fuerzas de cada uno, la abundancia de las metanías, que son útiles de hacer durante las horas del día, y frecuentemente durante la noche. Es necesario al menos hacer treintas cada vez, luego prosternarse ante la preciosa cruz antes de retirarse. Algunos sobrepasan esta medida, según sus fuerzas. Otros consagran tres horas a repetir la misma oración, manteniendo el intelecto sobrio, luego se postran rostro en tierra, [permaneciendo en este estado] sin hacerse violencia [4] y sin distracción de pensamientos. Las dos primeras formas de oración muestran claramente la riqueza desbordante y la dulce bondad de la gracia que es repartida a todo hombre, según sea digno. Pero cómo puede practicarse la tercera, cómo es posible perseverar sin tener que hacerse violencia, nosotros pensamos que no sería justo revelarlo, sea esto por palabras o por escrito, a fin de que quien nos lee y no comprende esto que lee, no tome esto que está escrito por vanos propósitos o, si es competente en este tipo de cosas, no desprecie al ignorante que se enrieda al hablar. Yo no recogería más que reproches o desprecios. Yo sería como un bárbaro en estas materias, como dice el Apóstol a propósito de aquel que profetiza (cf. 1 Cor 14, 11). Que quien quiera aprender todo esto se introduzca sobre el camino que he descripto más arriba y que aplique su pensamiento en practicar esta actividad espiritual, siguiendo el orden que ella exige.  Y cuando se haya puesto, efectivamente, se convertirá en su propio maestro y no tendrá más necesidad de que otro lo instruya. Se ha dicho en efecto: “Permanece en tu celda y ella te lo enseñará todo” [5]. A nuestro Dios sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Discurso 9  de la Primera colección de Isaac el Sirio.
Saint Isaac le Syrien. Discours ascétiques (según la versión griega).
Traducción al francés, introducción y notas por P. Placide Deseille.
Monastére Saint-Antoine-Le-Grand y Monastére de Solan. 2011
pp. 123-125.


Notas:

[1] En el vocabulario de Isaac, conforme al de los antiguos autores ascéticos ortodoxos, el término “pensamiento” (logismos, enthymèsis) no designa solamente la actividad discursiva de la inteligencia, sino también –y más a menudo- algunos movimientos interiores, sugestiones e inspiraciones, tanto buenas, como el caso de aquí, como malas (tentaciones).

[2] Por “visión”, Isaac no entiende apariciones o representaciones imaginativas, sino la facultad de “ver”, de una manera intuitiva y sabrosa, las realidades divinas, más allá de todo razonamiento y de toda construcción de la imaginación. Como va a precisar él mismo, corresponde a la théôria de los autores griegos, término traducido generalmente en francés –pero imperfectamente- por “contemplación”.

[3] Aquí, “pensamientos” en el sentido desfavorable de “tentación”. La paz de los pensamientos resulta de la victoria sobre las tentaciones.

[4] Es decir, sin tener que esforzarse, espontáneamente, bajo la moción interior del Espíritu Santo.


[5] Cf. Les sentences des Pères du désert, Collection alphabétique, Moïse 6; Solesmes, 1981, p. 190.


No hay comentarios:

Publicar un comentario