Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 5 de marzo de 2015

El hombre que fue sinestesia o El sonido de la luz

(Sobre el Evangelio de la Transfiguración, del 2º Domingo de Cuaresma)

P. Diego de Jesús.




Murmuraba nardo. Por momentos modulando con esmerada dicción cada sílaba, pero sin dejar de ser en voz baja: nardo. Y de ratos, como por ráfagas, llegaba a mayor volumen con el curioso ingenio de decirlo de un solo acorde: nardo, en monosílabo.
Más notable, en verdad, es que el sonido “a” –no la letra sino el sonido- cobrara progresivamente un color primero ámbar, luego virando al naranja para finalmente fundirse en un blanco intenso, puro como la nieve. A en blanco nieve. Nardo en blanco nieve.
Y esa “o” que sin aviso se torna brocal de un abismo sin fondo en que se vierten en caída libre todas las astillas de naranja y blanco que se disgregan y pierden y apagan en la negrura nocturna.
Nardo, con eco y aroma a fondo de aljibe.
Rueda la palabra “nardo” por el espacio libre y sin orillas como una oscilante cinta blanca en danza. Es blanca, pero huele a púrpura. El alado nardo, como cola de cometa que engarzara cinco letras, como un joyero enhebrando cinco perlas preciosas.
Colgadas de o arrastradas por la filosa ene fluyen las letras, cada cual luciendo sus rasgos propios, que trenza y retuerce sobre los rasgos de la letra contigua, cual sarmientos de viñedo, como la catedral de Rodin, como las Pléyades se ensamblan al Orión. O las cejas hacen estuario en la naciente del olfato, así la ere se abraza a la de.
Quien viera todo esto atestigua más aún: que la redondeada ene se afiló, se estiró como se despereza un recién despierto y el nardo tornó nombre propio: Nardo. Y da fe que por propios ojos vio que Nardo era un Rostro: inmediato, cristalino, apacible. Un Rostro de luz sin por eso dejar ni por un instante de ser la cinta alada danzando al viento sus cinco letras, ni el sonido suave y feliz de la virginal a y el reverberante eco de la o de aljibe. Ni el perfumoso aroma de la vara nacarada.

***

Si algo de cierto hay en aquello de Mallarmé, de que cuanto hay sobre orbe y cuanto en él ocurre, ocurre para alimentar la literatura, tal sentencia no puede ser más cierta que aquella verdad que le ofrece solvencia: que cuanto hay en la literatura, proviene de la realidad. Y así las cosas, la legendaria sinestesia no es un artilugio, un engendro de laboratorio, un alambicado invento de las usinas literarias, sino una curiosa realidad, inusual ciertamente. Ave rara. Es más: en su estado puro es una realidad única en la acepción de darse un solo singular de ella. Hay un solo caso auténtico de sinestesia. Tout le reste est littérature, diría Verlaine. Un genuino hápax sustanciado. Y es que no erró Hölderlin cuando insistía en que el nombre más propio de Cristo, su título más ajustado, fuera Der Einzige, el Único. Esa joya única, escondida al extranjero, ese Hápax hecho hipóstasis, Ése que es la Sinestesia, Ése es Cristo, Nuestro Señor.
Y toda sinestesia literaria –de Horacio a Quevedo, de Virgilio a Rimbaud- todas ellas son sombra y figura de Aquel que es la Sinestesia. Cristo solo y sólo Cristo es: el Hombre que fue Sinestesia.

Vale notar que en este mundo sublunar, muy de cuándo en cuándo, si algún viento descorre en un descuido los sedosos velos que cubren la pudicia de las cosas… se puede notar el color de un sonido, el aroma de un timbre de voz o la forma de un sabor. Un mi bemol muy azul, el olor a tomillo de un niño hablando con las manos o la redondez de un malbec. Pero son todos parpadeantes destellos, brumosos vestigios, que no hacen verano.
Sólo Ese Hombre que fue Sinestesia encarna de un modo rotundo y cabal el cruce libérrimo de lo que normalmente sólo el ojo vio, el oído oyó y las manos palparon.

Y si bien es cierto que “todo habla de Él” (pues todo tiene en Él su consistencia), más cierto aún es que el Antiguo Testamento completo Lo está narrando, lo está profetizando, lo está prefigurando en cada patriarca, en cada rey y profeta; en cada batalla, en cada poema, en cada polvo y cada fuego. Y es allí donde damos con las primeras referencias a este Hombre que fue Sinestesia.
En medio de una cultura ajena por completo a esta figura retórica –nadie en Israel ni tal vez en el orbe entero solía decir que tal color era frío o tal timbre de voz, brillante-, la pluma rústica y prosaica del autor sagrado se ve obligado a decir lo indisimulable. Israel, guiado por Moisés atraviesa el vasto desierto de la esclavitud hacia la Tierra Prometida. Y ya sobre los umbrales mismos del cumplimiento, allende el Jordán, el viejo y cansado Moisés, sabiendo que él no entrará, casi a modo de discurso de adioses, a modo de últimas recomendaciones, les dirá con voz queda: “no olvidéis las palabras que han visto vuestros ojos” (Dt 4, 9).

Así. De un tirón.
Y a pura intemperie.
Sin más glosa, aúna la memoria, con la escucha y la vista.
Con una sola advertencia introductoria y preventiva: “ten cuidado y atiende bien a lo que sigue”.
Pues sabe que está cruzando sentidos y potencias en una sola consigna.
Se refiere concretamente a lo ocurrido en las faldas del Horeb, en aquella teofanía majestuosa en que apareció la Voz de Yahvéh. Y allí ya se lo relata del mismo modo (Ex 20, 18), pues el Pueblo “ve” voces.
Los exégetas hebreos –en el fatigoso Talmud- intentan zanjar la evidente dificultad, explicando con vidrioso timbre escolar, que “el pueblo veía o que era visible y oía lo que era audible, aunque se lo agrupe y exprese con un solo verbo”. Pero ya entre ellos mismos esto no cierra del todo y surgen opiniones más audaces, como la del Rabí Aquiba –Erri de Luca lo comenta en su feliz “Hora Prima”- que no acepta esta solución facilista y asume el oxímoron como viene arrojado en su literalidad. Y lo justifica explicando que la Voz del Señor, como avisa el Salmo, lanza llamas de Fuego. La Voz del Señor, es decir, el Hablar mismo de Dios es visible, pues su Fuerza es tal, que rompe las fronteras establecidas entre los sentidos receptores; lo rebalsa todo, abordando al diminuto humano en la totalidad de sus poros. El decir de Dios “forma con su Aliento una escritura incandescente”.

Pero todo ello era prefigurado. Precalentamiento.
Llegada la plenitud de los tiempos el Logos Eterno, el divino Hacedor se hizo Sinestesia, se hizo una Carne tal, que al ser portadora del peso neto de la completa divinidad, satura, colapsa, y hace estallar el prolijo sistema de receptores humanos. El hablar de Jesús es visible. Como su mirada penetrante, de tan sonora, descuaja los cedros.

Y eso es lo que ocurre, de modo patente, de modo sublime, sobre la cumbre del Tabor.

Tal vez no fue de un solo golpe. Sino un proceso progresivo, como lo sugiere el itinerario de subida al monte. Y que entonces, en la base del cerro cada cosa estuviera aún en su comedido lugar: los sonidos para el oído, los colores para la vista, los aromas en nariz…. Pero al poco ir trepando –tal vez- el sonido del roce de las túnicas y del ripio bajo las sandalias cobró luz propia y empezó a mezclarse con el perfume de los espinillos en flor. Y tal vez así, comenzó, en un creciente continuo, la danza y fusión de los sentidos, hasta llegar a la cumbre, a lo más alto del Tabor, donde Nuestro Señor, en un dorado silencio se hizo todo Luz.

Y ocurrió entonces lo que ningún ojo puede ver ni oído escuchar: la Luz misma, en su sereno destello era audible. Tal vez no haya sido cosa obvia, de esas que se imponen por su propio peso. Y por eso tal vez, la Voz del Padre ayudó en la confusa tarea: allí estaba Jesús, mudo, nimbado en Luz en medio de la cerrada noche palestina. Y la escueta consigna: “¡escuchadle!” ¡Shemmá, Nuevo Israel!
¿Escuchar qué, si es silente oro?
Escucha la Carne en Luz del callado Logos.
Atiende al sonido de la Luz.
De la Luz eterna.
De la Luz divina.
La Voz que alguna vez fuera visible, ahora, en su muda Carne nos invita a inclinar el oído, el oído atento, sobre la elocuente lumbre.
En el Horeb se nos instó a no olvidar las palabras que veíamos.
Hoy, en el Tabor, se nos conmina a oír la Luz.
A guardar el sonido de la Luz: su timbre, su fraseo, su inflexión.
El audible lenguaje de la Luz tabórica, que hace lo que dice; que performa lo que toca. Como una Palabra de doble filo.

Pero –como previene Yahvéh- presten mucha atención: pues no se trata sin más de un cambio de roles entre la vista y el oído, como de una pícara o lúdica transgresión. No se le concede a la vista la escucha. Más bien es al revés: es el objeto mirado –Cristo en Luz- el que cobra elocuencia. No palabra: elocuencia. Como la Voz de Dios en el Horeb se tornó visible, no adquiriendo figura.
La Magia divina consiste en otorgarle color a su timbre y música a su luz.

Y valdrá entonces aplicarle al Tabor, en espejo, el mismo mandato del Horeb. Entonces se les dijo que ni se les ocurriera representar con figura alguna la Voz que estaban viendo, pues aunque la veían, era una Voz. Así que nada de figura ni de hombre, ni de bestia ni de ave ni de pez. La Voz de Yahvéh se mira mas no se toca ni se representa.
Del mismo modo, la Luz del Tabor y el ineludible mandato de escucharla, no habilita al hombre a llevar a palabras lo escuchado. Se escucha mas no se escribe ni se dice.

Sí. Hay vida en la personificada Sinestesia y esta vida, el pulso de esta vida, es paradoja. El Misterio preserva su brío mientras hay ojo abierto capaz de escuchar, y oído atento dispuesto a vislumbrar. Y que el oído evite figurar lo visto y que la vista le escape a fraguar en letra el sonido de la luz.

Dios pronuncia sobre nosotros la Luz del Rostro de su Hijo. La sopla. Y ésta, en un delicado murmullo, nos llega perfumosa como un nacarado ramillete de nardos recién florecidos.

***
Juan siente la punzante roca incrustándose en la frente, pero no quiere o no puede o no sabe ya sostener la mirada alta. Pero hay luz en la piedra. Y debajo de ella. Y adentro de ella. Todo se ha tornado luz en el Señor. No obstante es mejor así, ovillado, como un embrión, como la ere de nardo se arquea buscando su centro. Y empieza a nevar sobre el Tabor. ¿Pero es nieve? No; parece nieve mas  no lo es. Pues ni moja ni enfría. Pero se va acopiando y tupiendo sobre las cóncavas espaldas de Juan, y sobre los otros, y sobre el entorno todo. Es una seca lluvia blanca. Como el maná del desierto…

Y ahora recién lo entiendo: está lloviendo luz.
Una delgada y fina llovizna de luz.
Por momento: como quien vierte sal fina.
Y de a ratos: como blanquísimas plumas de ganso meciéndose oscilantes.
La blanca nube que los llueve es Cristo mismo, aunque pareciera Él estar dentro de ella y todos nosotros también. Luz de lluvia. O lluvia de luz. Astillas de plata, diría el gaucho. Y con ella, el aroma. Olor a lluvia. A tierra reseca alcanzada por la luz. Aroma a tierra baldía, inerte, oscura, ungida de albor.

Llueve luz sobre el Tabor.
Silenciosa y minuciosa garúa.
Más callada que la nieve.
Más suave que el plumaje.
Más blanca que la timidez de un niño.
Lluvia de alabastro.
Y con sus alados olores trae el recuerdo de todas las lluvias. De todas las lluvias de luz, claro está.
Cae gracia sobre gracia como lluvia sobre mojado, como nieve sumando a la blanca estepa. Cae unendilich sanft, diría Rilke: infinitamente suave. Como mazorca de lino fino.

Y entona la Luz, una vez más, su inasible melodía. Libérrima. Precisa. Como el viento mece el maizal. Como el monje planea su gregoriano. Maizal de gregoriano. Maizal de luz divina. Baila la nieve sobre el monte Umbrío.

Y la llovizna vira a grueso gotones. Que penden redondos de la punta de las hojas como perlas preciosas. Ya no es la kindly light de Newman… Y estalla la tormenta. Tormenta de luz. Intensa. Anegante. Un divino diluvio.
Como en los tiempos de Noé pero al revés. Esta vez no se salva el que le escapa a la tormenta sino el que se deja sumergir en ella. Entero.
Diluvia luz sobre el Tabor.
Y el Arca está boca abajo: Juan con la cara incrustada en la piedra.
Diluvia luz y se torna un torrente devastador.
Como diamantes efervescentes cabriolan danzantes los ríos de luz.
Como el negativo de un tetragrama, fluyen las blancas notas del inasible gregoriano en lúdicos melismas. Y en espejo a los cuatro ríos que brotan del centro del Edén, aquí en el Tabor todas las luces fluyen veloces buscando resumirse en un centro, que es brocado, que es oronda boca de aljibe… la redondísima o de la voz Nardo, que –como la noche- es hospitalario con la luz. Con todas las luces en lluvia.
Pues de nardo es el Rostro de Luz, y su dorada melena son cintas aladas danzando al viento sus cinco letras: el sonido suave y feliz de la virginal a; el reverberante y grueso eco de la o de aljibe. De donde emerge como una fontana el eco perfumoso con que aroma la vara nacarada.
Es Cristo. La divina Sinestesia transfigurada en el Tabor.



P. Diego de Jesús
Monasterio del Cristo Orante.


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