Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 7 de abril de 2015

Extractos de la Vida de Paul Evdokimov – 2º Parte

Flaminia Morandi




Por éramos silenciosos

La inmensa llanura rusa permite ver la meta antes aún de llegar. De lejos se vislumbra el azul intenso de las cúpulas en cebollas, el oro brillante de las cruces doradas en contraste con el verde profundo de los árboles, los muros emblanquecidos con cal del monasterio. Y el starec, al que van a visitar cada año, a veces más veces en el año, habitaba en el skit, en el éramo del monasterio. Ningún tren llegaba hasta allí y el último tramo madre e hijo lo hacían a pie. Para Paul el momento más bello, aquel que marcaba el inicio del verano, era cuando atravesaban el río, la espera sobre la cubierta de la barcaza que llevaba a la otra orilla a los peregrinos. Era como entrar en otro mundo marcado físicamente por un límite entre lo externo y lo interno. Paul era un niño, sin embargo, aquel clima de misticismo le agradaba. Lo calmaba la vida regulada de la hospedería del monasterio, los encuentros con el starec, las funciones en la iglesia, la comida en común, el gran silencio de la tarde. Su madre lo llevaba siempre consigo en sus largos retiros estivales, el único entre sus hijos, el más silencioso, el más reflexivo. Con él, Helena podía hablar como con un adulto de lo que más le interesaba, los misterios de la fe, la vida interior. Era devota del ángel de la guardia. “El ángel custodio”, le decía, “es único y personal para cada uno. Te hace conocer el pensamiento de Dios sobre ti, es la proyección en ti de su santidad. El ángel custodio está unido profundamente, íntimamente, a quien ha confiado su custodia…” Paul escuchaba y ella sabía que entendía.

La madre de Paul se llamaba Helena von Dunzig. Venía de una familia aristocrática rusa báltica, proveniente de una de las tierras del norte del imperio que se asomaban sobre el mar Báltico. Era una mujer muy bella y muy culta, con una fe profunda, adulta y consciente que implicaba no sólo la afectividad sino la razón y el conocimiento. La teología era su pasión. No estaba jamás saciada de conocer todo lo que respecta al cristianismo, y aquellos eran tiempos en los cuales se necesitaba dar razones fuertes de la propia fe. Una pasión que tenía un gran valor, dado el contexto religioso en el cual vivía Helena. […]

***

Helena había sido la primera mujer en Rusia que fue admitida en una Academia Teológica, un hecho inaudito en aquel tiempo, cuando el ingreso a los estudios regulares teológicos estaba prohibido no sólo a las mujeres sino a los mismos laicos que no tenían la intención de volverse sacerdotes. Un tratamiento especial para una mujer especial que desempeñaba un rol en la corte del zar: era damisela de honor de la zarina Alejandra, mujer del zar Nicolás II, subido al trono en 1894, cinco años antes del nacimiento de Paul. La zarina había nacido protestante y princesa de Asia, adorada por el marido y detestada por los contemporáneos que la juzgaban rígida y reprimida, reaccionaria y testaruda, visionaria y supersticiosa. Vivía en un universo místico que la consolaba de la realidad: la hemofilia que había transmitido al heredero del trono, el pequeño Alessio, la enfermedad de su familia (y de su abuela, la reina Victoria de Inglaterra) con sus terribles ataques, las hemorragias internas y el continuo peligro de vida. Alejandra se había vuelto más ortodoxa y rusa que el mismo zar pero para los rusos seguía siendo una extranjera, “una estatua de hielo que transmitía frío”, como decían dos cortesanos. En sus Memorias, el primer ministro Vitte atribuía a la falta de autoridad de Nicolás y a la atmósfera morbosa que rodeaba a la zarina, la degeneración de su religión en “fanatismo perverso” que la había entregado en las manos de un personaje siniestro como Gregorio Rasputín.  ¿Un falso profeta? ¿Un impostor? Un campesino ignorante, adherente a la secta chlisty [1], extremo en vicios y en pasiones, con una energía física y psíquica fuera de lo común, capaz de aliviar los dolores del pequeño Alessio e incluso de curarlo por largos períodos. Rasputín se había convertido en el guía de la pareja imperial con respecto a toda decisión privada y pública, con consecuencias políticas desastrosas. Rasputín era la perversión de la figura del starec ruso.

El starec, el padre espiritual, el anciano experto en la lucha interior contra las pasiones, era una figura tradicional de los monjes rusos. El starec tiene el don especial de la clarividencia, del conocimiento del corazón del otro, sabe escuchar y ayudar a las personas y hacerlas conscientes de los propios movimientos interiores. Ambrosio, el starec del famoso monasterio de Optina, leía en el alma como en un libro. Como el padre Pío, de cada persona que entraba en la habitación sabía por qué estaba allí y qué quería de él. La cardiognosía es un don filtrado por la oración incesante, por la larga meditación de la palabra de Dios y por el conocimiento profundo del alma humana: que comienza por el conocimiento de sí mismo y por el reconocimiento de las propias miserias personales. Quien ve el propio pecado, dice un dicho patrístico, es más grande que quien resucita a un muerto. El starec es alguien que ha “visto su pecado” y en la conciencia de la propia miseria ha alcanzado tal grado de paz interior, de hesiquía, de alejamiento de las cosas del mundo, que se com-padece profundamente de quien se dirige a él, se identifica con él, lo ama antes de conocerlo: amándolo, entra en relación con su intimidad. Para los rusos es el amor el camino del conocimiento, mientras que para el Occidente se ama después de haber conocido. Todos los pecados de quien viene a mí y que yo no conozco, escribía el starec Moisés, los tomo sobre mí, me arrepiento de ellos como si fuesen mis culpas: y las son, porque todos somos responsables de todos.

La tradición del starcestvo, paternidad espiritual, hunde sus raíces en los primeros siglos cristianos y en la vida de los Padres del desierto, las columnas de la tradición cristiana. Renació con fuerza en Rusia al final del Setecientos cuando un monje moldavo del Monte Athos, Paisij Velickovskij, tradujo y publicó una antología de los escritos de los Padres, la Filocalia de los Padres népticos: es decir, atentos a los movimientos del corazón, a la interioridad donde habita el Espíritu, marca de la creación divina, la energía espiritual que quiere llevar a cada uno a la plena realización de la propia persona. Mientras Europa vivía la época de la Ilustración, del triunfo de la razón y del “cogito ergo sum”, Rusia reencontraba su identidad en el “amo ergo sum” de la tradición cristiana a través de la difusión de la Filocalia y de la paternidad espiritual. En el siglo XIX los starcy florecieron en todo el territorio ruso, sobre todo en los skit, los éramos de los monasterios, el centro propulsor del renacimiento del starcestvo en el Ochocientos. En los skit vivían aquellos monjes que habían elegido apartarse, vivir en el silencio, en la contemplación y en la obediencia estrecha a un anciano.

Si encuentras a un sabio, gasta los escalones de su puerta, dice el Sirácides. Así sucedía a los famosos starcy de Optina: Leonid, Macario, Ambrosio, todos los discípulos del padre Paisij, eran asediados por los visitantes. Los hombres de oración son distintos entre ellos pero todos irradian una luz especial que atrae como un imán, en especial a los más sensibles en percibirla: por ejemplo los artistas como Gogol’, Tostoi, Dostoevskij. Pasajes de Los hermanos Karamazov son tomados de los escritos del monasterio. El starec Zósima, uno de los personajes-símbolos de la novela, está inspirado en la figura del starec Ambrosio, que Dostoevskij había visto en tres ocasiones, una de ellas memorable junto a un grupo de peregrinos. De aquí había nacido la famosa escena del starec Zósima que consuela a una madre por la pérdida de un hijo de tres años, de lo cual probablemente el escritor había sido un testigo ocular. Gogol’, que vivía la escritura como una misión divina, estaba convencido que sólo la hesiquía, la paz interior de los eremitas de Optina podía transformar en vivientes a las Almas muertas. Cuanto Tolstoi octogenario huyó de su casa en el culmen de una larga y tormentosa crisis moral, su intención era ir al monasterio de Optina para morir en paz.

Los peregrinos en los skit de Optina de la inteligencia rusa en busca de inspiración eran continuos en los primeros años del Novecientos. También Helena encontraba en los coloquios con el starec el alimento espiritual que hacía viviente el estudio de la teología: el ejercicio del discernimiento de los pensamientos y de los engaños del ángel de la noche que se disfraza de ángel de luz. El conocimiento que los monjes tenían de los abismos del alma humana le parecía más profundo y sabroso que el psicoanálisis del cual se comenzaba tanto a hablar.

En teoría los monjes del skit, consagrados a una vida de silencio y oración, no podían tener contactos con los visitantes. A veces los superiores amenazaban con sanciones canónicas por las continuas idas y venidas de personas, como le había sucedido al padre Leonid de Optina. Pero éstos transgredían la regla por amor. “Castígueme”, había respondido el fraile, “pero primero mirad a estos enfermos: ¿cómo hago para rechazar sus súplicas, que es la única cosa en la cual esperan y que les dará la curación, por la fe que tienen en la Madre de Dios?”

Había una gran fila de aquellos que sufrían en el alma, por la oscuridad interior, la depresión, la soledad, por una grave pérdida. Por la muerte de un hijo. Como Helena. Tenía tres hijos varones, de los cuales uno era Paul. Había tenido también una niña, la única mujer, y había muerto resbalándose sobre un lago helado. Quizás Paul había escuchado al starec del skit consolar a Helena con palabras semejantes a las del starec Zósima: “Escúchame, madre… ¿no sabes cuánto valor toman estos pequeños ante el trono del Señor? No hay ninguno más osado que ellos, en el Reino de los cielos. Tú, Señor, nos has dado la vida, dicen a Dios, y tan pronto la hemos visto, rápidamente tú nos las has quitado. Y con tanta osadía piden y demandan que el Señor les conceda sin dudarlo el grado de ángeles. Por esto, también tú alégrate, mujer, no llores: que también tu pequeño, ahora, está con el Señor, junto a los ángeles…”

Cuando Paul tenía seis años Helena perdió a su marido Nicolás,  coronel del ejército del zar. Fue asesinado por uno de sus soldados, un polaco que militaba en el movimiento revolucionario. Era el 1907.


Flaminia Morandi
Pavel Evdokimov. Un percorso spirituale tra Oriente e Occidente
Ed. Paoline, Milano 2013.



Notas:


[1] Los “flagelantes” pensaban que Cristo se encarnaba en personas vivientes, en general campesinos poseídos por espíritus misteriosos, que vagaban por las ciudades curando y haciendo seguidores.


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