Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 21 de abril de 2015

La alegría de ser pequeños

Por un laico del Cristo Orante




“Feliz el hombre que conoce su debilidad, este conocimiento será para él fundamento y principio…El que es capaz de reconocer sus pecados es más grande que el que por su oración resucita a un muerto; el que durante una hora es capaz de lamentarse y llorar los errores de su vida es más grande que el que imparte sabias lecciones sobre el universo; el que reconoce sus debilidades es mayor que el que tiene visiones de ángeles.”
San Isaac el Sirio


Cuando vamos conociendo –a la luz del Evangelio, a la luz del Espíritu- nuestra verdad…cuando aparecen ante nuestros ojos nuestras miserias, debilidades, pecados… todo aquello que nos avergüenza y entristece, incluso nuestra impotencia para cambiar lo que no nos gusta de nosotros, podemos fácilmente desanimarnos. Podemos llegar a pensar que la santidad es imposible para nosotros.

Quién de nosotros no ha experimentado por un lado ese deseo de vivir el Evangelio, de ser santos, de vivir como Dios quiere y, por otro lado, a medida que pasan los años, nuestra incapacidad para cambiar, para ser mejores, para convertirnos, para amar a Dios, para amar a nuestros hermanos como debiéramos. Este choque entre nuestros deseos y nuestra realidad puede llegar a convencernos de que la santidad es para otros más fuertes, mejores que nosotros, pero no para mí.

Santa Teresita de Lisieux experimentó esto mismo en su vida, pero en lugar de desanimarse descubrió que la pequeñez, la debilidad y la pobreza no le impedían  llegar a ser santa, por el contrario, la acercaban más a Dios y por lo tanto a la cumbre de la santidad.  


“¡Ah! Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresa, ninguna desesperaría de llegar a la cumbre de la montaña del amor….” (MB)


Teresa descubre que nuestras miserias, nuestras debilidades, nuestras pobrezas, nuestros pecados, son nuestras perlas preciosas que tenemos para ofrecerle al Señor y que cuando se la ofrecemos con humildad y verdad Él no se puede resistir, su amor misericordioso no se puede contener, y se abaja hasta nuestra nada para colmarla de su amor y para llenarnos de esos dones que Él tiene y que a nosotros tanto nos faltan.

Teresa descubre que el aceptar y ofrecer nuestra pobreza es el arma más poderosa para atraer hacia nosotros al Señor y para que Él transforme nuestra nada en fuego de amor.


“Comprendan que para amar a Jesús, ser su víctima de amor, cuanto más débil se es, tanto más apto se es para las operaciones de ese amor que transforma y consume. El sólo deseo de ser víctima basta, pero es necesario consentir en permanecer siempre pobre y sin fuerza y he ahí lo difícil… ¡Ah! Permanezcamos bien lejos de todo lo que brilla, amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada, entonces seremos pobres de espíritu y Jesús vendrá a buscarnos, por lejos que estemos, Él nos transformará en llamas de amor… ¡Oh! ¡Cómo quisiera poder hacerles comprender lo que siento!... La confianza y sólo la confianza es la que debe conducirnos al amor”. (Carta)


A Teresita, justamente el reconocerse impotente, débil, imperfecta no la aleja, ni la desanima en su deseo de santidad, sino por el contrario ella ve claramente que gracias a su pequeñez el amor de Jesús puede obrar con mucha mayor plenitud en ella. Este descubrimiento fue tan fuerte para ella que se consagra totalmente al amor misericordioso, ofreciéndose a él como víctima de amor:


 “No soy más que una niña, impotente y débil, sin embargo es mi propia debilidad la que me da la audacia de ofrecerme como “víctima de amor”, ¡oh Jesús! Antes sólo las hostias puras y sin tacha eran agradables a Dios, fuerte y poderoso. Para satisfacer a la justicia divina eran necesarias víctimas perfectas, pero a la ley del temor ha sucedido la ley del amor y el amor me escogió para holocausto a mí, débil e imperfecta criatura… ¿Tal elección no es digna del amor? Sí, para que el amor sea plenamente satisfecho, es necesario que se abaje, que se abaje hasta la nada y que transforme en fuego esa nada” (M.B)


Y a su hermana le escribía:

 “¿Cómo puedes preguntarme si es posible que ames al buen Dios como yo lo amo?... Mis deseos de martirio no son nada, no son ellos los que me dan la confianza ilimitada que siento en mi corazón. A decir verdad, las riquezas espirituales son las que hacen injustos cuando se descansa en ellas con complacencia y se cree que son algo grande… ¡Ah! Siento que no es nada de eso lo que agrada al buen Dios en mi alma. Lo que le agrada es la confianza ciega que tengo en su misericordia… He ahí mi sólo tesoro, madrina querida, ¿por qué ese tesoro no sería también el tuyo? (Carta)

“No es al primer lugar sino al último al que me lanzo; en vez de adelantarme con el fariseo, yo repito, llena de confianza, la humilde oración del publicano; pero sobre todo imito la conducta de María Magdalena, su asombro, o mejor, su amorosa audacia que encanta al corazón de Jesús y seduce al mío. Sí, yo lo siento, aunque tuviera sobre mi conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, roto el corazón por el arrepentimiento, a arrojarme en los brazos de Jesús, porque sé cuánto Él ama al hijo pródigo que vuelve a Él. Me elevo al buen Dios por la confianza y el amor…” (M.A.)

 “Lo que ofende a Jesús, lo que lo hiere en el corazón, es nuestra falta de confianza en su amor.” (Carta)


Así, ella descubre que:

 “La santidad no está en tal o cual práctica, ella consiste en la disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestras debilidades y confiando hasta la audacia en su bondad de Padre”. (Últimas conversaciones)


Este es el mensaje que Teresita -"Doctora de la Iglesia"- ofrece a todas las almas pequeñas para que no se desanimen, y confiando en la misericordia del Señor se lancen en el camino del amor…


“¡Qué pueda yo, Jesús, revelar a todas las almas pequeñas cuán inefable es tu misericordia…! Estoy convencida de que, si por un imposible, encontrases un alma más débil y más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de gracias todavía mayores, con tal de que ella se abandonase con confianza total a tu misericordia infinita. ¿Pero por qué estos deseos, Jesús de comunicar los secretos de tu amor? ¿No fuiste tú, y nadie más que tú, el que me los enseñó a mí? ¿Y no puedes, entonces, revelárselos también a otros…? Sí, lo sé muy bien, y te conjuro a que lo hagas. Te suplico que hagas descender tu mirada divina sobre un gran número de almas pequeñas… ¡Te suplico que escojas una legión de pequeñas víctimas dignas de tu amor…!”



Por un laico del Cristo Orante


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