Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 17 de junio de 2015

Ser un hombre de oración (Primera Parte)


Jean Lafrance


A continuación presentamos una selección de textos del libro de Jean Lafrance, “Día y Noche” que hacen referencia al tema de “ser un hombre de oración” o “consagrado a la oración”.

La intención de publicar esta extracción de textos –que Dios mediante, la iremos haciendo también con otras de sus obras- es presentar no sólo la profundidad e intuición de Jean Lafrance con respecto al llamado a consagrarse a la oración, sino también que estos textos iluminen y guíen a todos aquellos que sienten éste llamado, más allá de su estado de vida y vocación.



Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 7-8)

“Estas palabras de Lucas contenían la clave de mi existencia. Estaba persuadido de que debía contarme entre los hombres que claman a Dios día y noche.
¿No tendrá Dios misericordia de los pecadores que claman a Él día y noche? Pues sentía que era pecador y que tenía necesidad de misericordia más que de justicia. Al mismo tiempo el final del texto me daba aún más la clave de mi vocación a la oración, pues sentía que era aún más urgente interceder por todos mis hermanos los hombres, a fin de que el Hijo del hombre, encuentre fe cuando vuelva a la tierra.”

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“La súplica se había convertido en algo instintivo en mí (…) La súplica se convierte en nuestra misma naturaleza, pues nuestro ser es orar”.

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“El Espíritu Santo forma a un hombre en la oración y le hace descubrir en esta oración su vocación última. A menudo se piensa que basta ser llamado a la oración, tener el deseo y la voluntad de orar, para ser hombre de oración… en esto nos equivocamos rotundamente, son las pruebas sobre todo las que nos enseñan a orar.”

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“En este sentido, la oración continua es más fácil en una vida activa, en la que uno se siente hostigado por todas partes, que en una vida contemplativa. Las pruebas, las angustias, los sufrimientos y los peligros, es lo que engendra la perseverancia, la cual nos impulsa a la oración incesante.
Nos puede gustar rezar, e incluso rezar mucho, bajo el peso de las tribulaciones y de la gracia, pero de ahí a ser de los elegidos que claman a Dios día y noche hay todavía un abismo.
El impulso a serlo no proviene de nosotros, sino de una llamada especial del Espíritu que, a menudo, sin nosotros saberlo, nos coloca en un estado en el que no se puede hacer otra cosa que orar. Los que son llamados a ello actualizan hoy un aspecto muy preciso de la vida de Jesús: su oración apartada, de noche como de día, por la mañana antes del alba o entrada la noche.”

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“En cualquier vocación todo comienza por una seducción. No se sabe de dónde viene el deseo; brota de lo profundo del corazón e invade todo el ser. El deseo puede ser real, mientras que la debilidad de la carne impide realizarlo completamente… en nuestras manos está desearlo, pero no está a nuestro alcance realizarlo. En el campo de la oración continua hay que ser desmedido en los deseos y prudente en su realización, por la razón de que todo nuestro ser no está plenamente modelado y refundido por el Espíritu Santo.”

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“[Ser hombre de oración]…Se trata de un hecho puramente interior; es posible pasar junto al que lo vive sin percatarse de ello, porque en el plano del comportamiento exterior ese hombre procede como todo el mundo: come, duerme, habla, trabaja, descansa; pero todo transcurre en el “santuario íntimo de su compasión”. No obstante, hay indicios que no engañan: su humildad extrema y su caridad fraterna. Mas, apenas tienen un momento libre, se une a esa oración de Jesús, bien en el fondo de su alma, bien ante el Santísimo Sacramento.”

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“La oración interior repercute en el exterior. Consigue traspasar los poros de la piel para hacerse visible y casi tangible. El rostro se vuelve poroso a la oración invisible. Se diría que la luz oculta es tan fuerte y poderosa que atraviesa las paredes del ser para irradiar externamente.”

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“Cuando Jesús le otorga a un hombre el don de la oración es como si Jesús le otorgara a su criatura participar de su impulso vital y su ósculo de amor al Padre.”

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“María, la madre del Señor, es quien asegura la presencia y la coherencia de la oración de los discípulos. Ella rememora en su corazón los acontecimientos de la vida de su Hijo y los transforma en oración. Ella es el modelo y el tipo mismo de los elegidos que claman a Dios día y noche. Ella se presenta como la madre de la oración continua. Quienes sean llamados personalmente a revivir esta oración tendrán siempre los ojos vueltos hacia ella y hacia Cristo.”

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“[la oración de Jesús] oración de una sencillez absoluta, formada por la repetición incansable que se hunde en el corazón y hace brotar la oración del Espíritu a la manera de manantial oculto. Es una oración unificada, que busca su raíz en la súplica más que en las palabras. Es la oración de los pobres, de los enfermos y de los pecadores del evangelio, que se resume en el grito dirigido al Salvador: Jesús, ten compasión de mí. […]
Cuando estamos en oración con María, debemos dirigir nuestra mirada a Jesús e invocar su santo nombre (Hch 4, 12). Nada más fácil que invocar el nombre de Jesús; pero al mismo tiempo, nada más difícil que perseverar y orar sin cesar con su nombre. En este sentido, cuando Jesús habla de los elegidos que gritan a Dios día y noche, está pensando en los hombres que, aunque siguen viviendo como todo el mundo, se han consagrado únicamente a la invocación de su nombre apenas la tarea que tienen asignada les deja libre para orar. Esos hombres son muy raros; no por la dificultad de orar (en el fondo, nada hay más sencillo que invocar el nombre de Jesús), sino porque muy pocos hombres creen en esta vocación. Sin embargo, Cristo cuenta con esos hombres, y de su oración incesante depende la fe de la tierra: cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará aún fe en la tierra?”

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“No basta quererlo; se requiere mucho, mucho tiempo para llegar a ser uno de esos hombres de oración que interiormente no se ocupan de otra cosa que de orar. Cuando Dios infunde este deseo en el corazón del hombre, es señal de que quiere otorgarle esta gracia, porque ‘Dios no hace desear nada que no quiera darnos’ (S. Juan de la Cruz); pero se requiere también nuestra colaboración, porque si el don es gratuito, no es arbitrario. Dios espera que nos pongamos cada día a buscar esta perla preciosa.”

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“El hombre de oración incesante está totalmente oculto en Dios, y sobre todo oculto a los ojos de los demás y a sus mismos ojos.”

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“Todo creyente que se siente llamado a vivir de la oración incesante y a ser de esos elegidos que gritan a Dios día y noche mira hacia la Virgen, sobre todo cuando descubre la inaccesibilidad de la oración de Jesús.”

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“María oraba como respiraba, y su vida entera era un culto dado a Dios. En otras palabras, oraba sin cesar. Quienes se sienten llamados a consagrarse totalmente a la oración por el mundo a fin de que el Hijo del hombre encuentre aún fe cuando vuelva a la tierra, deben sumirse plenamente en la oración de María, la cual comenzó y acabó su vida en la oración incesante.”

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“Sobre todo no han de intentar justificarse cuando les digan que esta oración es utópica o que no basta rezar; no hay ninguna justificación que buscar, pues su vocación viene de arriba y sólo el Padre puede decidir sobre esta vocación.
No han de buscar tampoco cómo orar ni cuánto tiempo han de orar, y menos aún si han de hacerlo mental o vocalmente. Eso se les concederá en el momento debido. Únicamente han de consagrarse a la oración, lo mismo que un cachorro se arroja al agua para salvar su vida. Si les preguntan por qué rezar, por quién rezar, si tiene alguna utilidad rezar, limítense a responder: ‘yo rezo porque Dios es Dios y me lo ha pedido’. Y sobre todo, no busquen rezar bien, de lo contrario no rezarán jamás, sino que busquen ante todo rezar siempre, sin cansarse nunca, sin desanimarse.”

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“Si hubiera de escoger unas palabras que expresen mejor el secreto de mi vida, escogería las de Jesús en la parábola de la viuda inoportuna: ‘¿y no hará justicia Dios a sus elegidos que claman a él día y noche?’ En estas palabras reconozco del modo mejor mi rostro.
La oración habrá sido verdaderamente el secreto de mi vida […] habrá sido también el misterio de mi alma […] Sé por experiencia que la oración lo ha sido todo para mí, que ha sido la fuente de mis mayores alegrías; jamás he sido tan feliz como rezando. En la oración también se disipan todos mis sufrimientos. Sin ella, no sé dónde estaría; puede que incluso hubiera perdido la cabeza. A este respecto, jamás repetiré suficientemente que la oración lo ha sido todo para mí. Ha sido realmente la vida de mi vida.”

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“Y  también esto es un gran misterio para mí; porque puedo preparar mi oración o incluso preverla, pero en el momento en que me pongo a rezar, no sé nunca lo que será. Por eso el fondo de mi oración es desde siempre la intercesión y la súplica –ya lo he dicho y volveré sobre ello-; pero un buen día esta intercesión deja sitio a una oración de abandono, de adoración, de acción de gracias y de pura entrega en las manos del Padre. Todo esto está siempre en función de los acontecimientos o de las necesidades de mi vida.”

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“Ahí reconocí que Dios me había creado realmente para la oración y que nada podría detener esta oración en mi corazón, ni siquiera la muerte […]
Tengo la certeza de que seguiré rezando después de mi muerte hasta el día en que Cristo vuelva, a fin de que encuentre aún fe en la tierra. Tengo también la certeza de que a cuantos vayan a orar junto a mí o que se acuerden de mí en la oración les obtendré la gracia de la súplica y el don de la oración.
He recibido esta vocación a la oración en la fe pura y desnuda. Para guiarme y sostenerme en este camino, no he podido contar más que con esa pequeña llama que ardía en mi corazón y que jamás se ha extinguido, ni siquiera en las peores tormentas.
He debido vivir esta vocación solo, a menudo en medio de la incomprensión, pues muchos pensaban que hubiera sido más útil realizando un ministerio habitual; mas yo no podía hacer otra cosa, pues hubiera traicionado la voz que susurraba en mí.
Cuando deje este mundo, algunos se preguntarán qué es lo que he hecho, tanto más que he querido rodear esta vocación de la oración de silencio y discreción. Realmente he intentado vivir escondido con Cristo en Dios y tener mi conversación en los cielos.
Hoy no lamento haberme entregado totalmente a la oración; simplemente lamento no haber llegado hasta el final de esta vocación. Pero nunca es demasiado tarde para acometerlo con la gracia del Espíritu Santo y la ayuda de la Virgen santa.”

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Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 7-8)

“Ahí reconozco verdaderamente mi rostro como quien al menos ha deseado clamar a Dios día y noche. Naturalmente, no lo he conseguido a causa de la debilidad de mi carne; pero justamente a causa de esta debilidad era absolutamente necesaria semejante oración.”

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“Creo y estoy seguro de que quienes hayan deseado clamar a Dios día y noche lo obtendrán sin tardar; incluso ya lo han obtenido, porque se obtiene todo lo que se pide en la oración, y con mayor razón cuando se pide la gracia y el don de la oración. Justamente para obtener esto, esta oración incesante, hay que pedir a Dios día y noche.”

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“El escoge hombres que hagan efectiva y real esta oración, para los cuales la oración es lo único necesario, la actividad única. Ellos inscriben esta duración de la oración en su carne y en el tiempo que el Señor les da de vida. Esto equivale a decir que viven como todo el mundo; pero apenas disponen de un momento libre, se sumergen en la oración día y noche.”

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“Si hay hombres que emplean su vida en rezar, es para mantener viva y activa esa fe que Jesús desea encontrar en el corazón de todos los suyos”

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“Jesús en cuanto hombre ha sido el primero en orar sin cesar y sin desfallecer. Él es nuestro modelo, el gran suplicante, nuestro único intercesor ante el Padre (Hebreos 7, 25).”

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“¿Encontrará fe cuando vuelva a la tierra? ¿encontrará hombres que se mantengan y perseveren lo suficiente en la oración para creer que han sido ya escuchados? La prueba de la fe perseverante autentifica la cualidad de la oración. Cuanto más se avanza en la vida de oración, más se penetra en el misterio del silencio de Dios. Uno mismo se ve reducido al silencio; no se sabe más lo que hay que decir o incluso pedir. Sin embargo, se está convencido en lo más hondo de uno mismo de que la oración es la única cosa importante, la única a la que vale la pena consagrarle la vida.”

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“Pienso en la oración de los monjes, los ermitaños y de todos esos hombres de oración ignorados que se dedican a arrancarle a Dios la salvación de sus hermanos; de esos viejos amigos de Dios”

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“La oración ha sido la pasión de mi vida; pero debo reconocer que se ha vuelto cada vez más intercesión y súplica. Creo que el Espíritu ha querido otorgarme este don de la fe que mueve montañas; pero me apresuro a añadir que si la fe es un don, exige mi colaboración; y a este respecto he de confesar que no he colaborado como el Espíritu me lo sugería; sin duda, por no haber dedicado bastante tiempo a la oración, no he llegado al término de mi fe y no he movido montañas. […]
Las palabras del evangelio que más me han marcado se refieren a la oración: las parábolas del amigo y de la viuda inoportuna. Las palabras que han cristalizado toda mi vida de oración han sido las de Jesús: ‘Todo lo que pidáis en mi nombre al Padre os lo concederé…’”

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“A veces siento ese ‘silencio aparente’ de Dios como una prueba, pues afecta al fondo mismo de mi vocación a la oración. Puedo decir que no he vivido más que para orar; no solamente por mí, sino por el mundo entero […] pero cuando veo que aparentemente nada ocurre y que Dios parece callar […] en lugar de abandonar la oración, me entrego a ella con más fuerza e intensidad, sobre todo en esos momentos en que se me concede la gracia de la oración.”

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“En la Iglesia actual, a muchos sacerdotes les resultaría sospechoso que alguien quisiera consagrarse únicamente a esta oración de súplica si se atreviera a manifestarlo a su párroco, mientras que en Oriente, e incluso en Rusia, esto se considera totalmente normal y se estimula. Sin embargo, son esos hombres y esas mujeres los que sostienen el mundo e impiden que se precipite en el abismo.
Evidentemente tal vocación está oculta en la secreta mirada del Padre. A los ojos del mundo parece una locura, o mejor una pérdida de tiempo; no abundan hoy mucho los ‘locos de Cristo’”

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“Creo poder decir que encuentro mi alegría en la oración y que sin ella hace tiempo que hubiera perdido la paz del alma y la fuerza para vivir. Esta oración está ahí, presente en mí, y también fuera de mí, pues a menudo me coloca cerca de Cristo, en el Espíritu o bajo la mirada del Padre. Está ahí de una manera permanente. No basta consagrar momentos a la oración, y luego, tranquilamente, dedicarnos a lo que nos agrade. Hay una llamada a volver a la oración apenas se dispone de un momento libre. Pero hay que añadir que esta oración pasa por períodos de infidelidad, debido sobre todo a la inestabilidad, al deseo de abreviar, de agitación. Apenas he recuperado la calma, reaparece la llamada a volver a la oración.”

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“Un Dios escondido: quizás sea ésta la experiencia más profunda de Dios que podamos tener en la tierra, sobre todo si hemos consagrado toda nuestra vida a buscar su rostro.”

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“Cuando Jesús le pide a su discípulo que se oculte en lo secreto para orar al Padre, sabe muy bien que el mismo Padre se oculta, a fin de que le busquemos gratuitamente y por él mismo.
Cuanto más un hombre quiere buscar el rostro del Padre más debe ocultarse a las miradas de los demás; igualmente, cuando el Padre ve a un hombre que le busca con todas sus fuerzas, se oculta cada vez más y se hace invisible. Se da entonces el encuentro más inefable y el más misterioso, en el que Dios comunica sus secretos más profundos.”

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“Cuando alguien comienza a suplicar en su vida, algo ocurre, justamente lo que define a un hombre de oración.
Creo que se puede rezar un cuarto de segundo por hora y hacer de modo que esa oración invada toda una vida, en la medida en que se pone uno verdaderamente de rodillas.”

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“La oración es una gracia. Es posible sentir una llamada, -monjes, contemplativos- una verdadera llamada a la vida de oración, y no ser hombres de oración, porque no se ha pedido esta gracia de la oración.”

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“Es muy peligroso ponerse a rezar; os lo digo enseguida. Si hay tanta gente que esquiva la oración no es en modo alguno porque no tenga tiempo. Lo que impide rezar es que se sabe muy bien que si se acepta esa vida, hay que darse totalmente a ella.”

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“Debemos pedir a Dios por mucho tiempo.
Todos los hombres de oración son personas que han suplicado mucho tiempo, y esto no es para inducir a Dios a querer lo que nosotros queramos, sino para decidirnos al fin a querer lo que Dios quiere.”

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“Coged el tren allí donde vuestro corazón se encuentra en dificultad, y veréis que si os ponéis a suplicar una vez, poco a poco, en vuestra vida, se impondrá el hábito de la súplica. Se suplica una vez, se suplica dos veces; en un momento dado, se convierte en una respiración, casi permanente.”

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“Sólo los hombres de oración, que esperan a Dios, los santos, los que han encontrado la intimidad con Dios son capaces de ser felices, de ser pacientes y buenos, y sobre todo de transmitir a sus hermanos un poco de calor de Dios, de la irradiación de su gloria. Hay seres que irradian en la vida, son los santos; los santos irradian.
El que ha encontrado la intimidad con Dios, aunque le persigáis e incluso le turbéis considerablemente, espera tener cinco minutos de recogimiento, encontrará el contacto con Dios, y por eso mismo la alegría y la paz. Esos hombres poseen el secreto de la felicidad.”

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“Por él lo he perdido todo. Es un rostro que nos ha seducido; por él lo he perdido todo y he venido aquí. Este contacto con Jesucristo es lo que hace un santo, un hombre que busca, que le busca. Podéis pasar junto a un santo sin percataros de ello. No se le advierte; está muy oculto. No os dais cuenta de que apenas tiene unos instantes libres, reanuda el contacto con Cristo.”

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“Pedid mucho para que me convierta en Oración ante la faz de Dios. Me ha venido la idea de expresar este deseo en la forma del texto que sigue. Cuando os enteréis de mi muerte, he ahí mi testamento.

Tú me sondeas, Señor, y me conoces,
has puesto sobre mí tu mano.
Tú formaste mis entrañas,
Tú me tejiste en el vientre de mi madre.
Tú conoces mi corazón y cada mañana
Tú me llamas por mi nombre.
Te doy gracias por mi nombre.
Te doy gracias por tantos prodigios;
soy una obra prodigiosa.
Todas tus obras son maravillosas.

Tú sabes bien que no soy más que oración delante de tu faz.

Padre, heme aquí, para hacer tu voluntad.
Que todas las acciones de este día
sean contadas como oración.
Que tu Espíritu me conceda el don de la oración de Jesús.

Sondéame, oh Dios,
conoce el fondo de mi corazón.
Escrútame, conoce mi afán.
Preserva mi corazón del orgullo.
No me abandones a los deseos de la carne.
Mira que mi camino no sea fatal,
guíame por el camino de la vida.

Yo no soy más que oración delante de tu faz.”


Jean Lafrance
Día y Noche.
Ed. San Pablo 1993.

Madrid. España


2 comentarios:

  1. Bellísimo post. Os invito a visitar mi blog www.susanatopasso.blogspot.com

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  2. Estimada Susana: mis felicitaciones por su blog "Mi Dios y mi todo". Un saludo cordial. Federico

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