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viernes, 24 de julio de 2015

Isaac el Sirio. Discurso VIII

TERCERA COLECCIÓN


Del mismo mar Isaac. Sobre cómo los santos son puestos aparte y santificados gracias a la inhabitación del Espíritu Santo.


1. Templo de Dios es una casa de oración [1]. Casa de oración es pues el alma en la cual la memoria de Dios es santificada continuamente. Si todos los santos son santificados por el Espíritu para que sean templos de la adorable Trinidad [2], [esto significa que] el Espíritu Santo les santifica manteniendo vivo [en ellos] el recuerdo de Dios. En efecto, la oración continua consiste en el recuerdo continuo de Dios. Entonces, por medio de una oración continua, los santos son santificados volviéndose morada de la acción del Espíritu Santo, como dice uno de los santos: “Acuérdate siempre de Dios y tu inteligencia estará en el cielo” [3].

2. Si, por tanto, nuestra alma, gracias a la oración continua, se convierte en otro cielo, en el cielo no hay bien que falte, ni es atravesado por ningún mal, ni se le acerca la tentación, ni las pasiones del cuerpo y del alma, ni el recuerdo de los males, ni ninguna cosa que aflige al cuerpo, ni las tinieblas ni las vejaciones del alma. Si, en cambio, todas estas tentaciones [se abaten sobre nosotros, deducimos de esto], que esto nos sucede porque vagamos y nos alejamos del recuerdo de Dios, y es por esto que nosotros erramos cayendo en toda clase de mal. La oración, en efecto, es el resultado del recuerdo de Dios que hace cesar las causas del errar. Aquel errar por el cual nosotros sufrimos todos los males.

3. Perseveremos pues en la oración, que es la forma luminosa del recuerdo del Señor, nuestro Dios: [entonces] nos abandonarán todas las tentaciones –que la providencia, en vista de la [oración], permite que sean mandadas para estropear en nosotros el recuerdo de Dios- gracias a la vehemencia de la intercesión y a la crucifixión del intelecto que esta [se realiza]. En efecto, estos carceleros –que son las tentaciones- nos empujan necesariamente a infringir la [oración]. Uno de los santos ha dicho: “Ora constantemente y el espíritu del error huirá lejos de ti” [4].

4. Cuando por tanto nos aplicamos a la [oración] y hacemos espacio en nosotros al recuerdo del Señor por medio de nuestra oración continua dirigida a él, entonces las tentaciones se alejan, las pasiones se aquietan, Satanás es enviado lejos, las penas no encuentran espacio en nosotros, las aflicciones se marchitan; y todas las realidades adversas ceden el lugar al recuerdo de Dios del cual [gozamos] en precedencia, éstas se van y huyen ante su Señor. 5. Mientras tanto los ángeles celebran continuamente el misterio de su Señor en la casa en la cual se encuentra el altar del Santo. El recuerdo continuo de Dios es, en efecto, un altar establecido en el corazón por el cual todos los misterios son elevados hacia el Santo del Señor [5], y donde ninguna realidad contraria que hemos enumerado llega. Éstas se atemorizan ante el fulgor de la luz divina que se inflama en medio de los misterios. Y sucede así, naturalmente, que todos los adversarios son vencidos allí donde Dios es nombrado.

6. Si en efecto sucediese que, también cuando nos aplicamos a la [oración], algunas de aquellas realidades salieran todavía a perturbarnos y a mostrar su impudencia siendo ocasión de molestia, [esto sería signo] de que el recuerdo continuo del Señor no lo hemos custodiado como conviene. Y así, con motivo de nuestra falta, éstas han encontrado el modo de asaltarnos. La insidia de los enemigos, en efecto, no puede acercarse a la casa del rey cuando éste está presente.

7. La divinidad, sin embargo, habita en el hombre no con la [propia] naturaleza, desde el momento que su naturaleza no es circunscribible, y no puede ser ni circunscripta ni encerrada en un lugar. De ella están llenos el cielo y la tierra y no hay lugar que pueda contenerla [6]. Está en efecto en todo lugar y de cada lugar está lejos: [es lejana] por la incircunscribilidad y la excelencia de su naturaleza, pero [está en cada lugar] por las realidades incomprensibles realizadas para nosotros. Se afirma que Dios habita en un lugar mediante la voluntad y el actuar de su fuerza, como está escrito: Habitaré en ellos y en estos caminaré [7]; es decir: “Mostraré en ellos la fuerza de mi actuar”. Como también está escrito que [Dios] cubrió el templo de Jerusalén o la tienda erigida por Moisés [8].

8. Cuando la casa de [Dios] fue edificada y llevada a cumplimiento por Salomón, se afirma que su Shekinah [9] la cubrió y llenó la casa con su magnificencia, y los sacerdotes salieron del Santo, ante la Shekinah del Señor, ya que no podían prestar servicio en cuanto la casa entera estaba llena de la nube de la magnificencia del Señor [10]. Este fue el signo de que Dios se complació de aquella [casa] y la tomó por morada. Así sucede también en el alma, que ha sido edificada mediante lo que es excelente, cuando al momento de la oración siente esta nube que cubre el intelecto en oración.

9. Esto sucede de manera invisible, y [el orante] no es capaz de terminar la recitación de su oración. Por esto él se aquieta ante la magnificencia del Señor que a través de la intuición se revela al intelecto y es reducido al silencio en el asombro: ¡esto es entonces el signo que el Señor se ha complacido de él y lo cubre! Lo mismo vio Ezequiel cuando le fue mostrado en revelación la construcción del templo: tan pronto aquella casa que fue construida ante él -que le era mostrada como revelación divina- fue llevada a cumplimiento, ve también la Shekinah [11] divina que cubre la casa y era llena de ella.

10. En la visión que veía estaba cómo la obra divina que era impresa en él, por medio de aquella admirable vista que, antes que fuese realizada, le fue dado ver. E, incluso estando él físicamente en Babilonia, veía la revelación en Jerusalén, que estaba alejada alrededor de trecientas parsahe [12] de camino. Le fue así mostrado a Aquel que entró [en la] casa y la Shekinah de Dios que la cubría. Como  [él mismo] dice: Me condujo a la puerta que miraba al oriente [13]; había en efecto un hombre que le mostraba todas estas cosas por revelación: era un ángel que le hablaba. [Este] dijo: Pon en tu corazón todo lo que yo te muestro, ya que es para mostrártelo que he venido [14].

11. Mediante estos [ejemplos] se nos dan a conocer dos cosas: que todas las revelaciones de los santos les han sido concedidas mediante la mediación de los ángeles y que éstos, [es decir los ángeles], les instruían hasta que uno no se había acercado a la revelación de la visión divina; y lo segundo es que las revelaciones angélicas preceden a la revelación divina y la condición realizada en los [santos] gracias a la acción del Espíritu Santo, como también aquí se nos da a conocer [15]. Por esto [Ezequiel] dice: Me condujo a la puerta que mira al oriente y he aquí la gloria del Dios de Israel que venía del camino del oriente y su voz era como la voz de muchas aguas [16]. 12. También aquella revelación que [Dios] le mostró es según el orden de aquí abajo. Dice en efecto: la tierra ha resplandecido de la gloria; y continúa: yo caí sobre mi rostro y la gloria del Señor entró en la casa [17]. Y también, en otro lugar, dice: el patio interno fue colmado por la nube, la gloria de Dios se elevó por encima de los querubines y la casa fue colmada por la nube [18]. Y también: el patio interno fue colmado por la gloria del Señor [19]; y otras cosas semejantes, que las Escrituras dan a conocer acerca de cuanto es obrado según el orden de la Shekinah, cuya fuerza cubre el [lugar] reservado al Nombre de la santidad de [Dios] y en la cual su memoria es santificada en todo tiempo. Así [las Escrituras], con el fin de instruir, muestran mediante una visión clara esto que la gloria de [Dios] obra.

13. En cuanto a aquellas expresiones [en las cuales se dice que Dios] “mora” y “habita” [20], no [debe entenderse que esto suceda] con su naturaleza, sino es con su gloria y su obrar que Él habita en el lugar reservado a su santidad. [Es así que], sea [que habite] en un edificio hecho por manos [de hombre] y [en] realidades  no dotado de razón, llamadas utensilios de su santuario, sea [que habite] en los templos racionales que son las almas. Son, en efecto, la fuerza y el obrar [de Dios] que santifican y separan de las otras almas a aquella alma en la cual el Señor es santificado por medio del recuerdo de Él. Por tanto, es gracias a la manifestación de una revelación y del conocimiento de los misterios en ésta revelados, y no por medio de la inhabitación de la naturaleza [de Dios en nosotros], que nosotros deseamos este bien y en todo tiempo santificamos nuestros miembros, junto a nuestra alma, en las alabanzas de Dios.

14. ¡Nos santificamos por tanto a nosotros mismos con el recuerdo continuo de Él, que nos es posible mediante la oración! Nos volvemos templos santos por medio de la oración, para acoger en nosotros mismos la adorable acción del Espíritu, como dice el Apóstol: Todo es purificado y santificado por medio de la palabra de Dios y de la oración [21]; en efecto, el recuerdo de Dios, que es custodiado aquí abajo y la invocación del Nombre del Señor santifican [todo] y alejan toda mancha y toda fuerza extraña. 15. Se ha dicho también: En todo lugar te acordarás de mi Nombre, vendré a ti y te bendeciré [22]. Nosotros nos acordaremos por tanto continuamente de Dios y nuestra boca será bendecida, como dijo hace un tiempo un santo a algunos seglares que estaban sentados: “¡Levantaos y saludad a los solitarios para que seáis bendecidos! Sus bocas, en efecto, son santas, desde el momento en que hablan continuamente con Dios” [23].

16. ¡Ved, por tanto, como es hecha digna de santidad la boca que en todo momento habla con Dios [como] es santificado el corazón en el cual continuamente el Nombre del Señor es bendecido! ¡Bendice continuamente a Dios en tu corazón para ser bendecido y no dejes de bendecirlo! Santifica tu alma y todos tus miembros bendiciéndolo, diciendo: Bendice al Señor, alma mía; y todos mis huesos, su Nombre santo [24]; y también: Te alabo, mi Señor, mi Rey, etc. [25]. 17. Pronuncia con tu boca su alabanza y no te canses jamás de glorificarlo, y [así] su magnificencia y su gloria llenarán tu alma. Sea exaltado Dios en tu corazón en todo momento y no seas jamás saciado de su magnificencia y de sus bendiciones, y tampoco de aquella gloria que el Profeta ve morar sobre Jerusalén, y [así] tu alma será colmada. Dice [Ezequiel]: La tierra ha resplandecido de su gloria [26]. Y también [alguien ha dicho]: “Acuérdate siempre de Dios y tu inteligencia será un cielo” [27].

18. Aspiremos por tanto a esta magnificencia, para [ser] templos de Dios, por medio del recuerdo continuo de Él, en las oraciones y las alabanzas, como dice el santo obispo Basilio: “La oración pura es la que realiza en el alma el recuerdo continuo de Dios. Así nosotros seremos templos para Dios, porque él mora en nosotros por medio del recuerdo continuo con el cual nosotros nos acordamos de Él” [28]. De esta gloria celeste son hechos dignos los que son casa de oración [29]; y el templo en el cual mora la memoria continua del Señor resplandece hasta el punto en que los rayos que por él [emanan] irradian y resplandecen también a lo lejos.

19. ¡El recuerdo continuo de Dios es el misterio del mundo futuro en el cual nosotros recibimos plenamente aquí abajo la gracia entera del Espíritu y [de tal modo] el recuerdo de Dios no se alejará más de nosotros aquí abajo, porque así nosotros somos su templo en plenitud! Los santos sobre la tierra han deseado ardientemente este misterio de la alegría futura, con aquella avidez persistente, típica de la oración; [han deseado] ser hechos dignos de ella, por medio de la gracia y de la misericordia de Cristo, nuestra esperanza [30], junto a todos sus santos, por los siglos de los siglos. Amén.



Isacco di Ninive
Discorsi ascetici. Terza collezione.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Pp. 121-128.

Notas:

[1] Cf. Is. 56, 7; Mc 11, 17.

[2] Cf. 1 Cor 3, 16.

[3] No he individualizado la cita como tal; atribuida a “un santo”, no identificado, ésta se encuentra también en Martyrios Sahdona (Libro de la perfección II, 8, 59; cf. Martyrius  [Sahdona], Oeuvres spirituelles III, a cargo de A. de Halleux, CSCO 252, Louvain 1965, p. 19). Por el contenido parece retomar una afirmación de Basilio (Carta 2,4) ya citada por Isaac en esta misma colección (cf. supra, p. 59 e infra, p. 127). Está ante todo en esta afirmación el tema de la memoria de Dios, particularmente querido en Basilio, y luego está la idea que aquel que custodia el recuerdo de Dios hace de sí una morada de Dios, es decir –según la expresión de Isaac- se vuelve él mismo un cielo.

[4] Apoftegmi dei padri, Bu II, 439 (para la numeración de los dichos siríacos me remito a The Paradise of the Holy Fathers de E.A. W. Bunge). Este dicho se encuentra también en las colecciones griegas, pero privado de la parte citada por Isaac (cf. Serie sistemática griega XII, 26)

[5] La idea de una liturgia y de un altar interior en el hombre está ya presente en el discurso duodécimo del Liber graduum (cf. Liber graduum, a cargo de M. Kmosko, PS 3, Paisiis 1926, coll. 285-304).

[6] Cf. 1 Re 8, 27.

[7] Lv 26, 11-12.

[8] Cf. 1 Re 8, 10; Ex 40, 34.

[9] Cf. supra, p. 106, n. 5.

[10] Cf. 1 Re 8, 10-11; 2 Cr 5, 13-14; 7, 1-2.

[11] Cf. supra, p. 106, n.5

[12] Unida de medida correspondiente a una distancia igual a tres o cuatro millas.

[13] Ez 43, 1.

[14] Ez 40, 4 (Peshitta).

[15] Sobre la distinción entre “revelaciones angélicas”, es decir realizadas mediante ángeles, y “revelaciones espirituales”, es decir obradas por el Espíritu Santo en la “percepción del corazón”, véase en particular: Centurias III, 59-60.

[16] Ez 43, 1-2

[17] Ez 43, 2-4.

[18] Ez 10, 3-4.

[19] Ez 43, 4.

[20] Cf. Ez 43,7; Lv 26, 11.

[21] 1 Tm 4, 4-5.

[22] Ex 20, 24 (Peshitta)

[23] Apoftegmi dei padri, Bu I, 634, que corresponde en la tradición griega a la Serie alfabética, Pambo 7.

[24] Cf. Sal 103, 1.

[25] Cf. Sal 145, 1. Parece que evocara a una práctica análoga a la oración del corazón de la tradición griega. Isaac invita, en efecto a bendecir “continuamente a Dios en el corazón”, repitiendo fórmulas de bendición sacadas de la Escritura, en particular de los Salmos.

[26] Ez 43,2.

[27] Cf. supra, p. 121, n.3.

[28] Basilio de Cesarea, Carta 2,4 (cf. Basilio di Cesarea, Le lettere I, a cargo de M. Forlin Patrucco, Torino 1983, pp. 66-69.

[29] Cf. Is 56,7; Mc 11, 17.


[30] Cf. 1 Tm 1,1.


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