Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 24 de diciembre de 2015

“Concebirás un hijo, le darás a luz y lo llamarás Jesús” (Lc. 1, 31)

P. Matta El Meskin



He aquí el inicio de la historia de la navidad de Cristo. La iniciativa parte del cielo y envuelve la historia humana en una nube de temor de Dios y de alegría introduciendo a la humanidad en la incomprensible economía de Dios. En cuanto el ángel ha dirigido la palabra a la Virgen santa diciendo: “Alégrate, oh llena de gracia… no temas porque has encontrado gracia ante Dios” (Lc 1, 28.30), después de siglos de silencio, Dios vuelve a interactuar con la humanidad en su indescriptible habitual manera. En este momento único que marca el fin del tiempo de la miseria humana, todas las promesas de Dios –las hechas a Abrahán, a Isaac, a Jacob, a Moisés, a David y a todos los profetas- han llegado al paso del cumplimiento. Caen sobre esta joven que Dios ha elegido para sí para realizar toda la alegría que había tenido guardada para la humanidad desde la fundación del mundo.

No obstante el temor inicial, cuando, abriéndose su conciencia, ve al ángel Gabriel ante ella, María se serenó rápidamente. Percibiendo la presencia de Dios, que la había cubierto cuando la gracia la envolvió y la colmó, sintió la fuerza fluir dentro de sí y acogió la eterna economía de Dios. ¿No es pues aquí y en su seno que vendrá aquel en el cual “nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados ante Él en el amor?” (Ef 1, 4)?

Así como Dios da a Abrahán el nombre para poner a su hijo Isaac ante que fuese concebido, ya que por él vendría la descendencia prometida por la cual serían bendecidas todas las naciones, así el ángel entregó a la Virgen el misterio del nombre prometido, Jesús, que indica la salvación del mundo entero. Setecientos años antes que Cristo recibiese el nombre propio, Isaías anunció  a todos este misterio oculto: “El Señor del seno materno me ha llamado, desde el seno de mi madre ha pronunciado mi nombre” (Is 49, 1).

La anunciación a María no representó solo una rápida mirada lanzada de lo alto del cielo. ¡Los cielos abrieron de par en par al hombre las propias puertas! Es verdad que la Virgen pertenecía a Dios, el cual la eligió y la santificó para sí. Sin embargo, ella es también nuestra. Es la gloria del género humano, una mujer única generada por la humanidad por intervención divina para poder soportar un evento divino-humano tan importante. Ella debía llevar en el propio seno un hijo nuevo para la humanidad, cuya patria era el cielo y cuya estirpe era el de Dios, su Hijo. “Será llamado Hijo del Altísimo”, especifica el ángel. Y ya que grande es sólo Dios, el ángel dice también que “será grande” (Lc 1, 32).

La humanidad ha encontrado finalmente un pasaje para llegar a Dios. Si no hubiese creado a semejante mujer, Dios, abajándose, no habría encontrado un ser en el cual reposar. Cuando esta mujer concibió al Hijo de Dios, fue la humanidad entera la que lo llevó en el seno. Si la Virgen fue santificada por Dios para que viniese en ella el niño celestial, cuando ella lo dio a luz fue toda la humanidad la que fue santificada. Si la Virgen lo hospedó nueve meses, la humanidad en él se sentirá en casa para siempre. Él es en efecto nuestro hijo, según la profecía: “un niño nos ha nacido, nos ha sido dado un hijo” (Is 9,5). Dios no pudo volverlo a tomar más, sin tomarnos también a nosotros en él. Así como el misterio fue revelado cuando el Verbo habitó en la Virgen, así, partido su cuerpo con la muerte en cruz, nos hizo habitar en él. Así como él toma nuestro cuerpo, nosotros hemos tomado el suyo, resucitando de los muertos.   


P. Matta el Meskin
L’ Umanità di Dio
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
2015 Magnano  (BI)
Pp. 59-61


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