Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 8 de diciembre de 2015

El derecho de la trama

P. Diego de Jesús




De Dios sabemos más lo que no es que lo que es. Así han insistido los antiguos con acierto. Se llama conocimiento “apofático”, un saber negativo, un saber lo-que-no. De esta forma decimos que Dios es infinito, pues no es finito; que es inmutable, pues no puede cambiar; que es increado pues no es creatura. No son eufemismos vacuos, ciertamente, ni ceros después de la coma; aportan un conocimiento real, aunque claramente pobre, pues sólo nos va despejando el tablero de lo que no-es, sin lograr hacer foco “katafático” (afirmativo) sobre lo que sí-es. La desproporción entre Dios y nosotros es el motivo elemental que justifica este límite cognitivo. Y es el inmenso desafío de la Fe que busca entender, irse abriendo paso –despacito y con extrema humildad- para avanzar de lo que Dios no es hacia lo que sí es. Hay que andar ese camino… para no quedarse con la mera descripción de una selva tropical como “un lugar sin nieves”.
Bien

Algo semejante ocurre con la Virgen María. Y por razones parecidas: si bien ella es una creatura, al ser la más excelsa de todas, lindante con lo divino, es más lo que sabemos de ella que no-es, que lo que logramos enfocar positivamente. Y el peligro, o la pena, es que nos contentemos con eso; que nos aburguesemos resignados a la apófasis mariana, al trópico sin nieve. Y así sabemos que ella NO conoció varón y que tal es su triple virginidad. Y sabemos que NO se corrompió su cuerpo tras su muerte sino que fue elevada al Cielo y que tal es la Asunción. Y sabemos –y de eso trata la Fiesta de hoy, tal vez la Fiesta más emblemática de la Madre de Dios- que NO tuvo pecado, ni original ni originado y esa es la Inmaculada.
Y es todo cierto y firme y seguro.
Pero el amor es intrépido.
Y quiere positividad. Reclama positividad. Demanda que se le dé vuelta el tapiz y que podamos ver el derecho de la trama, los rasgos afirmativos de nuestra amada Madre. Hoy es un día en que acuciar esta audacia interior y si la timidez o el retraimiento nos refrenan, tomarle la mano al salmista, para escudarse en su parresía y poder lanzar a voz en cuello: ¡tu Rostro, Señora; no me escondas tu Rostro; muéstrame la hermosura de tu Rostro! ¡No me alcanza ya con saber quién no eres: quiero ver la positividad de tu mismidad, la lumbre de tu Rostro!

Hoy es un día en que plantarse y decir: no me basta ya saber que no pecó. Quiero poner en foco su “plenadegracia”. Sí, así, todo junto, pues en verdad es un nombre propio. Si uno lee más demoradamente el texto de la Anunciación (por todos tan conocido), notarán, tal vez con sorpresa, que la Virgen no se conmociona ante la noticia del Ángel de que va a dar a luz un hijo del Altísimo. La conmoción es previa a esa noticia. Y podría pensarse entonces que, lógicamente, se trate entonces sin másde la presencia de un ángel en  la casa, razón suficiente para llenarse de temor y estupor. Pero no. El texto es claro: María queda completamente estupefacta por “el saludo del ángel”, por el nombre con que el ángel la llama, tras decirle “María”.
Alégrate María-Llenadegracia.
Y María, que medita desde chica las Escrituras y las historias sagradas que allí se contienen, sabe que un cambio de nombre, por parte de Dios, es mucho más que un gusto por los apodos. Es una revelación de identidad.
Por eso, María, conmovida, se pregunta qué pudiera significar ese nombre nuevo: Plenadegracia.

No sabemos cuánto le llevó entenderlo, pero en la gradualidad que haya sido, poco a poco ella misma se fue acercando al misterio de su identidad más profunda y a contemplar la asombrosa peculiaridad de su propio ser. Como fuere ciertamente lo entendió “en positivo” y no por el revés de su propia trama. María jamás se pensó a sí misma como la sin-pecado, sino como una colmada y desbordada sobreabundancia de gracia.

Por eso me atrevo a que le pidamos nosotros a ella misma la gracia de conocer este Misterio, o al menos de irnos aproximando a este Misterio, al modo como lo hizo ella: viendo lo que había en ella y no lo que estaba ausente. La belleza de los colores de un cuadro, y no la maravilla con que éste carezca de tizne y hollín.

Hoy es la Fiesta de la Inmaculada concepción. Tapiz que si damos vuelta nos mostrará, en un resplandor incandescente, de lo que en verdad se trata: la Fiesta de la Radiante creatura, de la Toda Pura, Fiesta de la Más-Hermosa, concebida como pura luz.
Es mucho más que la no-mácula. Es la sí-perfecta.
Y esto en todo y en cada una de las virtudes. Y el deseo y la audacia del amor han de mover a aplicarlo muy concretamente para pensar-imaginar-contemplar a nuestra Madre. Ella no es meramente la que no-tiene soberbia, sino la Plena de Humildad; no es la que no tiene egoísmos, sino la Plena de entrega y generosidad; no es la no-agresiva sino la llena de dulzura, de serenidad, de paz…

Mirar en María la ausencia de pecado puede tornarse una mirada vacía, que sólo hiciera foco en las cavidades oculares de ojos vacíos. Mirar en ella, en cambio, su desborde de gracia es dar con su límpida mirada: viva, diáfana, única, encandilante, capaz de derretir al más insensible y gélido de sus hijos.

No, no; definitivamente no es un mero elogio, una mera expresión de amor y cariño decirle a la Virgen María que es la Más-bella. Más bien sea seguramente esa la expresión teológica más rigurosa, exacta y certera con que balbucear la condición de esta creatura impar.

Concédenos, Madre nuestra, aunque tan sólo fuera por un instante, verte esplendente de Hermosura, en el derecho de tu trama. Y saber así que en Ti no sólo no hay pecado, sino que hay Vida abundante. Saber que en tus ojos –esos, tus ojos misericordiosos- hay una misteriosa luz que apaga todos nuestros dolores y temores, pues Tú, Señora nuestra, derramas plateada lumbre de estrellas sobre nosotros, tus desterrados hijos, para ayudarnos a andar esos parajes oscuros, cuando toda otra luz se apague.
Lávame con tu mirada de Luz, oh Llena de Gracia, antes de envolverme y cobijarme de nuevo en el oscuro revés de la trama de tu manto.



P. Diego de Jesús
8 de diciembre de 2015
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María


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