Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 25 de diciembre de 2015

Esperar la venida del Señor en la noche como los pastores

P. Matta el Meskin



En nuestra vida espiritual los pastores representan a los que velan por su salvación y por la de los otros. Aquí la Escritura nos indica la noche, la vigilia, la vigilancia. Los vigilantes en la oración, en la súplica, en la alabanza, son puestos aquí al mismo nivel que el de los sabios. A los magos les fue revelado el misterio de Cristo por medio de la sabiduría iluminada por la luz de Dios. Los pastores que velan, en cambio, y que representan la simplicidad de la vigilancia espiritual y de la ascesis, han visto un ángel especial del Señor descender hacia ellos y anunciarles a través de la palabra la noticia gozosa del nacimiento de Cristo.

Los sabios venidos del Oriente no han recibido ni una palabra porque la profunda sabiduría les había guiado, gracias a la estrella luminosa que había sido revelada a ellos mediante una visión interior, hasta Jesús en brazos de su madre. Aquellos analfabetas, en cambio, por su buena ascesis, la excepcional fidelidad a su oficio de pastores y su vigilancia, han recibido un signo de la boca de los ángeles: “Este es el signo para ustedes: encontraran un niño envuelto en pañales, colocado en un pesebre” (Lc 2,12). Así, como han sabido el día y el lugar en el cual el niño había nacido: “Hoy, en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2,11). Dios se da a conocer fácilmente a los simples. Él es el que se ocupa de todo lo que tenemos necesidad para conocerlo, entenderlo, percibirle en la existencia, discernir las palabras y seguir el camino que nos lleva a él: “He aquí, yo mandaré mi mensajero a preparar el camino ante mí” (Ml 3,1). Con el profeta Malaquías el Señor nos ha ya tranquilizado y preparados.

Los pastores que viven como nómades, custodiando de noche el rebaño, son el modelo verdadero y original de cómo Dios vela y vigila sobre los que velan y vigilan sobre su palabra. He aquí, Dios es fiel con quien es fiel (cf. Sal 17 [18], 26). Recompensa la vigilia y la ascesis revelando los caminos que llevan a él, la oración y la súplica, manifestándose, dando un signo. Y a nosotros nos espera siempre descifrar los signos de Dios y tener un corazón simple, pronto a anunciar la buena noticia como aquellos pastores analfabetos que han reconocido al Salvador, Cristo el Señor, en un pobre, pequeño, indefenso niño que dormía sobre la paja en un establo, al lado de una madre extranjera y pobre que no tenía ni familia ni quien la ayudase. La presencia de Dios en nuestra vida terrestre se hace sentir siempre en las situaciones pequeñas y ordinarias, tanto que nos cuesta creerlo. Cuantas veces Dios se ha manifestado en nosotros y nos ha visitado a través de eventos insignificantes como un establo, y no hemos sabido reconocerlo, impedidos por nuestra sabiduría ignorante y por nuestro intelectualismo impotente.

El signo de Navidad, descripto por el ángel a los pastores como signo cierto y seguro para reconocer al Salvador, Cristo el Señor, es aún hoy, al mismo tiempo, signo teofánico y sotereológico: “un niño en pañales puesto en un pesebre”. Dios no se manifiesta si no en la humildad más profunda, y este niño en pañales puesto en un pesebre es el mismo que será atado por las manos y puesto en cruz. Es el mismo que dirá: “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 9). Somos llamados siempre a reconocer a Cristo. Si bien, son pocos los que  lo encuentran y lo ven, porque lo buscamos fuera del pesebre y de la cruz. Por esto desperdiciamos la vida en vano. Es en la simplicidad de la infancia que lo reconocemos. Es en las cadenas de la debilidad, del confiarse, del obedecer que surge en nosotros la luz de su divinidad. En la pobreza de la carne y en la miseria de nuestra naturaleza vemos su gloria, contemplamos su fuerza y su autoridad, su realeza eterna. “dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre, porque para ellos no había otro lugar en el alojamiento” (Lc 2,7). Cuando “para nosotros no hay lugar en el alojamiento”, entonces lo encontramos.


P. Matta el Meskin
L’ Umanità di Dio
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
2015 Magnano  (BI)
Pp. 95-97



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