Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 8 de diciembre de 2015

La luz del sí

Adrienne von Speyr


Como una gavilla se recoge en su centro y se expande en sus extremos, así la vida de María se concentra en su sí. A partir de él, su vida recibe su sentido y su forma, se despliega hacia adelante y hacia atrás. Lo que resume su vida de un modo único, a la vez la acompaña en cada instante de su existencia, ilumina cada vuelta de su vida, otorga su sentido determinado a cada situación, le regala a ella misma la gracia de la comprensión de un modo siempre nuevo en cada situación. Su sí llena de sentido todo respiro, todo movimiento, toda oración de la Madre del Señor. Pues ésta es la naturaleza de un sí: atar al que lo  pronuncia y a la vez dejarle plena libertad en la con-figuración. Quien lo pronuncia lo llena con su personalidad, le da su peso específico y su color único, y a la vez él mismo es formado, liberado y realizado por su sí. Toda libertad crece por la entrega y por la renuncia a una libertad sin ataduras. De la libertad que se ata proviene toda fecundidad.

Ya la infancia de María está iluminada por la luz de su sí. La niñez es siempre un recogimiento preparatorio para el empeño decisivo posterior; y en María, ése no será otra cosa más que el sí determinante de todo. Por ello, para comprender su infancia, se la ha de mirar a la luz de ese sí. El sentido de su infancia es la preparación para lo que ella fue elegida desde siempre, de un modo tan total, que fue preservada en el momento de su concepción del pecado original, de todo aquello que en ella hubiera podido debilitar o empañar la fuerza y la perfección de su sí posterior. La fuerza y la libertad de su consentimiento son tan grandes, que ella está perfectamente libre de la más pequeña inclinación a decir no, porque su sí está prefigurado y establecido desde el primer instante de su existencia. De este modo, en su existencia su sí es causa y efecto al mismo tiempo; no se encuentra en su vida como un acto particular, mejor, ella misma fue llamada por Dios a la existencia a causa de ese acto, y por él le fue concedido el privilegio con el que fue dotada. María, que va creciendo en vista de la palabra que debe pronunciar, vive ya enteramente de la fuerza de esa palabra.

Su sí es ante todo gracia. No es simplemente su respuesta humana al ofrecimiento de Dios; hasta tal punto es gracia, que es, a la vez, la respuesta divina a toda su vida. Es la respuesta de la gracia en su espíritu a la gracia depositada en su vida desde el principio. Pero él es igualmente la respuesta que la gracia esperaba, que María pronuncia al no desoír el llamado de Dios. Y no desoír significa para ella: ponerse a disposición del llamado con una donación total. Donarse con toda la fuerza y la profundidad de su ser y de sus capacidades; donarse, pues, simultáneamente en la fuerza y en la debilidad: en la fuerza de aquella que está pronta para toda disposición de Dios, y en la debilidad propia de aquella sobre la que ya se dispuso, la que es lo suficientemente débil como para reconocer el poder de quien interpela; y, de nuevo, lo suficientemente fuerte como para ofrecerle sin reservas la propia vida.

Como palabra de la gracia su sí es de un modo especial una acción del Espíritu Santo, por cuyo efecto ella le regala a Dios cuerpo y alma. El Espíritu que la cubrirá con su sombra ya está en ella, y es Él quien le permite pronunciar el sí junto con Él. Al cubrirla con su sombra, el Espíritu, inundándola, se encuentra con el Espíritu que ya habita en ella, y así el sí de María es incluido en el sí del Espíritu. Y envuelto en el Espíritu Santo, su sí se transforma en una palabra verdadera, libre e independiente de su propio espíritu. Primero será una palabra de su espíritu, sin que ella todavía presienta de qué modo está determinado en la intención de Dios que se convierta también en una palabra de su cuerpo. El Espíritu Santo será quien dilatará el sí de su espíritu en un sí también de su cuerpo. Él puede hacerlo porque el sí de ella es ilimitado, es una materia dócil con la que Dios puede formar lo que le plazca.

Diciendo sí, María renuncia a sí misma, se anula a sí misma, para dejar que solo Dios sea activo en ella; le abre a su acción todas las posibilidades que constituyen su esencia, que le fueron confiadas, sin que ella pueda o quiera dominarlas. Ella se decide  a dejar actuar solo a Dios, y precisamente por esa decisión se transforma en cooperadora. Pues siempre la cooperación en las obras de la gracia es fruto de una renuncia. En el amor toda renuncia es fecunda, porque crea espacio para la respuesta afirmativa a Dios, y Dios sólo espera la afirmación del hombre para mostrarle lo que un hombre puede junto con Él. Nadie como María ha renunciado tanto a todo lo propio para dejar reinar solo a Dios; y, por tanto, a nadie, como a ella, Dios le ha regalado un poder mayor de colaboración. Renunciando a todas sus posibilidades, ella recibe su cumplimiento, más allá de todo lo esperable: co-actuando en el espíritu, su sierva y su esposa. Y la sierva se transforma en madre; y la madre, en esposa: toda perspectiva que se cierra abre una nueva, siempre más profunda, hasta donde se pierde la vista.

Su fecundidad es tan ilimitada porque también la renuncia contenida en su sí era tan infinita. María no pone ninguna condición, ninguna reserva, en su respuesta se dona totalmente, frente a Dios olvida toda prudencia, porque ante sus ojos se abre la inmensidad de los planes de Dios. Ella no solo quiere lo que Dios quiere, sino que entrega a Dios su sí para que Él disponga, lo forme, lo transforme. Diciendo sí, no tiene deseos, predilecciones, exigencias que debieran ser tenidas en cuenta. No cierra ningún contrato con Dios; solo quiere ser asumida en la gracia, exactamente como la gracia lo requería. Solo Dios debe administrar su sí. Si Dios es el que condesciende ante ella, entonces su respuesta solo puede ser una donación de obediencia ciega. Ella no conoce ningún cálculo, ninguna seguridad, ninguna alusión a una reserva. Solo sabe que su papel es el de la sierva que se ubica tanto en la humildad que siempre prefiere lo que se le ofrece, que nunca trata  de procurar o conducir algo por sí misma, que no prepara ni guía la voluntad y los deseos de Dios. Solo cuando el sí haya sido pronunciado, ella configurará por sí misma. Entonces ella perseverará en ese sí, no como si estuviera en una cárcel, sino, por el contrario, en la forma liberadora que desde ahora marca todo su ser. Desde el momento en que lo ha pronunciado, lo configura permanentemente, en cuanto se somete perfectamente a Dios en todo y de ese modo deja que el sí configure toda su existencia.

En verdad, esa participación en la configuración del sí significa que ella renuncia de una vez y para siempre a la autoformación de su propia vida como igualmente a la de la vida de su Hijo. Desde el momento en que ha dicho sí, y todo lo demás depende de él. Esto significa que su sí tiene la forma de un voto. Pues un voto es una donación tan definitiva de la libertad y de la capacidad de disponer del hombre a Dios, que Él de ahora en más posee, por ese acto humilde y confiado de depositar la libertad y la vida, lo nuestro junto a sí y con ello tiene la posibilidad –poco a poco o de una vez- de utilizar y transformar lo que fue puesto en sus manos según su deseo. Toda vida cristiana de fe, de amor y de esperanza se orienta hacia la forma del voto, en la que todo lo propio es puesto, sin reservas y definitivamente, a disposición de Dios y Él recibe el permiso de alimentarse del sí dado una vez, de apropiárselo al usarlo. Que Dios pueda alimentarse y vivir realmente del sí del hombre, es lo que transforma el voto en un voto cristiano que vive de la fuerza del Crucificado. Desde el principio, el sí de la Madre era una promesa de ese tipo.

Pertenece a la esencia del voto el ser depuesto en libertad. La libertad de la Madre es, como toda libertad, indivisible, y la integridad de la libertad se hace especialmente visible en el sí de María. Ella se une, se ata a Dios con un acto único, con un acto que procede de la libertad total y se encamina a la libertad total. Con él, María entra por primera vez de un modo visible –en el diálogo con el ángel- en la vida cristiana, y de inmediato en su forma más plena, en los votos. En cuanto ella afirma todo lo venidero, por eso también afirma el cristianismo con todo lo que albergará de nuevo, de inesperado, de insuperable, acuña el carácter del sí cristiano en general y a la vez de su forma más perfecta: el voto cristiano. Su sí es un voto de obediencia a la vez que de castidad y pobreza. Contiene en su renuncia única una renuncia triple, pues en un sí la Madre se desapropia de todo lo suyo a favor de Dios y de los hombres. Su sí coincide con la obediencia; si ella elige el sí como forma de vida, entonces elige la obediencia como su vida. Haciéndolo, se desapropia también de su cuerpo. Se lo ha regalado a Dios, como ha hecho con todas las cosa, y por tanto ella misma no puede más disponer de él, y por eso tampoco puede regalárselo a un hombre. Ella no podría servir perfectamente con su cuerpo, si al mismo tiempo no pusiera todo lo que posee en ese servicio. Todo lo que le es propio, es requerido por la tarea. Poniéndose ella misma a disposición de la tarea, pone a disposición al mismo tiempo y de un modo necesario todo lo que tiene. Así lo exige la totalidad del sí. Porque del mismo modo que no se puede hacer penitencia interiormente y al mismo tiempo llevar una vida exterior regalada, tampoco se puede renunciar interiormente de un modo pleno –en la obediencia-, sin sacrificar también lo externo. Hay una unidad del ofrecimiento del lado de Dios y una unidad de la respuesta del lado del hombre, y ésta es el sí que se ramifica en los tres votos sin perder su unidad.

En su esencia, el sí es gracia; una gracia que, como toda gracia, viene de Dios, repercute en el hombre y en su misión y tiene la posibilidad de ser reenviada por iniciativa propia como respuesta configurada dentro de la misión omniabarcante del Hijo, la cual recibe por medio del sí del hombre la posibilidad de venir al mundo como hombre. Esta esencia del sí se vuelve a encontrar en todo sí cristiano que el hombre pronuncia, y de ese modo el sí de la Madre se ha transformado en condición y modelo, en fuente de todo sí cristiano futuro. Pues aquí, por primera vez, se hace manifiesta la conexión indisoluble, el misterioso matrimonio entre el sí divino y el creado, y el fruto de esa unión es el Redentor del mundo. Y si María no pronuncia su sí sin la gracia del Hijo, entonces Él no se hace hombre sin el sí de la Madre. El sí y la redención están tan entrelazados uno en el otro, tan inseparablemente unidos, que la criatura no puede dar ningún sí sin ser redimida, pero tampoco es redimida sin haber dado de algún modo su sí a ella. Ese misterio tiene su fuente en el sí de María, pues su sí único ha sido suficiente para que el Señor encarnado diga sí a todos los hombres. Su sí, por tanto, tiene un carácter representativo vicario como lo tiene el sí del Señor.

El sí de María es triple. Ella dice sí al ángel, a Dios y a sí misma. Dice sí al ángel como simple respuesta a su aparición, como la promesa que un hombre puede hacer en el momento en que es interpelado. Ese sí, como toda promesa real que un hombre puede hacer, va más allá de lo que él puede abarcar con su mirada. La situación de quien dice sí es como un germen que no puede prever más su desarrollo. Pero toda promesa vinculante y seria otorga una mirada en la actitud general del alma y se convierte quizá en su quintaesencia viva. La actitud de la Madre se aclara en sus promesas, porque ella está frente al ángel y ha de dar su respuesta. El ángel y la respuesta están frente a frente complementándose mutuamente y juntos encarnan en Dios una sola realidad. En el momento de su encuentro, forman una unidad del cumplimiento. La gracia en María es la que la hace capaz de encontrarse con el ángel, y Dios, por su parte, es el que se digna enviar al ángel esa gracia capaz de esperar. Tanto el sí como el ángel expresan la actitud de María. El encuentro de ambos deviene expresión y punto de reunión de la plenitud de la gracia: la gracia de Dios en María y la gracia que Dios le envió por medio del ángel se tocan en un encuentro adecuado. María vivía desde hace mucho a la espera del ángel; pero ahora el momento está ahí, en ese instante ella debe encontrarlo y el ángel serle enviado. Si ella no se hubiera preparado en vista del ángel y si el ángel no hubiera sido enviado, hubiera podido vivir esperándolo por mucho tiempo más sin encontrarlo y el ángel hubiera podido buscar por toda la eternidad a alguien que conviniera a ese saludo. Ambos se encuentran en la misma plenitud de la gracia de Dios. Todo en su encuentro está plenamente concebido y ha madurado con vista a este momento.

Respondiendo al ángel, María responde a Dios. Ella sabe que el ángel aparece como enviado de Dios, que entregándole su sí a él, se lo entrega a Dios. El simple hecho de que vea y escuche al ángel se funda ya en una sumisión obediente de sus sentidos a la vida sobrenatural, a la vida de la gracia de Dios. Ella posee sentidos como cualquier hombre, pero no los emplea como lo hacen los hombres para enriquecerse a sí mismos, para ganar o almacenar algo para sí; en lugar de cerrarlos sobre sí misma, los abre a Dios; solo se sirve de ellos para comprender mejor la voluntad divina, para su mayor honra y glorificación. Pone en manos de Dios el sentido y el fin de cada uno de los actos de sus sentidos. Por eso, sus sentidos son un espacio abierto en el que Dios se puede anunciar en todo momento: ellos están preparados para el ángel. Considera sus sentidos como dones dados en préstamo por el Padre, de modo que en todo lo que ellos captan, ella reconoce siempre el don del Padre. María escucha y ve al ángel, pero al mismo tiempo sabe que lo que la hace capaz de verlo y recibirlo es algo que Dios ha depositado en ella, algo que hace que ella vea en el ángel a Dios mismo. Y así como sabe que en el ángel acoge a Dios, también comprende que lo que el ángel recibe de ella, lo acepta únicamente para pasárselo a Dios. Para ella, él es el mensaje de Dios, y por eso él transmitirá el mensaje de ella a Dios. Y lo que de ese modo va de ella a Dios por medio del ángel, su sí, va inmediatamente al Padre y al Hijo: al Padre como cumplimiento, como conclusión, como recapitulación de la Antigua Alianza; al Hijo como un inicio, como una apertura, como el germen de la Nueva. Y el Padre y el Hijo escuchan su sí según la diferencia de sus personas: en conformidad al consentimiento, el Padre puede enviar al Hijo y el Hijo puede dejarse enviar y venir. La Madre pronuncia su sí sin saber cómo será escuchado por Dios; pero su sí sólo puede ser escuchado por Dios en el modo en que Dios quiere escucharlo: en ese modo doble. Y esto, porque el Espíritu Santo le inspira el responder de ese modo. Él es el que ya obra en ella y la guía, aunque solo más tarde la cubrirá con su sombra. Traducido al ámbito de las relaciones humanas, su sí es como un compromiso matrimonial provisorio con el Espíritu en vista del matrimonio venidero. Por eso, María también dice sí en el Espíritu de Dios, y no en el suyo propio, de la misma manera que en el matrimonio cristiano cada uno de los contrayentes dice su sí en el espíritu del otro y no en el propio. Ninguno de ellos considera su propio espíritu como garantía última de fidelidad (esto sería presunción y egoísmo), sino, en el amor, el espíritu del amado. Decir sí en el propio espíritu sería co-afirmar las propias faltas y pecados, pero decir sí en el espíritu del otro significa afirmar el amor.

Por último, el sí de María es dado a sí misma: Pues ella afirma su propio sí. Ella quiere ser aquella que es regalada de ese modo. Cuando un hombre quiere hacerle un regalo a otro, y lo hace realmente, se resuelve por sí mismo a hacerlo. Y cada vez que él ve el regalo en posesión del otro, se confirma en la actitud que había tomado consigo mismo. Este sí a sí misma es para María secundario y accidental frente al sí al ángel y a Dios. Sólo significa que ella, aunque Dios disponga enteramente de ella, chocará renovadamente contra este sí en todas las situaciones y decisiones de su vida como el fundamento esencial de su existencia. Ella quiere ser y permanecer siempre aquella que ha dicho sí. Se deja impregnar totalmente por él, precisamente porque es el primer sí cristiano. Su sí de auto-donación es lo contrario de la autodestrucción de la desesperación; contiene la plenitud total de la fe, el amor y la esperanza.

Lo que Dios exige, nunca lo exige en vano; lo aprovechará. Pero él no usa de manera que el donante quede abusado, perdido, deshecho. Él no arrebata dejando tras de sí a quien dona como consumido. Él llena con vida divina, con misión divina, a quien se ha vaciado de sí. Lo único que exige es el permanente ponerse a disposición en el interior del continuo ser dispuesto. Él quiere la disponibilidad voluntaria. Obediencia, castidad y pobreza no son el suicidio del espíritu humano, sino su vida en una gracia nueva. Y en el interior de esa vida, el sí se transforma para María en la pauta permanente de su obrar. Ella no puede ni quiere moverse fuera de esa línea; el espíritu del sí determina perfectamente su cercanía y su lejanía frente a Dios.

Ese sí triple se transforma en el nacimiento de un triple fiat que deja hacer:  de un fiat de la Madre misma, de un fiat del Hijo y de un fiat de la Iglesia. El fiat es la expresión y el resultado del diálogo entre Dios –por medio del ángel- y María. Dios anuncia su acción y la Madre responde sin vacilar y sin poner condición alguna para la forma exterior de su vida futura. Pues Dios mismo ha cultivado y formado el interés de ella en vista de esa su acción. El diálogo encierra una pregunta de Dios, pero no es una que espera una respuesta en el mismo pie, de igual a igual. Más bien, Dios le anuncia el próximo nacimiento de su Hijo como un hecho. Pero este anuncia acontece en la luz del sí ya presupuesto y aceptado. Y la Madre da su consentimiento como una criatura libre, sin reservas ni consideraciones. Ella no sale al encuentro del anuncio de Dios con reflexión altiva, sopesando lo que quisiera responder. No opone su sí a la palabra de Dios como si fuera otra palabra del mismo rango. Ella extiende su palabra como una alfombra bajo los pies de la palabra de Dios. Cuando un hombre marcado por el pecado original se pone a sí mismo, en cuerpo y alma, a disposición de Dios, eso nunca sucede sin un cierto cálculo. Él ve y experimenta la renuncia a una variedad de dones naturales, a los que su naturaleza parece tener un cierto derecho, y en su donación siempre se refleja aquello a lo que ha renunciado. Él no se puede liberar perfectamente  de una referencia retrospectiva a lo que ha ofrecido. La Madre no conoce algo parecido. No pondera lo que da ni lo que recibirá a cambio. Para su espíritu y para su cuerpo no conoce otro empleo más que el servicio. Y Dios quiere recibir en libertad ese servicio como un servicio plenamente libre. Su sí no es superfluo. Ella debe pronunciarlo: “hágase en mí según tu palabra”, y su propia palabra es igualmente fundamental por estar ella misma fundada en la palabra de Dios. Ella puede pronunciarlo, además, porque es la Inmaculada Concepción y por tanto está preparada para ofrecer semejante disponibilidad. De ese modo crea una relación nueva entre la palabra de Dios y la respuesta del hombre.

“Hágase en mí según tu palabra”: esta respuesta de la Madre resuena a través del ángel directamente en Dios. Y significa: que suceda en mí según tu designio, según tu palabra divina, que es, en último término, tu Hijo. En ese “según tu palabra” la Madre depone sin miramientos todo lo que le ha pertenecido. Ella quiere que todo lo propio se transforme en algo en que solo el Verbum Tuum actúe, según a Él le plazca. No acompaña esa promesa con ninguna clase de observación aclaratoria. Todo el sentido inagotable de su voto radica en que él contiene el sentido de Dios. Y en cuanto ella lo quiere y lo realiza, le allana en sí misma el camino a la palabra de Dios. Y ciertamente, el camino que se pierde a la vista: el camino de la filiación, pues la palabra se hace su Hijo, pero filiación divina, pues deviene su Dios y por medio de ella retornará al Padre. Su maternidad recibe una expansión incalculable e ilimitada. Ella, por la voluntad del Hijo, deviene Madre y sierva a la vez: entrañándolo y protegiéndolo, pero entrañada y protegida en Él; formándolo, pero formada por Él.

Así ella entrega al Padre su sí: “hágase en mí según tu palabra”. Y el Padre se lo entrega al Hijo. Es como si el Hijo lo captase del Padre y lo conformase en su propio “Fiat Voluntas Tua”. El fiat de la Madre pasó al Hijo y ahora reposa en Él, pero fue actuado en los dos por el Espíritu Santo. Más tarde aparecerá en las enseñanzas del Hijo en el Padre Nuestro, insertado en las demás peticiones, pero como su centro, pues ha cerrado la alianza entre el Padre y la Madre y ha hecho posible el nacimiento del Hijo. El Hijo lo pronuncia después de la Madre, que se lo entregó y confió tal y como ella lo había recibido de Dios. La petición de la Madre introduce la del Hijo, pero la petición del Hijo recibe y aloja en sí a la Madre.

A partir de aquí el fiat pasa a todos: se transforma en propiedad de la Iglesia en la forma de la oración del Padre. En tanto el Hijo regala a los hombres su oración personal al Padre, que Él recibió de la Madre, esa oración recibe su amplitud, su carácter católico y eucarístico. Ella vive en cada fiat pronunciado en la comunidad del Señor.

La Madre, cuando pronuncia la palabra “hágase en mí según tu palabra”, recibe de la Trinidad el misterio para dárselo al Hijo. El Hijo devuelve la palabra a la Trinidad, en cuanto le vuelve a regalar al Padre en el Espíritu todo lo que tiene. Luego, después que el Padre la ha vuelto a recibir, ella es repartida en la profusión de la eucaristía y del Espíritu Santo a la humanidad.


Adrienne von Speyr
Obras completas.
Ancilla Domini. María en la redención
Ed. Fundación San Juan, 2005 Argentina

Pp. 9-20.

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