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sábado, 19 de diciembre de 2015

La novedad de la vida evangélica de santidad para todos. Santa Teresa de Lisieux.

Jesús Castellano Cervera *



Introducción

Se conmemora el 30 de septiembre de este año el primer centenario de la muerte de santa Teresa de Lisieux, una monja de la Orden carmelita. El nombre de Lisieux recuerda la ciudad de Normandía donde Teresita fue a vivir de niña y el monasterio carmelitano donde ella ha vivido y consumido su joven vida como una ofrenda al amor misericordioso de Dios para la salvación de todos.

Teresa de Lisieux es una de las santas más conocidas de la Iglesia católica del último siglo. Ella fue llamada la santa “más grande de los tiempos modernos”. Sus obras han sido traducidas en sesentas lenguas. Su doctrina ha tenido un gran influjo en la Iglesia, tanto como para suscitar el interés de teólogos católicos como H. Urs von Balthasar, Y. M. Congar y otros. Su vida, narrada en sus manuscritos autobiográficos y en el conocido libro Historia de un alma, ha sido definida una “existencia teológica”. Su vida, en efecto, es una proclamación viviente del misterio de Dios, manifestado en su joven e intensa historia en la cual Dios ocupa el primer lugar.

La presentación de esta figura corresponde plenamente a este convenio que quiere proponer la santidad cristiana, como obra del Espíritu Santo, a través de la presentación de algunas figuras características de la santidad de oriente y occidente.

Son los santos, en efecto, el fruto precioso de la acción del Espíritu en la Iglesia. Ellos nos unen en el mismo Espíritu, manifiestan la vida en Cristo, la vida según el Espíritu, en la encarnación concreta de sus existencias. Ellos son los hermanos y hermanas en la fe y en la caridad.

Teresa de Lisieux, como otros santos, es testimonio de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares. Teresa de Lisieux tiene conciencia de esta acción del Espíritu cuando escribe: “Todos los santos han seguido el impulso del Espíritu Santo” [1]. Ella misma desde pequeña, ha tenido una viva consciencia de la acción del Espíritu Santo en su vida, a través del don recibido con la unción del santo “myron”, el día que recibió este sacramento. Como les sucedió a los apóstoles el día de Pentecostés, así Teresa vivió el don de la confirmación como una presencia del Espíritu que visitó su alma y la hizo fuerte, configurándola a Cristo [2].

Teresa del Niño Jesús es una santa que se ha impuesto a todos por la fascinación de su figura. Es una santa joven, muerta a la edad de veinticuatro años. Pero ella se ha hecho conocer también por su doctrina como maestra espiritual. Su santidad se expresa también con claridad en su doctrina. En sus escritos, la Historia de un alma o sus Manuscritos autobiográficos, nos ha dejado un sublime testimonio de santidad evangélica y una doctrina simple para alcanzar la santidad [3].

Teresa vivió al final del siglo pasado. Pero en ella se anticipa la experiencia de la modernidad de nuestra época, los problemas de fe y la respuesta del amor confiado a un Dios que es Amor, amor misericordioso.

La fascinación ejercida por su personalidad y por su doctrina depende esencialmente de algunos factores. En su vida y en su doctrina está el redescubrimiento del evangelio como norma de vida espiritual. En ella encontramos una reacción al pietismo de las devociones y al jansenismo rígido y pesimista que alejaba de Dios y de los sacramentos. Al pietismo responde con una vida inspirada en las fuentes de la Escritura y con una fuerte experiencia de vida teologal: fe, esperanza y caridad. Al jansenismo responde con un amor ardientemente confiado en Dios.

Permanecen verdaderas las palabras del gran teólogo fallecido, el cardenal Y. M. Congar, que había dicho de Teresa de Lisieux que era un faro de luz dado por Dios a la Iglesia para iluminar con el fulgor del evangelio el camino del siglo XX.

Su santidad no tiene manifestaciones de carácter extraordinario, como milagros y experiencias místicas. Sus escritos presentan con simplicidad una confesión de su fe y de su amor por Cristo, una absoluta confianza en la misericordia de Dios, un deseo de vivir el misterio de la Iglesia a través de la oración y la ofrenda de toda su existencia por la salvación de todos. Teresa repropone como camino abierto a todos,  la vocación universal a la santidad. Aquella santidad que, a partir de la gracia bautismal y de la eucaristía, nos une a Cristo y nos propone el evangelio como norma de vida, válida para todos. Por esto su mensaje es universal.

Su figura, como se verá, no ha atraído sólo la atención de la Iglesia católica. Son muchos los testimonios de su recepción positiva y simpática por parte de las Iglesias de Oriente, en especial por parte de algunos teólogos de la Iglesia ortodoxa, que ven en Teresa de Lisieux una hermana universal.

Sería suficiente recordar algunos testimonios que vienen de la ortodoxia.

Merece una mención especial el escritor ortodoxo ruso Dimitri Merezkovsky el cual, en su libro De Jesús a nosotros, cuenta a la santa de Lisieux entre los más grandes y originales discípulos de Jesús en veinte siglos de cristianismo, en cuanto transmisores originales de su luz sobre la tierra. En efecto, afirmaba el escritor ortodoxo, como los grandes filósofos se cuentan con las puntas de los dedos, así Teresa de Lisieux ha de contarse entre las grandes y geniales figuras del cristianismo, junto a Pablo, Agustín, Francisco de Asís y Juana de Arco. Estas afirmaciones han animado al escrito católico J. Guitton, durante la prisión de la segunda guerra mundial, a leer las obras de esta joven carmelita y descubrir algunos rasgos de su sabiduría y originalidad. [4]

No nos debe asombrar la influencia de la santa en el mundo ortodoxo. Los escritos de la santa de Lisieux han sido traducidos rápidamente a las principales lenguas del mundo, también en ruso, ucraniano, armenio y griego. [5]

La lectura de sus obras ha superado las fronteras de la Iglesia católica, hasta convertirse en alimento espiritual de cristianos de todas las tradiciones.

Un joven ortodoxo ruso escribía hace ya algunos decenios a propósito de la penetración de Teresa del Niño Jesús más allá de la cortina de hierro en los países comunistas: “Cuando podamos hablar, cuántas maravillas conoceréis de lo que santa Teresa ha hecho por las almas en Rusia, en los campos de Siberia” [6]

Esta fe y esta esperanza acercan a Teresa a figuras santas de la ortodoxia como san Silouan del Monte Athos que vivió como ella la prueba de la fe y de la esperanza, cuando escuchó las palabras del Señor: “Mantén tu alma en el infierno y no desesperes”.

Un gran teólogo ortodoxo contemporáneo, O. Clément, escribió a propósito de Europa unidad y del ecumenismo de los santos:

La verdadera Europa es la de los santos, de la comunión de los santos, este río de fuego donde nada separa a Francisco de Asís y a Serafín de Sarov, a Teresa de Lisieux y al starec Silouan del Monte Athos, todos estos que han derramado la sangre de su corazón y se han sentado en la mesa de los pecadores –una expresión querida de Teresa de Lisieux- para que todos los hombres se salven.[7]

Otros autores han buscado leer las poesías de la santa a la luz del palamismo [8].

El padre Alexander Men (1935-1990), famoso y valiente testimonio de fe, asesinado en Moscú el 9 de septiembre de 1990, según el testimonio de su discípulo, el p. Alexander Borissov, dado al Carmelo de Lisieux, se declaraba profundamente devoto de la santa, había puesto su imagen en el pequeño iconostasio doméstico que tenía en la casa de familia, y hacía conocer su doctrina a todos sus discípulos, invitándolos a hacer peregrinaciones a Lisieux para profundizar más la figura de la santa y su mensaje.

En Egipto, el monje Matta el-Meskin, padre espiritual del monasterio de san Macario de Egipto y conocido por sus publicaciones de carácter teológico-espiritual, ha sido atraído por el mensaje de la santa, muy popular entre los coptos, y lo ha comunicado a sus discípulos.

Hablamos por lo tanto de Teresa de Lisieux como una santa muy cercana a nosotros, como puede serlo Francisco de Asís.


1. Rasgos esenciales de su vida

Teresa de Lisieux nació en Alençon, en Francia, el 2 de enero de 1873, en una familia de la burguesía francesa. Después de la muerte de la madre, Celia Guerin, se traslada con toda la familia a Lisieux, en 1877.

A la edad de catorce años, después de una madura experiencia de vida cristiana, atraída por la vocación monástica, pide entrar en el monasterio del Carmelo, donde ya otras dos hermanas habían entrado para vivir la vida contemplativa, según el espíritu de santa Teresa de Ávila.

Durante una peregrinación a Italia, con gran coraje pide al papa León XIII poder entrar en el Carmelo a la edad de quince años. Y de hecho entra en el mes de abril de 1888. En este Carmelo transcurrirá su vida. Teresa nos ha dejado los recuerdos de su infancia y de su juventud en sus Manuscritos autobiográficos.

En el camino de santidad, ella realiza verdaderamente “una carrera de gigante” a través del descubrimiento de lo que ella llama el “caminito”, inspirada en el evangelio, la confianza total y su abandono a la misericordia divina.

Hace su profesión monástica en la fiesta de la Natividad de la Madre de Dios, el día 8 de septiembre de 1890. En 1896 se siente enferma. En la noche entre el jueves y el viernes de la semana santa siente ser golpeada por hemoptisis. Acepta esta enfermedad que pone en peligro su joven vida como la visita del Esposo divino que viene a tomarla.

Empieza así el largo período de su enfermedad que durará hasta finales de septiembre del año siguiente. Teresa vive con gran confianza en Dios este período, si bien inmersa en la terrible prueba de fe.

Algunos meses más tarde, en junio de 1896, se ofrece como víctima a Dios. No a la justicia divina, como entonces hacían muchos impulsados por un temor fomentado por el jansenismo, sino con total y plena confianza en Dios, se entrega a la santa Trinidad con su ofrenda al amor misericordioso.

Durante los meses de su enfermedad permanece activa, escribiendo sus memorias y dirigiendo numerosas cartas a los sacerdotes, especialmente a dos misioneros confiados a sus oraciones.

A partir del mes de julio de 1897 vive su enfermedad en la enfermería del monasterio. Y muere el 30 de septiembre de 1897.

Dos convicciones profundas iluminan su muerte de amor. La primera es la expresión de su fe en la vida eterna, expresada por estas palabras: “yo no muero, yo entro en la vida”. La segunda es la convicción que, más allá de la muerte, permanecerá activa colaborando en la salvación del mundo: “quiero pasar mi cielo haciendo el bien sobre la tierra”.

Ha sido canonizada por Pío XI el 17 de mayo de 1925 y nombrada por él patronas de las misiones católicas, por su mensaje interesado por la difusión del evangelio y su oración a favor de los misioneros.


2. Sus escritos.

Son conocidos los escritos de la santa. Los tres Manuscritos autobiográficos, las Cartas, las Poesías y los otros escritos menores.

En el primero, Manuscrito A, dedicado a su hermana, la madre Inés, Teresa describe con orden, vivacidad y puntillosa precisión, los recuerdos de su vida. Sus páginas son una auténtica autobiografía histórica y espiritual. Mientras escribe, reanuda como en un hilo de oro las etapas de su experiencia religiosa bajo la mirada de Dios, desde las primeras memorias del despertar de la consciencia, a los primeros momentos de la vida en familia, de la infancia, de la adolescencia, hasta el ingreso en el Carmelo y su primera profesión.

Estas páginas, más allá de su tono típicamente autobiográfico, revelan ya todo el temple de Teresa, su santidad y su mensaje. Muestran un carácter vivo y genial, una particular inteligencia del corazón, una profunda convicción de ser instruida por el Maestro divino y de poseer una especial sabiduría, que Dios infunde en su corazón. Tal sabiduría la hace madura espiritualmente, casi desde la edad de catorce años, en el tiempo de la gracia de navidad, de la elección de Dios que la cura de los escrúpulos y la lanza sobre el camino del amor.

El Manuscrito B ha sido escrito en el mes de septiembre de 1896. Fue escrito por pedido de su hermana, María del Sagrado Corazón. Teresa en el silencio del claustro carmelitano se había vuelto una madre de los caminos de Dios. A menudo transmitía su enseñanza a las novicias con sus cartas, llenas de sabiduría y de fervor. Esta vez fue su hermana quien le pide que le diera a ella el fruto de los últimos ejercicios espirituales.

Teresa escribe una larga carta, fechada, quizás simbólicamente, el 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Madre de Dios, aniversario de su profesión, precedida por una especie de presentación de la doctrina allí contenida.

Este escrito contiene algunas de las páginas más bellas, más conocidas y citadas de la santa de Lisieux. Ellas representan un momento de plena madurez de su vocación en la Iglesia como esposa de Cristo y madre de las almas. Son páginas escritas con la fuerza de un carisma. Bajo la fuerza del Espíritu Santo están como grabadas a fuego, primero en el corazón y luego en la carta.

Quien lee estas páginas quizá no sabe que Teresa está ya a cinco meses, es decir de la semana santa del año 1896, minada por la enfermedad de la cual la primera hemoptisis, entre la noche del jueves y viernes santo, ha sido un primer signo de la cercanía del Esposo.

Ha entrado así, bruscamente, en la prueba de la fe que durará todavía un año, hasta su muerte. Sobre esta noche tenebrosa de la fe, resplandece aún más la llama que se irradia de estas páginas, con dos enseñanzas fundamentales.

Por una parte, en la oscuridad de la fe hecha todavía más luminosa por la prueba, Teresa, confrontándose con los capítulos 12 y 13 de la primera carta de San Pablo a los Corintios, en una exaltación que deja transparentar la intensidad de la experiencia que acompaña estas páginas de fuego, expresa a la vez sus ardientes deseos de tener todos los carismas, para amar a Dios y hacerlo amar hasta el fin de los tiempos y en todos los lugares de la tierra. Descubre que en el corazón de la Iglesia, su madre, ella será el amor. Teresa se siente envuelta por la viva llama de la caridad, consumada por el Espíritu Santo que es el amor, el dador y animador de todos los carismas en la Iglesia.

Es esta la genial y audaz intuición de la joven monja carmelitana, que vuelve a centrar la vida cristiana en la realidad esencial, en el valor más auténtico del evangelio, de la vida, del misterio y de la misión de la Iglesia, de los carismas de los santos de todo los tiempos: ¡la caridad!

En estas páginas encontramos la experiencia más característica de la acción del Espíritu Santo en Teresa. Convertida en una llama de amor puro, como dice también Juan de la Cruz, el Espíritu Santo la envuelve y la penetra, haciéndole descubrir que ella podrá realizar la plenitud de la vida cristiana en la caridad, que es el vértice de todos los dones y comprende todos los carismas: “En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor. Así lo seré todo…” [9]

El Manuscrito C contiene, junto al Manuscrito B, las páginas espiritualmente más elevadas de la santa. Teresa poco a poco se estaba consumiendo con su enfermedad en la flor de la juventud entregada al Señor. Estamos en el mes de junio de 1897. Faltan pocos meses para su fin. Todo su cuerpo está ya marcado por la enfermedad. La madre Inés prevee la inexorable muerte de su joven hermana. ¿Cómo no pedir, por medio de la madre priora, María de Gonzaga, completar los recuerdos del Manuscrito A, a ella dedicado, con la narración de los años de la vida en el Carmelo?  La madre Gonzaga lo pide y Teresa obedece nuevamente. En poco más de un mes, en plena enfermedad, interrumpida frecuentemente por las hermanas que van a visitarla en el huerto, donde ella escribe ya sobre una silla y redacta sobre un block las páginas de este libro de fuego. Las últimas líneas son escritas a lápiz, como signo de su impotencia. Estas páginas, treinta y siete hojas escritas de ambos lados, son casi su testamento espiritual puesto por escrito. Otros pensamientos, los últimos recuerdos y palabras, “novissima verba”, serán recogidos directamente de ella y anotados con cuidado por sus hermanas. Estamos al inicio del mes de julio, antes que Teresa entre definitivamente en la enfermería del monasterio.

Las páginas del Manuscrito C revelan toda la grandeza de Teresa. No retoma su historia, dejando en suspenso el Manuscrito A. Prefiere, sobre la base de algunos testimonios autobiográficos y de algunos episodios sobresalientes de los últimos meses de su vida, remontarse al inicio de su enfermedad, la semana santa de 1896, en la cual ella experimentó como la llamada del Esposo. De este período final de su vida señala algunas experiencias altísimas de tinieblas y de luz que preludian su muerte ya cercana. Teresa dedica páginas conmovedoras a la prueba de fe. Una gracia que la sumerge en la larga y dolorosa noche oscura o tinieblas del espíritu, iluminada por su abandono en el amor misericordioso y paterno de Dios. Pero vive todo este drama en una dimensión apostólica que parece abrazar a todos los que están sumergidos en las tinieblas de la no fe y del sufrimiento.

Pero, una vez más, y sin repetirse, Teresa hace brillar como un diamante de siete caras la centelleante luz del evangelio, su evangelio, su palabra de gracia, la buena noticia que hace a Teresa un evangelio viviente que pronuncia, como fue advertido por Pío XI, un “omen novum”, un nuevo mensaje.

Encontramos por tanto las páginas más bellas dedicadas al abandono, al confiado abandono en las manos de Dios, a la unidad entre el amor a Dios y el amor al prójimo, en un asombroso comentario a las exigencias más pequeñas de la caridad, como son expresadas por Jesús en el discurso de la montaña y en el evangelio de Juan, al mandamiento que Jesús mismo llama suyo y nuevo.

Escribe páginas de delicada pedagogía espiritual recordando el encargo que recibió de la Madre Gonzaga de educar a las novicias, invitándolas a todas a vivir el camino de la santidad en el total abandono en las manos de Dios.

Señala su amor tierno a la virgen María de la cual esboza algunas características de su humildad y de su simplicidad, como había expresado ya en su poesía del mes de mayo Por qué te amo, oh María. Es esta una asombrosa y original visión del camino evangélico de María, lejos de las exageraciones de los teólogos y de los predicadores de su tiempo, anclada en los datos del evangelio.

Cuenta algunos detalles de su vocación misionera, enriquecida por el don de algunos hermanos espirituales, que han partido para las misiones y que ella sigue con sus cartas, acompaña con su oración y con la ofrenda de su vida. En un asombroso elevado final, consciente de la fuerza apostólica de la oración y del amor que no conoce límites de tiempo y de espacio, cita extensamente la oración sacerdotal de Jesús (Jn 17), la oración por la unidad, y se apropia de los mismos sentimientos de Cristo dirigido al Padre, en una intensa intercesión apostólica por la salvación de todos, por la unidad de todos…

Teresa alcanza así el culmen de su vocación al amor apostólico y contemplativo, en la Iglesia y por la Iglesia, identificándose con los sentimientos mismos de Jesús al final de su vida.

De este modo Teresa, en los tres manuscritos distintos que coinciden en una cierta unidad temática y en una progresiva descripción de su vida y de su camino espiritual, nos ha dejado una asombrosa y original autobiografía, la historia de su alma.

Estos manuscritos autobiográficos fueron corregidos, completados y ordenados en capítulos por la madre Inés que intentaba ofrecer una memoria histórica ordenada de su hermana, a pocos meses de su muerte.

Ella la publicó con el título Historia de un alma, a un año de su muerte, el 30 de septiembre de 1898.


3. Las fuentes de su doctrina: retorno a la Biblia

Las fuentes de la doctrina de Teresa son puras y límpidas. Es sobre todo la Palabra de Dios, entendida y vivida con una impresionante inmediatez y genialidad.

Es de notar que la doctrina de la santa, incluso siendo fruto de una gracia particular del Espíritu Santo, es sacada de las puras fuentes de la revelación. Está fuera de duda que la verdadera fuente de su experiencia y de su pensamiento es la Palabra de Dios del Antiguo y Nuevo Testamento. Ella misma lo confiesa, especialmente poniendo de relieve su apasionado amor por el evangelio. Trabajos de estudiosos han podido encontrar en sus escritos más de mil citas bíblicas: más de cuatrocientas del Antiguo y más de seiscientas del Nuevo Testamento. Si bien desprovista de preparación y de instrumentos para el estudio y para la cultura bíblica, Teresa se ha sumergido en la lectura y en la meditación de la Palabra de Dios y de aquí ha sacado toda su doctrina de la vida espiritual, para sí y para los otros.

No sería en absoluto difícil indicar punto por punto el origen bíblico de los distintos aspectos de su doctrina teológica y espiritual. Así debemos decir que Teresa, con decenios de anticipo, ha anticipado al movimiento del retorno a las fuentes bíblicas en la espiritualidad, ha puesto en relieve la originalidad y la frescura del evangelio, ha cultivado con sobriedad la exégesis espiritual de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, encontrando tesoros escondidos, apropiándose de palabras y episodios, a veces con una audacia sobrenatural, como cuando descubrió su vocación al amor, o ha hecho una genial exposición de la unidad entre el amor de Dios y el amor al prójimo, o se ha apropiado de la oración sacerdotal de Jesús en la última cena, como expresión de su intercesión eclesial por la salvación de todos.


4. Una santa joven

Quien lee los escritos de la carmelita francesa, sus Manuscritos autobiográficos traducidos en las principales lenguas, siente la fascinación de una joven iluminada por el evangelio de Cristo.

En efecto, las páginas más bellas de sus manuscritos autobiográficos narran una fuerte experiencia evangélica, vivida en la flor de la juventud, con aquella pasión que es típica de los jóvenes y con la totalidad que es característica de un momento de la vida en el cual el corazón está en carne viva y todo adquiere la frescura de una existencia que se abre plenamente a la vida.
En este caso, a la vida del evangelio.

Teresa de Lisieux no es sólo una santa joven. Ella testimonia con vivacidad también la sabiduría de los jóvenes, su capacidad de entender y vivir el evangelio en plenitud.

Su sabiduría es precoz, podía afirmar de sí que el Señor le había dado ya una sabiduría tan grande como para poder tener una respuesta a cada pregunta, a la luz del evangelio, desde la edad de los catorce años. No es presunción. Es la verdad de un testimonio que estimula, es la demostración que Jesús, su verdadero maestro, no esconde sus secretos a los que se ponen en su seguimiento.

No es difícil, releyendo los escritos de Teresa de Lisieux, percibir la pureza con la cual ella testimonia que Jesús ha sido su maestro. Rápidamente con el evangelio entre las manos se convierte en una persona capaz de entender el sentido de la vida con el entusiasmo de su juventud. Ella misma a veces se maravilla de la sabiduría que siente en su corazón, fruto sobre todo de la gracia y de la benevolencia del Señor.

Con su lectura inmediata del evangelio, Teresa busca entender por qué a ella ha sido dada esa sabiduría. Está convencida de haber ya entrado en el círculo de la sabiduría divina justamente porque es pequeña. Es este un rasgo característico de su mensaje: la sabiduría revelada a los pequeños. Es justamente el realizarse de la palabra del Espíritu Santo: “si alguno es pequeño venga a mí, la misericordia es concedida a los pequeños…” [10].

Una fuerte conciencia de Teresa está justamente enraizada en la fuerza y verdad del evangelio al respecto. El texto de Mateos 11, 25 sobre la sabiduría concedida a los pequeños del Reino es citada siempre en un contexto de revelación. Los textos teresianos que aluden a este versículo son innumerables y siempre cargados de una fuerte convicción personal de estar investida de una gracia particular: Jesús se revela a Teresa y cumple así su promesa evangélica:

Jesús que, en los tiempos de su vida terrena, exclamaba en un ímpetu de alegría: “Padre mío, te bendigo, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los poderosos y las has revelado a los más pequeños”, quería hacer resplandecer en mí su misericordia, porque era pequeña y débil, se abajaba hacia mí, me instruía en secreto acerca de las cosas de su amor.

Y concluye con la seguridad de su experiencia juvenil:

Ah si los sabios, después de haber transcurrido su vida en los estudios, hubiesen venido a interrogarme, sin duda habrían quedado maravillados viendo una pequeña de catorce años entender los secretos de la perfección, secretos que toda su ciencia no puede descubrir, ya que para poseerlos es necesario ser pobres de espíritu. [11]

Teresa por tanto se siente, no por su mérito sino por un don de la gracia, joven y sabia, cercana a la figura de Jesús entre los doctores del templo de Jerusalén. [12]

La sabiduría de Teresa en las cosas espirituales, su modo de entrar en los secretos de la vida evangélica, es un don de Dios, una enseñanza sacada de las Escrituras y del Maestro divino, revelados a ella justamente porque es pequeña; desproporcionado respecto a su edad y a su preparación intelectual y teológica.


5. El mensaje de Teresa.

¿Cuál es el mensaje y la enseñanza de esta joven carmelita? ¿Qué le ha revelado a la joven Teresa Jesús, el Doctor de los doctores, como ella lo llamaba, que se siente investida de un carisma de enseñanza?

No se debe reducir a un único mensaje, el de la infancia espiritual, sacado del evangelio, o el de la misericordia de Dios. Teresa propone en sus escritos autobiográficos una nueva y madura síntesis espiritual que comprende algunas enseñanzas que constituyen una espiritualidad evangélica con muchos matices y riquezas, como un haz de varias intuiciones, reunidas por la rica experiencia de Teresa y envueltas por un modo de entender y de vivir el amor de Dios, a partir de una experiencia de pequeña y de profunda humildad hasta el abandono.

Su mensaje, ella misma lo ha definido con diversos nombres. En algunas circunstancias lo ha llamado “la ciencia del amor”.

Está convencida sin embargo que se trata de una ciencia evangélica que enseña un camino simple, derecho y del todo nuevo. Con la novedad perenne y siempre actual del evangelio.

Este camino universal a la santidad es propuesto como una posibilidad que Dios ofrece a todos.

Y podría ser descripta con una serie de principios que Teresa misma indica al comienzo de su primer manuscrito, el Manuscrito A:

La perfección consiste en el hacer la voluntad de Dios: en ser lo que él quiere que seamos…
El amor de nuestro Señor se revela de la misma manera en el alma más simple como en el alma más sublime… Y ya que es propio del amor abajarse misericordiosamente… cuanto más el buen Dios desciende hasta las almas más pequeñas, tanto más demuestra su grandeza infinita.
Como el sol ilumina al mismo tiempo los grandes cedros y cada pequeña flor, como si cada una estuviese sola sobre la tierra, así nuestro Señor se ocupa de cada alma en particular, con tanto amor, como si fuese la única en el mundo.
Y como en la naturaleza las estaciones están reguladas de modo de hacer abrir en el momento establecido también a la más humilde flor del prado, así todo es regulado de modo para corresponder al bien de cada alma. [13]

Su convicción es que “todo es gracia” y todo concurre para el bien de los que aman a Dios.


6. En la mesa de los pecadores: fe y esperanza.

Uno de los testimonios más conmovedores de la vida de Teresa es su experiencia de la prueba de fe. Ella la describe con fuerza en páginas de gran valor espiritual en su Manuscrito C. En ellas parece anticiparse la experiencia de las grandes masas del siglo pasado y del nuestro, fuertemente tentadas en la fe. Teresa cree y se abandona a la inmensa confianza en Dios. Escribe con su sangre el símbolo de los apóstoles. Se siente unida a todos los que sufren la lejanía de Dios, hasta compartir la experiencia de estar sentada en la mesa de los pecadores.

Son páginas de una extrema belleza, como ha sido subrayado por tantos teólogos modernos. Son palabras conmovedoras que expresan su experiencia dolorosa y su intercesión universal por la salvación de todos: “El Señor ha permitido que mi alma fuese invadida por las tinieblas más densas, y que el pensamiento del cielo, dulcísimo para mí, no fuese más que una lucha y tormento…” Tentada en lo más íntimo, siente alrededor de sí el misterio del mal que la induce a la duda y al nihilismo:

Me parece que las tinieblas, asumiendo la voz de los pecadores, se burlaban de mí: “tú sueñas la luz, una patria de los perfumes más suaves, tu sueñas poseer eternamente al Creador de todas estas maravillas, crees salir un día de las brumas que te rodean. Adelante. Adelante. Alégrate de la muerte que te dará no lo que esperas sino una noche muy profunda, la noche de la nada”. [14]

Es entonces que Teresa experimenta un solidarizarse con todos los pecadores y orar por ellos con la oración universal de intercesión por los pecadores:

Señor, vuestra hija ha entendido vuestra luz divina, os pide perdón por sus hermanos, acepta alimentarse por el tiempo que quieras del pan del dolor y no quiere levantarse de esta mesa colmada de amarguras en la cual comen los pobres pecadores, antes del día que vos halláis marcado. También ella osa decir en nombre propio y de sus hermanos: “Ten piedad de nosotros Señor, porque somos pobres pecadores”… Oh Señor, justifícanos… Que todos aquellos que no son iluminados por la antorcha clara de la fe, la vean finalmente… [15]

Estas palabras de la joven carmelitana parecen abrazar el misterio del ateísmo moderno y la respuesta de la confianza en Dios. Teresa, como Silouan del Monte Athos, interpreta el drama del humanismo ateo y ofrece con su oración de intercesión una palabra de confianza y de esperanza. 

Un texto de fines de los años sesenta comentaba así la experiencia de Teresa:

Antes de morir en su monasterio a la edad de veinticuatro años, Teresa de Lisieux conoció las dudas terribles de fe. De su fe no quedó nada más que su último acto de abandono: yo quiero creer, ayuda mi fe. Así aquella joven se convierte en una santa, como para contarse entre los héroes de la Carta a los Hebreos (c. II). En medio de la gran crisis de fe en la cual se debaten en Europa sus contemporáneos –intelectuales y obreros- ella vivió dos veces y por una duración de nueve meses el mismo sufrimiento con un abandono total en el amor. Quien jamás podrá decir cuánto ha sido fecundo aquel sufrimiento. [16]

Son muchos los autores que hoy ponen de relieve esta actualidad. El teólogo Joseph Ratzinger señala a Teresa como modelo de una fe que en cierto punto puede comenzar a vacilar y se pone ante el problema  del todo o nada, para adherir con todas las fuerzas y con renovado impulso a la elección del todo [17].

Y el cardenal Martini ha escrito recientemente comentando la experiencia de la noche de fe de Teresa, explicando a la vez su modernidad y su ejemplo actualísimo para cada cristiano. Teresa es plenamente solidaria con Dios y solidaria con todos los hermanos, también con aquellos que están o más bien se sienten lejos de Dios:

Teresa vive irresistiblemente atraída hacia la patria luminosa y a la vez toda envuelta por las tinieblas de una tierra opaca y afligida por nieblas impenetrables. Así la imagen que usa es la de sentirse sentada en la mesa colmada de amarguras en la cual comen los pecadores, los incrédulos…
Dejarnos envolver en la dinámica que comprende por una parte Dios y su absolutez y por otra la historia y todo lo que ésta nos exige es el alma de cada vocación cristiana y esto explica la modernidad y actualidad de la santa de Lisieux…
Teresa es santa porque ha aceptado esta laceración interior, viviéndola en la certeza de que ésta, en Cristo muerto sobre la cruz, sería recompuesta en unidad. [18]


Conclusión: una santa para el mundo de hoy

Teresa de Lisieux, como otros santos que han sido una exégesis viviente del evangelio, tiene una actualidad grande para el mundo de hoy. Su mensaje es de esperanza, una invitación a la caridad, a creer en el amor de Dios.

Frente a tantos profetas de desventura que malvenden como provenientes del cielo mensajes de castigos y catástrofes, distorsionando peligrosamente los contenidos de la fe y de la esperanza, y también obviamente del amor confiado en Dios y del amor laborioso hacia el prójimo, Teresa de Lisieux vuelve a proponer con fuerza el contenido de la fe y de la esperanza cristiana. Pero a la vez propone el sentido subjetivo de esta fe que se abandona totalmente a Dios y produce las obras de la fe, fruto también éstas de la gracia, porque “todo es gracia”. Pero despierta además la vivencia concreta de la esperanza teologal, impulsada hasta el máximo de sus virtualidades y en una dimensión universal, en aquella “esperanza por todos” que se ha vuelto el  leitmotiv de la teología de un discípulo de Teresa de Lisieux, Hans Urs von Balthasar.

Hoy, de modo especial, Teresa de Lisieux se presenta como mensajera de Dios al final del segundo milenio y en el alba del tercero repitiendo la palabra de Juan evangelista: “Dios es amor” (1 Jn 4,8), síntesis del anuncio del evangelio.

Teresa del Niño Jesús es una eficaz evangelista y una apasionada misionera del amor misericordioso de Dios por todos y del anuncio de una salvación que sólo pide ser escuchada. La Santa de hoy vuelve a proponer, con la frescura de una joven que interpreta el mensaje evangélico, que reabre el evangelio a la espiritualidad, con el simple y sugestivo anuncio colmado de asombro y de gratitud, que Dios es amor, que la persona humana es amada por Dios, hasta el límite de la misericordia y, por tanto, que Dios debe ser escuchado y amado, por parte de cada uno, hasta el extremo de la confianza y del abandono en su amor misericordioso.



Jesús Castellano Cervera
La novedad de la vida evangélica de santidad para todos. Santa Teresa de Lisieux
AA.VV. Santità: vita nello Spirito
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
2003 Magnano.
Pp. 127-147


Notas:

* Profesor en el Instituto de Espiritualidad Teresianum de Roma.

[1] Teresa de Lisieux, Manuscrito C, nt. 270. Citamos las obras de la santa según la numeración de la versión italiana: Santa Teresa di Gesù Bambino, Gli Scritti,  Roma 1995.

[2] Cf. Id., Manuscrito A, nr. 114.

[3] La Historia de un alma es la versión de los manuscritos de la santa como han sido propuestos y corregidos por su hermana, la madre Inés de Jesús, desde la primera edición de 1898. Los Manuscritos autobiográficos son los escritos de la santa como han sido restituidos en la publicación en la publicación de 1956, por obra del p. François de Sainte Marie.

[4] Cf. J. Guitton, Il genio de Teresa di Lisieux, Torino 1995, pp. 14-16.

[5] Existe una versión de la Historia de un alma en griego. Recientemente ha sido publicada también en griego la obra de G. Gaucher, Histoire d’ une vie: Thérèse Martin (1873-1897). Soeur Thérèse de l’ Enfant-Jésus de la Sainte-Face, Paris 1982.

[6] Cf. Servitium Informativum Carmelitanum 23 (1990), p. 63.

[7] Cf. Ibid., p. 65; sobre la semejanza entre Teresa y Silouan del Monte Athos, cf. E. Simonod, “Sainte Thérèse de Lisieux (1873-1897) et le moine Siluane du Mont Athos (1866-1938)”, en Carmel 4 (1979), pp. 391-407; C. Portier, “L’ amour au coeur du monde et de l’ Eglise: Thérèse de Lisieux, Siluane de l’ Athos”, en Contacts I (1995), pp. 19-37.

[8] M. Bush, “Lecture orthodoxe des poemes de Thérèse. Poésie et palamisme”, en Carmel 2 (1980), pp. 171-179.

[9] Teresa de Lisieux, Manuscrito B, nr. 254.

[10] Id., Manuscrito A, nr. 242.

[11] Ibid., nr. 141.

[12] Id., Poesias 34, 14.

[13] Id., Manuscrito A, nrr. 5-7.

[14] Id., Manuscrito C, nrr. 276-278.

[15] Ibid., nr 277.

[16] Il nuevo Catechismo Olandese. Annuncio della fede agli uomini di oggi, Torino 1972, p. 355.

[17] Cf. J. Ratzinger, Foi chrétienne, hier et aujourd’hui, Paris 1969, p. 10.

[18] Teresa de Lisieux, I miei pensieri, Milano 1997, pp. 8-9.



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