Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 24 de diciembre de 2015

María “Theotókos”, modelo para los cristianos

P. Matta El Meskin


A la Virgen María ha sido entregado por antes que a nadie el misterio de la Navidad. Para nosotros, la Virgen representa un modelo extraordinario de lo que significa la vocación. Dios la eligió para santificarla y ella acoge la vocación a la santidad y a la plenitud. Dios no elige a la Virgen porque era santa o la mujer más pura de la tierra, sino para que lo fuese. Cuando acoge la vocación, se cumple para ella todo lo que Dios le había prometido. En Cristo, toda la humanidad se ha vuelto una virgen confiada para ser el cuerpo de Dios, el templo en el cual Él mora. Nosotros, hoy, somos elegidos como un templo como lo fue la Virgen María. Debemos simplemente acoger la invitación, creer y decir como ella: “he aquí la esclava del Señor, suceda para mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Si la humanidad respondiese a la voz de Dios como lo hizo la Virgen, concebiría y daría a luz a Cristo por la fe. La humanidad entera sería una madre, no una sierva, para Cristo, y Cristo, el Hijo de Dios, sería su hijo porque se ha complacido de ser hijo de toda la humanidad, el Hijo del hombre. La virgen María, cuando cree a cuanto le ha sido dicho, acogiendo la vocación, acoge también al Verbo de Dios. Haciendo así, se santificó, concibió por el poder divino y dio a luz al Cristo el Verbo. El Verbo de Dios mismo –y Jesucristo es la Palabra de Dios viva y eficaz (cf. Hebreos 4,12)- es ofrecido a todos. Quien lo acoge es santificado, Cristo hace morada en su interior, Dios inhabita su templo corporal y se une a él. Con Cristo se convierte en hijo de Dios, nacido de Dios, del Espíritu Santo, en el cuerpo y por el cuerpo puro de Cristo.

El nacimiento de Cristo no debe ser externo al hombre. Debe en cambio penetrar absolutamente en el corazón, en el espíritu, en los sentimientos y en todos los miembros. Cristo debe habitar por la fe en nuestros corazones (cf. Ef 3,17), colmando nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestra memoria, nuestra conciencia e incluso nuestro inconsciente, para que podamos llegar a la verdadera Navidad, es decir a la unión del Hijo de Dios con nuestra carne. Cuando meditamos con amor sobre Navidad, cuando amamos la Navidad considerándola el más grande don que Dios pudo hacernos, cuando hacemos memoria de ella, cuando la contemplamos como algo que nos respecta personalmente, cuando nos sumergimos en su misterio de día y de noche, descubrimos que ésta es la primera y la más grande obra gratuita de misericordia que Dios ha realizado en las vísceras del ser humano. Experimentamos el nacimiento de Cristo dentro de nosotros, el nacimiento de la verdad divina, de la luz, de la vista espiritual, del irresistible amor divino, del nacimiento de la pureza, de la santidad, del temor de Dios que expulsa todo orgullo, toda arrogancia, toda autoreferencialidad.

Cuando en nuestro hombre interior surge el rostro luminoso de Cristo, lleno de ternura, mansedumbre y humildad, entonces todo nuestro orgullo, toda nuestra cobardía, toda nuestra hipocresía se hacen humo y nuestro silencioso grito de dolor se calma. Sólo ahí conoceremos y entenderemos el sentido de la Navidad en nosotros, gustando, en nuestras entrañas y en nuestra vida, la fuerza y la santidad de la encarnación de Dios. También nuestras palabras y nuestro silencio saldrán de allí transformados. Gritamos con el apóstol Pablo, con la certeza que viene sólo de la experiencia: “No vivo más yo sino es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). El apóstol Pablo ha atravesado la experiencia de la Navidad en sí mismo, ha gustado los dolores de la Navidad, comprendiendo su espesor teológico. Ha medido la profundidad, la altura y la fuerza fecundante tanto como para ser capaz de dar a luz con dolores a otros hasta que Cristo sea formado en ellos: “¡Hijos míos, yo de nuevo los doy a luz con dolores hasta que Cristo sea formado en vosotros!” (Gal 4,19). Para el apóstol Pablo, la humanidad ahora es capaz de engendrar a Cristo más y más veces, continuamente, y también en otros.

La experiencia de llevar a Cristo en el seno es la experiencia de la plenitud humana con la cual vivimos continuamente en Dios, unidos con él, rapto del amor divino, en unión talámica misteriosa y eterna que ni la muerte puede disolver ni el pensamiento puede remecer.



P. Matta el Meskin
L’ Umanità di Dio
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
2015 Magnano  (BI)
Pp. 63-65



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