Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 2 de febrero de 2015

Extractos de la vida de Paul Evdokimov - Primera parte

Flaminia Morandi


Introducción

Hoy la riqueza espiritual del cristianismo oriental ha entrado en el lenguaje del cristianismo occidental. La antropología patrística del hombre en tres dimensiones: el espíritu, sello divino que habita en la profundidad del corazón; el alma, en sus manifestaciones de pensamientos, sentimientos, emociones, voluntad, carácter, psicología; y el cuerpo, que tenemos para vivir. La lucha cotidiana contra el mal para quitar obstáculos a la acción del Espíritu, lucha monástica que es para todos y conduce lentamente, a través del paso de “edad”, a la plena madurez espiritual, al hombre icono de Cristo, divino-humanidad, meta de todo viviente; la Theotokos, la Madre de Dios, la primera de la humanidad en recorrer el camino que lleva al corazón de la Trinidad. La Iglesia unida e indivisa, lugar para renacer, laboratorio de resurrección en la oración continua al Espíritu Santo, cuya realización plena en nosotros es la meta humana, porque la santidad no es moralista, es ontológica, y la belleza de la unidad espiritual, manifestación del invisible, depende de cuánto hemos dejado habitar…

Mérito de la apertura del Concilio, pero también de los rusos ortodoxos exiliados por la Revolución, que han leído su condición como la indicación a entrar en profunda comunicación espiritual con el Occidente. Mérito de la mediación comunicativa, inteligente, rigurosa, creativa de Paul Evdokimov.

Paul Evdokimov ha sido un teólogo auténtico según la concepción de los Padres, columna de la Iglesia indivisa, para los cuales el teólogo es alguien que ora viviendo como todos y descubre en la vida concreta la verdad de la Revelación y reflexiona sobre ésta porque la ha vivido.

Nació en una familia de la aristocracia rusa en el tiempo del último zar. Hijo de un coronel del ejército imperial asesinado en uno de los tantos actos terroristas que precedieron a la Revolución. Obligado a dejar su País y la familia a los veinte años, trabajó de cocinero en Estambul y de obrero en una fábrica de Paris. Mantuvo sus estudios de teología porque la búsqueda de la fe le era esencial para vivir. Se enamoró, se casó joven, tuvo dos hijos. El dolor y la dificultad han sido sus compañeros inseparables. Pero en todo hecho de la vida ha comprendido su vocación, como quien sabe que la historia se funda siempre en la meta-historia del Reino.

Profundamente enamorado de la riqueza espiritual de la Iglesia ortodoxa, se comprometió rápidamente en el movimiento ecuménico: “Más se es conscientemente ortodoxo, protestante, católico, más se es ecuménico”, decía. Enseñó teología por veinte años, pero el compromiso principal de toda su vida ha sido la actividad social, la dirección de un centro de acogida para refugiados: como él no olvidaba de ser. Buscó con su creatividad de palabra y de escritura comunicarse con sus contemporáneos y sobre todo con los jóvenes para no circunscribir a la academia el tesoro inmenso de la espiritualidad oriental, corriendo así el riesgo del aislamiento de la teología oficial. Y ha sido uno de los pocos observadores no católicos invitados al Concilio Vaticano II, donde tuvo cierta influencia en algunos pasajes de la constitución dogmática sobre la Iglesia. Muchos años después de su muerte, la lectura atenta de su libro La mujer y la salvación del mundo inspiró a Juan Pablo II no pocas reflexiones de Mulieris diginitatem. Entre tantos teólogos contemporáneos suyos que se desvanecen en la memoria, Paul Evdokimov continúa hoy siendo publicado y leído, y traducido en muchas lenguas.

Evdokimov es creíble porque ha vivido. Matrimonio, sacramento del amor y La Mujer y la salvación del mundo, como sus otros libros, son teología brotada de la experiencia de vida. Olivier Clement, con quien era profundamente amigo, escribió que sólo la irradiación de una presencia femenina ponía en movimiento en Paul la creatividad. Por esto entre la muerte de la primera mujer y el segundo matrimonio, no escribió nada.

Siguiendo el hilo de la afirmación de Clément, este libro intenta reconstruir el recorrido de la vida de Evdokimov en su trasfondo histórico y en la óptica de la irradiación femenina, que no es un aspecto más de su vida y de su obra, sino el medio de la acción misma del Espíritu en su vida.

Helena, la madre, lo engendró a la vida espiritual habituándolo a concebir su vida en la presencia continua del Invisible. A través de ella gustó precozmente la lectura de los Padres y el clima de los monasterios rusos; fue iniciado en el amor por el cristianismo vivido en profundidad como consciencia de sí y de los propios puntos oscuros que abre el camino a la auténtica experiencia espiritual.

La mujer Natacha, mitad rusa y mitad francesa mediterránea, fue, para él, ruso desarraigado, la mediación con el Occidente. Con la apertura luminosa de su carácter compensaba la actitud contemplativa, reservada, siempre en otro lugar, de Paul. En la escuela de Natacha ha vuelto a vivir después del brusco desarraigo, ha hecho la experiencia del sentido profundo del matrimonio, de la dinámica de la maternidad espiritual que da a luz al hombre escondido en el corazón y forma en él el testimonio del Otro. La amistad con dos mujeres, Susana de Dietrich y Magdalena Barot, dos personalidades del protestantismo francés, comprometidas en dos frentes complementarios: el de la difusión de la lectura personal de la Biblia y del ecumenismo, Susana; el del compromiso social y humanitario, Magdalena. Ambas intuyeron la gran estatura teológica de Paul. Por ellas, él entró en el mundo académico ecuménico y en el Cimade, la actividad social con los refugiados. También aquí ha sido la práctica del “sacramento del hermano”, el camino más corto para llegar a Dios y para forjar su teología mística.

Finalmente Tomoko, otra mujer “del medio”, anglicana, mitad inglesa y mitad japonesa, intérprete, su segunda mujer. Tomoko le permitió hacer el último ascenso-descenso hacia la Belleza, meta del camino personal de la transfiguración. Con ella, Evdokimov hizo experiencia del sacerdocio femenino, espiritual, creativo, distinto del funcional masculino: la “edad” adulta del camino cristiano, como muestra la Madre de Dios. La mujer es llamada a llegar primeramente a la cumbre de la escala del ascenso. En los años junto a Tomoko, el pensamiento teológico de Evdokimov ha madurado hasta llegar a la plenitud, se ha despojado de los puntos polémicos de los inicios, ha fluido sereno, equilibrado, derecho y luminoso: aquello que lo caracteriza.

Evdokimov ha combatido la buena batalla contra el cristianismo adaptado a la mentalidad corriente, de pertenencia sociológica o creencia simplista de la sonrisa fácil o la ética social que descarga por el sentido de culpa: grandes responsables del ateísmo, de la indiferencia, de la eliminación de lo divino de la historia. Con la fuerza y la coherencia de un profeta ha recordado que el Evangelio es profundamente “inadaptable” porque es explosivo, es la llamada a un vuelco total de visión que hace estallar todas las formas históricas y la historia misma en la parusía.

Adorador en espíritu y verdad, constructor de puentes, auténtico padre espiritual, testigo de la belleza: así lo han recordado en su muerte los que le han conocido en vida. Y la actualidad de su testimonio llega hasta nosotros. A los extraviados de hoy que buscan el camino de la unificación interior en el yoga, en la meditación trascendental, en las filosofías del Extremo Oriente o en las vagas formas de religiosidad de la era de Acuario, Evdokimov les recuerda el laboratorio de la resurrección y de la energía divina que encierra desde siempre la tradición cristiana de la Iglesia indivisa. A diferencia de las místicas sin Dios, ésta ofrece el don único traído al hombre por Cristo: la libertad infinita de la divino-humanidad.

Un sincero agradecimiento al profesor padre Michel Evdokimov, que con discreción y generosidad ha puesto a mi disposición sus recuerdos personales y las fotos de Paul Evdokimov reproducidas en este libro, y a la irradiación luminosa de su mujer María Clara y a su activa intercambio en la misión sacerdotal de su marido.



Flaminia Morandi
Pavel Evdokimov. Un percorso spirituale tra Oriente e Occidente
Ed. Paoline, Milano 2013.