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sábado, 14 de febrero de 2015

Isaac el Sirio. Discurso 10 (Primera colección)

LA BELLEZA DE LA VIDA MONÁSTICA


Cómo salvaguardar la belleza de la vida monástica y cómo ella puede contribuir a que Dios sea glorificado.

El monje debe ser, en todo su comportamiento (shèma [1]) y en todas sus acciones, un modelo provechoso para todos aquellos que le miran, de tal suerte que, viendo todas sus virtudes brillar como rayos luminosos, los mismos enemigos de la verdad confiesen a pesar de ellos que existe para los cristianos una segura y firme esperanza de salvación, y acudan de todas partes hacia ése refugio. Así el poder [2] de la Iglesia será elevado por encima de sus enemigos, un gran número será tomado como ejemplo viendo las virtudes y querrán dejar el mundo,  y será venerado por todos por la belleza de su manera de vivir. Pues la vida monástica es la gloria de la Iglesia de Cristo.

2. Es necesario pues que los monjes tengan un bello comportamiento bajo cualquier punto de vista: debe elevarse por encima de todas las cosas visibles, evitar cuidadosamente toda posesión, despreciar completamente la carne, practicar el ayuno al más alto punto, perseverar en la hesiquía, disciplinar bien sus sentidos, velar sobre sus ojos, evitar toda discusión a propósito de los asuntos de este mundo, ser sobrio en palabras y puro de todo resentimiento, unir a la simplicidad el discernimiento, a un corazón ingenuo y sin desvíos una consciencia despierta y un espíritu vivo y penetrante. Debe también ser bien consciente de que la vida presente es efímera y caduca, y que muy cerca está la otra vida, la verdadera, la vida en el Espíritu. No debe ser conocido ni sobresalir entre los hombres, ni apegarse a algunos compañeros, ni unirse a quien quiera que sea. Debe perseverar  en la hesiquía en el lugar donde mora, huir constantemente de los hombres y perseverar con constancia en la oración  y en la lectura. No amar que se le honre ni recibir con agrado de los huéspedes. No estar atado a la vida presente. Soportar valientemente las pruebas. Mantenerse al margen de los rumores, de las noticias y de los recuerdos del mundo. Pensar sin cesar en su verdadera patria y tener nostalgia de ella. Tener un rostro afligido y marcado por la pena. Llorar sin cesar, noche y día. Y, por encima de todo, cuidar la castidad y purificarse de toda gula, evitando tanto los pequeños fallos como los grandes. Esto es, en resumen, la belleza [3] del monje y lo que testimonia a la vez su perfecta muerte al mundo y su proximidad a Dios.

3. Nosotros debemos pues pensar constantemente en todas estas virtudes y adquirirlas nosotros mismos. Y si alguno pregunta: “¿Qué necesidad tienes de enumerarlas en detalle y de dar este resumen, no es mejor hablar de una manera general?” Yo respondería que es necesario para que, cuando un hombre que se preocupa de su alma se examine  a propósito de tal o cual virtud -de la cual he hablado- para saber si ella le falta, esta lista le enseñe lo que le falta y le sirva de ayuda memoria. Pero cuando haya personalmente adquirido todo esto que ha sido escrito, incluso el conocimiento de lo que yo no he hecho mención le será otorgado. Él será entonces, para los hombres y para los santos [ángeles], un motivo de glorificación de Dios y tendrá preparado para su alma un lugar de reposo ante su partida de este mundo. A nuestro Dios sea la gloria por los siglos.


Discurso 10  de la Primera colección de Isaac el Sirio.
Saint Isaac le Syrien. Discours ascétiques (según la versión griega).
Traducción al francés, introducción y notas por P. Placide Deseille.
Monastére Saint-Antoine-Le-Grand y Monastére de Solan. 2011
pp. 127-128.



Notas:

[1] En el vocabulario monástico, el schèma es el hábito característico del monje. Aquí, Isaac emplea intencionalmente este término para significar que el verdadero schèma del monje es su comportamiento monástico.

[2] Literalmente, “el cuerno” de la Iglesia, expresión frecuente en la Escritura; cf. por ejemplo Salmos 88, 18 y 25; 131, 17; 148, 14.

[3] Según el siríaco. El griego tiene: “las virtudes”.



Isaac el Sirio. Discurso 9 (Primera colección)


ELEVARSE EN EL ORDEN DE LOS GRADOS DE LA VIDA MONÁSTICA


Breve exposición sobre las etapas de la vida monástica y cómo las virtudes nacen unas de otras.


De la actividad (ergasia) espiritual en la cual uno se hace violencia nace un calor (thermè) sin medida que es encendido en el corazón por los pensamientos [1] ardientes (thermai enthymèseis) nuevamente aparecidos en el intelecto. Esta actividad y la vigilancia (phylakè) agudizan el intelecto gracias al calor que les anima y le procuran la visión [2] (orasis). Y esta visión engendra pensamientos ardientes (thermoi logismoi) de los cuales voy a hablar, [que brotan así] de la profundidad de esta visión del alma. Es esta visión la que es llamada contemplación (théôria). Esta contemplación da nacimiento al calor [espiritual], y de este calor, que nace de la gracias (charis) de la contemplación, provienen el derramamiento de lágrimas. Al comienzo, no es más que un débil grado: en el curso de un mismo día, las lágrimas vienen varias veces y se van. Pero luego, el río se vuelve incesante, y por este río incesante, el alma obtiene la paz de los pensamientos [3]. Por esta paz de los pensamientos, es elevada hasta la pureza del intelecto. Y por esta pureza del intelecto, el hombre llega a ver los misterios de Dios. En efecto, esta pureza está contenida secretamente en la paz que ha sobrevenido a los combates [contra los pensamientos]. Después de ésta, el intelecto llega a ver revelaciones y signos, como vio el profeta Ezequiel. Éste, bajo la imagen del torrente (cf. Ez., 47, 3-5), ve representadas las tres etapas que el alma atraviesa para acercarse a Dios: después de la tercera, el espacio restante es infranqueable.

2. El comienzo de todo esto es la buena resolución ante Dios y las diversas actividades espirituales fielmente practicadas en la hesiquía. Estas presuponen un renunciamiento radical y un alejamiento absoluto respecto a las cosas de este mundo. No es necesario verdaderamente enumerar en detalle estas diversas actividades espirituales, pues ellas son bien conocidas por todos. Sin embargo, exponerlas no puede perjudicar a los que las conocen, al contrario, pienso que puede serles muy provechoso. Yo no sabría pues allí ocultarme.

3. Estas son: el ayuno, la lectura, las vigilias (agrypnie) atentas durante toda la noche, según las fuerzas de cada uno, la abundancia de las metanías, que son útiles de hacer durante las horas del día, y frecuentemente durante la noche. Es necesario al menos hacer treintas cada vez, luego prosternarse ante la preciosa cruz antes de retirarse. Algunos sobrepasan esta medida, según sus fuerzas. Otros consagran tres horas a repetir la misma oración, manteniendo el intelecto sobrio, luego se postran rostro en tierra, [permaneciendo en este estado] sin hacerse violencia [4] y sin distracción de pensamientos. Las dos primeras formas de oración muestran claramente la riqueza desbordante y la dulce bondad de la gracia que es repartida a todo hombre, según sea digno. Pero cómo puede practicarse la tercera, cómo es posible perseverar sin tener que hacerse violencia, nosotros pensamos que no sería justo revelarlo, sea esto por palabras o por escrito, a fin de que quien nos lee y no comprende esto que lee, no tome esto que está escrito por vanos propósitos o, si es competente en este tipo de cosas, no desprecie al ignorante que se enrieda al hablar. Yo no recogería más que reproches o desprecios. Yo sería como un bárbaro en estas materias, como dice el Apóstol a propósito de aquel que profetiza (cf. 1 Cor 14, 11). Que quien quiera aprender todo esto se introduzca sobre el camino que he descripto más arriba y que aplique su pensamiento en practicar esta actividad espiritual, siguiendo el orden que ella exige.  Y cuando se haya puesto, efectivamente, se convertirá en su propio maestro y no tendrá más necesidad de que otro lo instruya. Se ha dicho en efecto: “Permanece en tu celda y ella te lo enseñará todo” [5]. A nuestro Dios sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Discurso 9  de la Primera colección de Isaac el Sirio.
Saint Isaac le Syrien. Discours ascétiques (según la versión griega).
Traducción al francés, introducción y notas por P. Placide Deseille.
Monastére Saint-Antoine-Le-Grand y Monastére de Solan. 2011
pp. 123-125.


Notas:

[1] En el vocabulario de Isaac, conforme al de los antiguos autores ascéticos ortodoxos, el término “pensamiento” (logismos, enthymèsis) no designa solamente la actividad discursiva de la inteligencia, sino también –y más a menudo- algunos movimientos interiores, sugestiones e inspiraciones, tanto buenas, como el caso de aquí, como malas (tentaciones).

[2] Por “visión”, Isaac no entiende apariciones o representaciones imaginativas, sino la facultad de “ver”, de una manera intuitiva y sabrosa, las realidades divinas, más allá de todo razonamiento y de toda construcción de la imaginación. Como va a precisar él mismo, corresponde a la théôria de los autores griegos, término traducido generalmente en francés –pero imperfectamente- por “contemplación”.

[3] Aquí, “pensamientos” en el sentido desfavorable de “tentación”. La paz de los pensamientos resulta de la victoria sobre las tentaciones.

[4] Es decir, sin tener que esforzarse, espontáneamente, bajo la moción interior del Espíritu Santo.


[5] Cf. Les sentences des Pères du désert, Collection alphabétique, Moïse 6; Solesmes, 1981, p. 190.


jueves, 12 de febrero de 2015

Extracto del epílogo del libro Mito, Plegaria y Misterio

P. Diego de Jesús




Ofrecemos aquí un extracto del Epílogo de MITO, PLEGARIA Y MISTERIO, que de algún modo expresa bastante bien el clima general del libro, que sigue disponible en todos los rincones del país.


“Seguir las huellas de un cordero –degollado y vivo-, ver florecer el retoño del tronco de Jesé, que una roca mane agua y esa roca sea Cristo, que una zarza que arde sin consumirse dé a luz al “Yo soy”; que un libro entero –biblioteca de libros- sea considerado, sin pestañar, una sola y misma y única palabra; y que tal palabra sea Dios y esté vuelta hacia Dios; y sea espada, y de doble filo, y comible, y la solvencia misma del cosmos; que a una mujer virgen se le llame sin el menor titubeo “Madre de Dios”; que todos juntos conformemos el cuerpo de una cabeza que es otra persona que nosotros; Cabeza que se dice pan, puerta, luz, camino nuevo; y tal camino esté vivo, sea un viviente camino de carne que atraviesa un velo para instalar a los hombres en el eón definitivo…

La naturalidad con que un buen cristiano modula tantas de estas imágenes –como un idioma materno que prescinde de ser traducido- es el secreto que preserva vivo el pulso del Misterio. Es tal vez todo cuanto intentamos resaltar –y reivindicar- en este ensayo.

Pues es una naturalidad lastimada. Es un sensus erosionado por el racionalismo, cuyas aguas salitrosas han socavado desde el cimiento litúrgico hasta la ortodoxia y ortopraxis doctrinal. Es la anorexia del imaginario cristiano, “congelado” por el helado criticismo. Ya hace más de cincuenta años, hablando del sentimiento religioso, se alarmaba Guardini:

No es posible ver todavía las consecuencias que tendrá este enfriamiento. En cualquier caso, todas las actividades son afectadas por él. Una época como la nuestra, que se orienta de tal manera al conocimiento racional, al examen crítico y a la precisión técnica, es una época que se vuelve fría.

(…)

Una inmensa paradoja se tensa sobre el firmamento del cristiano actual. Por fuera, le toca reencontrarse con el más elemental de los realismos, tan abollado por las deformidades culturales de las últimas centurias. Blandir espadas –al decir de Chesterton- to prove that leaves are green in summer (para probar que las hojas son verdes en verano). Y por dentro… sí: por dentro le atañerá encender fuegos a favor de la magia perdida, para testificar que dos peces y tres panes no dan cinco ni cien ni mil: dan fiesta, dan juego, dan desmesura.

Decididamente esto del mito real no es un retorcido alambicamiento; es un prisma para rezar en colores y dejar el geométrico meditar en blanco y negro. Es la base de lanzamiento para que la plegaria se torne una hierofánica Odisea y no un inmóvil y concentrado juego de ajedrez.

El tan criollo aforismo, más vale maña que fuerza, no conoce aplicación más exacta y cabal que la que le ofrece el mundo de la oración.
Pues nada más contraproducente que intentar rezar haciendo fuerza.
Ni fuerza bruta ni de esas otras, sofisticadas, fuerzas-monas vestidas de seda.

Se trata de dejarse llevar.
Como niños, retomando vuelo, floating on the breath of the Lion, flotando sobre el Aliento de Aslan… por la hendija de un versículo bíblico, la llaga de un Crucificado, la cerradura de un Sagrario o la cuenta del Rosario al maravilloso Mundo Mítico Real: el Mundo de la Oración, el Mundo de Dios.

Se trata de dejarse llevar. Como –de modo por completo imprevisto- el árbol devenido mástil se interna en las rutas anchurosas del mar, al decir de Jules Laforgue.

Dejarse llevar –dirán los últimos compases de La gran Aventura, de Pieter van der Meer de Walcheren- por la encantadora mano de un ángel, como Tobías por Rafael, para ser internados en una gran aventura. Y remata el inmenso poeta holandés:

Cada vez que trato de verificar en mí la realidad viva del mundo invisible, la verdadera existencia de la que la Iglesia me habla todos los días y que me cabe experimentar en la oración más entrañable, la vida se torna cautivante; infinitamente más cautivante que la más fantástica de las novelas de aventura. La vida así agraciada se vuelve mil veces más rica y profunda, pues estas aventuras no tienen ni fondo ni fin.

(…)

Porque estas aventuras no tienen ni fondo ni fin, se trata éste de un libro infinito. O al menos, la vida entera de un hombre podría consumirse sumando luces y facetas al mismo asunto. Detenerme es ser gallardo para con el fatigado lector. Si de la explicación de un “sistema” se tratara, dejar asuntos en el tintero, aspectos irresueltos, planteos parciales, sería patente muestra de lo trunco, de lo mutilado.
Cuanto se trata, en cambio, de hablar de un horizonte que a cada vuelta de hoja preserva su inmediata lejura, esta nota de inconcluso, lejos de atormentar, aroma todo el texto con su fragancia de inmensidad. Lo inconcluso es la forma de lo abierto. Y así este Mito, Plegaria y Misterio: una inconclusa apertura al adorable juego de fuerzas puras.”



P. Diego de Jesús
Mito, Plegaria y Misterio
Ediciones del Cristo Orante, Tupungato 2012.

Fuente: https://www.facebook.com/diego.dejesus.148?fref=ts

Los interesados en el libro pueden consultar precio y modo de obtenerlo al siguiente e-mail: elathonita@gmail.com