Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 20 de marzo de 2015

Zaqueo: ¡Baja pronto!

Padre Diego de Jesús



Retiro de cuaresma 2015.
Lc. 19, 1-10


Nuestra propuesta para esta noche es poder rezar juntos la maravillosa y por todos conocida escena evangélica del encuentro de Zaqueo, el publicano, con el Señor, de paso por Jericó.
Como saben –y sea tal vez lo que estos monjes monotemáticos más hayamos insistido en tantos años-, rezar un Evangelio no significa extraer al evangelio en cuestión de su hábitat, disecarlo sobre el frío mármol de nuestra mente y allí analizarlo… sino todo lo contrario: significa adentrarnos nosotros en él. Sólo por los interiores mismos del Evangelio, andándolo por dentro, podemos acceder a sus colores y aromas, a sus abismos y encantos y ser cautivados por el Cristo Vivo que lo protagoniza. El Misterio salvífico –con su secreta magia que nos transforma- se da no detrás del texto, ni delante, ni más allá… sino adentro. Tú di: ¡adentro!

Así que allí vamos: adentro. Tras un breve e incómodo trámite de aduana, entre olores a naftalinas y tapados de visón… caemos de bruces en la milenaria Jericó. La ciudad más antigua que conozca la Humanidad. Siete mil años antes de Cristo ya existía… de modo que ha visto acumularse, una sobre otra, cual capas geológicas, cientos de Jericó’s que se fueron derruyendo y reconstruyendo, de siglo en siglo, de milenio en milenio. Caminarla por dentro es andar por sobre la historia de incontables pueblos que la habitaron. Todo huele, todo sabe a una ciudad milenaria. Y es ciudad peculiar para Israel, ya que por allí entró Josué a la Tierra prometida. (Vale la pena leer Josué VI entero: el cese del maná en las puertas de Jericó, Rahab, la prostituta, escondiendo en un lugar alto a los dos espías, el rodeo de la ciudad fortificada y la Proeza que hizo allí Yahvéh para con su Pueblo).
Es famosa también Jericó pues es la ciudad más baja del mundo: está a 300 metros por debajo del nivel del mar. Una curiosidad realmente única.

Jericó es el pórtico del cumplimiento de las Promesas. No es la mera promesa, como puede serlo el Sinaí. Es la inminencia de su cumplimiento, que aún no se produce. Eso es el Jericó de Josué, quien derribó sus murallas no con artilleros sino con el sonido mismo de las trompetas sacerdotales. A pura plegaria, al estruendo de la Voz de Dios triunfó sobre el enemigo… Josué: el hombre que concluye el largo periplo por el Desierto y hace ingresar al Pueblo de Dios al Reino. Josué: que en hebreo se escribe idénticamente que Jesús.

Además, es una ciudad hermosa. Llena de palmeras y flores. Es “el jardín de Israel”. De allí que el Pueblo de Dios la identificara también con el Paraíso: aquel Edén clausurado tras la expulsión y que fuera prometido en devolución.

A esa Jericó hemos caído de bruces. En pleno centro. Lleno de un apretado gentío que se abre paso yendo y viniendo por las empedradas callejuelas. Hay prisa. Hay frenesí. Hay inquietud. Cae la tarde sobre Jericó. Y emerge, inmensa, entre los tejados, la majestuosa luna llena, que le diera nombre a la ciudad. Sí: es “la ciudad de la Luna”. Nadie en Israel sabe muy bien por qué (el nombre es heredado de sus antiquísimos habitantes)… pero lo es: la ciudad de la Luna.
Y ahí está, entremedio de la amorfa masa, Zaqueo. Bajito, como bien apunta Lucas. Y ya su enanismo nos habla tanto del nuestro: de lo enanas que son nuestras miras, nuestros anhelos de santidad, nuestros deseos de divinización… La chatura de nuestra vida. Lo plano y plato de nuestro cristianismo. Nuestro enanismo espiritual, ahogado –como aquella semilla que crece entre la maleza- por las masas que lo agobian todo. Esa marea humana que lleva y trae, que nos lleva y nos trae al ritmo de sus modas y gustos y ritmos y agendas…

Y entre medio de ese bullicio, de esa corriente, una inspiración. Escueta. Fugaz. Fácilmente desechable, ahogable. Pero nítida: el deseo de ver a Jesús. De ver quién es Ese del que tanto se habla. Sólo eso. No es un huracán de inmensos deseos por morir mártir en Siria: no, no. La moción es pequeña y concisa: desmarcarse apenas de la multitud y lograr verlo. De lejos, pero verlo.

Y Zaqueo hace caso.
Podría no haberlo hecho. Fácilmente. Alcanzaba con descuidar ese sólo instante, que el siguiente ya invadiría su presente con mercaderes recién llegados a quienes cobrar impuestos y seguir su faena por donde venía. Pero no: logra rescatar la minúscula perla del atolladero interno y la atiende y hace caso.
Puede creerse que esto es tan sólo la antesala, el prefacio, a la gran obra que realizará Zaqueo. Y no. Es todo lo que le atañe. Es todo lo que a nosotros nos atañe: atender a la minúscula moción, despegarnos de la muchedumbre y treparnos mínimamente para otearlo al Señor, de lejos. Nada más. Ni siquiera se trata de treparse a un inmenso roble: son unos pocos metros, sobre las ramas de un escuálido arbusto. Esa es toda la tarea a sacar: treparnos a la higuera estéril.

Todo cuanto sigue en el relato tiene por único protagonista al Señor. Todo. Ya verán.

Y ahí pasa Nuestro Señor. El Cristo. El Nuevo Josué. El descendiente de Rahab. Y otea los balcones, como si buscara la roja hebra que preanunciara el huso y torzal con que se tejiera su roja sangre en el seno virginal de María, nuestra Luna. Camina el Señor. Avanza, calmo, gallardo, entremedio del apretado y acelerado gentío.
Y repentinamente se frena en seco, cual un venado de aguzada escucha.
Este instante es crucial para nuestra contemplación.
Este “cuadro”, por decirlo así, de la secuencia fílmica. No el siguiente: éste. Es que no pasa nada, objetará alguno. Bien; exacto: ¿y eso no es sorprendente? No pasa nada. Todo parece haberse detenido. Hasta la sombra del aleteo de una abeja sobre las legendarias flores de Jericó. “El cosmos entero en pasmo severo”, cantó un santico mucho tiempo después.
Es que antes de grandes instantes hay un instante, como esa batuta suspendida, inmóvil, del director de orquesta, el instante previo al comienzo… Es la inminencia de una revelación que aún no se produce… Es el redoblar de tambores: feliz el hombre que sabe detenerse y demorar allí su lectura orante de la Escritura.

Y ocurre entonces lo inesperado. Es el facto sorpresa, entrañable a nuestra Fe. Sí: que el Evangelio sorprenda tiene que ver con su identidad más honda, con su textura más propia: la de ser noticia. No es noticia –ni buena ni mala- que el sol salga por el Este.
Evangelio dice noticia, novedad. Y eso implica imprevisibilidad. Y ciertamente no es previsible lo que sigue en la escena echada a rodar sola en Jericó… Cualquier hagiógrafo con licencias para florear un poco el dato histórico, cualquiera de nosotros incluso, se esmeraría en que en este momento el hombre del árbol clamara por Jesús. Pidiendo algo: perdón o paz o salud o atención al menos. Pero no: Zaqueo no abre la boca; ni tenía previsto hacerlo. Todo su plan se reducía a verlo pasar.

La sorpresa es que las trompetas de Josué son ahora la trompetera Voz del Nazareno. Que dice con Voz firme, vigorosa, corpulenta, casi estruendosa: ¡Zaqueo! Y las murallas se desploman. Las murallas del corazón publicano.
Hace recordar al ¡Lázaro! Gritado con vehemencia ante las puertas cerradas de la tumba. Hace recordar a Yahvéh gritando “¡Adán!, ¿dónde estás?” tras la tragedia del primer paraíso…

Dios busca al hombre… Dios busca adoradores. La Encarnación –según acentúa Matta el Mesquin, ese gran monje copto- tiene por cometido central esto: que Dios, por cuenta propia, pueda explorar y buscar y hallar adoradores.

¿Pero qué hay en ese timbre de Jesús? Inútil es pedirle al lenguaje que pudiera expresarlo, pero hay ciertamente una fusión de grito de guerra con increpación, con amor exquisito, con la caligrafía de los “y dijo Dios” del Génesis. ¡Zaqueo!
Lo de menos era el sorprendente hecho de que ese Rabbí le supiera el nombre. Por sobre esa proeza estaba lo otro, lo inefable: el modo, la impronta de su Voz, llamándole por su nombre. Nadie lo había llamado así en su vida. “Dicen que el hombre no es hombre/mientras que no oye su nombre/de labios de una mujer/Puede ser.”, cantaba Antonio Machado. Puede ser… pero más cierto y seguro es que ninguno de nosotros es cristianos/mientras que no oye su nombre/de los labios del Señor. Y esto es sin el “puede ser”.

Es la Voz del Señor, pero conjugaba con la Mirada del Señor. Ya no es sólo “escucha Israel” sino “felices los que (me) ven”. Y más felices aún, los que ven que los veo. Como juega san Agustín: miremos nosotros a aquel que queriendo mirar a Jesús fue mirado por Él.
Como en Marcos ocurre con el joven rico, aquí acontece con Zaqueo: Jesús lo miró con amor.
Y Zaqueo se supo mirado así. Se vio mirado. ¿Cabe otra definición mejor de la oración que esa?
Orar es verse mirado por el Señor. Videntem videre, dice Agustín; mira que te mira, remata Teresa. Yo lo miro y Él me mira, decía el campesino de Ars…

Es éste el vértice de la escena, el epicentro salvífico del acontecimiento. Lo que sigue es casi un colofón, un epílogo. Como en Josué VI, tras el estruendo de las trompetas que derriban los muros sigue el relato de la toma de Jericó.
Ser llamados por nuestro nombre y ser mirados como nadie jamás nos haya mirado jamás. The rest is silence…

¡Zaqueo! Bellísimo nombre, que podía sonar como una cínica burla ante la mala vida que llevaba este pecador empedernido. Ese hombre, de vida lúgubre y oscura, se llamaba “diáfano, puro, cristiano”. Eso dice la voz “Zaqueo”. Pero no hay cinismo: Cristo lo llama por su identidad original; su ser más profundo. Tú no eres tu pecado. Justamente tu pecado conspira contra tu propia identidad. Tú eres tu nombre. Pero tu pecado ha erosionado tu ser; lo ha carcomido, corroído… y por eso Yo te llamo de nuevo, te hago de nuevo. Y dijo Dios: ¡Zaqueo!
Todos somos nuestro nombre. En él se guarda el secreto de nuestra verdad más profunda. Buceen más en sus propios nombres. Poco importa si se lo pusieron por un tío o abuelo o por pura moda: Dios está detrás de todo eso. En sus nombres está cifrado el misterio de sus vidas…

Y agregó el Señor: ¡baja pronto! Que el Logos eterno diga esto en la ciudad más baja del planeta, pone en sintonía perfecta texto y contexto, imagen y palabra, escenario y parlamento. Baja. Desciende. Pero no sólo del sicómoro al llano: desciende mucho más. Baja hasta las raíces mismas de tu nombre, de tu ser, de tu pureza original. Baja, pequeño hobbit Zaqueo, hasta esas raíces que no pudiera alcanzar las heladas de tu pecado… Baja, que yo bajo contigo. Que yo bajo antes. Y allí, cenaremos juntos.

La higuera estéril, el infructuoso sicómoro ha dado su milagroso fruto: de él pende Zaqueo, el pequeño racimo. Y es bajado, como en fiesta de cosecha, como en día de vendimia. De ese racimo, el Señor hará un vino nuevo, del que hablan los versículos siguientes.

¡Han vuelto a resonar las trompetas en Jericó! ¡Las murallas han sido derribadas! La luna llena augura la Pascua. El arbusto enano y estéril ha dado fruto. Un fruto que se alimentó de una Voz que lo nombrara por su nombre y de una Mirada que lo viera como nunca jamás. E insisto: lo último es esto; lo que sigue es colofón. Lo último no es el hacer. Ni siquiera es el ver. “Lo último no es ver sino ser visto por Ti”, como dice el Poeta. El querubín sopla sobre su espada llameante y la apaga. Y la guardia angélica se retira. En Jericó es reabierto el Paraíso perdido.

El luminoso Cristo entra en casa de Zaqueo y colma de luz cuanto abarca. En tiempos de Cuaresma, donde la conversión de nuestros muchos pecados se torna tan apremiante, es crucial entender bien esta secuencia: el orden de la secuencia salvífica. Cristo llama, Cristo mira, Cristo entra. Y ni siquiera le hace falta enunciar su demanda, sus reclamos. Como de niños alcanzaba la silente mirada firme de un padre para retractarnos. No hay ruidosa moralina. No hay una larga perorata acusatoria. Hay silenciosa y gallarda presencia. Prestante presencia. ¿Intimidatoria? Sí, ya lo creo. Arrolladora. Como trompetas sobre las murallas de Jericó. Es la gramática de la luz y su poder. Y la Luz se expande y alcanza el corazón de Zaqueo y éste entonces describe lo que esta luz acaba de realizar y transformar. Esta Luz no mueve meramente a prolijos “propósitos de enmienda”. Zaqueo no se va en mil promesas. Todos los tiempos verbales no están en futuro sino en presente. Como cuando uno dice “estoy yendo” en vez de “voy a ir”. “Estoy danto la mitad de mis bienes a los pobres”… Ni lo dice como un proyecto futuro ni como consumado pasado, como aquel engreído fariseo que le enumera a Dios todo lo bueno que hace… Ni futuro ni pasado: Zaqueo describe esto como un ciego dice: ¡veo!, como un lisiado exclama: ¡estoy caminando!, como un leproso prorrumpe, asombrado, en: ¡estoy curado, mi carne está blanca como la lana, como la nieve! Es Cristo que salva. He sido alcanzado por el “hoy” de la Luz de Cristo.
Hoy en boca del Señor es de las palabras más bellas y eufónicas del Evangelio. No hay muchos hoy; son tres: en la sinagoga de Nazaret, en el Calvario… y entre una y otra escena, este hoy en la casa de Zaqueo. La verticalidad del hoy es vertiginoso. Es lo que le otorga vida y brío a nuestra Fe. Y a esa verticalidad del hoy de Cristo corresponden el hoy de nuestras obras. Que no brotan de nuestro hoy sino del Suyo. Como dice tan bien la Carta de Santiago –tantas veces distorsionada-: las obras son la manifestación de la Fe, no su respuesta.
Sólo el hoy –como dice Lewis- vincula el tiempo a la eternidad: el pasado y el futuro son el ámbito del enemigo, que intenta que nos quedemos allí: o revolviendo el pasado o proyectando el futuro.

El cristianismo no es ni una doctrina ni una moral, sino un encuentro transformante con el Señor. Sólo nos atañe sacar la cabeza, apenas, por encima de la masa, de la moda, de lo políticamente correcto, del mainstream… para ver que me está mirando. Lo demás, corre por su cuenta. Y no falla.

Crece la inmensa luna en Jericó, plateando los tejados de la casa de Zaqueo, como la luz de la Iglesia alcanza los nuestros. Mientras tanto, el Sol sin ocaso, Jesucristo, baña con sus cálidos rayos los interiores. Y nos salva.


Diego de Jesús
San Agustín- Mendoza
Cuaresma de 2015