Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 2 de abril de 2015

“Un cáliz, una lucha y un sí”

Por un laico del Cristo Orante



Reflexión bíblica sobre Lucas 22, 39-45


Los discípulos siguen a su Maestro en la noche.

Jesús, una vez terminada la cena pascual, se dirige al Monte de los Olivos [1].  Con frecuencia acudía allí, para pasar la noche en oración o para reunirse con sus discípulos [2].

En esta ocasión, además de rezar, Jesús les deja una enseñanza. El evangelista describe la acción de los apóstoles a partir del discipulado: «los discípulos le siguieron» (v. 39). Y llegados al lugar, el Maestro,  con su palabra y con su ejemplo, en esa dramática noche, les enseña que deben rezar en los momentos de prueba: «oren para no caer en la tentación» (v. 39. 40)

Si bien el evangelista tiene una clara intención de transmitir una enseñanza  sobre la oración en momentos de prueba, lo más importante y central del relato es revelarnos un misterio cristológico-salvífico: se nos presenta a Jesús aceptando la voluntad del Padre en una verdadera lucha orante que determina la salvación de todos los hombres.

La oración del Siervo

Los evangelios, en especial el de Lucas, nos presentan en numerosas ocasiones a Jesús rezando. Lo muestran  orando al amanecer [3], por la tarde [4], durante toda la noche [5], en momentos importantes de su ministerio [6], pero en ninguno de estos pasajes se presenta la oración de Jesús con el dramatismo como la encontramos en la oración del Monte de los Olivos [7].

Jesús en esa noche, aunque tiene la compañía de sus discípulos, busca la soledad, alejándose de ellos una distancia equivalente a un tiro de piedra. Esta soledad con los suyos se acentúa cuando, ante el pedido que él les hace de orar (deseando establecer así una comunión con ellos en la oración), éstos se duermen vencidos por la tristeza (v. 45)

En la oración,  Marcos y Mateo presentan a Jesús en una postura verdaderamente humillante: con sentimientos de «pavor y angustia», con una tristeza «al punto de morir» y «caído en tierra» suplicando [8]. Juan en cambio presenta al Señor, en esa hora, majestuoso («cuando les dijo Yo soy, retrocedieron y cayeron en tierra» Jn 18,6), conocedor de lo que iba a suceder, dueño de su destino («Jesús sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta... » Jn 18, 4) [9]. Lucas, lo presenta de rodillas, orando, mas no en calma ni quietud, sino en una verdadera lucha (agonía) la cual mientras más dura se hace («llegando a sudar gotas de sangre que caen hasta el suelo»), más se intensifica su oración (v. 44).

En el relato de las tentaciones en el desierto, Lucas ya nos anticipaba que aunque vencida la tentación por Jesús, «el diablo se alejó de él hasta el tiempo propicio» (Lc 4, 13). Bien, la lucha que había comenzado allí continúa ahora de forma más encarnizada  en esta oración del Huerto, que es umbral de los acontecimientos de la pasión.

Jesús ora durante la tentación. Los discípulos, a los que les  pide también que oren, lo harán para no caer en la tentación. La tentación de Jesús es no beber el cáliz preparado por el Padre. Jesús en su oración vence, adhiriendo su voluntad humana a la divina. La tentación de los discípulos, que vendrá y por la cual Jesús les impera a rezar será el abandono de Jesús por parte de ellos («Entonces todos lo abandonaron y huyeron»Mc 14, 50),  la negación de Pedro, y el escándalo y desilusión de la cruz.

Tentación -agonía (lucha)- oración se dan en un único acontecimiento. Durante la tentación Jesús lucha en oración. Esta lucha orante tiene como centro la aceptación del cáliz, el «» a la voluntad del Padre.

El que ora en el Monte de los Olivos es el Siervo de Yahvé, que carga con nuestros pecados [10] y de esa forma cumple la misión para la que había sido enviado [11]. El que en esta noche Jesús da al Padre lleva a cumplimiento la Escritura. Detrás de ese podríamos escuchar los Cánticos del Siervo de Isaías y repetir nuevamente con Lucas: «Esta escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21)

La copa desencadena una lucha y la aceptación a beberla la pasión.

Ya al comienzo de su evangelio, Lucas nos había presentado el hágase de María que al ser pronunciado posibilita la encarnación del Verbo en su seno, y con ello, el comienzo de nuestra redención. En esta noche, el hágase será escuchado de los labios de Jesús, y al ser pronunciado se  desencadenarán los acontecimientos de su pasión, muerte y resurrección, y con ellos, el cumplimiento de la obra salvífica.

En su oración, Jesús suplica al Padre que si quiere aparte de él la copa. El cáliz que Jesús pide que si es posible pase es, por un lado, «la copa de la Nueva Alianza» (Lc 22, 10), «la copa de bendición» (1 Cor 10,16), que Jesús anticipa en la Cena pascual, al ofrecerse a sí mismo,  y que representa el destino sufriente que le espera («¿Podéis beber la copa que yo voy a beber? » Mt 20, 22) con el fin de salvar a todos por la entrega de su sangre. Pero, también, es el cáliz de la cólera divina, que contiene el vino de la furia de Yahvé [12],  es la «copa de su ira, el cáliz del vértigo»  (Is 51, 15), el cual Jesús deberá beber hasta «vaciarlo». Este cáliz que contiene el vino de la ira de Dios, el Todopoderoso, el cual surge del lagar en donde Él mismo es el que pisa (Ap 19, 15), es aceptado por Jesús en esa noche, en Getsemaní. «Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre, acepta su muerte como redentora para ‘llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero’ (1 P 2, 24) » [13]. Así, «la hora y el cáliz implican que el pecado del mundo penetra en la existencia personal, corpórea y espiritual del Representante y Mediador» [14]. San Pablo nos dirá: «A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él.» (1 Cor 5, 21) «El conocimiento pleno del pecado ha sido la causa del sufrimiento más grande y más profundo de Cristo: la tristeza revelada en la agonía.» [15]

Jesús acepta el querer del Padre. Lucas a diferencia de Mateo no pone la petición «hágase tu voluntad» en el relato del Padrenuestro (Lc 11, 2-4) pero sí la encontramos en este pasaje, en boca de Jesús, como contenido de su oración al Padre. Hay una clara intención del autor de aludir en esta oración íntima y personal de Jesús a la oración del Padrenuestro que les enseñara a sus discípulos: la misma invocación al comienzo: «Padre» (Lc 22,42  = 11, 2); las mismas peticiones: «no caer en la tentación» (Lc 22,40.46 = 11, 4), «que se haga tu voluntad» (Lc 22, 42 = Mt 6, 10).

Jesús se encarnó para hacer la voluntad del Padre [16] y durante toda su vida la tuvo como alimento (Jn 4, 34) y por ella fue conducido a la muerte, y muerte en cruz (Flp 2,5). Y, contemplando este pasaje, podemos afirmar también que este Hijo obediente aprendió de una manera única lo que es obedecer en esta noche en Getsemaní:

«El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia» (Heb 5,7)

Jesús es consolado en la noche.

Jesús reza en la noche, sólo. Su oración es una súplica filial totalmente confiada y abandonada al Padre: «Padre... si quieres... pero que no se haga mi voluntad... » Jesús conoce el poder del Padre, por eso le pide que aparte de él ese cáliz, pero nunca deja de abandonarse amorosamente en sus manos aceptando libremente su voluntad.

Una vez pasada la tentación, Jesús recibe el consuelo de un ángel (v. 43). Dios no se ha alejado aún del todo. A pesar de la oscuridad, propia de la hora de las tinieblas (Lc. 22, 53), todavía experimenta el alivio del consuelo de un ángel enviado por su Padre. En el evangelio de Lucas, Jesús no pierde del todo su cercanía con el Padre, incluso en el momento de su muerte sus palabras manifiestan su confianza, abandono y amor a él: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 44).

En Mateo encontramos que una vez vencida las tentaciones en el desierto, vinieron ángeles y sirvieron a Jesús (Mt 4,11), en Lucas un ángel lo consuela [17], pero no en el desierto sino en el Huerto, dándonos el evangelista un elemento más sobre la unidad que desea dejar manifiesta entre ambos episodios.

Dos montes revelan un único Misterio

En el evangelio de Lucas no es este el primer episodio en el cual se nos muestra a Jesús orando en un monte y a sus apóstoles como testigos. Recordemos el relato que hace de la transfiguración. Allí también Jesús ora en un monte, con testigos privilegiados, si bien en esa ocasión lo que se les revela a ellos es la gloria del Hijo, en una luminosa teofanía y un misterioso diálogo sobre la Pascua entre él, Moisés y Elías. El Espíritu abre los sentidos espirituales de Pedro, Santiago y Juan, los ilumina desde dentro, para que puedan contemplar el resplandor de la gloria que se oculta detrás del rostro del Nazareno.

Podemos afirmar que la síntesis de estos dos montes (el de la Transfiguración y el de los Olivos)  nos revela el misterio único de Jesús: la gloria propia de su naturaleza divina y la debilidad y estremecimiento real de su completa naturaleza humana al momento de afrontar los acontecimientos que lo llevarían a la muerte.

Ambos montes iluminan el misterio de su obra redentora, el misterio del amor hasta el extremo de un Dios que se entrega por los hombres. El Verbo encarnado por amor y desfigurado por amor. Ambas realidades manifiestan su gloria, su belleza, y el inefable designio benevolente del Padre. Ambas revelaciones se dan mientras Jesús permanecía en una oración filial llena de abandono y confianza. Y, en ambas ocasiones, los apóstoles necesitaron de la iluminación interior del Espíritu y del Resucitado para comprender lo que había pasado.


Un laico del Cristo Orante



[1] A diferencia de Lucas, Mateos y Marcos ubican la oración de Jesús en una propiedad llamada Getsemaní, mientras que Juan por su parte afirma que fueron al otro lado del Cedrón (pequeño arrollo que separa el monte Sión del monte de los Olivos). No debemos entender estos datos como contradictorios u opuestos, sino que mientras  unos (Marcos y Mateos) hacen referencia a una propiedad (Gelsemaní), los otros la hacen a un lugar geográfico. Cf. L. H. RIVAS, El evangelio de Juan. San Benito. Buenos Aires. 2005. pág. 460.

[2] Cf. Jn 18, 1-2; Mc 13, 3; Lc 21, 37.

[3] Mc 1, 35.

[4] Mt 14, 23.

[5] Lc  6, 12.

[6] Lc 3, 21; 5, 16;; 9, 18; 9, 28; 11, 1.

[7] Es de notar también que en la oración del Huerto los sinópticos presentan no solo el marco de la oración de Jesús sino también los gestos y las actitudes de Jesús en ella y su contenido: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa pero que no se haga mi voluntad sino la tuya» (v. 42).

[8] Mc 14, 33-35; Mt 26, 37-39.

[9] «Y le entregaron el volumen del profeta Isaías. Desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”»  (Lc 4, 16-21)

[10] «¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino y Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros.» (Is. 53, 4-6)

[11] «Y le entregaron el volumen del profeta Isaías. Desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”»  (Lc 4, 16-21)

[12] «Así me ha dicho Yahvé, Dios de Israel: Toma esta copa de vino de furia, y hazla beber a todas las naciones a las que yo te envíe; beberán y tropezarán, y se enloquecerán ante la espada que voy a soltar entre ellas.» (Jer 25, 15-16.27); «Así dice el Señor Yahvé: Beberán el cáliz de tu hermana, cáliz ancho y profundo, que servirá de burla e irrisión, tan grande es su cabida. Te empaparás de embriaguez y de aflicción, cáliz de desolación y de angustia. » (Ez 23, 32-33)

[13] Catecismo de la Iglesia Católica nº  692

[14] H. v U. BALTHASAR. Mysterium Salutis. Manual de teología como historia de la salvación. Vol. II. Ed. Cristiandad. Madrid. 1971. pág. 713. También se puede leer unas páginas más adelante (pág. 715): “… la angustia del Huerto supone una compasión tal con los pecadores, que lo que a ellos les esperaba, cual era la pérdida de Dios (poena damni), lo hizo suyo el Amor encarnado de Dios en la forma de un timor gehennalis: al ‘cargar’ con el pecado del mundo pasan Jesús y su destino  a no distinguirse del de los pecadores –y tanto menos se distingue, dirá Buenaventura, cuanto mayor es el amor-, y el tipo de angustia y de tristeza que Jesús experimenta es el que por derecho habían de sufrir los pecadores por sus pecados”.

[15] F. M. LETHEL. Théologie de l’ Amour de Jésus. Éditions du Carmel. 1996. Venasque. Francia. Pág. 25

[16] «Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradan. Entonces dije: ¡He aquí que vengo –pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad! » Heb 10, 5-7

[17] Hecho que nos recuerda al consuelo que un ángel da a Elías  en el desierto para que éste no muere (1Re 19, 5-8).