Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 9 de agosto de 2015

Pan del Desierto




“El otoño es una segunda primavera, donde cada hoja es una flor”
A. Camus


Así como Job va a decir que es milicia la vida del hombre sobre la tierra, del mismo modo cabe decir: es desierto la vida del hombre sobre la tierra. Desierto en esa vasta  polisemia bíblica que la expresión contiene. Desierto, sobre todo, como inevitable travesía de la nada, para cruzar de la segura esclavitud a la frondosa libertad. Entre lo uno y lo otro: desierto. Que, más que un lugar, es un estado del alma.

El Verbo eterno se hizo Carne del desierto. Se encarnó a fin de poder acampar en el desierto. Y en medio de tal desierto, poder ofrecerse como Pan del desierto.

Pero los judíos murmuran entre sí. Como murmuraron al salir de Egipto. El contenido central de la murmuración es justamente por el desierto. Por la insoportable levedad de la arenosa realidad sublunar. Por ese minucioso laberinto sin aristas que es el plano y nudo desierto.

Entre los hebreos murmurando en el Horeb y los hebreos murmurando en Cafarnaúm, luce una figura crucial: es Elías, el tisbita, “el forastero”. Nadie como él ha vivido esta lacerante experiencia de impertenencia, de ajenidad, de extranjeridad, de añoranza, de nostalgia, vacío, de desierto poblado de aullidos.

Pero no murmuró.
Es decir: no se fue en mil quejas y reclamos y replanteos y rabias y demandas… Ni se contentó sin más con el inerte arenal. Hizo una experiencia distinta, que es la que todos podemos y debemos hacer. Ni contentarnos con este mundo. Ni quejarnos a Dios por este mundo. La experiencia de Elías en verdad no es un solo cuadro: es más bien una secuencia, una sucesión de experiencias. Todas juntas, bien engarzadas, constituyen la genuina alternativa a la murmuración.

Elías tiene miedo. Y huye del peligro. Y en tal retirada constata que el peligro lo envuelve por doquier, porque está dentro suyo. Y avanza así desierto adentro. Sobre un pavoroso desierto que crece con el propio andar. Pero Elías no sólo lo transita: lo alberga. Alberga, con desventura, incontables desiertos. Los propios y los de sus ancestros; los de los hombres todos. Hasta que el arenal interno, como en un reloj, desfonda su polvo hasta la última mota. Y Elías se desea la muerte. Y, debajo de una retama se echa a morir. Porque no es mejor que sus padres ni que hombre alguno que haya habitado el baldío mundo.

Hay que repasar el fraseo hasta allí. Esa es la música de Elías. Bien distinta al histriónico y cacofónico chillido de los murmuradores. No hay reclamo en Elías: hay una pena infinita. La misma que cabe en nuestras vidas. Claro que es menos doloroso chillar que penar. Patear o negar la arena, que albergar el desierto.

Es entonces, cuando el peligro ha crecido del todo, que irrumpe lo que salva. Que es lo mismo que decir: no irrumpe lo que salva, no se posa la mano del ángel sobre el hombro, hasta que la arena completa de nuestro efímero tiempo haya pasado por la estrechura del agobio y la impotencia. Sólo el “no-doy-más” es digno de esa Mano. Sólo el “me rindo” puede recibir el salvífico “levántate y come”. Levántate: bellísima esdrújula. Emerge, hombre-polvo, de las cenizas de tu nada. Que sobre la roca encendida hay un pan caliente, que no es de este mundo, ni te alimentará para este mundo; es de otro mundo y te llevará hasta otro mundo. Es el Pan del Desierto, que te da la fuerza para atravesarlo sin morir en el intento. Levántate y reemprende la marcha hacia el Horeb, hacia el Monte de Dios, hacia el Tabor.

Sólo se enciende bien el intenso Capítulo VI de San Juan, sobre el Pan de Vida, desde este reverso de la trama. No se trata de una comidita simpática. Un pic-nic entre amigos. Sólo en el contexto dramático de un estado de impotencia y desesperanza extremos, de vida o muerte, de último auxilio, se entiende este salvataje divino. Cristo, el Ángel del Desierto, posa su Mano sobre nuestra postrada y abandonada existencia y nos susurra: levántate y come, esto es mi Cuerpo. Levántate y bebe: esta es mi Sangre. Y camina, con la fuerza de este Alimento, hacia el Monte de Dios, hacia el Cielo.

Así florece el desierto. Con las otoñales hojas que caen desde marchitos jardines eternos. Todos somos Elías. Elías “está en todo”, agregaría Rilke. Pero hay Alguien que recoge todas estas caídas entre sus manos; las toma, las bendice, las parte, transformando las ocres arenas de nuestra nada en el dorado Pan de Vida eterna.

Diego de Jesús

9.VIII.2015