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martes, 24 de noviembre de 2015

La oración de Jesús en la obra de Lev Gillet




De la biografía de “Lev Gillet. Un moine de l’ Eglise d’ Orient.”

Élisabeth Behr-Sigel



Capítulo VII


La oración de Jesús

  
A fin de 1951 se publicó en las ediciones del monasterio de Chevetogne La Oración de Jesús, por un monje de la Iglesia de Oriente: un delgado volumen que reúne los artículos del mismo autor anteriormente publicados, por Don Clément Lialine, en la revista Irénikon [1]. Lev Gillet añadió allí dos apéndices: “La invocación del nombre de Jesús en Occidente” y “El método psico-fisiológico de la oración”. Algunos meses más tardes se publicó en la misma revista la adaptación desarrollada de un texto primero redactado en inglés y publicado bajo formas de un cuadernillo, gracias al trabajo de Fellowship de Saint-Alban et Saint Serge [2]: “Sobre el uso práctico de la Oración de Jesús”, que completará la tercera edición de La Oración de Jesús publicada en 1959. Bajo esta forma la obra, que inmediatamente encuentra numerosos lectores, conocerá aún numerosas reediciones, primero en Chevetogne, luego a partir de 1974 en las Ediciones del Seuil en la colección “Libros de vida” [3].

Cada nueva edición fue cuidadosamente revisada por el autor, “corregida y aumentada”. Manifiestamente, Lev Gillet ha llevado este libro con él durante numerosos años. Su publicación en 1951 en el monasterio de Chevetogne marcó en su vida un hito: consagra el restablecimiento, comenzado desde 1945, de sus relaciones fraternales con los monjes de Amay-Chevetogne: una comunidad de la cual él fue espiritualmente uno de sus fundadores, para la cual su paso a la comunión sacramental de la Iglesia ortodoxa constituyó una herida dolorosa pero con la cual los vínculos eran en ese momento retomados con toda claridad, en un espíritu de confianza y de respeto mutuo. Durante el período depresivo que atraviesa al terminar la Segunda Guerra mundial, Lev Gillet conoció horas nostálgicas: la idea –la tentación- de retornar al redil le ha rozado. Ésta fue disipada bajo el sol del Líbano donde él sintió el llamado a un nuevo ministerio en el seno de la Iglesia ortodoxa. Al mismo tiempo, liberado de sus angustias, él vuelve a establecer relaciones simples y claras con los amigos de antaño, que permanecen para él como hermanos. En el curso del verano de 1951, Olivier Rousseau y Lev Gillet se reencuentran con emoción en Londres, por primera vez después de una separación de un cuarto de siglo. La antigua complicidad se reencuentra. Gracias a esta, Chevetogne será –con AnNour en el Líbano- el principal editor de las obras de un monje de la Iglesia de Oriente, que se vuelve un escritor de lengua francesa. La Oración de Jesús es el primero de una serie de siete títulos publicados por el monasterio [4]. Es gracias al coraje y al afecto amistoso de don Olivier –en la época en que la empresa no va por sí misma- que el misterioso monje anónimo se vuelve un escritor conocido y apreciado por un gran público cristiano de lengua francesa.

Uniéndose a algunas investigaciones eruditas sobre la oración llamada “Oración de Jesús”, por sugerencia de Clément Lialine, luego por Olivier Rousseau, con la publicación de algunos estudios que le son fruto, Lev  Gillet persigue un doble objetivo audaz, siempre en la gran perspectiva que le es propia: la restauración de la plena comunión entre las Iglesias de Oriente y Occidente. Trata primeramente de informar, de hacer conocer y comprender, el sentido profundo y auténtico [de la oración de Jesús], una oración que es el “alma”, según él, de la ortodoxia oriental, y que permanece desconocida, o peor, menospreciada en Occidente. Desacreditada por las polémicas que, en el contexto de las controversias palamitas [5], opusieron en el siglo XIV a monjes griegos y monjes latinos, asimilada por algunos teólogos latinos a unas técnicas psicosomáticas las cuales ellos no comprenden y las presentan de forma caricaturesca.  La oración de Jesús permanece todavía, a mitad del siglo XX, para la mayoría de los cristianos occidentales,  como un “tesoro escondido”. El objetivo de Lev Gillet es el de sacar a la luz este tesoro de una capa de ignorancia, de prejuicios y de malos entendidos. Tal es su primer objetivo. El segundo, es aún más audaz: no sólo hacer conocer la oración de Jesús, sino iniciar en su “uso práctico” a los Occidentales que se sentían atraídos por ella, hacer de una forma de oración que estuvo en el centro de los debates agitados y, a veces, llenos de odio entre cristianos de Oriente y Occidente, un instrumento de reconciliación, un camino y un signo de comunión espiritual.

Desde el comienzo, los dos objetivos, uno teórico y otro práctico, están presentes en el espíritu de Lev Gillet. El primero se manifiesta en los seis primeros capítulos de la edición de 1951. Se presenta un vistazo, como dice el subtítulo, las principales etapas de la “génesis y del desarrollo en la tradición bizantina-eslava” de la oración de Jesús en griego: euxn tou Insou, en ruso Iésoussovaïa molitva [6].

Transmitida de maestro a discípulo a lo largo de una tradición monástica milenaria, en gran parte oral, la forma de esta oración es simple. Esencialmente, ella consiste en la invocación incesante, como “pegada” al ritmo de la respiración, del nombre de Jesús: nombre pronunciado con fe y amor, portador y símbolo sacramental, para el orante, de la presencia divina. La fórmula clásica es: “Señor, Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. A la humilde oración del publicano del evangelio de Lucas (18, 13), ésta asocia la confesión de fe de Pedro cuando reconoce a Jesús como el Cristo, el Mesías, el Salvador. Ni obligatoria, ni inmutable, esta fórmula puede ser cambiada (por ejemplo introduciendo en ella la idea de la intercesión de María) o reducida al sólo nombre de Jesús que está allí en el corazón. Practicada y sistematizada en los grandes centros monásticos del imperio bizantino, en el Monasterio del Sinaí, en el Monte Athos, esta invocación del Nombre “que está sobre todo nombre” (Fil 2,9) se acompaña a menudo –pero no necesariamente- de técnicas psicosomáticas: control y retención de la respiración, postura de cuclillas, la cabeza inclinada hacia la mitad del cuerpo, concentración de la atención sobre el lugar físico del corazón. Se trata de orar con todo el ser, es decir también con el cuerpo. Se ha podido, por esta razón, compararla a un yoga cristiano. Sin confundirse con él, la práctica de la oración de Jesús está también relacionada con la gran corriente mística llamada “hesicasmo”: aspiración a la paz divina, al reposo y a la unificación en Dios de la persona humana. Esta corriente de vida no cesa de irrigar las profundidades del monaquismo oriental a veces en apariencia anquilosado. Fue por defender a sus hermanos, los “santos monjes hesicastas” que practican la oración de Jesús, contra los ataques del monje latino Barlaam, que Gregorio Pálamas, en el siglo XIV, redacta sus famosas Tríadas, síntesis teológica del hesicasmo y de la espiritualidad de los monjes orientales.

La publicación, en 1782 en Venecia, de la célebre Philocalie griega de Macario de Corintos y Nicodemo el Hagiorita marca un hito: traducida al eslavo eclesiástico, luego al ruso, esta gran enciclopedia hesicasta contribuirá a la difusión de la oración de Jesús en la Rusia moderna: una difusión en los medios sociales más diversos, lo cual testimonia los Simples relatos de un peregrino ruso, una obra anónima publicada en Kazán a mitad del siglo XIX.

En Occidente, esta oración ha permanecido por mucho tiempo más o menos ignorada. Sólo mantenían por ella un interés – por lo demás, más bien crítico- algunos especialistas católicos bizantinólogos. Son los emigrantes rusos quienes, entre las dos guerras la dieron a conocer a algunos cristianos occidentales implicados en el Movimiento ecuménico naciente. En 1928, los monjes de Amay-sur-Meuse publican en su revista Irénikon la primera traducción al francés de los Simples Relatos de un peregrino ruso. Una traducción inglesa se publica en 1930, prefaciada por el obispo Walter Frere, presidente anglicano del Fellowship de Saint-Alban et Saint-Serge. Es en este medio en el cual la oración de Jesús comienza a ser practicada por algunos cristianos occidentales. Lev Gillet, miembro activo del Fellowship, debió de estar entre los iniciadores de este movimiento muy modesto y casi secreto.

Él mismo parece haber sido iniciado en la oración de Jesús en la época en la cual realiza sus votos monásticos solemnes en el monasterio de Ouniov, en Galicia. “Este pequeño libro es el fruto de veinticinco años de meditación y de experimentación interior”, escribe en el prefacio de On the Invocation of the Name of Jesus publicado en 1950. En otra parte, él evoca, como una experiencia personal, la ceremonia de la entrega al joven monje basiliano del rosario monástico sobre el cual él está llamado a “desgranar la oración de Jesús”. Un poco más tarde, en el tiempo de su ministerio parisino, Lev Gillet vive en simbiosis con un medio –el de la primera emigración rusa- en el cual esta oración, practicada por algunos cristianos que vivían en el mundo, conoce una renovación creativa: una experiencia emocionante y fuerte, evocada por su amiga Nadejda Gorodetzky, en un artículo publicado durante la guerra en la revista Blackfriars
 de los dominicos de Oxford [7]. “¿Ésta es una oración de monje…? Pregunta el autor. Ésta es tan simple que no es necesario aprenderla para recordarla. Ésta puede permanecer sobre los labios del enfermo muy débil como para decir el Padre Nuestro… Muchos interrumpen su trabajo habitual para repetir esta oración. Después de un cierto tiempo, las palabras de la invocación parecen ellas mismas venir a los labios. Ellas introducen cada vez más en la práctica de la presencia de Dios” [8]

Lev Gillet, en una carta dirigida en septiembre de 1939 a sus parisinos escribe: Refugiarse en el nombre de Jesús y expresarse todo entero en este Nombre es el medio más simple para sentir constantemente la presencia y el poder de Nuestro Señor… Este nombre es el filtro que, aplicado a nuestros pensamientos y a nuestras palabras, no deja pasar más que a lo que puede pasar a través de él sin ser destruido o sin herirle. Es el freno de nuestros labios, el sello puesto sobre nuestro corazón. O por lo menos podría serlo.

En estos años, Lev Gillet no ha visto más que en el “uso” de la oración de Jesús: una práctica simple y evangélica, cuya experiencia precede y sustenta sus investigaciones eruditas posteriores.

En  Orthodox Spirituality, Lev Gillet evoca al hesicasmo como una de las grandes corrientes de la cual se alimenta la espiritualidad ortodoxa. La oración de Jesús es simplemente mencionada. La idea de consagrar un estudio académico nace de un acontecimiento fortuito: la lectura de un artículo del teólogo rumano N. Crainic [9]. La oración de Jesús es allí designada como el “corazón de la ortodoxia”. Pero el artículo, constata Lev Gillet, “es estropeado por una singular falta de espíritu crítico [10]”: un defecto que logra desacreditar esta oración a los ojos de los lectores occidentales más exigentes intelectualmente. Lev Gillet piensa en algunos académicos, como el P. Irénée Hausherr, autor de la primera edición crítica con traducción del Método de la oración hesicasta erróneamente atribuido –como él intenta demostrar – a Simeón el Nuevo Teólogo [11].

Sobre las huellas del especialista jesuita, pero con más simpatía que éste último, ¿no es necesario emprender una investigación sobre los orígenes de una forma de oración que es efectivamente el corazón de la espiritualidad cristiana oriental? Tal es, insertada sobre su preocupación dominante –el restablecimiento de la unidad de los cristianos-, la motivación inmediata de Lev Gillet cuando se sumerge en una investigación que proseguirá durante muchos años.

Desde 1945-1946, en efecto, aparece en su correspondencia con don Clément la mención de un estudio sobre la oración de Jesús que está en tren de escribir y que se lo propone al director de Irénikon para su revista.  Tímidamente formulada, la proposición es audaz. Durante unos decenios, toda colaboración a la obra de dom Lambert, de éste que a los ojos de la opinión pública católica aparece como un “apóstata”,  parecía excluida. Pero, al cabo de los años, las heridas son cicatrizadas. Las pruebas de la Segunda Guerra mundial acercan a las almas. Un viento de libertad parece soplar sobre Europa. Por otra parte, el anonimato escrupulosamente preservado del monje de la Iglesia de Oriente permitirá evitar todo escándalo.

Por lo demás, el tema mismo del artículo puede parecer como un terreno peligroso. Aventurarse en esto, evocar el origen de la oración de Jesús, sacar su significado espiritual profundo oponiéndolo a su presentación errónea y caricaturesca hecha por unos polemistas latinos, ¿no es abrir nuevas y desastrosas controversias?

Estas controversias que se creían olvidadas resurgen en efecto, al momento en que nace este proyecto, bajo formas nuevas y más elaboradas, en el contexto de una doble renovación: renovación, por un lado, de la teología aristotélico-tomista siempre dominante en la esfera católica-romana, y por otra, la del palamismo –en el seno de la teología ortodoxa en vías a despertarse, de tomar conciencia de sus valores propios, al contacto, en la Diáspora, de los ácidos del Occidente [12]. Internándose en una investigación profunda sobre la oración de Jesús, Lev Gillet es consciente de tomar algunos riesgos. Éstos son compartidos por los responsables de la revista Irénikon y de las ediciones de Chevetogne que aceptan esta publicación, con sus prudencias, sus dudas y sus audacias, signo del desmembramiento interior de Lev Gillet –un desmembramiento finalmente dejado atrás precisamente en y por la oración de Jesús, lo cual merecer ser rápidamente evocado.

Agradeciendo a  Clément Lialine que ha aceptado publicar su artículo, Lev Gillet le escribe, en la carta que acompaña el envío del manuscrito: Le envío un manuscrito sobre la Oración de Jesús. Es más bien monstruoso. Yo sé, mejor que nadie, sus defectos: es demasiado largo; puede ser aburrido; no está dactilografiado [13]; las notas son desproporcionadas; y puede ser difícil de leer. Lo único que puedo decir es que reúne algunos datos históricos y bibliográficos que no son fáciles de encontrar y que pueden servir a otros. Yo creería que no contiene nada que pudiese chocar o herir. En fin… tan lamentable puede ser la manera en que yo he tratado el tema […]éste que es un gran tema. La oración de Jesús no pertenece a la Iglesia ortodoxa. ¡Ella es parte de la tradición más auténtica de la Iglesia romana [para convencer a su destinatario, Lev Gillet adopta aquí el vocabulario de la teoría newmaniana de la Iglesia una, universal en sus ramas múltiples] en su rama bizantina! ¿Por qué no Amay pudiera volverse el punto de partida o el centro de un apostolado de esta oración en Occidente –tanto como- en Oriente? ¿Por qué no sería  –con la invocación del Santo Nombre de Jesús (sin el vínculo a las formas del Athos) lo que ha sido Paray-le-Monial en relación al culto del Sagrado Corazón? Esta devoción podría hacer mucho para la Unión. Esto debería interesar al abad Coutorier. Que el Nombre de Jesús encierre a todos los creyentes. [14]

Así, audazmente y paradójicamente, Lev Gillet, sueña con hacer de la oración de Jesús –objeto de controversias en el siglo XIV entre monjes griegos y latinos, y aún hoy asociada al gran debate que divide teólogos ortodoxos y teólogos católicos- el instrumento mismo de reconciliación entre todos los discípulos de Cristo. Ésta es para él el lugar de una comunión en el Nombre, es decir en la persona de Jesús:  comunión ya místicamente real en la invisible Iglesia visible, pero que se trata de actualizar aquí y ahora en la existencia histórica.

De manera significativa, la invocación del nombre de Jesús llamada también “oración del corazón” está unida para él a la devoción latina del Sagrado Corazón de Jesús: una devoción popular a menudo mal comprendida y criticada por los protestantes pero también por los ortodoxos. En los dos casos –que se tratase de la oración de Jesús o de la devoción al Sagrado Corazón- se necesita cavar bastante profundo para alcanzar, bajo la corteza poco atractiva o desconcertante, el núcleo, es decir lo esencial.

El artículo sobre la oración de Jesús aparecerá en Irénikon, en dos partes, en el transcurso de 1947. Lev Gillet se siente “honrado y feliz” -afirma en la misma carta- con la idea de retomar un lugar, aunque fuese anónimamente, en la revista en la que en su fundación y en los comienzos él antaño había contribuido.

Contrariamente a sus temores, el estudio es bien acogido por los lectores, tan bien que Olivier Rousseau que, en 1949, sucede a Clément Lialine en Irénikon, decide publicar bajo la forma de un cuadernillo del cual él mismo hace el prefacio. Éste, como ya se ha dicho, comprende ahora, además del artículo primitivo, dos apéndices.

Hacia la misma época es publicado en Londres un opúsculo titulado On the Invocation of the Lord. Desde junio de 1951, Lev Gillet ha propuesto una adaptación en lengua francesa a Olivier Rousseau. Él vuelve sobre el tema algunos meses más tarde después de un largo viaje por Oriente que le ha conducido por Beyrouth, Damas, Amman y también por Galilea y Jerusalén: “Jerusalén árabe y Jerusalén judía”, precisa él. Evocando este viaje, escribe a su amigo: Desde el punto de vista político, la atmosfera en Palestina es penosa… Pero, en Tabga, entre Magdala y Cafarnaún, en el pequeño convento de los franciscanos italianos al borde del lago de Galilea, encontré una paz, una belleza indecibles. Al borde de este lago –el lago de mi corazón- la oración de Jesús vino a mí de lo más naturalmente, de lo más fácilmente a mis labios- del mismo modo que en la Nazareth blanquísima, lo fue el Ave María.

Y algunas líneas más abajo: Vuelvo a la invocación del Nombre. Usted me había dicho que en Irénikon publicaría eventualmente un pequeño escrito donde trataría esta cuestión, no más desde el punto de vista histórico, sino desde el punto de vista de la piedad práctica. Me permito enviarle un pequeño (no muy grande en todo caso) opúsculo manuscrito redactado por mí en Oriente. ¿Querría Usted darle una mirada? Me parece que este tema tuvo un buen inicio, estas nuevas páginas podrían interesar –incluso ayudar- a algunas almas. Yo no sé… En el caso que Irénikon no pueda recibirlo (que es semejante, pero no idéntico, a mi opúsculo inglés sobre el mismo tema), ¿podría proponerlo a algún periódico católico –o protestante (Cahiers du Rhône? Semeur?). No busco ninguna gloria de autor. Sólo quisiera ser un poco útil. Sobre todo a las almas simples. [15]

Sometido por dom Olivier –no sin algunos temores- a los censores eclesiásticos, el nuevo texto del monje de la Iglesia de Oriente, como los anteriores, recibe el imprimatur. Es publicado en Irénikon en 1952 [16]. En 1959, el cuadernillo de 1951 es reeditado, completado por el artículo publicado en Irénikon en 1952. El opúsculo se divide ahora claramente en dos partes: una parte histórica, erudita, (cap. I-V) y otra parte “devocional”, según la expresión del monje de la Iglesia de Oriente, titulada “Sobre el uso práctico de la oración de Jesús” (cap. VI). La obra contiene numerosas notas de las cuales podría ser interesante estudiar los cambios que han tenido en las diferentes reediciones. [17]

Obra erudita, al mismo tiempo portadora de un mensaje espiritual, La Oración de Jesús es, con Jesús. Simples miradas sobre el Salvador, la obra del monje de la Iglesia de Oriente que ha tocado a más lectores: hombres y mujeres de culturas diferentes, europeas y asiáticas, personas del Antiguo y del Nuevo mundo, ortodoxos y cristianos de otras confesiones, buscadores de Dios fuera de todo contexto eclesial, en esta obra han encontrado un alimento espiritual. Más que toda otra obra, este libro ha contribuido a adaptar la oración de Jesús en Occidente. Su originalidad reside en la síntesis de una información histórica sólida, sin llegar a ser pesada, y de una experiencia espiritual personal, profunda y original.

El monje de la Iglesia de Oriente no pretende narrar en todos sus recovecos la historia de la oración de Jesús. Él marca “algunas etapas” (p. 7) esforzándose en poner a la luz su significación especifica, la relación de cada una de ellas en el tesoro común católico.

El acento es puesto sobre el enraizamiento escriturario, en el Antiguo y Nuevo Testamento, de la veneración del Nombre divino. Algunas relaciones son establecidas entre la invocación cristiana del nombre de Jesús y el lugar del “Nombre inefable” en la piedad judía. De una literatura sobreabundante y a la vez repetitiva, que desde los primeros siglos cristianos se extiende hasta la época contemporánea, el autor extrae los textos más significativos de una corriente espiritual viva: textos griegos y eslavos a menudo de difícil acceso a los no-especialistas traducidos aquí en un francés claro y bello.

Algunas de las tesis históricas de la obra, como el lugar destinado a una tradición específicamente sinaítica de la oración de Jesús, se ha hecho objeto de críticas por parte de especialistas en bizantinología como el P. Irénée Hausherr. Pero como subraya el obispo Kallistos Ware, estas críticas descansan en gran parte sobre malos entendidos.

Más pertinente parece otro reproche amistoso del mismo Kallistos Ware. Con respecto a la importancia de la teología de Gregorio Pálamas, el Padre Lev, estima él, “ha permitido a su horror visceral frente a toda controversia teológica desviar su juicio” [18]. En realidad, Lev Gillet no adopta en nada las críticas occidentales del palamismo. Haciendo referencia a lo que él parece admitir en las teorías de la psicología de la Gestalt, cercano a algunas tesis del estructuralismo francés, él ve en el diálogo de sordos entre neo-palamitas ortodoxos y neo-tomistas católicos, el enfrentamiento de dos lenguajes, de dos sistemas que tienen cada uno su propias lógica, difícilmente transponibles en las categorías de la otra. De ahí el malentendido. “Nosotros señalamos… que se ha perdido bastante de vista que la teoría hesicasta de la visión de la luz divina se sitúa sobre el plano sobrenatural y no en el orden psicológico normal y también que esta cuestión, como la del Filioque, comporta una larga serie de malentendidos: se logra crear monstruos cuando se transpone un concepto en un sistema distinto arrancándolo de su contexto y cuando se traduce e introduce en algunas categorías intelectuales algunas cosas que no son pensables y expresables más que en unas categorías totalmente diferentes”. [19]

El error de los latinos del siglo XIV, como de algunos teólogos católicos romanos modernos (tal como el P. Jugie, directamente puesto en juego por Lev Gillet), está en considerar el palamismo desde un punto de vista escolástico “aristotélico-tomista” y esto no sin una cierta vehemencia (ibid., p. 109, n. 2). […] Pero la simpatía profunda del monje de la Iglesia de Oriente va hacia los hesicastas a los cuales Gregorio Pálamas ha defendido. A este último solo le reprocha de haber como “monje devenido a menos” lanzándose en una polémica a propósito de una visión mística de la cual la autenticidad no es nunca negada.

Lo que aflige y molesta a Lev Gillet, es la pretensión de algunos teólogos –tanto palamitas como aristotélicos-tomistas- de encerrar la verdad divina en sistemas conceptuales cerrados levantando los unos contra los otros como unas fortalezas enemigas.  El palamismo, para él, no es una herejía, como lo han pretendido los latinos. Al místico auténtico que fue Gregorio Pálamas, le reprocha solamente de haberse transformado en polemista contribuyendo así “a transformar una corriente de piedad simple y tierna, en un estuario de querellas odiosas…” A la ofensiva dirigida contra la oración de Jesús por el monje calabrés Barlaan, portavoz del nominalismo occidental al cual se opone el realismo místico de Pálamas -realismo místico que Lev Gillet hace suyo-, “la mejor respuesta, dice él, ¿no hubiera sido el ejemplo pacíficamente reinante de esta oración, su exploración en profundidad y, si se quiere el breve testimonio de una experiencia personal, libre de teorías y de polémicas?” (ibid., p. 42)

Tal es la respuesta que él mismo espera dar en la segunda parte del capítulo VI de su libro: “Sobre el uso práctico de la oración de Jesús”.

La presentación del origen histórico de una espiritualidad centrada sobre la oración de Jesús sirve, en realidad, de introducción a la segunda parte más original y más personal de la obra del monje de Oriente.

Queriendo caracterizar el “uso práctico” de la oración de Jesús para él que fue un iniciador, Kallistos Ware escribe: “Esta oración no consistía para él en una técnica. Ella era un acto de amor, la expresión de la relación inmediata entre dos personas. Cuando nosotros decimos esta oración -él nos enseña- nosotros no tenemos que pensar en el hecho de que invocamos en nombre o preocuparnos del “método” de oración y de sus efectos posibles. Nosotros debemos pensar simplemente y únicamente en Jesús mismo”. [20]

Pronunciar con fe y amor (o al menos con el deseo de la fe y el amor en los momentos de aparente sequedad espiritual), el nombre de Jesús es llevar la presencia de quien se es nombrado. Se trata, escribe el monje de la Iglesia de Oriente, “de concentrar poco a poco nuestro ser alrededor del nombre y dejar que él, como una mancha de aceite, penetre e impregne silenciosamente nuestra alma” [20] La oración de Jesús es un camino de unión con la persona del Salvador. “Ella se profundiza y se dilata en la medida en que nosotros descubramos en el nombre un contenido nuevo” (ibid., p. 77). Mediador impalpable de la presencia de Cristo, socorro en las necesidades, seguridad de perdón, el nombre puede volverse “aplicación a nosotros mismos del misterio de la encarnación”, “método de transfiguración de los hombres en su más profunda y divina realidad”, unión al “Cuerpo de Cristo”, “eucaristía espiritual”, “anticipación del Reino eterno”.

La profundización del sentido de la oración de Jesús es ocasión para Lev Gillet de volver, bajo una forma nueva, sobre la idea de “comunión espiritual en el cuerpo y la sangre de Cristo”: idea antiguamente desarrollada por él, en respuesta a la proposición de intercomunión sacramental entre ortodoxos y anglicanos en el marco del Fellowship de Saint-Alban et Saint-Serge. Invitando a “un cierto uso ‘eucarístico’ del nombre de Jesús”, el monje de la Iglesia de Oriente escribe: “la Eucaristía sacramental no entra en los límites de nuestro tema. Pero nuestra alma es también una habitación alta donde Jesús desea comer la pascua con sus discípulos y donde la Cena del Señor puede ser celebrada en todo momento de una manera invisible. En esta Cena puramente espiritual, el nombre del Salvador puede tomar el lugar del pan y del vino del sacramento. Nosotros podemos hacer del nombre de Jesús una ofrenda de acción de gracias (y es éste el sentido original de la palabra “eucaristía”), el soporte y la substancia de un sacrificio de alabanza hecho al Padre” [22]. Y prosigue un poco más adelante: “el nombre de Jesús… puede ser para nosotros un alimento espiritual, una participación en el Pan de Vida. Señor, danos siempre de ese pan (Jn 6, 34). En este nombre, en este pan, nosotros nos unimos a todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo, a todos los que se sientan en el banquete del Mesías, nosotros que “aunque somos muchos, formamos un único Cuerpo, porque participamos de ese único pan.” (1 Cor 10, 17) (ibid., p. 85).

“La invocación del nombre de Jesús comporta así un aspecto eclesial… El nombre de Jesús es un medio para unirnos en la Iglesia, pues la Iglesia está en Cristo. Ella está allí sin mancha. Esto no significa que nosotros podamos desinteresarnos de la existencia y de los problemas de la Iglesia sobre la tierra ni cerrar los ojos a las imperfecciones y a la desunión de los cristianos. Nosotros no separamos los aspectos visibles e invisibles de la Iglesia. No los oponemos. Pero sabemos que el que está implicado en el nombre de Jesús es el aspecto sin mancha, espiritual y eterno de la Iglesia que transciende toda manifestación terrestre y que cualquier esclerosis no puede romper… Nosotros creemos que los que, pronunciando el nombre de Jesús, intentan unirse al Señor por un acto de obediencia incondicional y de caridad perfecta, participando de alguna manera en la unión sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo,  son los miembros, si no visibles y explícitos, al menos invisibles e implícitos de la Iglesia. Y así, la invocación del nombre de Jesús, hecha por un corazón íntegro, es un camino hacia la unidad cristiana.” (ibid., p. 81-83)

Expresión de una espiritualidad cristocéntrica, la oración de Jesús tiene una significación trinitaria. En la conclusión de su capítulo “El uso práctico de la oración de Jesús”, el monje de la Iglesia de Oriente insiste sobre este último punto. Es el Espíritu quien “escribe el nombre de Jesús con letras de fuego en el corazón de sus discípulos… Pronunciando el nombre del Salvador nosotros podemos obtener una cierta “experiencia”… de la relación entre el Hijo y el Espíritu. Nosotros podemos esforzarnos en coincidir con el descenso de la Paloma sobre nuestro Señor, unir nuestro corazón (en la medida que una creatura puede unirse a una actividad divina) en el eterno movimiento del Espíritu hacia Jesús” (ibid., p. 86)

Coincidiendo con el movimiento del Espíritu hacia el Hijo, la invocación de Jesús, en él, nos orienta hacia el Padre: “pronunciar el nombre de Jesús, es acercarnos al Padre, es contemplar el amor y el don del Padre concentrándose sobre Jesús… Es escuchar la voz del Padre declarando: Tú eres mi Hijo amado (Lc 3, 22) y decir humildemente sí a esta declaración” (ibid., p. 88).

Más allá de todos estos aspectos diversos que son parte de la invocación del nombre de Jesús, para el monje de la Iglesia de Oriente, como una recapitulación experiencial de la historia de la salvación y una síntesis vivida de la teología cristiana, esta oración -escribe él- conduce a la intuición de una plenitud, de una totalidad que constituye la cumbre y el coronamiento. “Nosotros decimos ‘Jesús’, y reposamos en una plenitud, en una totalidad que no nos es posible desunir. El nombre de Jesús se convierte entonces portador del Cristo total. Nos introduce en la Presencia total… La presencia total es todo. Sin ella, el Nombre no es nada. Quien ha alcanzado la Presencia no tiene más necesidad el Nombre. El Nombre no es más que el soporte de la Presencia y, al final del camino, nosotros debemos quedarnos libres el Nombre mismo, libre de todo, salvo de Jesús, del contacto viviente e indecible con su Persona” (ibid., p. 89)

La Oración de Jesús así es vehículo de una teología y una experiencia mística. Y al mismo tiempo, su mensaje lleva la marca de una piedad sobria, evangélica, que no separa jamás la mística de la ética. El nombre de Jesús, escribe el monje de la Iglesia de Oriente, “no es una fórmula mágica”. Su invocación, para dar frutos, es inseparable de la totalidad de la vida cristiana, del combate espiritual, de la ascesis purificadora. Es inseparable sobre todo del “humilde amor y del don de sí”. La oración de Jesús no es un “atajo” para llegar fácilmente al éxtasis, como podrían hacer creer ciertas expresiones torpes de malos intérpretes: “que se destierre toda sensualidad espiritual, toda búsqueda de emoción” (ibid., p. 73). Una oración aparentemente seca, “reducida a una ofrenda de la voluntad desnuda” será aceptable a Dios “ya que está despojada de toda preocupación de delicias espirituales” (ibid., p. 74). Sin embargo, “el Salvador envuelve a menudo su nombre de una atmósfera de alegría, de calor y de luz” (ibid., p. 75). Lev Gillet acerca la atmósfera de la oración de Jesús a la corriente jasídica, alegre y calurosa, en el seno del judaísmo.

En el curso de la lenta elaboración de su pequeño libro, el monje de la Iglesia de Oriente ha evolucionado, ha madurado. El gran deseo unionista que ha precedido a su puesta en marcha subsiste, pero como plan de fondo, como un lejano horizonte. En lo inmediato, él tiene el deseo de acercar una modesta ayuda a los que, viviendo en el mundo o en un monasterio, aspiran a seguir “el camino del Nombre”: un camino que no se elige “sino al cual se es llamado y conducido por Dios, si Él lo juzga bueno” (ibid). Haciendo el prefacio de la última edición de su libro realizada estando él vivo, Lev Gillet constata que este objetivo parece haber sido en parte alcanzado: la obra ha ayudado a algunas almas a conocer mejor “los tesoros que encierra el Nombre dulcísimo del Salvador”. Él allí agradece: “Non nobis, Domine, sed nomine tuo” (ibid., p. 8)



Élisabeth Behr-Sigel
“Lev Gillet. Un moine de l’ Eglise d’ Orient.”
Ed. Cerf. Paris 2005
Pp. 449-466


Notas:

[1] Irénikon, 1947, nº3 y 4, t. XX, p. 249-273.

[2] A MONK OF THE EASTERN CHURCH, On the Invocation of the Name of Jesus, Londres 1950 (Irénikon, 1952, t. XXV, p. 371-382).

[3] Es a esta edición definitiva a la que hace referencia nuestras citas.

[4] Ver la Bibliografía p. 621 la lista de las obras de Lev Gillet publicadas por Chevetogne.

[5] Sobre estas controversias analizadas desde una perspectiva ortodoxa, se puede consultar J. Meyendorff, Introduction à l’ étude de Grégoire Palamas, Paris, Éd. du Seuil, 1959 y, del mismo autor, el resumen simplificado de su tesis en Grégoire Palamas et la mystique orthodoxe, Paris, Éd. du Seuil, 1959.

[6] En Occidente se designa esta oración a menudo con la expresión “oración del corazón”, traducción admisible siempre y cuando sea bien comprendida, del término eslavo doukhovnaïa molitva, “oración espiritual”. La literatura sobre el tema es al día de hoy abundante. Entre las obras recientes de fácil acceso se pueden citar: H.P. Rinkel, La Priére du coeur, Paris, Éd. du Cerf, 1989, que contiene un importante artículo consagrado a esta oración del obispo Kallistos Ware, autor de la traducción en inglés de la obra de Lev Gillet.

[7] Blackfriars, février 1942, p. 74-78.

[8] Ver La Oración de Jesús, p. 67-68. Citándola largamente, el monje de la Iglesia de Oriente parecer hacer suya el testimonio de su amiga.

[9] N. CRAINI, “Das Jesusgebet”, Zeitschrift für Kirchengeschichte, 1941, nº 2.

[10] La Oración de Jesús, Prefacio a la edición de 1951, p. 7. Crainic designa a la Virgen María como la “inventora” de la oración de Jesús.

[11] Irénée Hausherr, s.j., “La Méthode d’oraison hesychaste”, Orientalia Christiana IX/2, junio-julio 1927.

[12] La renovación palamita empieza con el Essai sur la théologie mystique de l’ Église d’ Orient de Vladimir LOSSKY, publicado en París en 1944. Prosigue en las décadas siguientes gracias, especialmente, a las investigaciones históricas de J. Meyendorff.

[13] En la época, Lev Gillet, que no tuvo jamás una máquina de escribir, escribe con una escritura magníficamente clara y legible.

[14] Carta del 14 de noviembre de 1946.

[15] Carta del 16 de enero de 1952. Publicados en Neuchâtel (Suiza), los Cahiers du Rhône han  editado en 1943 una traducción en francés por Jean Gauvain de Simples relatos de un peregrino ruso. El Semeur es el órgano de la Federación francesa de asociaciones cristianas de estudiantes, un movimiento de inspiración protestante con el cual Lev Gillet, como su amigo Paul Evdokimov, estaba en relación.

[16] T. XXV, p. 371-382.

[17] Es bajo su forma definitiva la traducción realizada por el obispo Kallistos (Ware) y publicada en los Estados Unidos: A MONK OF THE EASTERN CHURCH, The Jesus Prayer, Saint Vladimir’s Seminary Press, New York, Crestwood, 1987. Otra traducción más defectuosa habría sido publicada por Desclée & Cie, en Bélgica, en 1967. Algunos extractos traducidos por M. C. Chamberlan han sido publicados en la revista católica inglesa Chrysostom.

[18] The Jesus Prayer, p. 18-19.

[19] The Jesus Prayer, p. 45.

[20] The Jesus Prayer, p. 18.

[21] La Priére de Jésus, p. 73.

[22] La Priére de Jésus, p. 84.