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viernes, 1 de enero de 2016

Romance sobre el evangelio “in principio erat Verbum”

San Juan de la Cruz





I

Acerca de la Santísima Trinidad

En el principio moraba
el Verbo y en Dios vivía
en quien su felicidad
infinita poseía.

El mismo Verbo Dios era
que el principio se decía.

Él moraba en el principio
y principio no tenía.

Él era el mismo principio
por eso de él carecía.

El Verbo se llama Hijo
que de el principio nacía;
hale siempre concebido
y siempre le concebía;
dale siempre su  sustancia
y siempre se la tenía.

Y así la gloria del Hijo
es la que en el Padre había
y toda su gloria el Padre
en el Hijo poseía.

Como amado en el amante
uno en otro residía
y aquese amor que los une
en lo mismo convenía
con el uno y con el otro
en igualdad y valía.

Tres personas y un amado
entre todos tres había
y un amor en todas ellas
y un amante las hacía;
y el amante es el amado
en que cada cual vivía;
que el ser que los tres poseen
cada cual le poseía
y cada cual de ellos ama
a la que este ser tenía.

Este ser es cada una
y éste sólo las unía
en un inefable nudo
que decir no se sabía;
por lo cual era infinito
el amor que las unía,
porque un solo amor tres tienen,
que su esencia se decía:
que el amor cuanto más uno
tanto  más amor hacía.


II

De la comunicación de las Tres Personas.

En aquel amor inmenso
que de los dos procedía
palabras de gran regalo
el Padre al Hijo decía,
de tan profundo deleite
que nadie las entendía;
sólo el Hijo lo gozaba,
que es a quien pertenecía;
pero aquello que se entiende
de esta manera decía:

“nada me contenta, Hijo,
fuera de tu compañía;
y si algo me contenta,
en ti mismo lo quería.
El que a ti más se parece
a mí más satisfacía
y el que en nada te semeja
en mí nada hallaría.
En ti sólo me he agradado,
¡oh vida de vida mía!
Eres lumbre de mi lumbre,
eres mi sabiduría,
figura de mi sustancia
en quien bien me complacía.
Al que a ti amare, Hijo,
a mí mismo le daría
y el amor que yo en ti tengo
ese mismo en él pondría,
en razón de haber amado
a quien yo tanto quería”


III

De la Creación

“Una esposa que te ame,
mi Hijo, darte quería,
que por tu valor merezca
tener nuestra compañía
y comer pan a una mesa
de el mismo que yo comía,
para que conozca los bienes
que en tal Hijo yo tenía
y se congracie conmigo
de tu gracia y lozanía.”

“Mucho lo agradezco, Padre,
-el Hijo le respondía- ;
a la esposa que me dieres
yo mi claridad daría
para que por ella vea
cuánto mi Padre valía,
y cómo el ser que poseo
de su ser le recibía.
Reclinarla he yo en mi brazo
y en tu amor se abrasaría
y con eterno deleite
tu bondad sublimaría.”

IV

“Hágase, pues – dijo el Padre-,
que tu amor lo merecía”;
y en este dicho que dijo,
el mundo criado había
palacio para la esposa
hecho en gran sabiduría;
el cual en dos aposentos,
alto y bajo dividía;
el bajo de diferencias
infinitas componía;
mas el alto hermoseaba
de admirable pedrería.

Porque conozca la esposa
el Esposo que tenía,
en el alto colocaba
la angélica jerarquía;
pero la natura humana
en el bajo la ponía,
por ser en su compostura
algo de menor valía.

Y aunque el ser y los lugares
de esta suerte los partía,
pero todos son un cuerpo
de la esposa que decía:
que el amor de un mismo Esposo
una esposa los hacía.

Los de arriba poseían
el Esposo en alegría,
los de abajo en esperanza
de fe que les infundía,
diciéndoles que algún tiempo
el los engrandecería
y que aquella su bajeza
Él se la levantaría
de manera que ninguno
ya la vituperaría,
porque en  todo semejante
Él a ellos se haría
y se vendría con ellos
y con ellos moraría
y que Dios sería hombre
y que el hombre Dios sería
y trataría con ellos,
comería y bebería
y que con ellos continuo
Él mismo se quedaría
hasta que se consumase
este siglo que corría,
cuando se gozaran juntos
en eterna melodía,
porque él era la cabeza
de la esposa que tenía,
a la cual todos los miembros
de los justos juntaría,
que son cuerpo de la esposa,
a la cual Él tomaría
en sus brazos tiernamente
y allí su amor le daría
y que así juntos en uno
al Padre le llevaría,
donde de el mismo deleite
que Dios goza, gozaría;
que, como el Padre y el Hijo
y el que de ellos procedía
el uno vive en el otro,
así la esposa sería
que, dentro de Dios absorta,
vida de Dios viviría.


V

Con esta buena esperanza
que de arriba les venía,
el tedio de sus trabajos
más leve se les hacía;
pero la esperanza larga
y el deseo que crecía
de gozarse con su Esposo
continuo les afligía;
por lo cual con oraciones,
con suspiros y agonía,
con lágrimas y gemidos
le rogaban noche y día
que ya se determinase
a les dar su compañía.
Unos decían: “¡Oh si fuese
en mi tiempo el alegría!”
Otros: “¡Acaba, Señor;
al que has de enviar, envía!”
Otros: “¡Oh si ya rompieses
esos cielos, y vería
con mis ojos que  bajases,
y mi llanto cesaría!”
“¡Regad, nubes de los alto,
que la tierra lo pedía,
y  ábrase ya la tierra
que espinas nos producía
y produzca aquella flor
con que ella florecía!”.
Otros decían: “¡Oh dichoso
el que en tal tiempo sería
que merezca ver a Dios
con los ojos que tenía
y tratarle con sus manos
y andar en su compañía
y gozar de  los misterios
que entonces ordenaría!”.


VI

En aquestos y otros ruegos
tiempo pasado había;
pero en los postreros años
el fervor mucho crecía,
cuando el viejo Simeón
en deseo se encendía,
rogando a Dios que quisiese
dejadle ver este día.
Y así el Espíritu Santo
al buen viejo respondía
que le daba su palabra
que la muerte no vería
hasta que la vida viese
que de arriba descendía,
y que él en sus mismas manos
al mismo Dios tomaría
y le tendría en sus brazos
y consigo abrazaría


VII

Ya que el tiempo era llegado
en que hacerse convenía
el rescate de la esposa
que en duro yugo servía
debajo de aquella ley
que Moisés dado le había,
el Padre con amor tierno
de esta manera decía:

“Ya ves, Hijo, que a tu esposa
a tu imagen hecho había
y en lo que a ti se parece
contigo bien convenía;
pero difiere en la carne
que en tu simple ser no había.
En los amores perfectos
esa ley se requería:
que se haga semejante
el amante a quien quería;
que la mayor semejanza
más deleite contenía;
el cual, sin duda, en tu esposa
grandemente crecería
si te viere semejante
en la carne que tenía.”

“Mi  voluntad es la tuya
-el Hijo le respondía-
y la gloria que yo tengo
es tu voluntad ser mía;
y a mí me conviene, Padre,
lo que tu alteza decía,
porque por esta manera
tu bondad más se vería;
veráse tu gran potencia
justicia y sabiduría;
irélo a decir al mundo
y noticia le daría
de tu belleza y dulzura
y de tu soberanía.

Iré a buscar a mi esposa
y sobre mí tomaría
sus fatigas y trabajos
en que tanto padecía;
y porque ella vida tenga
yo por ella moriría
y sacándola de el lago
a ti te la volvería”.


VIII

Entonces llamó a un arcángel
que San Gabriel se decía
y enviólo a una doncella
que se llamaba María,
de cuyo consentimiento
el misterio se hacía;
en el cual la Trinidad
de carne al Verbo vestía;
y aunque tres hacen la obra,
en el uno se hacía;
y quedó el  Verbo encarnado
en el vientre de María.

Y el que tenía sólo Padre,
ya también Madre tenía,
aunque no como cualquiera
que de varón concebía,
que de las entrañas de ella
el su carne recibía;
por lo cual Hijo de Dios
y de el hombre se decía.


IX

Del Nacimiento

Ya que era llegado el tiempo
en que de nacer había,
así como desposado
de su tálamo salía
abrazado con su esposa,
que en sus brazos la traía,
al cual la graciosa Madre
en un pesebre ponía
entre unos animales
que ha la sazón allí había.

Los hombres decían cantares,
los ángeles melodías,
festejando el desposorio
que entre tales dos había;
pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa
al desposorio traía;
y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía;
el llanto de el hombre en Dios
y en el hombre la alegría,
lo cual de el uno y de el otro
tan ajeno ser solía.



San Juan de la Cruz
Romance sobre el evangelio “in principio erat Verbum”
Ed. Espiritualidad. 4º Edición. Madrid
Pp. 49-57.