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miércoles, 20 de enero de 2016

La Trinidad divina y la deificación del hombre por el nacimiento del Hijo en el alma, según los escritos del Maestro Eckhart.


Fr. Brian Farrelly, O.P.




La espiritualidad cristiana brota del más profundo misterio revelado por Jesús, la insondable realidad que es la Trina Unidad del sólo Dios verdadero, del que procede la revelación salvífica de la encarnación del Verbo, Palabra Hijo de Dios, nuestro Redentor. Sin presuponer la fe en el misterio de la Trinidad divina, es imposible llegar a saber quién es Jesucristo, Nuestro Señor. Sobre estos inconmovibles sillares se ha de elevar la teología y por ende la espiritualidad de la Iglesia católica.

La doctrina del Maestro Eckhart es prioritariamente trinitaria. Se podría quizás caracterizar su camino espiritual como un proceso de la Trinidad a la Trinidad desde la eterna actualidad de toda la creación en Dios, hasta la suprema unión mística del hombre con las Personas divinas en el abismo de la Deidad, por transformación de amor.

“Dios y yo somos uno”, dirá Eckhart [1]. Esta audaz expresión del Maestro puede considerarse como un eco en el orden creado de las palabras con que Jesús declara su unión con el Padre, con quien es “unum” [2], como también de su oración sacerdotal por los discípulos: “Que sean uno, como nosotros somos uno” [3]. La vida participada por el hombre unido por gracia con Cristo es una participación de la vida divina tal como ésta es en sí misma, en la Trinidad. Por donde el místico sajón enseña que, así como no hay unión mayor que la de las divinas Personas entre sí, después de ésta no puede darse mayor unión que la del alma con Dios [4].

Al tratar de esta suma unión de la criatura con su Creador y último fin, en su teología mística, sobre todo en los sermones alemanes, alcanza expresiones que serán tomadas en términos equivalentes por el máximo maestro espiritual castellano –a distancia de dos siglos- San Juan de la Cruz, cuando afirma que en la unión mística entre Dios y el hombre, “el uno es el otro, y entrambos son uno por transformación de amor” [5], de modo que se llega a “una transformación total en el Amado […] en que el alma queda hecha divina y Dios por participación”, ya que “son dos naturalezas en un espíritu y amor de Dios” [6].

El camino que presenta el Maestro Eckhart para la ascensión a tal profundidad de vida mística se articula en cuatro aspectos de un proceso: el desprendimiento de todo apego a la criatura; la entrega total al beneplácito divino; y por él un nacimiento espiritual del Hijo de Dios (del Verbo) en lo más profundo del alma (en su “fondo” [Grund], o en su “corazón”) lleva a la “divinización” por el Espíritu Santo. La desapropiación de las criaturas produce un vacío de todo lo que no es Dios, alcanza la verdadera pobreza evangélica y libera al alma de toda atadura temporal. Es la Abgeschiedenheit, o “separación” eckhartiana. A la separación debe corresponder una entrega de todo lo creado y sobre todo de sí mismo, una oblación amorosa y plena a la voluntad divina, dejándose tomar por ella: la Gelassenheit, que recibirá en España el nombre de dejamiento (corriente espiritual llamada, preferentemente a partir del siglo XVII, del “abandono”). El hombre “dejado a Dios” estará siempre dispuesto “a dejar hacer a Dios” en él. Es entonces cuando el Padre engendrará espiritualmente a su Hijo en dicha alma, haciendo por gracia lo que el Unigénito es por naturaleza; y el Espíritu lo arrebatará, llevándolo al abismo insondable de la Deidad.

La Abgeschiedenheit y la Gelassenheit son los estadios ascéticos preliminares a la vida mística. Comprenden también el ejercicio de las virtudes morales y teologales; mientras que el nacimiento del Hijo en el alma y la transformación de amor son gracias de carácter místico que dependen exclusivamente de las Personas de la Trinidad y de sus misiones divinas, hasta la consumación deificante de la “unión sin diferencia”. Entonces, el hombre es “verdaderamente lo mismo por gracia lo que Dios es por naturaleza” [7].


1. La mística del nacimiento del Hijo de Dios en el alma

Esta doctrina es tradicional en la espiritualidad de los Padre orientales y por ellos fue transmitida a Occidente gracias a las traducciones efectuadas en el siglo IX por Juan Escoto Eriúgena [8]. San Ireneo de Lyon, a mediados del siglo II, dirá que, por la adopción divina, el hombre llega a ser el Hijo de Dios [9]. Clemente Alejandrino (s. II-III) introduce en el uso eclesiástico los términos divinizar y divinización [10]. Enseña que el Verbo de Dios se hizo hombre, para que aprendiéramos de un hombre cómo llegar a ser Dios [11]. “El alma, al recibir la virtud del Señor, piensa que es Dios” [12], porque el hombre en que habita el Lógos tiene en sí la forma de Dios, llega a ser Dios” [13]. Hipólito Romano escribe a mediados del siglo III: “Uno solo es el Hijo de Dios, que reúne a todos los santos en el único hombre perfecto” [14]. Y dice al cristiano: “Serás consorte de Dios y heredero de Cristo, porque has sido hecho Dios” [15].

En su comentario al Evangelio de San Lucas, Orígenes pregunta: “¿Qué te aprovecha que Cristo venga en carne, si no viniere también a tu alma?” [16]. Y afirma en otro lugar: “En el alma que recibe al Verbo se forma y configura paulatinamente en ella la concepción del Verbo” [17]. San Atanasio, en el siglo IV, escribe en sus Oraciones contra los arrianos: “El Padre no es verdaderamente Padre sino del Hijo, y no somos nosotros por nosotros mismos quienes llegamos a ser hijos, sino el Hijo que está en nosotros” [18].

Entre los capadocios, San Gregorio Nazianceno, llamado “el teólogo” (s. IV), dice que “somos hechos como Cristo, porque Cristo se hizo como nosotros; hechos dioses por Él, ya que Él se hizo hombre por nosotros” [19]. Proclama igualmente que “hemos de ser coherederos de Cristo, hijos de Dios y Dios mismo” [20]. Ser hijos es vivir la vida del Hijo de Dios en nosotros. Y San Gregorio Niseno, hermano de San Basilio, afirma que el alma se convierte en “imagen de la Imagen” [21], o sea, imagen de Cristo, que es imagen del Padre: “Dios está en el alma, y ésta migra a Dios” [23], “ambos pasan a ser uno” [23]. “Cuando el hombre es asumido por Dios como hijo, excede a su misma naturaleza humana, es hecho de mortal inmortal, y así resulta de hombre Dios” [24].

Con San Cirilo de Alejandría, en el siglo V, es puesto de relieve el papel del Espíritu Santo en la deificación: “El Espíritu Santo es en nosotros el principio de una nueva vida, formándonos en Cristo” [25]. Cada uno es espiritualmente transformado en imagen de Cristo por un “proceso divino que imprime el sello de la hipóstasis (= Persona) de Dios Padre” [26], haciéndonos consortes y partícipes de la naturaleza divina del Verbo [27]. “Como la cera se une a la cera, así el fiel se hace uno con Cristo y Cristo con él” [28]. “Cristo es a la vez Hijo único e Hijo primogénito; Hijo único como Dios, primogénito por la unión salvífica entre Él y nosotros, haciéndose hombre. Por esta unión, en Él y por El, somos hechos hijos de Dios por naturaleza y por gracia. Lo somos por naturaleza (humana) en Él, y en Él sólo; lo somos por participación y por gracia, por Él, en el Espíritu Santo” [29].

Conforme a las enseñanzas del Pseudo Dionisio Areopagita, autor neoplatónico de fines del siglo V o principios del VI, de gran autoridad por creérsele discípulo del apóstol Pablo, “la Trinidad en la Unidad” de la que derivan todas las cosas, concibió un designio salvífico tanto para los hombres como para las sustancias superiores (los ángeles), que no puede haber lugar sino por la deificación de los que son salvados. Esta deificación es una asimilación y unificación con Dios; a cuantos se vuelven a Él, Dios se vuelve a ellos para deificarlos” [30].

Con San Máximo el Confesor (siglo VII) culmina el ciclo de los grandes teólogos de la deificación. A todos los que obtienen el don de la regeneración bautismal, les es concedido un nuevo espíritu, “una misma gracia, una forma y denominación divina, la de ser y ser llamados Cristo” [31]. Dios mostrará los tesoros de su bondad haciendo al hombre semejante a sí por la deificación a excepción de su simple esencia [32]. “Al descenso de Dios por la encarnación corresponde el ascenso del hombre por la deificación” [33]. “Dios siempre quiere hacerse hombre, en los que sean dignos, haciendo al hombre Dios, tanto cuanto Él mismo se hizo hombre” [34]. La identidad del alma con Dios es por gracia de adopción [35]. Es el Verbo quien viene y se aposenta en lo profundo del corazón [36]. El hombre deiforme y divino que lleva a Dios en sí, brama por retornar a su arquetipo divino [37]. “El Verbo de Dios, nacido una vez según la carne, en cuantos lo desean, nace siempre espiritualmente y se hace niño, formándose en ellos por las virtudes” [38].

La edificación del cristiano es vista generalmente por los autores griegos como una consecuencia del misterio de la encarnación del Verbo y siempre en perspectiva trinitaria. Es la adopción divina del hombre en el Hijo por designio del Padre y la virtud del Espíritu Santo.

Los escritores eclesiásticos latinos de la era patrística comienzan tardía y raramente a emplear un lenguaje similar al usado por los Padres griegos. En vez de deificación, suelen hablar de santificación. San Hilario de Poitiers (siglo IV) refleja el pensamiento patrístico de Oriente cuando escribe: “Si Dios ha asumido nuestro cuerpo mortal, extraño a su naturaleza divina, al encarnarse y hacerse hombre, a nosotros toca ahora aferrar aquello que Él mismo es […], aquello por lo que también nosotros hemos sido aferrados; así obtendremos la naturaleza de Dios, ya que Él mismo ha tomado la naturaleza humana” [39]. Con Jun Escoto Eriúgena (siglo IX) revive en la Alta Edad Media la doctrina neoplatonizante de la patrística oriental, junto con la incipiente filosofía escolástica.

En el siglo XIII Santo Tomás de Aquino menciona la divinización en algunos de sus escritos. En la Suma de teología dirá que “sólo Dios puede deificar, como sólo el fuego puede quemar. Es necesario que sólo Dios deifique, comunicando el consorcio con la divina naturaleza por cierta semejanza participada” [40]. En un opúsculo enseña que “pertenece a la naturaleza del amor que transforme al amante en el amado. Si, pues, amamos a Dios, somos hechos divinos” [41].


2. El nacimiento espiritual del Hijo en el alma como misión invisible del Verbo.

Subyacente al pensamiento místico del Maestro Eckhart suele encontrarse la doctrina teológica de Santo Tomás. Con respecto al nacimiento del Verbo en el alma, parece conveniente recordar lo que enseña el Angélico acerca de las misiones invisibles de las Personas divinas. Las misiones invisibles corresponden al orden de las procesiones o actos nocionales en la Trinidad, o sea a la generación eterna del Hijo y a la procesión y envío del Espíritu Santo. El santo doctor trata de ellas en dos de sus obras mayores: en el comentario al libro de las Sentencias, compuesto al comienzo de su magisterio cuando era bachiller sentenciario, entre 1252 y 1256, y cuando ejercía como maestro en la Sorbona, en la obra de su plena madurez, la Suma de teología, entre 1266 y 1272. “La misión, por su propio significado, dice salida de alguien como enviado por alguien y en orden a algún término” [42]; no según la distancia local, cuando se trata de la misión de una Persona divina, sino por ser ésta originada de otra Persona (del mitente). Tampoco implica algún cambio en el enviado, de modo que éste llegase adonde antes no estaba, sino que entonces se trata de una salida por origen de alguien como de principio, y según una novedad en aquella persona a quien se dirige el enviado [43]. “El Padre no es enviado porque no procede de otra Persona divina, sino que es el Principio sin principio de la misma Trinidad” [44]. “A ninguna Persona divina conviene ser enviada, sino a la que procede de otra […] Por eso se dice que el Espíritu Santo y el Hijo son enviados, no así el Padre ni la misma Trinidad” [45]. Las misiones divinas obran una deificación en aquellos a quienes son enviadas, conformando al alma a imagen del Hijo e introduciéndola en el amor personal entre el Padre y el Hijo, que es el Espíritu Santo. “Como el Espíritu Santo se comunica a la mente por el don de amor, así lo hace el Hijo por el don de sabiduría, en el que se manifiesta el mismo Padre, que es el término a que todo por último recurre; y según el nuevo modo de ser con relación a las Personas como efecto de la misión invisible, somos asimilados a ellas. Y así como somos asimilados a lo que es propio de las divinas Personas, así también la unión a las divinas Personas no puede ser alcanzada sino en virtud de ellas. De modo que por la recepción de las divinas Personas, ellas de modo nuevo nos conducen al fin que es la unión […] Cuando se posee un conocimiento del que no se sigue un amor gratuito, no hay semejanza con el Verbo, y por tanto no posee el Hijo como inhatitante quien no tenga ese tipo de conocimiento, que no puede obtenerse sino por gracia (gratum facientis) [46]. Por lo que consta que, hablando simple y propiamente, el Hijo no es dado ni enviado sino por gracia santificante” [47]. “No se da una misión invisible del Hijo sin que se dé simultáneamente una del Espíritu Santo”[48].

En la Suma de teología Santo Tomás trata asimismo de la misión de las divinas Personas: “La noción de misión comporta dos cosas: la primera es la relación del enviado con el que le envía; la otra, la relación del enviado con el término al que se envía […] La misión puede convenir a una divina Persona en cuanto importa, por una parte, proceder por origen del que le envía y, por otra, que exista de un modo nuevo en alguien” [49]. “La misión invisible de una Persona divina puede tener lugar sólo por el don de la gracia santificante, por lo que se distingue del modo común en que Dios es en todas las cosas por esencia, potencia y presencia, como causa en los efectos que proceden de su bondad. Sobre este modo común hay uno especial que conviene a la criatura racional, en que se dice que Dios se halla en ella como el conocido en el que lo conoce y como amado en quien le ama. Y porque conociendo y amando la criatura racional alcanza al mismo Dios, según este modo especial se dice que Dios no sólo está en la criatura racional, sino que habita en ella como en su templo. Así, pues, ningún otro efecto puede dar razón de que una divina Persona sea de algún modo nuevo en una criatura racional, sino por la gracia que la hace grata” [50]. Como tanto al Hijo como al Espíritu Santo les conviene habitar por gracia, y ambos proceden de otro (del Padre), les conviene ser enviados por misión invisible.


3. El nacimiento del Hijo o Verbo de Dios en el alma y la identificación mística del hombre con Él conforme a la doctrina del Maestro Eckhart.

Aunque el maestro turingio prefiera expresarse en forma similar a la de los Padres griegos, el contenido de su concepción sigue las orientaciones del venerado hermano Tomás, llevadas a sus últimas consecuencias. El mérito del Maestro Eckhart no consiste en haber descubierto el tema de la deificación como meta de la vida espiritual, pues éste era ya tradicional en la mística cristiana, sino en exponerla con un enfoque acentuadamente metafísico y atribuyendo a cada Persona divina un efecto en la criatura que corresponde de algún modo analógico a su propiedad personal, o acto nocional propio.

La unión mística es contemplada como una unión con la esencia o naturaleza divina, en cuanto ésta es concebida como “anterior” a la “difusión” de las Personas que idénticamente la poseen, o sea con la unidad de la Trinidad en el “Fondo” o “Desierto divino”, donde las tres Personas son una misma Deidad. Empero, esta “anterioridad” no es de orden temporal, ni de naturaleza, sino un intento de considerar abstractamente en la mente lo que en realidad es un solo  y mismo ser en Dios, sin ningún tipo de distinción, ni siquiera de razón entre las Personas y la Deidad [51].

En el orden de las misiones personales, Eckhart trata de lo que corresponde a cada Persona, ya mitente, o bien enviada.

a- El Padre envía invisiblemente a su Unigénito:

- Le engendra en el alma, en el vértice del intelecto [52]; y el alma es entonces arrastrada en el flujo de amor del Espíritu Santo. “El Padre engendra a su Hijo sin cesar, digo aún más: me engendra como a su Hijo, y como el mismo Hijo; me engendra como a él y a él como a mí, como a su ser y a su naturaleza. En la fuente más íntima, allí fluyo yo en el Espíritu Santo” [53];

- “Así como el Padre le engendra en la verdadera Unidad de la naturaleza divina en igual y no diferente modo, el Padre hace nacer a su Hijo en el fondo del alma y se une así con ella” [54]. “El Padre en su naturaleza simple engendra a su Hijo en forma natural, y así verdaderamente le engendra en lo más íntimo del espíritu” [55]. Dice asimismo Eckhart que el Padre “engendra a su Hijo unigénito en lo más alto del alma” [56]. “Cuando digo lo más íntimo entiendo también lo más alto y cuando digo lo más alto quiero decir lo más íntimo del alma” [57]. En la facultad del alma, que no toca tiempo ni carne en el intelecto, “el Padre eterno engendra sin cesar a su Hijo eterno, de tal modo que esta facultad coengendra al Hijo del Padre y a sí misma como al Hijo en el poder propio del Padre” [58]. “El Padre no ama nada más que al Hijo, y lo encuentra todo en el Hijo” [59], y “me ama con el mismo amor con que ama a su Hijo” [60].

b- El Hijo que es enviado:

- “Somos hijos en el Hijo, porque tenemos un solo ser con él” [61]. Más aún, dice Eckhart, somos el mismo Hijo: “El hombre debe vivir de tal manera que sea uno con el Hijo unigénito, y ser el Hijo unigénito. Entre el Hijo unigénito y el alma no ha de haber ninguna diferencia” [62].

- San Juan dice: “Ved qué amor nos ha regalado Dios, que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos” [63]. “No dice solo ‘seremos llamados’, sino que ‘somos’” [64]. “Asimismo digo yo: Como el hombre no puede ser sabio sin sabiduría, así tampoco puede ser hijo sin tener el ser del Hijo de Dios, y sin el mismo ser que tiene el Hijo de Dios […] Por tanto, si has de ser hijo de Dios, no podrás serlo si no tienes el mismo ser de Dios que tiene el Hijo de Dios” [65].

En otro lugar Eckhart insiste sobre lo mismo: “No puedo ser hijo de Dios si no tengo el mismo ser que tiene el Hijo de Dios; y por tener ese mismo ser seremos iguales a él y le veremos tal como él es Dios.” [66] “Sin ninguna diferencia seremos el mismo ser, la misma sustancia y naturaleza que él mismo es. Esto todavía no es manifiesto” [67] “Trasplantado en Dios y uno con él, seré una sustancia, un ser y una naturaleza, y el mismo Hijo de Dios. Entonces ha de tener el hombre el ser y la naturaleza y la sustancia y la sabiduría y el gozo y todo lo que Dios tiene. Entonces el mismo ser del Hijo de Dios será nuestro y en nosotros; llegaremos al mismo ser de Dios.” [68] “Allí donde el Padre engendra en mí a su Hijo, allí soy el mismo Hijo y no otro” [69]. “Una Escritura dice: ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo’ [70], y por tanto, si quieres conocer a Dios, debes no sólo ser igual al Hijo, sino que debes ser el mismo Hijo” [71].

El alma devuelve el Hijo al Padre, y vuelve con el Hijo a su origen: “En el oculto conocimiento del Padre descansé yo eternamente, permaneciendo inexpresado dentro de él. Desde esta pureza me ha engendrado eternamente como a su unigénito Hijo, quien es imagen de su eterna paternidad, para que yo fuese padre y engendrase a aquél de quien he nacido. Como el eco devuelve la voz, así el alma devuelve Dios Hijo a Dios Padre” [72]. “Si verdaderamente quieres hallar este noble nacimiento, debes dejar toda multiplicidad y regresar al origen y al Fondo de donde has procedido” [73]. “Si yo hubiese salido ahora de mí mismo por completo y quedase enteramente purificado de lo mío, entonces el Padre celestial engendraría con tanta pureza a su Unigénito en mi espíritu, que yo lo engendraría de nuevo para él” [74].

c- La misión invisible del Espíritu Santo:

“De él sólo, en cuanto es el Espíritu de Dios y es Dios mismo, será recibido el Hijo en nosotros” [75]; y somos atraídos y arrastrados en el Espíritu Santo al Padre por el Hijo: “Del Espíritu Santo procede toda santidad. El Espíritu Santo toma al alma y la purifica en la luz y en la gracia y la atrae a lo más alto” [76]. Con mayor amplitud Eckhart dirá que “el Espíritu  Santo toma al alma y la arrastra a lo más puro y alto, a su origen que es el Hijo, y el Hijo la continúa arrastrando a su origen, que es el Padre, al Fondo, al Primero, en que el Hijo tiene su ser” [77]. “La fuerza del Espíritu Santo toma lo más limpio, lo más delicado y lo más alto del espíritu, la chispita (Fünnklein) del alma y la arrastra hacia arriba, inflamada de amor” [78]. Eckhart lo compara con la acción del sol sobre un árbol: “El sol toma en la raíz lo más puro y delicado y lo lleva hacia arriba, a las ramas, y allí florece” [79]. “Seremos enteramente transformados y cambiados en Dios”, exclama aludiendo a una expresión de San Pablo [80]. El hombre es entonces “más Dios que criatura […] es verdaderamente lo mismo por gracia que Dios es por naturaleza” [81]. “Allí pierde el alma su nombre y fuerza, pero no su voluntad ni su ser. Allí permanece el alma en Dios como Dios permanece en sí mismo” [82]. “Cuando Dios atrae el alma a sí, la transforma en sí mismo, de modo que el alma es divinizada, pero Dios no se cambia en el alma” [83]. Santo Tomás había enseñado que “la gracia confiere a las almas la perfección de un cierto ser divino conforme al cual la gracia hace deiformes a quienes la poseen” [84].

La actividad divina inmanente de la Trina Deidad y los efectos de las misiones divinas en el alma son descriptos por el Maestro Eckhart atribuyendo a cada Persona lo que le es semejante de algún modo como efecto creado a lo que es propio de la Persona en el seno de la Trinidad. El término de las misiones invisibles son el Hijo y el Espíritu Santo, realmente presentes de un modo nuevo en el alma divinizada inhabitada.

En su teología trinitaria, el Maestro Eckhart es fiel tanto a la tradición de la Iglesia oriental patrística como a la doctrina de Santo Tomás, al afirmar que todo don que Dios concede al hombre es atribuido por su primer origen al poder del Padre, a la sabiduría del Hijo y al amor del Espíritu Santo. Mientras que el retorno de la criatura racional sigue el orden inverso: al Padre por el Hijo y la virtud del Espíritu Santo, conforme a una analogía con el orden de las procesiones de las divinas Personas en la Trinidad [85]

En otros textos luminosos, el Angélico Doctor nos dice que “la adopción, aunque sea común a toda la Trinidad, se apropia al Padre como autor, al Hijo como ejemplar y al Espíritu Santo como a quien imprime en nosotros esa similitud del ejemplar” [86]. Se da una “cierta conformidad con la imagen del Hijo de Dios por naturaleza” [87]; “una semejanza participada de la filiación divina” [88]. Pues “por aquél que es el unigénito Hijo natural de Dios, somos hechos hijos de Dios por adopción” [89].

A través de las frases del Maestro Eckhart, que a veces parecen muy audaces, se transparenta una antiquísima tradición espiritual y la voz del Maestro Tomás. La doctrina que propone Eckhart posee una perspectiva que trasciende la de una mera intuición especulativa. Comprende también una profunda intención espiritual, la de conducir al hombre a una íntima unión con Dios, a una comunión y  transformación de amor en que “el uno es el Otro”, a través de un exigente desasimiento sensible y total entrega de sí mismo al Señor Uno y Trino, hasta ser sumergido en el abismo insondable de la Deidad.

El sutil catedrático no olvida su misión de guía de almas por la predicación evangélica, con el aval de su experiencia personal por los caminos misteriosos del espíritu. En un comentario al libro del Eclesiástico notará que el predicador no ha de ser alguien que vive para sí, sino para los demás [90]. Quizá pudiéramos caracterizar su perspectiva como la de una ontoteología cristiana mística. Eckhart fue juntamente maestro de cátedra y maestro de vida: Lesemeister und Lebemeister.



Fr. Brian Farrelly, O.P.
Revista Sapientia
Volumen LV. Fascículo 207. Pp. 13-23.
Buenos Aires 2000



Notas:

[1] “Iusti vivent in aeternum”, DW I, 455.

[2] Juan 10, 30.

[3] Juan 17, 22. El anhelo de la unión total con Dios se manifiesta en la vida de muchos místicos, aun fuera del cristianismo, como en el musulmán Ibn Mansur al-Hallaj, del siglo X, ajusticiado en Bagdad por predicar entre el pueblo de los mercados: “Tu Espíritu se ha mezclado poco a poco con mi espíritu y ahora yo soy Tú mismo. Tu existencia es la mía, como también mi querer. He llegado a ser Aquél que amo, y Aquél que amo llegó a ser yo. Somos dos espíritus, infundidos en un solo cuerpo” (cit. Por G.-C. ANAWATI O.P. & L. GARDET, Mystique musulmane, Paris 1961).

[4] “In diebus suis”, DW I, 470-471.

[5] Canción 11,7, en Vida y obras de San Juan de la Cruz, ed. L. Ruano de la Iglesia O.C.D., BAC, Madrid 1982.

[6] Canción 17, 3, ibid.

[7] “Euge, serve bone et fidelis” (título del sermón de Eckhart según la edición crítica de Suttgart 1936ss), DW II, pred. 66.

[8] El docto irlandés tradujo al latín en la corte de Carlos el Calvo las obras de Dionisio, de los Capadocios y de Máximo el Confesor. Cfr. M. CAPPUYNS O.S.B., Jean Scot Erigène, Louvain & Paris 1933.

[9] Adv. Haeres III, 1: PG 7,939b. Santo Tomás dirá que por el bautismo los cristianos forman con Cristo “una persona mística”.

[10] Strom. VI, 15, 25, 4, en Opera, ed. O. Stählin, Leipzig 1905-1906, t. II, p. 495.

[11] Protrept. I, 1, 8, ibid., t. I, p. 9.

[12] Strom. VI, ibid., t. II, p. 670.

[13] Paedag. 3, 1, 5: PG 8, 556c.

[14] De Antichristo 3: PG 10, 732a.

[15] De refut. Ómnium haeres., 10, 34.

[16] In Lucam homil., 22,1, en Die griechischen christlichen Schrifsteller der ersten drei Jarhunderte, hrsg. Von der Kirchenväter Kommission der Königlich PreuBsichen Akademie der Wissenschaften, Leipzig 1897ss, vol. IX, p. 144.

[17] Homil. 4 in Psalmos, 36: PG 12, 1357b.

[18] De orat. 22,3, en Die griechischen christlichen Schrifsteller der ersten drei Jarhunderte, vol. II, p. 348.

[19] In S. Pascha, orat. 1,5: PG 35, 397bc.

[20] Orat. In laudem Caesarii fratris, orat. 7, 23: PG 35, 785b.

[21] Cfr. PG 46, 272b.

[22] In Cant., homil. 6: PG 44,889d.

[23] Ibid.

[24] De beatitud., orat. 7: PG 44, 1280c.

[25] In Isaiam comment., 4,2: PG 70, 936b.

[26] Cfr. Ibid.

[27] Cfr. In Evang. Ioannis, I, 16: PG 74,433b.

[28] Ibid., IV, 2,6: PG 74, 584 bc.

[29] De fide recta ad Theod.: PG 76, 1177a.

[30] De eccles. Hierar., 1,4: PG 3,375b.

[31] Mystag., 1: PG 91,665a.

[32] Cfr. Quaest. Ad Thalass., q. 22: PG 90,320ª.

[33] Ibid.

[34] Ibid., 322b.

[35] Cfr. Ibid., 280 bc.

[36] Cfr. Ibid., 283d.

[37] Cfr. Ambig. Liber: PG 91, 127 cd.

[38] Ce nt., 1: PG 90,1181a.

[39] In Psalm. 2: PL 9,289d-290a.

[40] Summ. Theol. I-II q. 112 a. 1 c.

[41] De duobus praecp. Carit., ex Ed. Leonina. “Por la fe la caridad nos unimos de tal modo a Cristo que somos transformados en Él” (In Evang. Ioaannis, cap. 6, lect.7)

[42] In I Sent. D. 15 q.1 a.1, ed. P. Mandonnet O.P., Paris 1929, t. I, p. 337.

[43] Cfr. Ibid.

[44] Ibid., q. 2, ed. cit., p. 341.

[45] Ibid.

[46] O sea, a la gracia santificante, según la terminología de la Iglesia occidental, que corresponde a la llamada gracia deificante de los Padres orientales.

[47] In I Sent. d. 15 q. 4 a. 1, ed. cit., pp. 350-352.

[48] Ibid., a. 2, ed. cit., p. 353

[49] Summa Theol., 1 q. 43 a. 1.

[50] Ibid., a. 5, De un modo más sucinto, Santo Tomás trata la misma cuestión en la Summa contra Gentiles: “El Hijo y el Espíritu Santo son enviados también invisiblemente. El Hijo procede del Padre por modo de noticia, por la que Dios se conoce a sí mismo; y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por modo de amor […] Cuando alguien ama a Dios por el Espíritu Santo, el Espíritu Santo habita en él; y así está de un modo nuevo en el hombre, conforme al nuevo modo como habita en él. Y que este efecto lo produzca en el hombre en el Espíritu Santo, a él le s dado por el Padre y el Hijo; y por eso se dice que es enviado invisiblemente por el Padre y el Hijo. Y por la misma razón se dice que el Hijo es enviado invisiblemente a la mente del hombre, cuando alguien es llevado al conocimiento divino de modo que de tal conocimiento de Dios proceda el amor” (Summ. C. Gent IV, 23). Acerca del pensamiento de los Padres y de Santo Tomás, puede verse S. I. DOCKX o.p., Fils de Dieu par grâce, Paris 1948, pp. 106-135; y H. Rahner S.I., L’ ecclesiologia dei Padri, Roma 1970.

[51] Cfr. “Unus deus et pater ómnium”, DW I, p. 514; y “Alle gleichen Dinge”, DW II, p. 713.

[52] “Ave, gratia plena”, DW I, p. 519.

[53] “Iusti vivent in aeternum”, DW I, p. 454.

[54] “Dum médium silentium”, DW II, praed. 57.

[55] “In hoc apparuit caritas”, DW I, p. 450.

[56] “Ave, gratia plena”, DW I, p. 519.

[57] “Praedica Verbum”, DW II, p. 656.

[58] “Intravit Iesus in quoddam castellum”, DW II, p. 437.

[59] “Ecce ego mitto angelum meum”, DW II, p. 659.

[60] “Beati qui esuriunt”, DW II, p. 235.

[61] “Videte quale caritatem”, DW III, praed. 76.

[62] “In diebus suis placuir deo”, DW I, p. 470.

[63] 1 Juan 3,1.

[64] Ibid.

[65] Ibid.

[66] Ibid.

[67] Ibid.

[68] Ibid.

[69] “Omne datum perfectum”, DW I, pp. 444-445.

[70] Mateo 11, 27.

[71] “Quasi vas auri solidum”, DW I, p. 494.

[72] “Ave, gratia plena”, DW I, p. 518.

[73] “Et cum factus esset Iesus”, DW II, praed. 59.

[74] “Adolescens, tibi dico: Surge”, DW II, p. 695.

[75] Buch der göttlichen Tröstung, en DW V, p. 486.

[76] “Adolescens, tibi dico: Surge”, en J. QUINT, Meister Eckhart. Predigten und Traktate, München 1979, p. 233.

[77] Ibid., p. 234

[78] “Homo quidem fecit”, DW I, p. 509.

[79] Ibid.

[80] Así traduce Eckhart 1 Cor 3,18. A veces añade: “en el amor”.

[81] “Euge, serve bone et fidelis”, DW III, en J. QUINT, op. cit., p. 274.

[82] “Homo quídam erat dives”, DW III, en J. QUINT, op. cit., p. 410.

[83] Ibid.

[84] In II Sent. D. 26 q. 1 a. 4 ad 3um.

[85] Cfr. SAN JUAN DAMASCENO, De fide orth. 1,13: PG 94, 856b; y SANTO TOMÁS, In 1 Sent. D. 16, q. 4 a. 1c. Vide J. RIUS-CAMPS, El dinamismo trinitario en la divinización de los seres racionales, Roma 1970.

[86] Summ. Theol. III q. 23 a.1.

[87] Summ. Theol. III q. 45 a.4.

[88] Summ. Theol. III q. 3 a 5 ad 2um.

[89] Comp. Theol. II,5.

[90] LW II, p. 229ss.





1 comentario:

  1. Cuesta entender y sobre todo vivir la deificación en el hombre,. al hacerse hijo en el HIJO por la Encarnación del Verbo


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