Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 16 de septiembre de 2016

¿Cómo vive un monje del Cristo Orante?




Valdrá abordar esta frecuente pregunta asomándonos a nuestra vida desde dos ejes cartesianos (disculpen lo poco pneumático de esta imagen), pues todo cuanto vive y respira un monje del Cristo Orante se da en la encrucijada de una coordenada temporal con otra, eterna. Al menos, es un modo más de intentar una respuesta.

Dos coordenadas: una horizontal, cronológica, en que describir nuestra rutina diaria, hora por hora; y la otra, vertical, que es el vivo Misterio de Cristo – y Cristo Orante- que procuramos hacer carne, para ser una humanidad suplementaria donde Él pueda seguir orando y amando entre nosotros. Lo del doble eje puede ser muy gráfico para notar cómo cada instancia de nuestra jornada se ve atravesada  por la Luz de este Misterio.

Empecemos por este eje vertical: Cristo ora a su Padre. Entre tantas otras cosas que hace en su vida (curar enfermos, bendecir niños, enseñar, etc), al Señor lo vemos, en variadas escenas evangélicas, orando. Los carismas en la Iglesia son, ni más ni menos, que la prolongación en el tiempo de algún aspecto específico que viviera Nuestro Señor. Nunca todos juntos (sólo Cristo puede encarnar esa totalidad), sino un aspecto puntual. Como quien arranca de su Biblia una hoja y dice: “yo me encargo de esto; yo hago carne esta escueta hoja; que otros se ocupen de las demás”. Algo así….



Esta pequeña familia de orantes procuran hacerse cargo (es decir: prolongar en el tiempo actual lo que Cristo vivió en su fugaz paso por nuestra tierra) su trato asiduo, intenso, entrañable con su Padre.

¿Y cómo? Mirando con demora todos los detalles con que el Evangelio nos delata su plegaria: dónde reza, cuándo reza, cómo reza, con quién reza… Y sobre ese modelo, calcar un programa de vida.
Sin abstracciones retorcidas; sin reinterpretaciones complicadas…
¿Cristo oró de noche? Pues: ¡oremos de noche!
¿Cristo oró en la montaña y el desierto? Pues: vamos a la montaña y al desierto a orar.
¿Cristo reza en soledad, reza en familia y reza con las multitudes? Pues eso: recemos solos, recemos en comunidad y recemos con la gente.
Y sobre todo, procurando imitar el cómo: Cristo alabó, Cristo suplicó con insistencia, Cristo bendijo, Cristo celebró, Cristo entonó salmos, gimió, lloró en sangre y súplica, Cristo pasaba noches enteras imantado por la intimidad de un Padre que lo fascina. Cristo amaba con locura a su Madre y gustaba de pasar horas enteras perdiendo el tiempo con ella. Cristo leía las Escrituras y la comía como Pan y escrutaba en Ellas lo que éstas hablaban sobre Él. Pues, sobre esas huellas, con temor y temblor, nos internamos también nosotros, en las vastas honduras de ese Misterio.
Mucho más para decir, pero limitémoslo a esto.

Así pasamos al otro eje que, insisto, en el mismísimo instante en que perdiera el aroma, el color, el sentido, el impulso, la lumbre de ésta, la Vida del Cristo Orante, se desvanecería, se esfumaría en un programa fantasmagórico, sin vida, sin brío, sin fuego. Pues nos mueve una sola pasión: amar y orar como lo hizo Él.

Veamos.
La jornada se inicia en este yermo a las 4.40, como un la bien afinado. El monje se levanta, se toma un té rápido y va a la capilla, para poder iniciar el Oficio de VIGILIAS a las 5 en punto. Se trata de un bello Oficio armado por salmos y cánticos, lecturas bíblicas y patrísticas. Y expresa muy bien eso que hacía el Señor tantas veces de noche: orar por el mundo mientras éste aún duerme. Velar por él. Por eso los monjes portamos como uno de los tantos títulos honoríficos, el de ser centinelas en la noche. Vigías atentos al Señor que ya vuelve, de un momento a otro.



Las Vigilias duran una hora, más o menos. Y los monjes volvemos, cada cual a su ermita. Allí comienza el segundo hito del día: la LECTIO DIVINA. Uno de los momentos más felices, más mágicos de la jornada monacal: en el oratorio de cada ermita, el monje lee, mastica, reza, contempla, medita, escribe, lo que la Palabra Viva del Señor le regala cada aurora. El silencio del yermo a esa hora es embargante. Sólo el chirriar de la salamandra en invierno o el trinar de pájaros en verano, acompasa este sabroso y denso silencio. Es la calma hora del disfrute, del gozo contemplativo. 



Y ese silencio preñado de Palabra recién lo rompe la campana llamando a las LAUDES y la MISA. Ya son las 7.30. Es esa la instancia crucial del día: la fuente de Agua Viva que mana del Altar, Costado de Cristo. Una Misa muy calma, con su penumbra, con su gregoriano, con su incienso envolvente. Y otra hora neta se escurre, casi sin darnos cuenta, como agua de arrollo que baja. Ya son 8.30 y los monjes hacemos media hora de Acción de Gracias, a los pies de Jesús, dejando que todo lo que el Señor nos fue susurrando desde las 4.40 decante, se aquiete, se entierre cual semilla fecunda en la negrura de nuestro terruño interior. Brota la Oración de Jesús, ese acompasado repetir de su Nombre, que lo ilumina y oxigena todo por dentro. Ya son las nueve, y la campana llama la Hora TERTIA, la primera de las Horas menores, invocando el Espíritu Santo, que descendiera a esa hora sobre María y los Apóstoles.



Pasando por la cocina, por un poco de yogurt, el monje se vuelve a su celda para comenzar la jornada laboral. Han pasado cuatro horas y media desde que se levantó, tiempo que se devoró por completo la presencia arrolladora del Señor. Y arranca un nuevo desafío, que es prolongar esta experiencia de su presencia, ya no en esa atención absoluta a Él, sino en medio de las labores. El “envión” de la madrugada es un importante aventón para lo que se viene: el arduo e intenso TRABAJO monacal.

Son las nueve y pico y el monje se apresta a abordar las labores que la obediencia le indique. Que suelen agruparse en tres rubros: las tareas domésticas, entrañables en nuestra imitación del Nazareno, (limpieza, cocina, etc.); las más artesanales (velas, pegado de íconos, tallas de piedra, etc.) y las más rurales (riego, poda, huerta, colmenas, etc.). Algunas de estas tareas se pueden realizar en la misma ermita (y es lo ideal), con lo cual el monje permanece en su soledad; pero otras lo obligan a salir, y con gusto lo hace: al campo, a la cocina, a los talleres externos.



Hasta que a las 12.15 suena el Ángelus y el llamado a la Hora Sexta, que el monje reza en el oratorio de su celda. Luego de lo cual recibe en su torno su almuerzo en vianda (salvo los jueves y domingos que comemos en comunidad, conversando, confraternizando). Come y lee. Y luego tiene un largo tiempo libre, en el cual camina, lee, duerme su siesta, escribe cartas, disfruta de su jardincito o lo que quiera. Un feliz recodo de la jornada. Hasta las 15 que suena la campana de Nona. Otra vez Liturgia en soledad, en el propio oratorio. Y arranca la tarde laboral, posiblemente en tareas distintas que las de la mañana.



También es parte del trabajo, el así llamado “trabajo intelectual”, que nos atañe a todos los monjes: tanto a los más jóvenes en formación, como a los mayores. Dentro de las horas laborales, el monje estudia un par de horas. No como un dominico, ciertamente. Pero tampoco como un trapense, digamos. A mitad de camino… y según el carisma personal de cada uno, pues aquí no hay dos monjes iguales y cada cual ha de poder ser fiel, dentro de la obediencia, a los talentos y mociones que reciba del Señor. La vida laboral en un monasterio es bellísimamente variopinta.

Hasta que suena la campana del fin del trabajo, y todo recobra ese mismo clima de silencio y recogimiento de su comienzo. Son las 19 hs. El monje que estaba afuera, retorna a su celda. El que ya estaba allí, cierra sus quehaceres. Y se disponen todos para esta majestuosa Liturgia del ocaso que son las VÍSPERAS. Allí, entre salmos y cánticos y un turíbulo encendido, cada monje se derrama como incienso quemado, ofreciendo el cansancio de la jornada, que suele no ser menor. Una hora neta de Adoración eucarística (a veces en comunidad, otras, en soledad) hace de broche de oro del día: derramarse enteros a sus divinos Pies, gravitando sobre ese Fin de amor para el que fuimos creados.



Cae la tarde sobre el yermo. Los pájaros retornan a sus nidos. El cosmos entero se silencia. Y el monje también. La celda se torna cálido nido, cubículo secreto donde sólo ve el Padre. Las estaciones más favorables del año permiten aprovechar la última penumbra del día en el propio huerto, para leer o simplemente descansar o salir a rezar el Rosario entre los viñedos ante la majestuosa cordillera.

Y, una vez más, la torre/oratorio de la ermita imanta, atrae, convoca… Es la Hora suprema de la súplica, de la intercesión. Hora de “misión”. Los nombres de los encomen-dados van saliendo de la aljaba del monje y, estirados sobre el arco de su fe, son lanzados en súplica al Corazón de Dios. Tintinean las velas y lámparas ante los íconos de cada oratorio. Y el monje, hincado y con los brazos en cruz clama sin treguas. La usina de la Iglesia, esa que secretamente alumbra el Mundo entero, despliega su bravura y su poder en la apacible noche de Gualtallary.



En el torno, la vianda con una cena frugal, ayuda a cerrar la jornada.
Suena la campana de COMPLETAS,  la última Hora litúrgica del día, que es rezada en soledad.
Cada cual estira un poco más o menos, esa permanencia a Sus Pies, ante ese Rostro de Luz que un día nos robó la vida.

El monje está cansado: y así debe ser. Y da gusto estarlo. El día ha sido intenso. Variado e intenso. Importa avisar esto, para desmentir el mito de que la vida monástica es aburrida. Será todo lo dura y ardua que se quiera, pero no, ni por cerca es aburrida.

Y de ahí, a la cama. Con buena suerte, son algo menos de las 22. De modo que casi se puedan dormir siete horas. Con el tchotky enredado entre los dedos, se deslizan os Señor Jesús, Hijo de Dios vivo… hasta desliarse en las honduras del sueño.



A las 4.40 del día siguiente vuelve a sonar la misma campana, llamando al vigía nocturno a montar una vez más, su guardia. Para esto está.

Todo este armonioso arco de la jornada monástica, cuenta con un elemento más, que no tiene un horario predeterminado. Elemento que de alguna manera es una nota distintiva de este Monasterio, diferenciante de la mayoría de los Monasterios del Occidente. Y es que esa experiencia de Dios, esas Palabras de Luz que desde la Vigilia hasta Completas van juntándose en los entresijos del alma y que el suelo fértil del silencio y la soledad van aumentando de más en más, de bien en mejor, de gracia sobre gracia sobre gracia… todo ellos se torna un caudal de Agua Viva incontenible.
Colma al monje y desborda su medida.
Por ese desborde, por esa sobreabundancia del corazón, termina hablando la boca. Y es entonces que el monje no sólo ora sino que transmite, contagia, irradia, comunica su plegaria, ayudando a rezar a otros. ¡Ay del monje del Cristo Orante si no anunciara el evangelio de la oración! ¡Ay de él si no gritara desde la azotea de su existencia que la oración transfigura la vida en luz!
Y esto, simplemente porque Cristo así lo hizo también, al no sólo orar sino enseñar a orar. Y lo hizo desde el ejercicio mismo de la plegaria. Por eso, un monje del Cristo Orante le suma a la vida de oración de todo monje, este pequeño desafío de desbordar su plegaria en enseñanza para otros. Es un apostolado, pero muy escueto, o al menos muy acotado a esta misión específica por la vida espiritual de sus hermanos.
Esto implica: atender huéspedes y peregrinos, confesar, ofrecer dirección espiritual, retiros, talleres, cursos, de forma oral o escrita… en dosis pequeñas, entre medio del ritmo de la jornada monacal, sin que ésta se vea menoscabada.



Eso es, a grandes rasgos la vida de un monje del Cristo Orante. Ardua pero alegre, simple pero intensa, solitaria pero muy fraterna y familiar, silenciosa pero elocuente, escondida pero irradiante. En castidad, pobreza y obediencia. Sin pretender inventar nada nuevo: siguiendo la inveterada tradición de la vida monástica.
Para que, cuando vuelva el Hijo del Hombre, encuentre orantes sobre la tierra.


Monjes del Cristo Orante


Fuente: https://www.facebook.com/CristoOrante/?fref=ts



2 comentarios:

  1. Me gustó bastante leer el artículo pero me dejó una rara sensación la comparación con los trapenses. Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Y hay para mujeres? recen por mí Rosa María Fernández desde México. Bendiciones

    ResponderEliminar