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viernes, 4 de marzo de 2016

Jesús, en los escritos de Teresita de Lisieux

François Marie Léthel



El nombre de Jesús aparece constantemente en los escritos de Teresa: más de 1600 veces, mientras que  la palabra “Cristo” es bien rara. Con una riqueza inagotable, este Nombre de Jesús designa siempre a la Persona del Hijo de Dios, en todos los misterios de su divinidad y humanidad. Así, “quien tiene a Jesús, tiene todo” (Poesía 18 bis). El conocimiento amoroso de Jesús, que constituye toda la cristología de Teresa, es de verdad el núcleo de toda su doctrina. Su base es siempre la Escritura, especialmente el Evangelio. Hay que anotar el influjo de la “Imitación de Cristo”, de san Juan de la Cruz y también del fuerte cristocentrismo de la “Escuela Francesa” (el Carmelo de Lisieux era “beruliano”).

Aunque no haya un influjo directo, la cristología de Teresa está próxima a la de san Francisco de Asís, al insistir con la misma fuerza sobre la infinita grandeza de Jesús en su divinidad, en la Trinidad, por una parte y, por otra, sobre su extrema pequeñez y pobreza en su humanidad, en todos los misterios de la vida terrena, desde la encarnación a la cruz. En esta asombrosa paradoja de la pobreza y debilidad de Dios es donde su Amor Infinito se revela al máximo.

Así, para Teresa, Jesús es siempre todo Dios y todo hombre. El Niño Jesús es “Dios entre pañales”, “Verbo hecho Niño” (Recreaciones Piadosas 2); Él es la “Flor divina” que María ha producido en nuestra tierra. Acercándonos a la cuna, Teresa ve al “Eterno envuelto en pañales” y escucha el “débil vagido del Verbo Divino” (Poesía 54, 10). En uno de sus postreros escritos nos ofrece una de las más bellas síntesis de su cristología con estas sencillas palabras: “No puedo temer a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí…, yo le amo… pues él no es más que amor y misericordia” (Carta 266). Para Teresa, Jesús es “este mismo Dios que declara no tener necesidad de decirnos si tiene hambre y que no teme mendigar un poco de agua a la Samaritana. Él tenía sed…, pero diciendo ‘dame de beber’, era el amor de su pobre criatura lo que el Creador reclamaba. Él tenía sed de Amor” (Ms B 1v). En Jesús, Teresa contempla el Amor infinito de Dios como Amor Misericordioso que se inclina hasta el extremo hacia su más pobre criatura, “siendo propio del amor el rebajarse” (Ms A 2v). Al abajarse en los misterios de la encarnación, de la cruz y de la eucaristía, su amor llega hasta la locura, reclamando a su vez la locura de la confianza y del amor por parte de su criatura (cf. Ms B 5v)

Es en la Persona de Jesús donde al Amor infinito de Dios se une de la manera más íntima a nuestra humanidad, de suerte que Teresa traduce la gran afirmación bíblica “Dios es amor” (1 Jn 4,8) como “Jesús es mi único Amor” (expresión grabada sobre la pared de su celda). Así, para ella, el Nombre de Jesús es ante todo un Nombre divino; el que asimismo emplea frecuentemente como sinónimo del Nombre de Dios, alternándolo con ciertas expresiones: “Oh mi Dios… Oh mí Jesús”. Puesto que en Él “habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad” (Col 2,9), es en Él donde Teresa contempla y adora las perfecciones divinas, sobre todo la Misericordia, la justicia, la omnipotencia, la grandeza, la eternidad, la belleza… Jesús es “el Océano del Amor”, “la Belleza suprema”; nótese la insistencia sobre la “maravillosa belleza de Jesús” (Carta 95).

Asimismo, el amor de Jesús la hace vivir en el corazón de la Trinidad: “Lo sabes, Jesús mío, yo te amo, / me abrasa con su fuego tu Espíritu de Amor. / Amándote yo a ti, atraigo al Padre” (Poesía 17,2). Y será en la fiesta de la Santísima Trinidad de 1895 cuando ella descubra plenamente “cómo Jesús desea ser amado” (Ms A 84r). Tal es el sentido de su Ofrenda al Amor Misericordioso, ofrenda a Jesús en la Trinidad, en el fuego del Espíritu, como respuesta al Amor del Padre que nos ha dado a su Hijo único (Oración 6).

Sin embargo, el realismo de la humanidad de Jesús no está menos subrayado que el de su divinidad. Como san Francisco, Teresa privilegia los misterios de la vida terrestre de Jesús como misterios de pequeñez y pobreza, desde la Encarnación hasta la Cruz. Es aquí donde ella aplica a Jesús uno de sus símbolos más importantes, el de la “Flor de los campos” (cf. Carta 141); un símbolo inagotable en que es preciso redescubrir su origen esencialmente bíblico (Ct 2,1; Is 40, 6-8; Mt 6, 28-30). La santa humanidad de Jesús se menciona con frecuencia de una forma muy concreta, corporalmente: Teresa contempla al unísono la faz y el corazón de Jesús, vive siempre bajo su mirada, en sus brazos, hasta recibir incluso “el beso de su boca sagrada” (Poesía 18, 51).

Teresa tiene la seguridad de que Jesús la ha amado siempre personalmente a través de su corazón humano, de forma que dice a Jesús Niño “tú pensabas en mí”, y a Jesús en la agonía “tú me ves” (Poesía 24,6,21). Como san Pablo, puede afirmar “el Hijo de Dios me ha amado y se ha entregado por mí” (Gal 2,20), considerando igualmente a todo hombre como “un hermano por quien Cristo ha muerto” (1 Cor 8,11). Como otros santos, ella sostiene firmemente la gran paradoja de Jesús sufriendo, “feliz y doloroso” (Santa Catalina de Siena). En los grandes sufrimientos de sus últimos meses, afirma: “Nuestro Señor en el jardín de los Olivos gozaba de todas las delicias de la Trinidad, y sin embargo su agonía no fue menos cruel. Es un misterio, pero os aseguro que yo comprendo alguna cosa por lo que experimento” (Últimas Conversaciones 6, 4-7). Ella aguanta al pie de la Cruz para recibir su sangre redentora y extenderla sobre todos los necesitados: grandes pecadores, y ante todo por el criminal Pranzini, a quien llama “mi primer hijo” (Ms A 64). Como Jesús, va a “sentarse en la mesa de los pecadores” cuando le toca vivir su gran prueba de fe (Ms C 6r). Esta comunión tan profundamente encarnada, corporal, con Jesús, halla su centro en la Eucaristía.

Para Teresa, Jesús es principalmente el Esposo a quien ama con todo su corazón, hasta la locura. Está toda en él y Él está toda en ella, hasta poder afirmar: “el corazón de mi esposo es para mí como el mío es para él solo, y le hablo en la soledad de este corazón a corazón esperando contemplarle un día cara a cara (Carta 122). En este mismo sentido escribe: “A los amantes les hace falta la soledad. Un corazón a corazón que dure noche y día” (Poesía 17,3)

Se podría decir que el Jesús de Teresa es el “Jesús del Amor”, inseparablemente el Jesús amante y el Jesús amado, cuyo Amor infinito reclama nuestra respuesta de amor. Tal es el sentido de la misión de Teresa, en la tierra como en el cielo: “amar a Jesús y hacerle amar” (Carta 220). Por eso escribe: “he aquí mi oración: yo pido a Jesús que me traiga en las llamas de su amor, que me una tan estrechamente a Él que sea él quien viva y obre en mí” (Ms C 36r). Ella sabe que, estando así atraída, podrá atraer a sus hermanos hacia Jesús.




François Marie Léthel
Jesús.
Nuevo Diccionario de Santa Teresa de Lisieux
Ed. Monte Carmelo, Burgos 2003