Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 29 de marzo de 2016

Los iconos de la resurrección de Cristo

Paul Evdokimov




“Tomó la descendencia de Abraham. Por eso hubo de asemejarse en todo a sus hermanos” (Heb 2, 16-17). La muerte voluntaria del Señor es el último y más trágicamente sonoro acorde de su unidad conyugal con la humanidad, mas no por eso el punto final de su ministerio terrestre.  “Ese día lo señaló misteriosamente Moisés cuando dijo: y el Señor bendijo el séptimo día. Porque el sábado bendito es el día de descanso, el día en que el Hijo ha descansado de todas sus obras” (Maitines del Sábado Santo). El silencio del gran sábado cae sobre el último Misterio.

“Semejante” a los hombres, semejante al estado de Adán antes de la caída, la humanidad de Cristo, sin ser mortal, no tenía aún el poder efectivo de la inmortalidad. Pero aceptando su propia muerte libremente, Cristo asume la mortalidad misma; muere con todos los hombres, pero la humanidad entera se vuelve a encontrar así en la muerte de Cristo que sufre en su Pasión el sufrimiento de todos: “gustó la muerte por todos” (Heb 2,9).

En la muerte de todo hombre, el ser humano se desintegra, el espíritu con el alma se separan del cuerpo que, convertido en tierra, “vuelve a la tierra”. También Cristo “entrega su espíritu”, pero “su alma no ha sido abandonada en la morada de los muertos” (Hech 2,34). En este estado misterioso de ultratumba, la unión de las dos naturalezas en la única Hipóstasis del Verbo permanece sin cambio: “Oh Cristo, estás en la tumba con la carne, en el infierno con el alma, en el paraíso con el ladrón, en el trono con el Padre y el Espíritu” (Antífona de Pascua). El Hijo de Dios es siempre el Hijo del Hombre: Dios-Hombre, la muerte no separa la naturaleza divina y humana. Incluso, ni con el cuerpo se rompe el lazo de su Hipóstasis, y por eso su carne no es víctima de la corrupción. Sin embargo, Cristo experimenta la verdadera muerte, aunque violenta y contra natura, y su alma desciende a los infiernos.

La muerte de todo hombre, su vuelta a la tierra y la corrupción de su cuerpo, manifiestan el principio mismo de la mortalidad, consecuencia directa e inevitable del pecado. Ahora bien, no siendo mortal la humanidad de Cristo, su muerte era voluntaria y por eso era ya el comienzo de la victoria: “por la muerte ha vencido a la muerte”.

“He llevado a cabo la obra que me encomendaste realizar, y ahora, glorifícame, Padre, cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes de que el mundo existiese” (Jn 17,4-5), dice solemnemente Cristo en su oración sacerdotal. Es la terminación de la kénosis y la entrada en la gloria de siempre. El Pecado se ha clavado en la Cruz y “el muro de separación ha sido derribado” (Ef 2,14). Y ahora el Padre responde a la oración del Hijo, a su epíclesis final, “lo ha resucitado de entre los muertos y le ha dado la gloria” (1 Pe 1,20-21). El protomártir Esteban vio al Hijo del Hombre glorificado de pie a la derecha de Dios (Hech 7, 55-56); el Padre ha glorificado al Hijo por el Espíritu Santo.

En el acto de la resurrección, Dios da al alma de Cristo el poder de despertar su cuerpo del sueño y de unirse a Él: “le era imposible a la muerte retenerlo” (Hech 2,24). En efecto, por su obediencia total al Padre, obediencia al Amor que crucifica, Cristo –Amor crucificado- adquiere la deificación perfecta de su humanidad, situada desde ahora en una inmortalidad actual. Está la participación del Verbo en el acto trinitario, pero también la participación sinergética y activa de su humanidad en la victoria sobre la muerte. Si Dios no puede salvar al hombre sin él, tampoco puede resucitarlo sin su activa participación, sin el sudor de sangre y el fiat de Getsemaní….

La Resurrección de Cristo es la victoria que suprime la muerte. Constituía, pues, un cambio ontológico, y desde entonces el cuerpo espiritual de gloria podía volver a aparecer en este mundo, sin estar ligado por sus leyes. El podía pasar a través de las puertas cerradas, aparecer y desaparecer ante los ojos de los discípulos. Estas propiedades arquetípicas del cuerpo resucitado del Señor pueden sugerir la idea de que todo cuerpo resucitado pierde la fuerza negativa de repulsión (hostilidad y solipsismo) que constituye la materialidad opaca, el volumen cerrado de los objetos en el espacio, y sólo guarda la fuerza positiva de la atracción (caridad), lo cual suprime la resistencia, la impenetrabilidad y permite pasar “a través”, ser transparente, transpasante, abierto a todos y totalmente comulgante.

El relato evangélico no dice nada sobre el momento mismo de la Resurrección. La iconografía sigue muy fielmente este silencio por el mayor respeto al misterio. Así, siguiendo las Escrituras, las dos únicas composiciones iconográficas de la Resurrección son “el Descenso a los infiernos” y “las Mujeres mirróforas en el Sepulcro”. Son los dos únicos íconos de la Fiesta de Pascua.

“Tú has descendido a la tierra para salvar a Adán, y no encontrándolo aquí, oh Señor, has ido a buscarlo hasta el infierno” (Maitines del Gran Sábado). Para tocar el extremo de la caída y colocarse en el “corazón de la creación”, Cristo nace místicamente en los infiernos, allí donde el mal se pudre en su última desesperanza.




El ícono de la Natividad muestra la densa oscuridad de la cueva, un triángulo oscuro donde el niño Jesús está acostado como en las entrañas tenebrosas del infierno. La Natividad inclina los cielos hasta las profundidades del abismo: “Antorcha portadora de luz, la carne de Dios bajo tierra disipa las tinieblas del infierno”. Lo que la Natividad profetiza, la Epifanía, la Cruz y el Descenso a los infiernos lo realizan, y desde entonces “la Luz luce en las tinieblas”. Como dice san Gregorio de Nisa: “El Sol se ha puesto con Él, pero Él disipa para siempre las tinieblas de la muerte”. Este es el Sol con el que se abre la Biblia al enunciar la palabra: “Que se haga la luz”. Durante la liturgia seguimos su itinerario en la Historia del mundo: la Luz también es crucificada [1], pues es la Luz trinitaria.




El ícono de la Epifanía muestra a Cristo entrando en el Jordán llamado “tumba líquida”, abismo de la materia acuática que esconde los poderes del mal. Cristo lo penetra “para arrancar a la humanidad de la estancia tenebrosa”. Se puede ver que el bautismo del Señor ya es su predescenso a los infiernos: “Verbo eterno, Tú das la juventud al hombre arruinado por su yerro; él se entierra contigo en las aguas”.

La catequesis primitiva dirige la atención sobre un aspecto del sacramento del bautismo muy olvidado en el transcurso de la historia: el bautismo por inmersión reproduce el itinerario de la salvación, y el bautizado lo recorre siguiendo al Señor. El sacramento del bautismo es de este modo un descenso muy real con Cristo a la muerte y un descenso a los infiernos. San Juan Crisóstomo lo dice claramente: “la acción de descender en el agua y de subir enseguida simboliza el descenso a los infiernos y la salida de esta morada” [2]. Así, recibir el bautismo no es solamente morir y resucitar con Cristo, sino también descender a los infiernos y salir de ellos siguiendo a Cristo. Y es que el infierno es más temible que la muerte; recordemos las palabras de un espiritual: “ya la nada que buscan ni siquiera les será dada”, porque se ha ganado la victoria definitiva.

Cristo desciende hasta allí cargado con el pecado y llevando los estigmas de la cruz, del Amor crucificado. Pero todo bautizado, resucitado con Cristo, lleva también los estigmas de las preocupaciones sacerdotales del Cristo-sacerdote, de su angustia apostólica por el destino de los que están en los infiernos. Él puede descender vivo, hoy mismo, a los infiernos del mundo moderno, en su estado de último de rechazo y traer el testimonio de la luz de Cristo. Bajo una forma hecha imagen, esta preocupación aparece en el Pastor de Hermas [3] y en Clemente de Alejandría [4]. […]

Entre los carismas, el Oriente joaneo, tan sensible a la resurrección, lo es también al tema del infierno, conclusión clara que se extrae de la tradición litúrgica e iconográfica. Este tema ya ha sido tratado por san Pablo de forma sintética y sobrecogedora en Efesios 4, 9-10: “¿Qué significa eso de ‘ha subido’ sino que primero bajó a esas partes bajas de la tierra? Y el mismo que bajó es el que ha subido sobre todos los cielos para llenarlo todo”. Vemos la sorprendente amplitud del itinerario: Kata, ana, abajo, arriba, los dos extremos del camino del Cordero alado; el descenso al punto más bajo, el infierno, y la ascensión al punto más alto, el cielo. El Oriente se detiene maravillado contemplando “la altura y la profundidad” del misterio de la salvación, viendo en él las dimensiones de la caridad de Cristo y su mensaje triunfal: “subiendo a las alturas, llevó cautiva la cautividad” (Ef 4,8).

Dejemos la palabra a Epifanio en su magnífica homilía para el Sábado Santo [5]: “¿Qué es esto? Un gran silencio reina hoy sobre la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y ya se ha calmado, porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hace siglos. Dios ha muerto en la carne y los infiernos se han estremecido. Dios se ha dormido por poco tiempo y ha despertado del sueño a aquellos que habitaban los infiernos…”

Él va a buscar a Adán, nuestro primer padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que moran en las tinieblas y en las sombras de muerte… Descendamos, pues, con Él para ver la alianza entre Dios y los hombres…; allí se encuentra Adán, Noé, Abraham, Moisés, Daniel, Jeremías y Jonás… Y entre los profetas, hay uno que exclama: “Desde el vientre del infierno, ¡oye mis súplicas, escucha mis gritos!”, y otro: “Desde las profundidades te grito, Señor, Señor, oye mi voz”, y otro más: “¡Haz brillar tu rostro, y estaremos salvados!”…

Adán, cautivo más profundamente que todos los otros…, habló así: “¡Oigo los pasos de alguien que viene hacia nosotros!” Y mientras hablaba, el Señor entró, sosteniendo las armas victoriosas de la cruz. Lleno de estupor, Adán gritó a los otros: “¡Mi Señor esté con todos vosotros!” Y Cristo respondió a Adán: “Y con tu espíritu…” “Levántate de entre los muertos. Yo soy tu Dios, y por ti, me he hecho tu hijo… Levántate, y vayámonos de aquí, pues tú estás en mí y yo estoy en ti, nosotros dos formamos una persona única e indivisible… Levantaos, salgamos de aquí y vayamos del dolor a la alegría… Mi Padre celeste espera la oveja perdida…, la sala de las bodas está preparada, las tiendas eternas se han levantado…, ese Reino de los cielos que existía antes de todos los siglos os espera…”

En el silencio del Viernes no se celebra la eucaristía, pues Cristo está en los infiernos. Para la tierra, es el día del dolor, el oficio del entierro y los llantos de la Theotókos, pero en los infiernos el Viernes Santo ya es Pascua, su poder disipa las tinieblas en el corazón del Reino de la muerte.

La iglesia de San Salvador de Chora (Kariye Cami) en Constantinopla se remonta al siglo V y fue reconstruida en el siglo XII; su nombre de Chora significa “en los campos”, fuera de las murallas. Al lado de la iglesia principal se encuentra una capilla o pareclesion. El ábside está consagrado a la Anástasis y muestra el descenso de Cristo a los infiernos. El inmenso trabajo de limpieza de la cal musulmana, dirigido por el Byzantine Insitute of America, restituye toda su riqueza primitiva a los frescos y mosaicos y muestra la calidad excepcional del arte de Renacimiento bizantino del siglo XIV.

El artista que ha pintado el “Descenso a los infiernos” es un maestro de ciencia excepcional, que permanece en el anonimato y cuya obra data de los primeros años del siglo XIV.

Liberador, Cristo, según san Pedro, anuncia a los cautivos el Evangelio (1 Pe 4,6), su palabra sobre la salvación es ya acto que salva: “Has roto los cerrojos eternos que retenían a los cautivos”. Cristo pisotea las puertas rotas del infierno. En un abismo negro está Satán encadenado, y las fuerzas vencidas del infierno, los restos de su maligna pesadez, están representados simbólicamente por cantidad de cadenas rotas, llaves, clavos…

En el centro del ícono aparece el Cristo-rayo, resplandeciente de luz, Dueño de la vida, cargado del dinamismo del Espíritu Santo e irradiando energías divinas. Pero su rostro, como inmovilizado por lo infinito de su ternura, domina regiamente ese torbellino liberador. Es la transposición plástica de la litúrgica pascual cantada en los infiernos. El poder de su gesto, esa violencia que se apodera de los cielos y atraviesa el firmamento, se ven reforzados por su mando flotante. Está rodeado por una gloria oval, hecha de esferas celestes sembradas de estrellas brillantes y atravesadas por su resplandor. Está vestido de Luz, atributo del cuerpo glorificado y símbolo de la Gloria divina. Por eso sus vestidos son de una blancura sobrenatural y hacen referencia a los colores del Tabor que, por otra parte, en algunos íconos, son de un amarillo dorado y cubiertos de “presencia”, de rayos de oro. Cristo está vestido de Rey, es el Señor, pero su único poder es el Amor crucificado y el poder invencible de la Cruz.

Con un movimiento poderoso de sus manos arranca de los infiernos a Adán y Eva perdidos. Es el Encuentro conmovedor de los dos Adán, que ya profetiza el Pleroma del Reino. Los dos Adán ahora coinciden y se identifican no ya en la kénosis de la Encarnación, sino en la Gloria de la Parusía. “Aquel que dijo a Adán ‘¿Dónde estás?’ ha subido a la cruz para buscar al que estaba perdido. Ha bajado a los infiernos diciendo: Ven, mi imagen y semejanza” (Himno de San Efrén). Por eso los grupos de la izquierda y de la derecha presentan el segundo plano –los elementos constitutivos de Adán- la humanidad, los hombres. Son los justos y los profetas; a la izquierda están los reyes David y Salomón, precedidos por el Precursor que reproduce su gesto de testigo y señala al Salvador; a la derecha está Moisés, que a menudo lleva las tablas de la ley. Todos reconocen al Salvador y lo demuestran con sus gestos y actitudes. “Y el Señor, extendiendo la mano, hace el signo de la cruz sobre Adán y sobre todos los santos y, tomando de la mano a Adán, sale de los infiernos; y todos los santos le siguen” [6]. No es de la tumba de donde sale Cristo, sino “de entre los muertos”, eknekrôn, “saliendo del infierno aniquilado como de un palacio nupcial…”

Entre el descenso a los infiernos y la aparición de Cristo resucitado hay un misterio rodeado de silencio, absolutamente inaccesible a la mirada humana. Pasamos inmediatamente al segundo ícono del díptico de la resurrección, que muestra a las mujeres mirróforas que llegan al Sepulcro con vasos de aromas. En el ícono de Rublëv o de su escuela, las mujeres tienen la extraña forma de una hierba con tres flores, de sorprendente elegancia, y que son como un reflejo del misterio de la unidad trinitaria.




Casi siempre se ven dos ángeles vestidos de blanco, “uno en la cabecera y otro en los pies”, que dicen a las mujeres: “no está aquí; ha resucitado”. Muestran la tumba vacía con las vendas, que tienen exactamente la forma de los pañales del niño que vemos en el ícono de la Natividad. Al final, es todo lo que queda del infierno, los restos, el polvo, el vacío, la nada; la Vida está en otra parte: “entonces el otro discípulo [Juan]… entró… y vio y creyó” (Jn 20, 8). Lo que él ha visto, el ícono nos lo muestra…

La contemplación del ícono inicia en su simbolismo de extraordinaria profundidad. En tiempos de Moisés, el Arca de la Alianza, ya lo hemos visto, estaba recubierta con una lámina de oro macizo que se llamaba Kapporet, traducido por  propiciatorio. Esta palabra significa “lo que opera la expiación” (Ex 25, 21; 37,6). Según el ritual, el Kapporet era interpretado como el lugar en que Dios entraba en comunión con su pueblo para perdonarlo. “Allí me revelaré a ti”, “y desde allí te hablaré”, de ahí el nombre de “Tabernáculo de la Reunión”. Siguiendo las órdenes de Dios, Moisés hace colocar “un querubín a uno y otro extremo”. Los querubines tenían las alas desplegadas hacia lo alto y protegían el lugar. La iconografía ha reproducido exactamente el propiciatorio y de esta forma ha mostrado la clave de la correspondencia. El Kapporet y el “Tabernáculo de la Reunión” eran dos figuras simbólicas; pre-figuras, profetizaban el Encuentro de los Adán y el lugar donde se realiza el Misterio de la salvación. Su poder ha hecho del lugar un testimonio tan fuerte que Juan “vio y creyó”…

Las mujeres mirróforas se alejan con una gran alegría y Jesús viene a su encuentro y su primera palabra es jaírete, “regocíjaos”…

El Espíritu Santo desvanece las tinieblas de la muerte, el temor del Juicio, el abismo del infierno. Su Luz transforma la noche pascual en “Festín de gozo”, Fiesta del Encuentro. Una homilía de san Juan Crisóstomo, leída en los maitines de Pascua, lo ha cantado admirablemente: “El Señor es generoso, recibe al último como al primero, admite al obrero de la undécima hora como al que ha trabajado desde la primera hora… Entrad, pues, todos en el gozo de vuestro Señor: recibid su recompensa, tanto los primeros como los últimos; ricos y pobres, alegraos juntos; omisos o perezosos, honrad todos este día; vosotros que habéis ayunado, y los que no habéis ayunado, alegraos hoy… Que nadie sienta su pobreza, que nadie llore sus faltas, que nadie tema a la muerte…. El festín está preparado; participad en él. Que todos se deleiten en el banquete de la alegría…”



Paul Evdokimov
El arte del ícono. Teología de la Belleza.
Ed. Claretiana, Madrid 1991.
Pp. 319-329.



Notas:

[1] Jn 1,5: el verbo griego katelaben, de katalambano, significa recibir y también vencer. La Vulgata sigue el primer sentido: “las tinieblas no la recibieron”, la Luz encuentra un terrible obstáculo, lo que da a la situación un cierto color de pesimismo. El Oriente sigue con Orígenes el segundo sentido: “las tinieblas no la vencieron”, es la idea de la invencibilidad de la Luz. El mensaje joaneo reúne los dos sentidos, pesimismo y optimismo, y pone de relieve lo trágico de la Luz, lo trágico de Dios mismo y de su misterio de Amor: por un momento aún, la Luz y las tinieblas coexisten en la vida del mundo.

[2] Hom, 40 in Cor 15, 29; cf. CIRILO DE JERUSALÉN, P.G. 33, 1.079; GREGORIO NACIANCENO, P.G. 46, 585.

[3] IX, 16, 5-17.

[4] Strom. II, 9, 43.

[5] P.G. 43, 440-464.


[6] Evangelio de Nicomedes.