Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 28 de septiembre de 2016

La doctrina espiritual del Staretz Silouan


Conferencia pronunciada en 1973 por el Archimandrita Simeón,
discípulo del archimandrita Sofronio.[1]



El contexto de su juventud

Simeón Ivan Antonov –aquel que más tarde se convertiría en el Starets Silouan- nació en 1866, en Rusia Central, en Chovskoe, ciudad de la provincia de Tambov. Era la época en la que se preparaba “el renacimiento religioso ruso del siglo veinte”. Filaret de Moscú (1782-1867) y A. S. Khomiakov (1804-1860) renovarían  las bases de la teología. La obra de renovación espiritual del gran Starets Paisio Velichkovsky (1722-1794), quien había publicado en 1793 los textos eslavos de la Filocalia, continuaba por todo el  mundo eslavo. Hacia 1895 fueron publicadas en Kazan los Relatos de un peregrino ruso. En Optina Pustyn, toda una “línea” de startzys  (Leonías + 1841, Macario + 1860, Ambrosio +1891, Anatolio +1894)  hacían de este lugar un centro espiritual donde afluían millares de peregrinos de todas partes de Rusia. Pero era la época también en la que se preparaba la gran tormenta que había de atormentar a Rusia medio siglo más tarde.

Simeón Antonov  permanece al margen de estas corrientes. Era de una familia de campesinos pobres, pero temerosos de Dios. Recibió una educación muy simple y no frecuentó la escuela más que “durante dos inviernos”.  Él aprende el oficio de carpintero. A la edad de 19 años, siente una fuerte atracción por la vida monástica, pero al cabo de algunos meses su fervor se entibia y continúa con su vida ordinaria y tumultuosa de los jóvenes de su edad. Sin embargo, Dios le reservaba otro camino: luego de una intervención sobrenatural –el Starets no duda jamás de que fue la misma Santísima Virgen quien le habló para sacarlo del pecado-, su vida cambia radicalmente y toma la firme decisión de hacerse monje. Sin embargo, antes de poder realizar su deseo, debe aún hacer el servicio militar, en la Guardia Imperial de San Petersburgo, pero allí sólo piensa en el monte Athos y en el juicio final. Una vez que termina el servicio militar y vuelve con su familia, va a ver al célebre sacerdote Juan de Cronstadt y le pide, en una carta que le deja, que ore por él para que el mundo no lo retenga. A partir de ese  momento, el espíritu de arrepentimiento se redobla en él y siente “las llamas del infierno bramar a su alrededor”.


En el Monte Athos.

Es en este espíritu de ardiente arrepentimiento y con un gran deseo de ser salvado que Silouan, a la edad de 26 años, llega en 1892 al Monte Athos y entra al Monasterio de San Panteleimon. Sacando algunas pocas interrupciones, permanecerá en este monasterio hasta el día de su muerte, ocurrida el 24 de septiembre de 1938, a la edad de 72 años. Durante los 46 años de su vida monástica, lleva una vida de simple monje, trabajando, primero en el molino del monasterio, luego en las construcciones y finalmente como ecónomo en el gran almacén del monasterio, llegando a dirigir hasta 200 obreros. En esta época, el Monasterio San Panteleimon estaba en plena expansión: hacia 1890, contaba con 800 monjes rusos y su número se elevaría hasta cerca de 2000 antes de la Primera Guerra Mundial.

En el monasterio, Silouan recibe la formación que reciben todos los jóvenes novicios y que consiste en una fusión orgánica con el medio monástico: asistencia a largos oficios en la iglesia y la oración en la celda, trabajo, lectura, obediencia a sus superiores, confesión con su padre espiritual. Hombre simple que permanece al margen de los innumerables “problemas” que atormentan al espíritu del hombre culto moderno, Silouan se adapta fácilmente y pudo así asimilar todas las riquezas de la tradición monástica athonita. Hay que destacar que él no tuvo un staretz que le guiara en todos los detalles de su vida. Exteriormente, su vida era como la de todos los otros monjes del monasterio, pero lo que pasaba en las profundidades de su ser era el crecimiento espiritual de un gran asceta, guiado por la paciente pedagogía de la gracia del Espíritu Santo.

El staretz Silouan no tuvo la responsabilidad de la dirección espiritual de otros monjes de su monasterio o de laicos, y en él no se da nunca una enseñanza sistemática. Él no habla de su experiencia espiritual más que con pocas personas que se habían dirigido a él espontáneamente para recibir ayuda y consejo para su vida espiritual. Entre las personas que han sido particularmente cercanas al staretz Silouan se encuentra quien escribe su vida y publica sus Escritos, el Archimandrita Sofronio. Por otra parte, no es más que en últimos años de su vida que el staretz Silouan escribe sus Escritos, en el momento en el cual su conciencia dogmática ha alcanzado su plena madurez y que su victoria sobre las pasiones –apatheia- no es más turbada. Él lo hizo, empujado por su amor a los hombres, a fin de que no se pierda el recuerdo de las grandes intervenciones de Dios en su vida y que, por su experiencia ascética, pueda servir a los que –aunque fuera sólo una única persona- se encontraran en el mismo camino. Así, durante su vida, pasó desapercibido no sólo para el mundo en general sino incluso entre los monjes de su propio monasterio. La primera edición (rusa) de los Escritos del staretz Silouan se publicó en 1948 en París. Existe una traducción inglesa (The Undistorted Image, London, Faith Press, 1958) y una alemana (Starets Siluan, Düsseldorf, Patmos Verlag, 1959).


Los Escritos y las enseñanzas del Staretz Silouan.

Los Escritos del staretz Silouan no forman un conjunto estructurado y no tienen un objetivo directamente didáctico. Ellos nos recuerdan más bien a las Confesiones de san Agustín, entremezclan algunos episodios autobiográficos, algunas conversaciones que tuvo con otros ascetas y, a menudo, algunas oraciones donde su corazón se desvela en un lenguaje que nos recuerda a los Salmos. Su lenguaje es siempre muy simple, pero esto no engaña al lector avisado: las realidades que describe, a pesar de la ausencia de erudición, están entre las más altas y las más esenciales a las que el pensamiento humano puede llegar. El  P. Lassus o.p. afirma que si bien  las palabras del staretz Silouan excluyen todo procedimiento dialéctico como el de un lenguaje filosófico-técnico, éstas no esconden a nadie “la real e impresionante profundidad de una experiencia religiosa tanto única como escasa.” (en Silouanne, Collection Siritualité Orientale, Bellefontaine, 1969, p. 13. Fuera de comercio). Leyendo los Escritos del staretz Silouan, el lector tiene la fuerte impresión de que lo que lee es verdad, que ahí está el verdadero camino cristiano, el misterio del paso de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz. Es que detrás de lo que está escrito, está la vida: la enseñanza del staretz Silouan no es una “teología” en el sentido académico del término, menos una filosofía. Es el relato de lo que él ha experimentado, de lo que ha vivido por los caminos del Señor. Además, no solamente escribe fundamentándose sobre su experiencia. Él afirma en algunas partes: “los perfectos no dicen nada por ellos mismos, ellos no dicen más que lo que el Espíritu les inspira”. Creo que estas palabras pueden aplicarse a los Escritos del staretz Silouan y es esto, sobre todo, lo que les da su fuerza. Casi todos los temas de ascesis y de mística cristiana son abordados. “Es quizás, en toda la historia del monaquismo oriental el más perfecto representante de una tradición espiritual que en él parece resumirse entera”. (Divo Barsotti, Le Christianis merusse, Tournai, 1963, p. 175).

Presentar la enseñanza del staretz Silouan, es pues presentar las etapas por las cuales él mismo pasó: él conoció la sobreabundancia de la gracia de Dios que ha invadido todo su ser, su inteligencia e incluso su cuerpo; como también conoció la pérdida de esta gracia y la profunda desesperación a la que le ha hundido esta pérdida. Pero él también ha trabajosamente avanzado por el camino de la recuperación de la gracia perdida: tal es el tríptico sobre el cual se inscribe la trayectoria de la vida del staretz Silouan, y el que también marca el ritmo de las etapas de toda vida espiritual.

Lamentablemente no será posible, en el marco de esta breve exposición, abordar todos los puntos de la enseñanza del staretz Silouan. Yo me contentaría con resaltar los momentos más importantes, aquellos de los que todo el resto depende, no sin olvidar que, en el caso presente más que en todo otro, todo intento de sistematizar lo que es espíritu y vida no es más que una deformación y que yo asumo la entera responsabilidad.


La oración incesante

Una de las primeras instrucciones que el joven novicio recibe al entrar al monasterio es aprender que la oración en la celda comporta principalmente la recitación de la “oración de Jesús”, con la ayuda de un rosario, y que gracias a esta oración, se puede orar en todo lugar y en toda circunstancia. Animado de un profundo arrepentimiento y encontrándose en una gran tensión espiritual, Silouan oraba mucho y con fervor. Tres semanas aproximadamente habían pasado cuando recibe el gran don de la oración incesante. Así es como él mismo se expresa al respecto: “Cuando era todavía un joven novicio, oraba un día ante el ícono de la Madre de Dios y la oración de Jesús entró en mi corazón y comenzó allí a ser pronunciada por sí misma”. (Staretz Silouan, Paris, 1952 [en ruso], p. 162. Trad. H.S.) [2].  A un monje que le preguntó si él oraba mucho le responde: “yo oro sin cesar” (ibid., p. 18).

El relato de esta “iniciación” a la oración incesante recuerda a la que le hizo Máximo de Kapskaliva a Gregorio del Sinaí (1255-1346), contándole, él mismo, como accede a la oración incesante: “Desde mi juventud, tenía una gran fe en la Madre de Dios y le imploraba con lágrimas que me otorgara la gracia de la oración mental. Un día, estaba en su iglesia como de costumbre y allí oraba con fervor por esta intención. Me acerqué hacia su ícono y lo besé con reverencia. Repentinamente tuve una sensación como si un calor que no quema invadía mi pecho y mi corazón, me llenaba de alegría y movía a mi alma a la compunción. A partir de este momento mi corazón comenzó a decir la oración por dentro, y mi espíritu se alegra al recuerdo de mi Jesús y de la Madre de Dios y de tener al Señor Jesús constantemente en él. Desde ese día no ha cesado jamás en mi corazón” (Ignatius Briantchaninov, On the Prayer of Jesus, London, 1965, p. 65).


Ilusión y derelicción.

En esta época, Silouan no comprendía aún la grandeza y la rareza del don que había recibido del Señor por intercesión de la Madre de Dios. Pero poco a poco el espíritu de arrepentimiento le deja y, pensamientos de vanidad: “Tú  llevas una vida santa”, alternándose con pensamientos de desesperación: “Tú no te salvarás”, comienzan a atormentarlo. Una noche, una extraña luz llena su celda y el “pensamiento” le dice: “Acepta esta gracia”. [A partir de ahí] los demonios comienzan a aparecérsele, pero no se deja abatir: redobla su oración y pasa sus noches orando, reduciendo su sueño a un extremo mínimo (de una hora y media a dos horas cada veinticuatro horas). Pero los ataques demoníacos no disminuyen. Esto dura alrededor de seis meses, hasta que un día la resistencia interior del joven monje se quiebra y cae en la desesperación. Él se siente abandonado por Dios, siente una angustia infernal y exclama: “¡Dios es inexorable!” Él permanece en este estado alrededor de una hora, luego va a la iglesia. Un poco más tarde, durante la celebración de las vísperas, se queda ante el ícono del Salvador y dice esta corta oración: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador” y en ese momento ve a Cristo viviente.


La visión de Cristo viviente

Lo que el staretz Silouan vivió en ese momento fue el acontecimiento más importante de toda su vida. En el momento de la visión de Cristo, todo su ser, incluso su cuerpo, fue lleno del Espíritu Santo; una gran luz le ilumina y el recibe como un nuevo nacimiento de lo Alto (cf. Juan 1,13). Él vivió en ese momento un triunfo pascual y fue colmado por el fuego de Pentecostés. La mirada de Cristo, dulce y humilde, irradiando alegría y amor atrae todo el ser entero de Silouan. Nunca más en adelante, por más amargas que fueran sus pruebas, dudará del amor de Dios: él sabe que Dios es Amor. En adelante, directamente o indirectamente, explícitamente o implícitamente, el Staretz se referirá continuamente a este momento central de su vida donde se encuentra la fuente de todo el conocimiento y de todo el amor de Dios del cual él vivirá hasta el fin de sus días.


Presencia del Espíritu Santo y apertura del corazón

Se conoce bien el rol importante que el Espíritu Santo desde siempre ocupa en la vida y la teología de la Iglesia ortodoxa: ¿san Serafín no ha dicho que el objetivo de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo? Para el staretz Silouan la experiencia del Espíritu Santo fue una gran revelación: él mismo ha dicho que antes de haber sido colmado por el Espíritu Santo, no sabía incluso que el Espíritu Santo existía (cf. Actas 19,2).

Por su sola inteligencia el hombre no puede conocer a Dios, pues Dios es “inexpresable, incomprensible, invisible, inaccesible” (Canon eucarístico de la Liturgia de San Juan Crisóstomo). Pero al hombre humilde el Espíritu Santo le revela a Dios: “en el Espíritu Santo se reconoce al Señor y el Espíritu Santo llena al hombre entero: al alma, a la inteligencia y al cuerpo. Es así como se conoce a Dios en el Cielo y en la tierra.” (cap. VIII, Del conocimiento de Dios). “Por más sabios que nosotros seamos, nos será igualmente imposible conocer al Señor mientras que nosotros no vivamos según sus mandamientos, pues no es por la ciencia, sino por el Espíritu Santo que se conoce verdaderamente al Señor. Muchos filósofos y sabios han llegado a la convicción de que Dios existe, pero no Le han conocido. Creer que Dios existe es una cosa, pero conocer a Dios es otra”. (cap. VIII, Del conocimiento de Dios).

Estos extractos de los Escritos del staretz Silouan hacen alusión a dos maneras distintas de abordar el conocimiento de lo real: uno procede del exterior por objetivación, el cual es el inmenso ámbito del conocimiento racional y de las ciencias; el otro establece entre el que conoce y el conocido una comunión existencial. Sólo este último conviene a Dios, pues Dios no es nunca un objeto de conocimiento: Él es siempre Sujeto, incognoscible en el misterio abismal de su Esencia, pero que se revela en su Don a los que son humildes y viven según los mandamientos de Cristo. “Felices los de corazón puro, pues ellos verán a Dios”.

El don de la “gran gracia” no revela solamente a Silouan que Cristo es Dios y su amor infinito por los hombres, sino que obra también un profundo cambio en él. Revestido del Espíritu de Cristo, el hombre se vuelve, a semejanza de su Maestro, humilde y dulce, pasa de la desemejanza a la semejanza. Uno de los signos, el más seguro, de que el Espíritu de Cristo obra en nosotros es el amor al prójimo, en especial el amor a los enemigos. El que ama a sus enemigos es semejante a Dios. “Pero amar a los enemigos no es posible más que por la gracia de Dios”, precisa el staretz Silouan, quien hará de este pensamiento uno de sus temas preferidos.


Incertidumbre y fluctuación de la gracia

Tal fue la conmovedora experiencia vivida por el joven monje algunos meses después de su entrada al monasterio. Tal experiencia de Dios es algo inusual, no solamente en nuestra época sino en toda la historia de la Iglesia.

Pero he aquí que poco a poco esta luz se apaga, su alegría y paz se debilitan, por momentos la gracia le abandona de nuevo, le impide orar de una manera pura. Un staretz al que fue a consultar en el Viejo Rossikon [3] le recomienda conservar durante la oración su espíritu puro y despojado de toda imaginación y de todo pensamiento y encerrarlo en las palabras de la oración. Él le explica después lo que significa un espíritu “puro” y cómo encerrarlo en las palabras de la oración. La grandeza misma del don que él había recibido fue para Silouan un poderoso motivo para ceder a pensamientos de orgullo que desencadenaría contra él una guerra encarnizada. Los demonios vuelven a aparecérsele, buscan por todos los medios impedirle rezar y hacerle caer en la desesperación. Muchos años de alternancia de gracia y de abandono comenzarán. Por la lectura de la Vida de los Santos, de algunos escritos ascéticos de los santos Padres, por las conversaciones con otros monjes, él aprende poco a poco a llevar el combate espiritual, a “luchar contra los pensamientos” y a descubrir el camino que conduce a la “oración pura”. Observando lo que iba pasando en él, aprende a discernir “por el gusto” los pensamientos suscitados por la gracia y los que vienen del Enemigo. “Ved y gustad que bueno es el Señor”, dice el Salmo. Él entiende que el objetivo de la ascesis es la adquisición de la gracia. Aprende a discernir en él la presencia de la gracia. En total acuerdo con san Simeón el Nuevo Teólogo, explica que quien ha recibido la gracia siente con claridad la presencia en él y siente también cuando se le quita. Estando “atento a sí mismo”, aprende por qué se pierde la gracia y cómo se puede uno disponer a recibirla. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos y su ascesis que no se relaja, no llega a librarse de los ataques demoníacos ni a las fluctuaciones que le afectan tan penosamente.

Esta lucha dura quince años, pero una noche, cuando los demonios llenaban su celda, presa del desaliento, él deseaba, orar con todo su ser, sin distracciones y con un espíritu puro, pero los demonios se lo impedían. Él se queja dolorosamente al Señor y recibe en su alma esta respuesta:

- “los orgullosos tienen que sufrir siempre así por parte de los demonios”.
- “Señor, enséñame qué debo hacer para que mi alma se vuelva humilde”, respondió Silouan.
- “Mantén tu espíritu en los infiernos y no desesperes”.


“Mantén tu espíritu en los infiernos y no desesperes”

Esta respuesta del Señor da finalmente a Silouan el arma que le permite luchar contras las pasiones y sobre todo contra la más sutil y la más peligrosa de todas: el orgullo. Él comprende que es el orgullo que nos hace perder la gracia, que es el orgullo lo que precipitó a Lucifer y causó la caída de Adán. Es el orgullo que nos hace caer en las trampas de las pasiones. Inversamente, la humildad es el camino que conduce a la salvación, es el que abre el corazón a la gracia divina y le permite permanecer en el hombre.

Desde entonces Silouan buscará ante todo la humildad poniendo en práctica el añadido del Señor: “Mantén tu espíritu en el infierno”, es decir, condenándose a sí mismo, juzgándose indigno del Paraíso y de la gracia divina. Por el estado de humildad obtenido por esta autocondenación, todo pensamiento pasional es aniquilado: el hombre no juzga más a su hermano; se considera el peor de todos los hombres, indigno del Cielo y de la tierra y, desde el fondo de este abismo, ora al Señor con un espíritu puro. Alcanza la oración sin distracciones y sin pensamientos implicada por el mandamiento de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todo nuestro espíritu (Mt 22, 37). Es en el primer mandamiento, el del amor de Dios, que el staretz Silouan encuentra la necesidad de tender a la oración pura. Para llegar a esto, no hará gran caso del “método de oración hesicasta” y de su técnica utilizando procesos psicosomáticos (cf. Méthode d’ oraison hésychaste, Orientalia Christiana, vol. IX, Roma, 1927, publicada por I. Hausherr s.j.), sino que yendo hasta el fondo, se enfrenta a las últimas raíces de los males espirituales que nosotros sufrimos: el orgullo. Por un acto voluntario y apropiado a su espíritu, es capaz de hacer revivir en él los tormentos de las llamas del infierno; pero, al mismo tiempo, sabe que el amor misericordioso de Dios atraviesa también a los infiernos, es por lo cual “no desespera”. “Es así como los enemigos (los demonios) son vencidos. Pero cuando yo dejo a mi espíritu salir del fuego, los pensamientos reencuentran su fuerza.”


Fundamentos cristianos de la oración pura

La fórmula revelada al staretz Silouan: “mantén tu espíritu en el infierno y no desesperes” aporta una precisión extremadamente valiosa para discernir la línea de separación entre un método de oración propiamente cristiano y las disciplinas de meditación que salen de la órbita cristiana y responden más bien a técnicas del lejano oriente, cualquiera sea el terreno metafísico sobre el cual se desarrollen.

Esta práctica de autocondenación es una de las constantes de la tradición ascética cristiana y se remonta al mismo Evangelio: “Pues todo hombre que se eleva será abajado y el que se abaja será elevado”. (Lc 14,11). San Antonio aprende esta práctica de un zapatero de Alejandría que se decía a sí mismo: “todos serán salvados, sólo yo pereceré”. San Antonio transmite este “arte” a los Padres del desierto que lo adoptarán, cada uno dándole una formulación correspondiente a su propia experiencia. Pero, en su esencia, se trata siempre del mismo arte ascético-práctico con más o menos de tensión. Con el staretz Silouan la tención alcanza su máximum, tanto no es recomendable sin un extremo discernimiento [4]. Abba Poemen decía a propósito al Abba Isidoro que cuando sus pensamientos le decían: “tú eres un gran hombre”, él le respondía: “¿Soy yo comparable a Abba Antonio; o bien he llegado a ser como Abba Pambo, o como otros Padres que agradan a Dios?”. Y cuando él pronunciaba estas palabras, encontraba reposo. Y cuando un pensamiento enemigo le empujaba a la pusilanimidad y le sugerían que después de esto iría al castigo eterno, él respondía: “Incluso si yo fuera lanzado al castigo, yo los encontraré debajo de mí” (Serie alfabética, Isidoro, 6) [5].

Esta práctica de “mantener su espíritu en el infierno y de no desesperar”, revelada al staretz Silouan por el mismo Señor, no tarda en hacerle encontrar paz en el alma. Ésta le permite resistir a la agitación mental y a los pensamientos pasionales que conducen al pecado en todas sus formas. A partir de este momento, la gracia no le abandona más, como otras veces. La lleva perceptiblemente en su corazón, siente en él la presencia del Dios viviente. Pero las fluctuaciones no fueron abolidas: deberá luchar aún quince años hasta que por fin recibe la fuerza para rechazar de un solo movimiento de espíritu lo que antes le afectaba tan duramente.


Orar por el mundo entero

El Staretz se había vuelto verdaderamente un hombre portador del Espíritu Santo, conocedor de los caminos de salvación  y capaz de ayudar a otros. Entonces comienza a predominar en su vida la oración de compasión por los que están en la mayor desgracia imaginable: no conocer a Dios, estar separados de Él. Su compasión no conoce límite, es verdaderamente universal.

Para él, el mandamiento de Cristo de amar al prójimo como a sí mismo, no indica la medida según la cual es necesario amar, sino revela la unidad ontológica del género humano. “Nuestro hermano, es nuestra propia vida”, decía el Staretz. Ve en todo hombre a su hermano para la eternidad, se siente uno con toda la humanidad y entonces ora por todos los hombres como por él mismo. Pero orar por todos los hombres como por sí mismo, es también cargar los pecados de toda la humanidad. “Orar por su hermano, decía también el Staretz, es derramar la sangre de su propio corazón”.

Él vive la tragedia de toda la humanidad como la suya propia. Silouan, quien conoció el gran don de la gracia divina y luego su pérdida, comprende cuán catastrófica ha sido la caída de Adán. En admirables páginas describe las Lamentaciones de Adán cuando éste fue expulsado del Paraíso, las lágrimas derramadas en su arrepentimiento y su inconsolable tristeza por estar separado de su Señor Amado. Ya nada sobre la tierra puede satisfacerle, tiene sed sólo de Dios, Dios solo es su felicidad, su consolación. Pero Adán es el staretz Silouan vuelto uno con toda la humanidad y orando por ella. Tal oración puede ser calificada de hipostática, pues ella no es más la de un individuo limitado, “atomizado” por el pecado y reteniendo celosamente su pequeña porción de humanidad. Es la oración de la persona (hipostasis) humana actualizada, capaz de asumir al Adán total y, por eso mismo, de presentarle ante Dios.


Amar a los enemigos.

El staretz Silouan ha insistido mucho sobre el amor al prójimo y en especial sobre el amor a los enemigos. No hay duda para él que quien no ama a los enemigos, no ha conocido a Dios realmente. No puede consolarse por la pérdida de ningún alma: él ora por la salvación de todos los hombres. Es así como entiende la vocación del monje: “el monje es un hombre que ora y que llora por el mundo entero; es ésta su principal ocupación” (cap. XIV, De los monjes)

El amor a los enemigos no es una disposición psicológica natural del hombre: es el fruto del Espíritu Santo obrando en nosotros. Es por esto que el amor a los enemigos permite controlar el origen de la influencia espiritual bajo el efecto de la cual nos encontramos. Si después de una experiencia “espiritual” no se está lleno de este amor a los enemigos, es signo de que esta experiencia no viene de Dios. Este criterio permite controlarse a sí mismo, lo que no es posible por un análisis simplemente intelectual.

En el staretz Silouan se ha renovado en nuestros días la gran experiencia de los Padres de la Iglesia. Él era verdaderamente un hombre portador del Espíritu de Dios. Refiriéndose a los escritos de los santos Padres podía decir: “nuestros monjes no sólo leen estos libros, sino que podrían ellos mismos escribir semejantes… Si estos libros desaparecieran, los monjes los escribirían de nuevo.”


En el espíritu de los Padres, exactamente.

Hablaba así porque él mismo había vivido los estados espirituales de los cuales hablan los santos Padres. Y el camino que indica para llegar allí es la observancia de los mandamientos de Cristo (en particular la búsqueda de la humildad, condenándose a sí mismo) y el amor a los enemigos. Tal es la paradoja de la vida cristiana: quien se abaja el Señor mismo lo eleva y le otorga el don de la gracia. Él piensa: “yo no soy digno ni de Dios y ni del Paraíso. Yo soy digno de los tormentos del infierno y eternamente ardería en el fuego. Yo soy en verdad el peor de todos e indigno de compasión”. “El Espíritu Santo enseña a pensar así de sí mismo y el Señor se alegra cuando nosotros nos condenamos a nosotros mismos y Él da su gracia al alma” (cap. XIV, De los monjes).

  

Archimandrita Simeón

Hommage à l’ Archimandrite Starets Symeón (1928-2009)
Buisson Ardent. Cahiers Saint-Silouane l’ Athonite.
Ed. Cerf. 2012. Pp. 71-80.



Notas:

[1] Conferencia pronunciada en 1973, en el tiempo en el cual la traducción francesa del libro del archimandrita Sofronio (Editions Présence, 1974) estaba prácticamente terminada. Este texto es, en cierto modo, el compendium que el P. Simeón propone del libro […]

[2] Todas las traducciones son del P. Simeón y se refieren a la edición rusa, impresa en Paris en 1952. H. S. es la abreviación de Hieromonje Simeón. [Nota del editor]

[3] Antiguo establecimiento monástico ruso del Monte Athos, situado más alto sobre la montaña (San Panteleimon está junto al mar); estancia más ruda, más humilde, abandonada por la gran comunidad en el tiempo de san Silouan y habitada esporádicamente por algunos monjes. [Nota del editor]

[4] Esta advertencia será una constante en la dirección espiritual del Padre Simeón. Es en este espíritu por el que al final de su vida, propone, a más de uno y de una, referirse a la tradición del Padre Porfirio, al cual él juzgaba más abordable para muchos laicos. [Nota del editor].

[5] Cf. Les Apophtegmes des Pères du désert, Série alphabétique. Traducción francesa por Jean Claude Guy, s.j., Bégrolles-en-Mauges, Abbaye de Bellegontaine, 1966, pp. 134-135. (Spiritualité orientale 1).