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domingo, 15 de enero de 2017

La humildad: el vestido de Dios.

Sabino Chialà


SEGUNDA PARTE


Isaac vuelve repetidamente sobre el tema de la humildad [1], subrayando su importancia en referencia a varios aspectos de la vida espiritual, pero sobre todo se ocupa, especialmente en el capítulo 82 de la Primera colección, en una exposición profunda que intenta poner a la luz los elementos constitutivos de la humildad cristiana. Ésta para Isaac no es propiamente una virtud, sino un modo –el único modo- que el ser humano tiene a disposición para ser plenamente sí mismo y fiel a su vocación humana y, por tanto, también cristiana. Si la humildad, como la compasión, se repite tan a menudo en sus discursos, es porque ésta no es tanto la virtud suprema de la cual todo depende, sino que es el camino cristiano en su verdad, porque es también la verdad de Dios que es humilde, como también es misericordioso y compasivo. El humilde por tanto es aquel que busca la plenitud de esta semejanza con Dios en la adhesión a la propia realidad. La humildad no es una privación, un rescindir de la propia potencialidad y vigor. Isaac dice explícitamente que los verdaderos humildes no son los que se presentan “apagados y flojos” en su vida, o que son así por naturaleza, y pone el ejemplo de los eunucos que, siendo así no por elección, no pueden ser considerados continentes. En estos casos, dice Isaac, “es la naturaleza y no el vigor de la voluntad” lo que los hace continentes y humildes [2]. La humildad es en cambio un camino de verdad, de descenso a la propia verdad de creatura. Es un abajamiento de la falsa estima de sí mismo, a la propia verdad; del orgullo, a la propia humanidad verdadera. Y en este camino de “humanización”, la humildad se revela también como lugar teológico, en el cual se hace experiencia del Encarnado, porque es con Él que el hombre desciende en la carne y se reviste de la carne.

Isaac empieza, en su discurso mayor acerca del tema de la humildad, diciendo que tratar de la humildad significa “tratar de Dios”. Ésta, en efecto, es el “vestido de la divinidad”, ya que de ella la Palabra se reviste, haciéndose hombre [3]. La humildad es ante todo una realidad divina, porque de cualquier modo es entrar en Dios, por medio de la encarnación. Y es una realidad humana, en la medida en la cual para Isaac es justamente la humildad, que aparece como sinónimo de “humanidad”, de la que la Palabra se ha revestido haciéndose hombre. Quien por tanto se reviste de humildad, “se asemeja en verdad, mediante la humildad, a aquel que ha descendido de su altura y ha escondido el esplendor de su grandeza” [4]. Quien se humilla, aceptando en profundidad la propia humanidad, se reviste, con ella, también de aquel que la ha hecho propia, es decir de Cristo. Quien reviste el “manto en el cual nuestro Creador se ha revelado, por medio de este cuerpo lleno de santidad, se reviste de Cristo mismo”. El cuerpo y la carne, ambas suma de la creaturalidad, son por tanto para Isaac el lugar de intercambio entre el hombre y Dios y sus respectivas propiedades. Pero el camino que abre el acceso a este lugar de comunión es el descenso en la humildad-humanidad. Aquí el humilde, adhiriendo a la propia verdad humana, se vuelve también Dios, porque hace suyos los comportamientos de Dios y asume sus rasgos [5]. En la humildad, que es la verdad de la carne humana, Dios encuentra al hombre y el hombre encuentra a Dios. La importancia de esta reflexión es también el alcance cristológico que ésta confiere a la humildad, que es por tanto cristiana en cuanto se conforma a la vida de Cristo.

Aclarado este primer punto, Isaac continúa su discurso afirmando querer ahora mostrar “la potencia que en ella se esconde”, es decir en qué consiste y “cuándo alguien se ha hecho digno de recibirla plenamente tal como ésta es” [6]. Ésta es una “potencia misteriosa” que de algún modo viene a coronar y a dar cumplimiento a las “conductas”. Y de inmediato Isaac habla de la humildad como de un don, dado a aquellos que “han llevado a cumplimiento en sí mismos la plenitud de la virtud”, según la medida a la cual la naturaleza es capaz. La humildad no consiste en una actitud que el hombre puede asumir, como quien “por su naturaleza es conciliador, o pacífico, o gentil o íntegro”, o quien se humilla con motivo de sus pecados. Sino que es humilde aquel que, “sin fatigarse”, es ya insensible a la exaltación que los dones de los cuales es portador podría generar en él. Es, por ejemplo, cuando siendo sabio, sabe “con absoluta certeza que no sabe nada”, y todo esto “sin esfuerzo”. Llegando, sin embargo, a estas consideraciones, Isaac se pregunta:

“Pero, ¿es posible que un hombre sea así, que la naturaleza sea cambiada de ese modo? ¡No! ¡Sin embargo no hay que dudar! Porque la Potencia misteriosa que ha recibido y que lo hace perfecto en toda virtud, sin esfuerzo, es aquella Potencia que han recibido los bienaventurados apóstoles bajo forma de fuego. Es en vista de ésta que nuestro Salvador les ordenó no alejarse de Jerusalén hasta no haber recibido la Potencia de lo alto, es decir el Paráclito, que es interpretado “Espíritu consolador”. Este es el Espíritu de las visiones. Y esto es cuanto se ha dicho en la Escritura con respecto a ellos: ‘A los humildes les serán revelados los misterios’ (Sal 25,9). Esto significa que los humildes son hechos dignos de recibir en sí mismo este Espíritu de las revelaciones que explica los misterios.” [7]

Una vez más Isaac recurre al Espíritu Santo para explicar el cumplimiento de una virtud espiritual. La verdadera y plena humildad es el Espíritu mismo que entra en la verdad del hombre y lo hace semejante a Dios. Lo que el hombre puede hacer por su parte para obtener este don, Isaac lo explica con una afirmación que puede parecer, en una primera lectura, evasiva, pero que en realidad se halla en el inicio del discurso, es decir el fundamento cristológico de la humildad:

“Si alguien pregunta: ‘¿qué puedo hacer? ¿Cómo puedo adquirirlo? ¿Por cuál camino seré hecho digno de recibirlo? En efecto, cuando yo me obligo a mí mismo y pienso que tengo que adquirirlo, veo que, sin que yo me dé cuenta, mi pensamiento vaga movido por cosas contrarias y entonces caigo en la desesperación’. A quien preguntase esto, se responde que es bueno para el discípulo ser como su maestro y para el siervo como su señor (cfr. Mt 10,25). ¡Mira a aquel que ordena esto y que concede este don! ¡(Mira) como él lo ha adquirido! ¡Aseméjate a él también tú y podrás!” [8]


La humildad es “Dios mismo”, el camino de la humillación es el camino de Cristo en su encarnación, su plenitud es efecto de la inhabitación del Espíritu en el corazón del hombre. Finalmente Isaac recuerda que lo que el hombre puede hacer en vistas a este don, no es otra cosa que seguir a Cristo en sus caminos. El humilde es quien recorre el mismo camino del Maestro, que es por tanto el camino en el cual el Espíritu puede descender sobre el hombre y hacerlo semejante a Dios.

Otra vez Isaac ofrece precisiones más detalladas sobre qué es la humildad y cómo el hombre puede prepararse para recibir el don del Espíritu. Ante todo la humildad es verdad, es decir ella es la superación de la ficción. En el discurso arriba citado, Isaac había insistido sobre el hecho de que el verdadero humilde es así sin esfuerzo, es decir no tiene necesidad de encontrar en sí mismo razones que lo humillen, ni debe fingir ser simple y de no tener nada de lo cual enorgullecerse, sino que es humilde aquel que “a sus ojos se considera pecador y simple’. En cierto sentido la humildad se asemeja a la pureza de corazón  ambas están a la raíz de la misericordia. El puro de corazón, como el humilde, es aquel que está “realmente” convencido de ser más pecador que todos y por tanto no juzga y no condena. En cuanto a lo que prepara el camino al Espíritu, Isaac dice:

“La humildad del corazón es generada en el hombre por estas dos causas: o por el exacto conocimiento de sus pecados o por la meditación de la humildad de nuestro Señor.” [9]

Ella es al mismo tiempo contemplación de la divinidad, que tiene como rasgo propio la humildad y que se revela en Jesucristo, y plena adhesión a la propia humanidad, con sus debilidades, sus pecados, su creaturalidad, en efecto “a quien le falta conocimiento de la propia enfermedad, le falta humildad” [10]. Con la humildad, Isaac pone en relación el antiguo imperativo “¡conócete a ti mismo!”, cuando dice que:

“a quien se conoce a sí mismo le es dado el conocimiento de todas las cosas. El ‘¡conócete a ti mismo!’ es la plenitud del conocimiento de todo. Como en ti mismo está encerrado todo, el conocimiento de ti mismo encierra el conocimiento de todo; y en el sometimiento de ti mismo, está el sometimiento de todo. Cuando la humildad reine sobre tu conducta, estarás sometido a ti mismo, y con esto, todo (te) estará (sometido), porque en tu corazón será engendrada la paz que viene de Dios. Mientras estés fuera de ella, serás permanentemente perseguido no sólo por las pasiones sino también por los acontecimientos.” [11]

Esta última afirmación recuerda que si la humildad es verdad, su defecto es la raíz del temor y de la falta de libertad [12]. Conocimiento de sí y aceptación de la propia verdad son un camino de liberación, en el cual es posible vencer todo temor. El humilde no tiene más nada de que defenderse, ni siquiera de la propia imagen, por lo cual no teme más a quien podría atentar contra su propia imagen. La humildad es pues un acto de obediencia y la obediencia se vuelve liberadora. En fin, la humildad es custodia de la vida espiritual y de toda práctica ascética, ya que, “sin la humillación del corazón”, de nada sirven “los trabajos del solitario” sino que estos son sólo “polvo y cenizas” [13]. Donde falta la humildad, abundan los vicios [14] y nada pueden las fatigas ascéticas. Cuando, en cambio, está activa, se revela un vigoroso remedio contra las tentaciones y las dificultades, que es capaz de “destruir el muro de los males”, de consolar y de infundir la alegría del Espíritu [15]. Gracias a la humildad es posible resistir al “hostigamiento de las pasiones” [16] y también los pecados mismos son vencidos por la humildad, que Isaac declara ser una verdadera vía de expiación, cuando dice:

“La humildad, incluso sin obras, expía muchos pecados. Al contrario, las obras sin humildad no sólo son sin provecho, sino que nos empujan también a muchos males. Por tanto, la humildad expía tus pecados, como he dicho. Como es la sal para todos los alimentos, así es la humildad para todas las virtudes. Ésta es capaz de quebrar el poder de muchos pecados.” [17]

La humildad atrae la misericordia y, “cuando un hombre es humillado”, inmediatamente la misericordia “lo rodea y abraza” [18]. “El corazón del Señor”, en efecto, está atento a los humildes y estos encuentran siempre misericordia, mientras “la dureza del corazón” se enfrenta continuamente con “situaciones hostiles” [19].

Un último punto que merece atención hablando de la humildad es cuanto Isaac dice a propósito del “rostro del humilde”, por él largamente descripto sobre todo en el discurso 82 de la Primera colección. “Fatigas y humildad hacen al hombre un Dios sobre la tierra” [20], dice Isaac. El primer rasgo del humilde que emerge de estas tesis es su intimidad con Dios. El verdadero humilde lleva impreso los rasgos de Dios y como Dios es reconocido por la creación entera, ya que la humildad prepara el corazón del hombre a la compasión divina e inspira en quien lo encuentra un sentimiento de veneración. El humilde es la “imagen del Creador” en medio de la creación, “por todos es considerado como Dios” y estimado como sabio, incluso si fuera un hombre pobre y simple. A este primer elemento, se le agrega un segundo, que es que el humilde es un hombre envuelto de paz: “no es despreciado [21] ni siquiera por los enemigos de la verdad”. No es odiado por nadie, ni agredido, ni insultado. Así, es “amado por todos” y por todos honrado [22]. El humilde inspira y restablece la paz, razón por la cual la humildad vence el pecado y tiene el poder de someterlo. Al humilde no es posible oponer resistencia porque en él el mal no tiene más nada por lo cual hacerlo presa e incluso si él es simple e iletrado, su humildad le valdrá como verdadera sabiduría. Pero esta capacidad del humilde de restablecer la concordia entre los seres creados, va más allá de los hombres e implica a toda la creación, incluido a los animales. El humilde, en efecto, se acerca a las “bestias feroces” y éstas, con sólo verlo, aplacan su “brutalidad”, se le acercan y lo reconocen como señor [23]. En plena continuidad con cuanto ha dicho en el inicio del mismo discurso, Isaac reconoce en el humilde los rasgos de Adán como era antes de la caída, es decir antes del pecado que Isaac con muchos otros autores cristianos recuerda como pecado contra la humildad [24]. El pecado de Adán ha como introducido en el mundo un elemento de desarmonía y, habiendo sido aquel pecado un pecado de exaltación, el humilde reconstituye de algún modo una situación edénica. Por esto el humilde, como se decía en el inicio, es ante todo el hombre según el designo de Dios, es decir aquel que acepta su humanidad tal como Dios la había querido. Los animales “sienten”, dice Isaac, que por el humilde sale

“aquel olor que emanaba de Adán antes de la transgresión del mandamiento, cuando se habían reunido ante él y les había impuesto sus nombres, en el paraíso (cfr. Gen 2,20); Aquel (olor) que nosotros hemos perdido y que Cristo, con su venida, nos ha restituido de modo renovado. Él ha perfumado el olor de la raza de los hombres. Si (el humilde) se acerca a reptiles mortíferos, apenas el toque de su mano alcanza sus cuerpos, aplaca la feroz violencia de sus venenos mortales y los acaricia con sus manos como si fuesen langostas Cuando se acerca a los hombres, estos lo miran como al Señor. Pero ¿qué digo? ¿los hombres? También los demonios, a pesar de toda su maldad y aspereza y de toda la soberbia de sus inteligencias, cuando encuentran al humilde, se vuelven como polvo, se ablanda toda su dureza, su astucia se disuelve, llegan a su fin sus artificios.” [25]

También los demonios son “restablecidos” en este orden cósmico que el humilde si bien sólo por anticipación, hace posible.

La humildad engendra paz porque hace al hombre capaz de llevar todas las contradicciones de la vida, como si estas no tuviesen poder, porque no tiene más aquella raíz por medio de la cual le tomaban como presa, es decir, el orgullo y la estima de sí. Por lo cual Isaac dice:

“Si tú eres verdaderamente humilde, no te turbes si eres calumniado, no rechaces sus argumentos, sino toma efectivamente sobre ti la palabra mala dicha en tu contra y no te preocupes de convencer a los hijos de los hombres que las cosas son distintas, sino más bien pide perdón. Algunos han tomado sobre sí la pésima fama de fornicadores, otros se han cargado la culpa de adulterio de las cuales eran inocentes.” [26]

Es, entonces, en la propia capacidad de soportar el mal y la calumnia en donde se mide la humildad. Y más en profundidad, sobre la capacidad de percibir la humillación como fuente de gloria. Si el verdadero conocimiento es el saber “aspirar la vida desde dentro de la muerte” [27], la verdadera humildad es el considerar las humillaciones como fuente de gloria, ya que “donde florece la humillación, de allí brota la gloria” [28]. Es esta experiencia de la encarnación, que es vida que nace de la muerte y gloria fruto de la humillación, o humillación que en cierto punto se vuelve ella misma gloria. Quizá, y no por casualidad, en ningún otro argumento tratado por Isaac está tan presente el motivo cristológico como en la humildad. Por otra parte, la humildad, junto con la mansedumbre, es la única cualidad que, según los evangelios, Jesús se habría atribuido de manera explícita: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

Se decía al comienzo que la humildad no es flaqueza de voluntad, ni actitud sumisa y gentil, sino es un ser profundo que toca ante todo el Intelecto y el corazón. Sin embargo también en esta “humildad auténtica”, que toca las facultades vitales del hombre, Isaac discierne algunos grados, y afirma:

“Hay una humildad que viene del temor de Dios y hay una que viene del amor de Dios. Hay quien ha sido hecho humilde por el temor a Él y está quien ha sido hecho humilde por la alegría de Él. A uno le acompaña la compostura de los miembros, el orden en los sentidos y un corazón siempre contrito; al otro en cambio una gran dilatación y un corazón que florece y no puede ser contenido.” [29]

Ambas son auténticas y traen sus frutos, si bien difieren la una de la otra.



Sabino Chialà
Dall’ ascesi eremítica alla misericordia infinita.
Ricerche su Isacco di Ninive e la sua fortuna.
Ed. Leo S. Olschki
Firenza 2002. Pp. 236-243



Notas:

[1] Un breve pero interesante estudio sobre este argumento es: G.J.MANSOUR, Humility according to St. Isaac of Nineveh.

[2] ISAAC, Segunda colección 18, 8-10. Cfr. También Pseudo Macario, Colección de cincuenta homilías 12,3; 27,21.

[3] ISAAC, Primera colección 82.

[4] Ibid.

[5] Sobre la relación entre humildad y encarnación, véase también Teodoro de Mospuestia (TEODORO DE MOSPUESTIA, Homilías catequéticas 7,1); y PSEUDO MACARIO, Colección de cincuenta homilías 12,5.

[6] Cfr. ISAAC, Primera colección 82.

[7] Ibid.

[8] Ibid.

[9] ISAAC, Segunda colección 18,6. Resume eficazmente Ibn as-Salt: “La humildad nace del conocimiento de Dios y de sí mismo” (IBN AS-SALT, Tres cartas sobre la ascesis y el cenobitismo 24).

[10] ISAAC, Primera colección 8.

[11] Ivi 34.

[12] “Quien falta de humildad, falta de plenitud. Y quien falta de plenitud es todavía pusilánime, y por esto el enemigo tiene aún poder sobre él, porque su ciudad no está custodiada con barrotes de hierro y jambas de bronce […] Sin la humildad no puede ser sellada la fatiga del hombre: sobre el documento de su liberación no ha sido puesto aún el sello del Espíritu. Él es todavía esclavo y su fatiga no se ha elevado por encima del temor. Sin la humillación, la fatiga (del hombre) no está consolidada” (ISAAC, Primera colección 8).

[13] ISAAC, Centurias II, 94. Sobre la relación entre humildad y bienes espirituales cfr. también PSEUDO MACARIO, Colección de cincuenta homilías 41,3.

[14] Por ejemplo la acedia: “Mientras no hayas encontrado la humildad más que toda otra cosa, tú serás probado por la acedia. Y la acedia generará en ti acusaciones continuas y verás a una multitud de hombres que se comportan mal contigo. Y por más que tú mires algo de modo bueno y recto, será lo que no es bello (ser). Por esto todo te parecerá desencajado.” (ISAAC, Centurias IV, 97; cfr. también Primera colección 37,2)

[15] “Hay un remedio para las tentaciones, por medio del cual el hombre encuentra rápidamente, en su alma, consolación. ¿Cuál es? La humildad del corazón. Sin ella, en efecto, el hombre no puede destruir el muro de aquellos males […]. En la medida de tu humildad, te será dada la capacidad de soportar tus dificultades. En la medida de tu capacidad de soportar, se aligerará el peso de tu alma y será consolada en su aflicción. En la medida de su consolación, se acrecentará tu amor por Dios. Y en la medida de tu amor, crecerá tu alegría en el Espíritu.” (ISAAC, Primera colección 39).

[16] “Por más que tú atravieses todas las habitaciones de la virtud, no encontrarás quietud por las agitaciones, ni respiro por las persecuciones, mientras tú recorrido no haya llegado a la habitación de la humildad.” (ISAAC, Primera colección 33).

[17] ISAAC, Primera colección 72. Dice Evagrio: “Las conductas (ascéticas) con la humildad son útiles, sin la humildad en cambio son muy dañinas”; y “no es en una gran obra que reside la justicia de los hombres, sino en una gran humildad. La obra, en efecto, enorgullece mientras que la humildad justifica. No es la obra la que produce la humildad, sino la humildad es la que produce la obra”; y también: “sin la humildad, vana es la fatiga (soportada) por todos los hermanos en las prácticas (ascéticas). En efecto, como la raíz de todos los males para los cristianos es el orgullo, así la causa de todos los bienes es la humildad”. (EVAGRIO, Sobre la humildad – MUYLDERMANS, Evagriana Syríaca, pp. 110-111).

[18] ISAAC, Primera colección 72.

[19] Ivi 5.

[20] Ivi 6.

[21] La misma base consonántica, con otra vocalización, se podría leer: “desprecia”.

[22] ISAAC, Primera colección 82.

[23] Ibid. En este pasaje, Isaac se detiene también sobre algunos detalles de la relación hombres-animales, como por ejemplo cuando dice que las bestias feroces “se unen al (humilde) como a su señor y (le) hacen fiesta con sus colas y lamen sus manos y sus pies”.

[24] Cfr. ISAAC, Tercera colección 5.

[25] ISAAC, Primera colección 82.

[26] Ivi 6. Hay aquí probablemente una referencia al caso de Macario el Egipcio que, ya monje, habría sido acusado injustamente por una muchacha del pueblo cercano de ser el padre del niño que ella llevaba en su seno. Macario no opuso ninguna resistencia a la calumnia, sino que aumentó su producción diaria de cestas para poder proveer también a la muchacha y al recién nacido. Sólo cuando la mujer confesó la verdad, Macario retomó el camino al desierto (cfr. Apotegmas de los Padres, Serie alfabética, Macario el Egipcio 1).

[27] Cfr. supra p. 132.

[28] ISAAC, Primera colección 5.

[29] Ivi 50.



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