Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 30 de abril de 2017

ANÁSTASIS O BIEN EL DÍA QUE VI NEVAR

P. Diego de Jesús
Homilía de la Vigilia Pascual 2017
(Desgrabación)





Hace muchos siglos, un pobre monje, como era la costumbre, recorrió muchos kilómetros hasta la ermita de un anciano monje sabio para pedirle una palabra de vida. Esto responde a una antiquísima tradición, donde no se pedían grandes discursos, lustrosos tratados, exhaustivas explicaciones, minuciosos análisis… sino que se pedían dardos de fuego, palabas de vida.
- “Padre, dime una palabra, una palabra de fuego…”

Y estas palabras eran misteriosas muchas veces y al joven monje le llevaba semanas o meses masticar, descifrar, desentrañar… Y así fue este monje a preguntarle a su abba, a su maestro, a su padre espiritual: - Padre, ¿cuál es la realidad más honda del cristianismo, cuál es el centro fontal de nuestra fe, el vórtice de nuestra religión?
Y el anciano le dijo: - “Cuando yo era niño vi muchas veces las cumbres de las montañas nevadas, he visto prados nevados, he visto incluso mi pueblo natal amanecer todo nevado… pero fue recién aquel día en que por primera vez yo vi nevar, en que por vez muy primera vi que estaba nevando, recién ese día comprendí la nieve”.
Y lo despachó
Al año siguiente (porque lo visitaba una vez al año) volvió el joven discípulo a decirle: - He pensado largamente, Padre, en sus cerros nevados, en sus prados nevados y en aquel día en que vio que estaba nevando y entendió la nieve… pero yo no lo entendí a Usted… ni cuál sea la relación con el secreto más profundo de nuestra fe, con el centro meduloso de nuestra fe…
Y el maestro lo sentó; y le explicó que los cristianos suelen vivir de la certeza de que Cristo ha resucitado, pero recién el día en que el cristianismo tiene la experiencia de que Cristo está resucitando del sepulcro, entiende la fe, accede al centro vital, al brocal de la fe cristiana.

Y es esa la experiencia de esta noche, la más santa, la más bella de las noches… No es la experiencia del resto del año, donde vivimos la certeza de un Señor que ya ha resucitado. Como dice San Pablo, ciertamente, vivimos de esta certeza, la de un Cristo resucitado, que solemos proclamar con gozo y convicción, expresado así, en participio verbal. Pero esa experiencia estable de Cristo Resucitado no tendría fundamento, no tendría surgente, no tendría manantial desde donde brotar, si no fuera porque antes del Cristo resucitado hay un Cristo resucitando. Sólo el paso del participio al gerundio, de la acción realizada a la acción realizándose, habilita el acceso al misterio mismo, al misterio vibrante, al tremolar mismo de la acción, del acontecimiento. Es el paso de la cumbre nevada a la copiosa nieve cayendo.
Y esa es la magia de la liturgia, ese es el regalo, el don inmerecido que nos concede la liturgia en esta noche. Tener un acceso directo, inmediato, a ese acontecimiento por el cual Jesucristo desde las entrañas más profundas del infierno, emerge en vida nueva, surge victorioso resucitando de entre los muertos.

Cómo no pensar con dolor, con profundo dolor, en tantos hermanos nuestros. No en aquellos paganos que no conocen a Jesucristo, o que incluso habiéndolo conocido abandonaron la Fe, sino en esos otros hermanos nuestros que practican el catolicismo pero lo viven como hecho consumado, lo viven desde el participio de la realidad ya dada, y no acceden a esta experiencia, no acceden a beber a boca de surgente, a beber del manantial mismo. Desconocen lo que es un copo de nieve zigzagueando en su suave descenso…

Cristo emergiendo, surgiendo de las ínferas entrañas, es como ese fuego con que inauguramos esta liturgia. Es ese movimiento maravilloso con que el indómito fuego gravita hacia el cielo. Y de allí toma nombre, de ese movimiento, de ese emerger, de ese surgir con bravura, toma nombre esta liturgia y este misterio en su tradición más antigua: por eso los cristianos de la antigüedad llamaban a esta fiesta ‘Anástasis”.

Anástasis… de las palabras más bellas que conozca el lenguaje humano, una palabra griega, una palabra antigua, que expresa con una elocuencia peculiar el misterio a que nos referimos. Porque así como ayer, con la ayuda de San Juan Crisóstomo, hablábamos de la onomatopeya que hay en la misma cruz, cómo no percibir que en esta voz, en esa expresión “Anástasis”, está musicalmente expresado el movimiento emergente de Cristo desde el sepulcro.
No hace falta entender griego para entender la expresión Anástasis, como brioso látigo, en esa esdrújula vibrante, manifestando el más vivo secreto de nuestra fe.

Eso es pasar de las cumbres nevadas a la experiencia de una nevada, de un “nevando”. Dios nos regala esta fiesta de las fiestas para que nosotros podamos pasar del participio al gerundio, para que nosotros podamos pasar –y eso significa Pascua- de un consentimiento a nuestra fe porque los hechos consumados nos lo dicen y nosotros creemos y asentimos a lo que nos dicen, pasar a la experiencia personal de los mismos hechos.
Porque nuestra fe, como decía el papa Benedicto, nace de la audición, pero sólo ‘nace’ de la audición… y necesita pasar de ese nacimiento inicial, embrionario, a ser una fe que no vive del cuento, del relato recibido, de lo que otros le contaron, sino que pasa de lo que otros me contaron, a ser testigo ocular del acontecimiento. Eso es una fe madura, una fe bien plantada. Me lo habían contado pero hoy soy testigo directo, ocular. Yo conocía tu Resurrección de oídas (diría Job) pero ahora la han visto mis ojos. Me lo contaron pero hoy soy testigo, en esta Noche Santa. Qué bello es el verbo “presenciar”…
Y esta es la fe que le hace honor a la voz Anástasis.
Esta es la fe que justamente pasa del discurso mortecino y cansino de repetir doctrinas, a proclamar el anuncio, incluso desordenado, con la voz balbuceante y la respiración entrecortada, de quien cuenta, agitado, lo que le ocurrió; lo que le acaba de ocurrir: ese es Pedro, esa es Magdalena, ese es Cleofás, esa es la Virgen Madre misma.

Anástasis, fuego de resurrección, es un movimiento emergente, lleno de brío, de energía, de dinamismo, que expresa diáfana nuestra fe. Expresa no solamente este centro de nuestra fe que es la resurrección de Cristo, sino que expresa concéntricamente todos los movimientos de nuestra fe.
Cuando leemos la palabra de Dios, podemos enfrentarnos a una palabra ya dicha, o a una palabra diciéndose, y eso es un eco de la Anástasis. Cuando nos acercamos a la Eucaristía, podemos acercarnos a un Sagrario donde Cristo ya está presente, o a esa experiencia del acontecimiento litúrgico de la Misa, donde se realiza, se hace presente, donde irrumpe la presencia real del Acontecimiento Cristo.
Y así en la plegaria de cada día, en nuestra vida cotidiana. Hay que permitirle al Señor irrumpir, emerger, y hacerse presente para tener nosotros la experiencia del gerundio. El gerundio es el tono muscular del cristianismo, es la dinámica propia del cristianismo. Incluso en el Nombre que está sobre todo nombre, en Jesús, vibra un palpitante gerundio: Dios-está-salvando…
El Misterio no es una realidad concluida, cerrada: es una realidad dinámica que se está dando, y de ello somos testigos y en ella somos sorprendidos. Sorprendidos en un gozo inefable.

¿Qué es el cristianismo? Es la sorpresa que irrumpe en el corazón; la sorpresa de un gozo inefable, no se le ocurre mejor modo de nombrarla, que decir que fue sorprendido por la alegría. El cristianismo es eso, es la experiencia sorpresiva, imprevista, de la irrupción de un gozo, que emerge, que irrumpe desde las entrañas más profundas hasta el color rojizo de las mejillas. Nuestros rostros están rozagantes de vida nueva, sonrojados de gozo, de una alegría inexplicable… esa que el mundo no entiende, esa que el mundo no puede dar ni inventar.

Un mundo que se cree experto en placeres, en su hedonismo barato desconoce los secretos de estos gozos… Un mundo que se cree experto en fiestas, que se considera muy fiestero, gracioso, divertido, jamás podría tener la experiencia  que estamos haciendo hoy nosotros, cansados, mojados, amuchados a medianoche en una capilla en medio de la montaña, palpitando de gozo, en un vibrar interior que nada, absolutamente nada del mundo podría darnos…

Anástasis es el tono, es el punto exacto, la afinación exacta de todo lo cristiano: de la plegaria cristiana, del pensamiento cristiano, del propósito cristiano… Al son de la Anástasis debo rezar, debo sentir, debo optar, debo vivir… en una tesitura casi inefable, que se desmarca, que se aleja de esos dos opuestos que no le pertenecen, que no lo expresan, que no son lo cristiano. Opuestos expresados en esa caricatura del cristianismo que es el progresismo, en su flaccidez invertebrada, pero no menos caricaturizada por ese conservadurismo rígido, aparatoso, sin gracia, insulso, desabrido… Y mientras progresistas siguen insistiendo en su invertebrada flaccidez y conservadores siguen arengando su aparatosa rigidez, el cristianismo profundo anuncia con brío y entusiasmo: ¡Anástasis! Esa es la verdad, esa es la Fe de la Iglesia, esa, nuestra luminosa y fogosa verdad, ese es nuestro grito de guerra y de amor: ¡Anástasis!

Cristo ha resucitado de entre los muertos y nosotros hemos sido testigos oculares de ese acontecimiento.
El Señor nos conceda no apartarnos jamás de la paradoja del Fuego Nuevo: de este brío, de esta elegancia, de esta lúdica gracilidad, como danza el fuego en cabriolas al Cielo. Fuego que a su vez es contundente y firme, es intenso, es dinámico… Fuego que en sus trenzadas lenguas manifiesta la conjunción paradojal del cristianismo, del tono cristiano.
Dios nos conceda, contemplando la Anástasis del fuego, pasar del participio al gerundio. De la experiencia de un Cristo resucitado a este gozo inefable de verlo, erguido y majestuoso, resucitando de entre los muertos.

  
P. Diego de Jesús
Monasterio del Cristo Orante




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