Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 30 de abril de 2017

Emaús

P. Diego de Jesús



Iba yo caminando, cabizbajo, mascullando conmigo mismo esa maraña de incordios cotidianos que empañan la vida. Cuando de repente, levanté la vista y vi una puerta entreabierta en el cielo (Ap 4,1). La vi yo, con mis propios ojos, aunque pueda ser impreciso llamarlos “propios”. Tampoco sé si usar el posesivo para referir a los oídos que entonces escucharon lo que escuché: una voz de cristal que me dijo: sube acá y te mostraré los Hechos. “Asciende” en verdad fue el verbo que empleó. Y no doy fe de lo que materialmente haya pasado, pero mi espíritu se lanzó resuelto, más por el poder imantador de la consigna que por una resolución propia.
“Asciende” se me dijo, desde la abierta puerta célica.
Y yo ascendí.
El sendero era escarpado, estrecho y sinuoso. Las tres notas lo hacían hermoso; y los tres rasgos, a la vez lo tornaban tremendo. Al poco de andar vi de lejos, tras la puerta abierta, un trono y Alguien allí sentado. Avancé un poco más y percibí entonces en la mano derecha del que está sentado en el trono un Libro (Ap 5,1). No dudé ni por un instante de que fuera eso: un libro. No obstante no se parecía a ningún libro que hubiera visto jamás.
Magro es el habla para decirlo, pero cada palabra, cada letra incluso, podía ser leída del derecho o del revés; o mejor dicho: por fuera y por dentro. Como si esta e pudiéramos recorrerla por sus curvadas entrañas; por sus escarpadas, estrechas y sinuosas entrañas. Como si las letras tuvieras caminos interiores dignos de ser paseados…

Como fuera, lo contundente del caso es que el libro estaba absolutamente blindado. Sellado con siete sellos inviolables. Ya la sola imagen generaba una creciente angustia y desolación. Pero fue la voz del ángel la que terminó de generar en mí la más oscura y lacerante de las penas. Fue una pregunta, pero más sabía a clamor, a lamento, a dolor: ¿quién fuera capaz, quién sea digno de abrir el libro y romper sus sellos, quién? Él escalofriante silencio que siguió era la respuesta unísona del cielo, de la tierra y del abajo de la tierra: ¡nadie!
El pudor me inhibe de confesarlo, pero me fue inevitable el llanto. Lloré como un chico.
Y seguí caminando.

Tal vez por el sollozo no me percaté de que alguien se había puesto a caminar a mi lado. ¿Por qué lloras?, preguntó sin preámbulos. Mi abisal tristeza hecha letra en el rostro intentó responderle sin más palabras que esa. Pero el misterioso peregrino insistió sin molestarse siquiera en reformulaciones: ¿por qué lloras?

Una sola respuesta verbal cabía aunque implicaba retrucar con otra pregunta. Y eso hice: ¿por qué no habría? ¿Crees acaso que no hay motivo suficiente?

El forastero se detuvo en seco. Y yo con él. Y me dijo muy quedo: no llores más. Por años intenté reconstruir esa entonación. Pues no sabía ni a imperativo ni a queja. O sí, pero con una normalidad abrumadora. Lo más asombroso fue que en el instante mismo en que lo dijo se secaron mis lágrimas.

Respecto a lo que sigue, yace lejos la voz lejos para aludir a la lejura con que las palabras puedan narrar los hechos. “Ha triunfado el León” fue lo último que entendí, si es que ocurrió en mi entendimiento. “No llores pues ha triunfado el León” (Ap 5,5), más exactamente.

Luego pareció enojarse y hasta rugir como sabe hacerlo la fiera aludida. Me recriminó cerrazón, necedad, dureza. Y me conminó a aflojarme, a desaferrarme, a soltarme. No le entendí bien, pues no estaba agarrado a nada.
¡Ríndete!, bramó el León en monosílabo.
Y creo yo que por puro susto, algo intangible solté.

Y volvió la voz de trompeta a clamar “asciende aquí”. Un Viento fragoso nos remontó en vuelo y atravesamos la dorada puerta abierta y un mar de cristal y el trono esmeralda y los relámpagos y truenos que lo rodeaban, y las siete antorchas de fuego… hasta que, entre medio de indescriptibles seres colmados de ojos, dimos con el centro del Trono, y allí, con el Libro. Aquel Libro cerrado y sellado.

El misterioso Peregrino, que se había tornado blanco y resplandeciente con la pureza de un cordero, tomó el libro y rompió con su Sangre los siete sellos. Al abrirlo, un perfume embriagador lo invadió todo y un coro de incontables voces entonó una música inefable. Noté recién entonces que el Libro era inmenso y de algún modo inmaterial. Sus hojas eran de luz y sus palabras, vivas y danzantes, parecían dorados peces en aguas cristalinas. Y el Cordero peregrino me tomó de la mano y me internó en el Libro. “Ven”, dijo con el candor y calma de un niño; “ven, entremos, caminémoslo por dentro y te lo explicaré todo”.

No me pida el oyente o lector que avance mucho más narrando lo inefable, pero anduvimos y anduvimos y anduvimos por los paisajes y parajes más increíbles. Siempre de Su Mano, conocí recodos del Éxodo, de Jueces, de Oseas y Jeremías, de Tobías y el Cantar, de Isaías y Joel que ni imaginaba que existieran. Y luego me dijo: “te llevaré a un lugar más íntimo aún, donde se guardan los secretos del Rey”. Y entramos al Salterio. Y lo caminamos entero. Todo hablaba de Él. Por el afuera y por el adentro de cada texto, todo hablaba de Él y era Él.

No sé si era porque las entrañas del Libro eran pura lumbre, si era por la Mano incandescente que no soltaba la mía, o por la conmoción del viaje, pero comencé a sentir fuego en mi corazón que se azuzaba cada vez que el Peregrino, ante un pasaje de la Escritura, me miraba y me decía: ¿ves? ¡Mira bien! ¡Soy Yo mismo!

Resonó entonces, en la silente quietud de la aurora, la campana. Siete y media, hora de la Misa conventual. Cerré mi Biblia, la besé, apagué los cirios de mi eremita y me fui a revestir para la Fracción del Pan, donde volver a reconocer al misterioso Peregrino; el del rugido de León y la mansedumbre del Cordero. Aquel único digno de abrir el Libro y romper sus sellos; a Él sea el honor y la gloria por los siglos, amén.  
   

Diego de Jesús
30 de abril 2017 







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