Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La nupcialidad en San Juan de la Cruz

RP. Maximiliano Herráiz García ocd


Palabras introductorias.

El lenguaje es nuestro, no de Dios. Nuestro, luego insuficiente, no solo para hablar de Dios, sino para hablar de nuestra personal experiencia de Dios. Esto es un estribillo en los grandes testigos de la acción de Dios en sus vidas. Así como este otro: quien tenga experiencia me entenderá. El recurso a símbolos es método frecuente en estos grandes exploradores de la relación de Dios con “la única creatura terrestre a la que Dios amó por sí misma” (GS 24,3). El símbolo señala, dispara hacia adelante, abriendo la dirección a seguir; sugiere más que dice, aunque dice mucho.

El símbolo del matrimonio o de la nupcialidad goza de presencia destacada en la Biblia judeo-cristiana, de donde pasa a los místicos cristianos, desde los primeros padres de la Iglesia a los místicos posteriores, como san Juan de la Cruz, de quien me ocupo en este trabajo. Este símbolo ilumina con fuerza la relación interpersonal Dios-persona, de principio a fin, comunión, amistad, crecimiento simultáneo de la individualidad y de la comunión, relación activa-pasiva desde Dios, pasiva-activa desde la persona, relación de amor, fuente limpia y profunda de conocimiento, de sabiduría de Dios y de sí mismo.

Juan de la Cruz ha desarrollado el símbolo, de manera explícita, directa, total en Cántico Espiritual, la obra más completa, que abarca todo el camino de la unión que es noche oscura, purificación y recreación hasta el fondo más íntimo de la persona. La última etapa de Cántico 22-40, se prolonga, variaciones sobre el mismo tema, en Llama de Amor viva.

Creo oportuno presentar en esta introducción el esquema general del sistema doctrinal sanjuanista, en vistas a una comprensión mejor de lo que he dado en llamar “una teología y una antropología del exceso”. Apoyado en la secular periodización del camino espiritual: principiantes, aprovechantes, perfectos, Juan de la Cruz sitúa, por su cuenta, dos etapas de los principiantes, de la que habla en 1S y primeras estrofas de Cántico (1-11); a la que añade, en el umbral hacia los aprovechantes, la purificación pasiva del sentido (1 N).

La etapa de aprovechantes, purificación activa de las potencias, entendimiento, memoria y voluntad, la afronta en  2S, purificación por la fe-entendimiento de todas nuestras ideas de Dios, la purificación de la memoria, 3S 1-15; y de la voluntad-amor 3S 16-45. Entre la etapa de los aprovechantes y los perfectos, sitúa el Doctor místico la purificación pasiva del Espíritu, a la que dedica en exclusiva el segundo libro de la noche oscura, 2N, y más adherida a la realidad de la vida, las estrofas 13-21 de Cántico Espiritual, y los paréntesis de Llama 1, 18-26 y 2, 32-36 [1].


1. Jesús, el Esposo.

Me parece mucho más que obvio empezar mi trabajo por aquí, simplemente porque no sabremos que es -o llega a ser- la esposa y cómo llega a celebrar esas nupcias, si no tenemos  en cuenta Quien se va progresivamente con-formando o en Quien se trans-forma, en unidad de amor. Alguno ha propuesto que se tendría que empezar las ediciones de los escritos sanjuanistas por Cántico Espiritual, por la “dureza” para un lector primerizo, o simple “oyente” de otro “oyente”, o de un lector “analfabeto” que ha extendido el carnet de identidad del posiblemente mejor educador humano y cristiano, que es el verdadero Juan de la Cruz, un poco también mal interpretado por la famosa Teresa de Jesús, que le conocía bien y “lo echaba de menos”, desde que a él “lo vomitó la ballena” en el sur de España. Ella presentó a Juan de la Cruz: “hombre celestial y divino” [2], en donde el sustantivo “hombre”, ha quedado degradado por los dos adjetivos, a la vez éstos entendidos como alejados, perdidos en su fuga de lo terreno y mundano.

Sé las razones que han conducido a esta interpretación de la espiritualidad sanjuanista. Pero porque esta “imagen”, todavía muy extendida del amigo, padre, hijo, de Teresa de Jesús, lucho para que, al menos la Iglesia, que hace ya años que lo declaró Doctor místico, y quienes el encargo espiritual y jurídico, de “pastorear” a los fieles, sepan conducirlos a los mejores “pastos” para que el cristianismo de Cristo y de sus mejores testigos, conquiste terrenos en manos de “una religión sin alma”, y avance el cristianismo [basado en el evangelio] representados por sus grandes testigos y predicadores “con obras” y “escritos” que rezuman evangelio por todos sus poros. El sistema sanjuanista es pura vida teologal, capaz de sazonar la práctica religiosa, poca o mucha. El signo sin contenido, es contrasigno o mentira. No es el signo, por llamativo que sea el que da valor a la vida, sino, al contrario, la vida es la que da valor al signo, aun al máximo insignificante.

Por eso me preocupo siempre de enseñar al lector a descubrir el hilo conductor, en este caso de Juan, la fuente y el término al que nos encamina en su “magistral magisterio” o, se podría decir “su” Evangelio o buena noticia para todos y cada uno de nosotros. Precipitándome ya en y sin romper ningún hilo “lógico”, o del mejor catecismo cristiano, este recio cristiano muestra Quién te ofrece el infinito tesoro de su amor, amor sin medida, Dios mismo, donante y Don, porque es la única manera de que veas, más que evidente, que la aceptación de la amistad que te propone, suena así en la oración estremecida “del alma enamorada”: “No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste [¿mejor de una vez me diste?], en tu único Hijo Jesucristo, en que [¡en Quien!] me diste todo lo que quiero” [3]. El Todo exige la reducción a Nada de cuanto positivamente no te sea un medio para unirte mejor, antes, totalmente a un Amante, Esposo.

En la trilogía de Subida del Monte Carmelo, y temáticamente, en los dos libros de Noche oscura, nos ha ofrecido, como veremos, abundantes avisos diciéndonos que no se va al Todo [Jesús] desde la negación, desde la “nada”, sino a la inversa, desde el Todo a la nada. O dicho de otra manera: precede la opción por y sigue la “negación”, la “desnudez”, la “mortificación” de cuanto no favorece positivamente el camino de la unión con el Todo. Es la opción por Jesús la que vertebra progresivamente la nueva personalidad, del hombre nuevo, vida en plenitud. Además, la “negación”, el “nada”, “nada”, “nada”, como tantas veces advierte el santo, no se dirige a las cosas, sino al sujeto en su relación con todo. Pronto define la noche oscura con precisión: “llamamos aquí noche a la privación del gusto en el apetito [deseo] “desordenado” de todas las cosas” [4]. No “niega” las cosas en sí mismas buenas, entregadas al hombre y producidas por él para satisfacer sus necesidades, sino que apunta con decisión y claridad al interior de la persona para “enseñarle” a relacionarse con todo según la verdad de todo, empezando por la de Dios y la propia, el yo que se quiere construir a la imagen de Jesús, el Nuevo hombre de la nueva humanidad. El “religar” al que señala el sustantivo “religión” se refiere, evidentemente, para mí explícitamente, como cristiano, a que la religión me “religa” a Jesús, no, al menos prioritariamente, a determinadas “prácticas”, que acepto como cristiano, pero que no me “hacen cristiano”, ni siquiera podemos decir que quien la “practica” es cristiano por esas prácticas, sino por el espíritu de pertenencia a Cristo que le conduce a manifestar y significar su fe también en esas prácticas. Es un estribillo en los escritos sanjuanistas que el único medio próximo que une con Dios es la fe, esperanza y caridad. […]

Juan de la Cruz tiene prisa de desertar y atraer la atención de sus lectores sobre este punto esencial y metodológico de su propuesta de vida espiritual cristiana, explícita y directamente en él, pero que puede ser vivida por quien aspire como persona a vivir en plenitud su condición humana. Nos advierte ya en el prólogo de esos billetes de acompañamiento espiritual que entregaba a sus discípulos para que los rumiaran y digirieran: “Quédese, pues, lejos la retórica del mundo; quédense las parlerías y elocuencias seca de la humana sabiduría…, y hablemos palabras al corazón bañadas en dulzor y amor de que tú  [Dios] bien gustas”, (dirigidas) “a muchas almas que tropiezan no sabiendo, y no sabiendo van errando, pensando que aciertan en lo que es seguir a tu dulcísimo Hijo…, y hacerse semejantes a Él en la vida, condiciones y virtudes” [5]. Con estos avisos, restallantes, grávidos de cristocentrismo, Juan de la Cruz quiere cristianizar la vida de todos los cristianos, evangelizar también las prácticas de la religión que profesan aquellos a quienes se dirige. Ya he citado algunos de estos avisos con fuerte acento cristológico. Añado ahora éstos: “Imítalo y no errarás” (156); “Síguelo hasta el calvario y el sepulcro” (176). “¿Qué sabe quien no sabe padecer por Cristo?” (186). Padecer, no solo las contrariedades de la vida, la cruz que, en determinadas etapas nos pesa y pone a prueba en nuestra fidelidad a Jesús, sino también y principalmente, padecer es negar las demandas del hombre viejo, egocéntrico, narcisista, más hambriento y exigente cuanto más se le alimenta.

Si pasamos al 1S encontramos varias piedras miliares cristológicas que señalan el camino a seguir. Empiezo por las dos últimas, que derraman potentes chorros de luz cristológica sobre el proceso humano, camino de unión y negación. En un aviso dice y concentra toda su doctrina: “Lo primero, [¡y único!], traiga un ordinario apetito [fuerte y permanente deseo] de imitar a Cristo en todas sus cosas, con-formándose con su vida [identificándose, configurándose con Él], la cual [vida de Jesús] debe considerar para saberla imitar y haberse [conducirse] en todas las cosas como se hubiera él” [6].

Y, finalmente, auténtica clave de lectura de Juan de la Cruz, el enamorado de Cristo que quiere, con palabra teresiana, “engolosinarnos”, atraernos o dejarnos atraer, fascinar por Jesús. Declarando el verso “con ansias, en amores inflamada”, escribe empezando por el verbo –que duplica del penúltimo verso de la primera estrofa del poema Noche oscura - : “Pasó y salió: porque para vencer todos los apetitos [deseos desordenados] y negar los gustos de todas las cosas [negar que los gustos sean la causa de nuestro comportamiento], con cuyo amor y afición se le inflama la voluntad para gozar de ellos, era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo, y refuerza su consejo con estas palabras: para que, teniendo su gusto y fuerza en éste, tuviese valor y constancia para fácilmente negar todos los otros” (1S 14,2). Jesús también, y su discípulo aventajado, Juan, sabe que entra, en relación con nosotros, en una guerra de gusto. Vencer un gusto con otro gusto mejor. Gusto que no puede permanecer siempre, pero al que nuestro Dios, que se acomoda a nosotros y “condesciende enojado” (2S 21,7, “con algunas almas, concediéndoles lo que no les está mejor”…, “y dáselo Dios porque no son para comer el manjar fuerte y sólido de los trabajos de la cruz de su Hijo” (ib 3), “dale de aquel [manjar, “gustos”] con tristeza, de mala gana, porque no les está bien” (ib 3), “condesciende con el apetito y ruego de algunas almas, que, porque son buenas y sencillas, no quiere dejar de acudir por no entristecerlas, mas no porque guste [Dios] de tal manjar” (ib 2). ¡Este es el Dios experimentado y traducido por Juan de la Cruz ¿Se puede decir que un hombre así es duro, intransigente?

Repito, ésta es la clave de lectura del enamorado y enamorador Juan de la Cruz: hacernos caer en la cuenta del amor pasivo del que disponemos todos por pura gracia de nuestro Dios, revelado en Jesús de Nazaret, para emprender nuestro viaje de humanización plena o, cristianamente, cristificación, “divino y humano junto” (6M7,9), siguiendo los pasos del que es nuestro camino, nuestro Hermano mayor, Jesús, el que inicia y lleva a plenitud nuestra vocación fundamental, sellada por el Concilio Vaticano II con estas palabras, en contexto inmediato cristológico, y que tantas veces cito por escrito y verbalmente: “la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina”. A la que, significativamente, añade: “en consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual de Jesús” [7].

Recojo todavía algunas repetidas llamadas de atención del maestro a los lectores que, por lo visto y oído todavía en nuestro tiempo, no ha dejado ver a los muy o pocos religiosamente cristianos practicantes que siguen dinamitando a Juan de la Cruz tachándolo de deshumano o, como él ya se adelantó a todos sus apresurados críticos: “Dirá alguno que bueno parece esto, pero que de aquí se sigue la destrucción del uso natural y curso de las potencias, y que quede el hombre como bestia”. Él advierte, acto seguido, desde la teología escolástica, “que Dios no destruye la naturaleza, antes la perfecciona” (3S 2,7). Y de paso, deja caer que él está en la línea de Dios perfeccionando la naturaleza con su doctrina, humanizando a la persona [8].

Sigo espigando algunos textos más en 1S de la prioridad absoluta del amor recibido y respondido existencialmente por este enamorado, Juan hechizado por Cristo: “No consiente Dios a otra cosa morar consigo en uno” e interpreta por su cuenta el texto bíblico [9]: “solo aquel apetito consiente y quiere que haya donde Él está, que es de guardar la ley de Dios perfectamente y llevar la cruz de Cristo sobre sí” (1S 5,8). O desde el objetivo que dirige todos sus pasos y enseñanza, la unión, escribe: “para entrar en esta divina unión, ha de morir todo lo que vive en el alma, poco y mucho, chico y grande, y el alma ha de quedar sin codicia de todo ello, como si ello no fuere para ella ni ella para ello” [10].

Pero vuelvo al Esposo Cristo, artista y molde, no sin la colaboración, activamente pasiva, amorosamente comprometida de la esposa. Por fidelidad a sí mismo, Juan de la Cruz, avisa a los lectores, antes de entrar en la labor de cincelador aventajado del único Maestro Cristo. Antes de presentarles su ascesis teologal, de las raíces del ser, cristológica, en suma [11]. Jesús, Camino de todos caminos de humanización, de plenitud de vida. El 2S 7 revela la más profunda compenetración existencial e intelectual de su autor con Jesús, imagen, artista y molde de todo hombre que se precie de ir siéndolo hasta la máxima aproximación al “primogénito de muchos hermanos”, algo que no podemos “apropiárnoslo los cristianos”. Es de todos [12]. Imposible detenernos en la inmensa carga cristológica, antropológica, por tanto, de esto. Bastarán unas frases para despertar el hambre de una lectura atenta, reposada, con la digestión consiguiente que cubrirá toda la existencia de un buen seguidor de Jesús, el verdadero hombre, tanto como verdadero Dios; primero, no único, como diré pronto, pues esta es la vocación, capacitación real de todos los hombres para una vida plena. Dios no llama a ninguno de sus hijos a ser mediocre.

Con vigor inusitado critica Juan de la Cruz, suave, comprensivo siempre, “timidillo” de nacimiento, pero osado y valiente maestro de la adultez humana y de la real filiación divina, de “la igualdad de amor con Dios”; critica y denuncia abiertamente, ya en operación de aterrizaje lo que contempla en su entorno. Forjador él de hombres “vaciados” en el hombre Jesús de Nazaret. Exclama después de un empedrado de textos bíblicos cristológicos: “¡Oh, quién pudiera aquí ahora dar a entender y a ejercitar y gustar qué cosa sea este consejo que nos da aquí nuestro Salvador de negarnos a nosotros mismos, para que vean los espirituales cuán diferente es el modo que en este camino deben llevar del que ellos piensan! Que entienden que basta cualquiera manera de retiramiento y reformación en las cosas; y otros [espirituales] se contentan con en alguna manera ejercitarse en las virtudes y continuar en la oración y seguir la mortificación, mas no llegan a la desnudez y pobreza, o enajenación o pureza espiritual, que todo es uno” (ib 5). Buen ramillete lingüístico para significar la recreación de la persona.

Esto último define e identifica, según Juan de la Cruz, “al verdadero espiritual”, “sabiendo que esto es seguir a Cristo y negarse a sí mismo; y esotro [eso otro], por ventura, [de los espirituales que él critica por su propuesta espiritual] es buscarse a sí en Dios, lo cual es harto contrario al amor”. Concluye su pensamiento más adelante en un primer intento: “Porque buscarse a sí en Dios es buscar sus regalos y recreaciones de Dios; mas buscar a Dios en sí [mismo] es no solo querer carecer de eso y esotro por Dios, sino inclinarse a escoger por Cristo todo lo más desabrido, ahora de Dios, ahora del mundo; y esto es amor a Dios” (ib 6).

Lo dice de otra manera no menos vigorosamente, al final del capítulo, rompiendo por única vez su propósito de ser breve y manifestando, al estilo de Pablo, su voluntad de seguir presentando, apostando por Cristo, por fidelidad a la revelación neotestamentaria y para mostrar su desacuerdo con la espiritualidad (¿?) reinante: “No me quiero alargar más en esto, aunque no quisiera acabar de hablar en ello, porque veo es muy poco conocido Cristo de quienes se tienen por sus amigos. Pues los vemos andan buscando en Él sus gustos y consolaciones, amándose mucho a sí, mas no [buscando] sus amarguras y muertes, amándole mucho a Él” (ib 12).

Todavía, y en este mismo capítulo, otra tercera formulación de lo que acabamos de leer: “Y porque Cristo es el camino, y que este camino es morir a nuestra naturaleza [al hombre viejo] en sensitivo y espiritual, quiero dar a entender cómo sea esto a ejemplo de Cristo, porque Él es nuestro ejemplo y luz”. Jesús “murió a lo sensitivo, espiritualmente en su vida y naturalmente en su muerte; porque, en la vida no tuvo dónde reclinar la cabeza, y en la muerte lo tuvo menos” (2S 7,10).

“Cuanto a lo segundo, cierto está que al punto de la muerte quedó también aniquilado en el alma sin consuelo y alivio alguno, dejándole el Padre así en íntima sequedad” (ib 11). En la cruz, Jesús sufre “el mayor desamparo… que había tenido en su vida. Y así, en él [momento de la muerte] hizo la mayor obra que en [toda] su vida con milagros y obras había hecho” (ib 11). Y desde esta situación existencial del Esposo, se lanza en picada para canalizar la respuesta de la esposa: “para que entienda el buen espiritual el misterio de la puerta y del camino de Cristo para unirse con Dios y sepa que cuanto más se aniquilare…, tanto más se une a Dios y tanto mayor obra hace… No consiste, pues, [el camino espiritual cristiano] en recreaciones y gustos y sentimientos…, sino en una viva muerte de cruz sensitiva y espiritual, esto es interior y exterior” (ib 11).

Cristo Esposo está en el centro de la escena, señalando con su vida y su palabra a la esposa cómo vivir el camino de la nupcialidad, el camino de la unión, del nosotros en la creciente, progresiva individualidad y real unidad de amor. Esta vivencia y traducción de la comunión más íntima nos la entregará en la cuarta parte del Cántico 22-40 y más tarde en las cuatro estrofas de Llama de amor viva. El Doctor místico empalma muy bien los altos vuelos doctrinales o profundidades humanas, con la andadura personal en el espesor de la cotidianidad. Unas frases sueltas de su carteo con personas acompañadas, nos lo revela y abre camino a cada uno para vivir la “doctrina sustancial y sólida” que Juan de la Cruz prometió ya en el prólogo de su primer libro, la Subida del Monte Carmelo [13].

“Esta vida, si no es para imitarle [a Jesús], no es buena”, escribe a una de sus hermanas carmelitas más amadas, envuelto él en la persecución que sufre por parte de algunos miembros de su familia religiosa [14]; a la reciente comunidad de carmelitas de Córdoba, les dice: “Den a entender lo que profesan, que es a Cristo desnudamente”; con esta coletilla apuntando a la catequesis por contagio: “para que las que se movieren [se determinen a agregarse a su comunidad] sepan con qué espíritu han de venir” [15]. Escuchemos esta belleza y profundidad de consejo evangélico a una dirigida espiritual: con la premisa “que no hay peor ladrón que el de dentro de casa”, escribe: “Dios nos libre de nosotros” [16]. En fin, el que atesora por amor, para otro atesora, y es bueno que él [el amado] se lo guarde y goce, pues todo es para él; y nosotros, ni verlo de los ojos, ni gozarlo, porque no desfloremos a Dios el gusto que tiene por la humildad y desnudez de nuestro corazón” [17]. Sencillamente sublime, un monumento a la gratuidad del amor. Y el último texto sanjuanista, en esta dirección, en carta a una carmelita contemplativa de Segovia, en el contexto personal de Doctor místico, perseguido y ninguneado por algunos de sus hermanos que le “arrojan a un rincón como un estropajo”, exhorta a la destinataria: “Ame mucho a los que la contradicen y no le aman, porque en eso engendra amor en el pecho donde no le hay; como hace Dios con nosotros, que nos ama para que le amemos mediante el amor que él nos tiene” [18]. Una vez más, la conciencia de ser amados, estimula y guía para amar como somos amados, gratuitamente. Define el amor en el contexto de la unión con Dios: “Amar es obrar en despojarse y desnudarse por Dios de todo lo que no es Dios”, con la consecuencia enormemente positiva: “luego [inmediatamente] queda [la persona] esclarecida y transformada en Dios” (2S 5,7).


1. La esposa

La esposa experimenta, y solo quien experimenta que Dios le seduce y le corteja para compartir vida, se embarca en el camino de la unión, camino de las dos facetas inseparables del amor: opción y negación de cuanto no sirve positivamente para la realización de la unión esponsal, de amistad, matrimonio espiritual. Dos facetas inseparablemente unidas, pero marcando la prioridad de la primera, opción por Dios que exige negación, ascesis teologal. No de ésta a la mística, a la experiencia, unión con Dios; sino de la mística a la ascética, a la negación radical “de todo lo que no es Dios”, y a él conduce. Unión y negación que se van realizando a lo largo de todo el camino. Por eso, como advierto siempre, el Maestro Juan de la Cruz habla de “camino de” (no hacia la unión como si fuera el punto final), pues como nos dice explícitamente “basta un grado de amor para estar unido a Dios”, hasta la culminación suprema, de unión y de negación o mortificación (Ll 1,13). Aun cuando lo que cambia es nuestra experiencia, de unión gozosa o de purificación dolorosa, según las dos notas que caracterizan la fe: oscuridad y certeza. La experiencia de Dios no es siempre luminosa y sabrosa, sino también oscura y seca, desconcertante. Un buen seguidor de Jesús, en la escuela sanjuanista, comprende fácilmente que la realidad es más grande que la experiencia que provoca. En la densidad de la “noche oscura” hay tanta unión como purificación y a la inversa. Al final del proceso posible en este mundo, en esperanza todavía, hay “gemido suave” por lo que no se posee todavía, se da lo que llama Juan de la Cruz “la fiesta del espíritu”, la fiesta de la vida de comunión íntima, la consumación del matrimonio espiritual o de las nupcias.

Juan de la Cruz presenta el camino de la unión con el símbolo de la noche oscura en la que Dios es agente prioritario, “porque nos quiere bien, nos quiere bien solos, con ganas de hacernos Él toda compañía”. Consiguientemente, “será menester que Vd. advierta en poner ánimo en contentarse solo con ella [con la compañía de Dios]. Termina diciendo con fina psicología: “pues, aunque el alma esté en el cielo, si no acomoda la voluntad a quererlo, no estará contenta; y así nos acaece con Dios, aunque siempre está con nosotros [no lo gustamos], si tenemos el corazón aficionado a otra cosa, y no solo [aficionado a Dios]” [19]

Un camino en el que la acción de Dios es prioritaria siempre, de principio a fin. Intenso trabajo de Dios para lograr su objetivo, que la persona capta como llamada de comunión con Él, pero de la que no disfruta plenamente sino cuando la purificación o la recreación de sana planta de la persona se acerca a su fin. Todo el camino espiritual es camino de amor responsivo al amor ofrecido por Dios, “es camino de unión”, con un término final que el místico carmelita presenta como “el más profundo centro” “que es Dios” (Ll 1,12), plenitud de vida en Dios y de muerte a cuanto no es Dios. Una vez más hay que señalar que el amor es al mismo tiempo, unión y negación de todo lo que no es Dios, aun cuando la experiencia pueda inclinar al sujeto más del lado de la experiencia de negación o de la de unión.

Un largo camino, progresivamente más doloroso en la experiencia del sujeto, porque la cura es más profunda. Cura tan dolorosa que oculta totalmente a la persona la salud que va logrando. Antes de llegar a la experiencia-realidad de una unión profunda de amor con Dios, el proceso de recreación del ser está marcado experiencialmente por el dolor, que no viene de la acción siempre amorosa de Dios, sino del estado de enfermedad de quien es sometida a esta cura. Juan de la Cruz presenta, en síntesis luminosa, con estas palabras, en oración dirigida a Dios para que la oigamos y registremos nosotros: “Nunca llagas sino para sanar… Llagásteme para sanarme, ¡oh divina mano!, y mataste en mí lo que me tenía muerta sin la vida de Dios en la que ahora me veo vivir” (Ll 2,16).

Ya en los primeros compases del camino espiritual nos advierte el Doctor místico que “Dios hace más en limpiar y purgar una alma de estas contrariedades, que en crearla de la nada, porque estas contrariedades de afectos y apetitos contrarios más opuestas y resistentes son a Dios, que la nada, porque ésta no resiste”, mientras que nosotros oponemos fuerte resistencia a Dios (1S 6,4).

Aquí está profundamente planteado el proceso del amor que es unión a Dios y negación de todo lo que positivamente no nos ayuda a acelerar y calificar el amor. Imagen o comparación de esta realidad es el fuego [el Espíritu de Dios] que embiste sobre nosotros, leño verde y bien húmedo, que opone resistencia a la acción transformante del fuego, en doble, simultánea dimensión, unión con Dios y eliminación absoluta del madero [hombre viejo], y plena transformación en el hombre nuevo [20]. Basta ya esto para empezar a contemplar la imagen de las nupcias, del matrimonio espiritual que se establece, de la unión consumada entre el Esposo-Cristo y la esposa, persona o Iglesia [21]. Y así entramos en la estación terminal de nuestro viaje: el matrimonio espiritual, las nupcias de Dios con cada uno de nosotros, con la Iglesia y con la Humanidad toda entera. Propuesta suprema de Dios, o eso que nos transmite Juan de la Cruz en Llama en vibrante oración a Dios: “¡Recuérdanos tú y alúmbranos, Señor mío, para que nos conozcamos y amemos los bienes que siempre nos tienes propuestos, y conoceremos que te moviste a hacernos mercedes y que te acordaste de nosotros” (4,9).


3. Matrimonio espiritual

Posiblemente nadie en la historia ha escrito tanto y tan profundamente como Juan de la Cruz sobre esta última etapa del camino de la unión: las nupcias, el matrimonio entre el Esposo Cristo y la persona humana. Ya en el poema la Noche de ocho estrofas, en la tercera habla de noche “dichosa” y en la 51, “amable más que la alborada”, porque en la noche de la fe “juntó Amado con amada, /amada en el Amado transformada”. No declara estas estrofas, porque o ya lo ha hecho, o piensa afrontar con detenimiento y profundidad las “nupcias o matrimonio espiritual” (C 22-40), a las que se añadirá las 4 de Llama de amor viva, que, dentro del estado de matrimonio, hablan de “un amor más calificado y perfeccionado”, aclarando que “todo es un estado de transformación” (pról. 3)

El teólogo y acompañante espiritual, en la segunda redacción de Cántico Espiritual, a partir de la canción 36 otea el futuro absoluto, el matrimonio en su estado pleno que se realizará en el más allá de nuestra historia, en la que nos encontramos en el “ya, pero todavía no”. En las cinco últimas estrofas y en las cuatro de Llama de amor viva, el místico y teólogo castellano, abre como el atrio inmediato del paraíso en plenitud de la unión con Dios, al “ya casi” de la glorificación. Arranca así en C 36: “Solo le queda una cosa que desear, que es gozarle perfectamente en la vida eterna” (2), deseo que se aviva y, en alguna manera se intensifica y pre-gusta. Comienza así en Llama de amor viva: “sintiéndose ya el alma toda inflamada en la divina unión y ya su paladar todo bañado en gloria y amor, y que hasta lo íntimo de su sustancia está revertiendo no menos que ríos de gloria…, transformada en Dios y tan altamente de Él poseída…, que está tan cerca de la bienaventuranza, que no la divide sino una leve tela”, el cuerpo mortal, que es lo único que queda por morir, la muerte, digamos biológica corporal, porque la espiritual, la muerte del hombre viejo se ha producido ya (1,1). ¿Un mensaje catequético-teológico? Pues, sí, quiere decirnos que nos apresuremos a morir espiritualmente a todo lo que no es Dios, que la muerte biológica sea “la leve tela”, que quede por morir.


3. Aproximaciones lingüísticas

El místico carmelita alude por primera vez, en un contexto de fe, al matrimonio espiritual diciendo que es “el más alto estado a que se puede llegar en esta vida” [22]. Lo afronta directa y expresamente a partir de C 22, donde dice que, en el matrimonio espiritual “son dos naturaleza en un espíritu y amor” (3); en este matrimonio “se hace tal junta de las dos naturaleza y tal comunicación de la divina a la humana, que, no mudando alguna de ellas su ser, cada una parece Dios” (ib 5b). Como es habitual tanto en Teresa como en Juan de la Cruz, éste recurre al texto de Pablo a los Gálatas: “en esta alma se verifica aquello que dice san Pablo: ‘vivo, ya no yo, sino vive en mí Cristo’ (Gál 2,20)” (C22,6b). Conecta el matrimonio “que se hizo en la cruz”, “al paso de Dios y así hácese de una vez”, al del que él habla ahora, “que no se hace sino poco a poco al paso del alma”, aunque no dude en afirmar “que es todo uno” (C23,6), el que es pura gracia de Dios, don absoluto, abierto a cristalizar en quien se abra a y colabore con Él, comprometiéndose en su desarrollo.


3.2 Aproximaciones teológicas

En la declaración de la estrofa 37 del Cántico encontramos este texto profundo, audaz, bordado por un teólogo seguro y por un orfebre del lenguaje: “la subidas cavernas de esta piedra que son los subidos y altos y profundos misterios de sabiduría que hay en Cristo sobre la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo divino, y en la respondencia [semejanza, relación] que hay a ésta [la unión hipostática de las dos ‘naturaleza’ que hay en Cristo] de la unión de los hombres a Dios” [23]. En Llama de amor viva, sobre la misma expresión poética de “cavernas del sentido”, nos entregará el anclaje de nuestra vida en el misterio intratinitario, como posiblemente nadie lo ha hecho. Lo citaré en su debido lugar.


3.3 Inmersión en el misterio de Dios y propio.

Las expresiones más fuertes, teológicamente más audaces, comunican la experiencia –un poco de la experiencia inefable-, de la Realidad que está viviendo, al tiempo que “la amorosa violencia” que le sigue moviendo aceleradamente hacia “el centro más profundo”. Recurre a la categoría teológica de la “filiación divina”. Así nos presenta “la perfecta unión de amor” (C 36,5c): “esta es la adopción de los hijos de Dios, que de veras dirán a Dios lo que el mismo Hijo dijo por san Juan al eterno Padre, todas mis cosas son tuyas y tus cosas son mías” (Jn 17,10). Él, por esencia, por ser Hijo de Dios natural; nosotros por participación, por ser hijos adoptivos”. Otro apunte precioso para una lectura en la que la “esposa”, ya no es una persona sino la comunidad eclesial: “y así lo dijo Él, no solo por sí, que es la cabeza, sino por todo su cuerpo místico, que es la Iglesia”. Y, apuntando a la eternidad gloriosa, añade: “la cual participará la misma hermosura del Esposo, en el día del triunfo”.

Juan de la Cruz continúa hablando de la persona singular que llega a estas profundidades de la unión nupcial con Cristo, a quien se dirige con el ímpetu de amor que se apodera de él: “Transfórmame y aseméjame en la hermosura de la Sabiduría divina”, que “es el Verbo Hijo de Dios” (ib 7b). Deseo, fuerza interior que le tensa poderosamente hacia el término deseado, el misterio de la Trinidad, principio y término de la historia personal, eclesial: “Tres personas y un amado / entre todas tres había, / y un amor en todas ellas / y un amante las hacía; / y el amante es el amado / en que cada cual vivía”. Termina así este 1º Romance: “porque un solo amor / tres tienen, / que su esencia se decía: / que el amor cuanto más uno, / tanto más amor hacía”.

En este misterio Fontal de amor nacemos, en él renacemos y en él alcanza nuestra vida toda su talla y profundidad. Como he apuntado más de una vez es el horizonte que contempla Juan de la Cruz desde el principio, justificando y dando valor a su exigencia ascética, de profundo rehacimiento, re-creación del ser humano. Escribe con hondo sentido pedagógico en su preocupación por guiar convenientemente al lector: “Y para que procedamos menos confusamente, paréceme necesario dar a entender en el siguiente capítulo qué cosa sea esto que llamamos unión del alma con Dios; porque, entendido esto, se dará mucha luz en lo que de aquí adelante iremos diciendo” (2S4,8). La unión con Dios ilumina totalmente el trabajo de re-creación en profundidad de todo el ser humano, la ascética teologal, que presenta el Doctor místico.

La esposa, persona o Iglesia, entra a ser miembro de la comunidad trinitaria, en la doble conjunta dimensión, pasiva y activa, ya expresado poéticamente en uno de los Romances, en larga y densa explicación doctrinal en Llama, con clara y honda raigambre paulina, y que ahora, en la plenitud del proceso aparece en todo su humanísimo esplendor. El poeta San Juan de la Cruz pone estas palabras del Padre dirigidas al Hijo, contemplando la creación del hombre, alargando su comunidad trinitaria: “Al que a ti te amare, Hijo, / a mí mismo le daría, / y el amor que yo en ti tengo / ese mismo en él pondría” (Rm 2)

Así se explica años más tarde el declarador de un verso de la estrofa 39 del Cántico, anunciadora y matriz de las cuatros de Llama: apoyado en Gál 4,6: “por cuanto sois hijos de Dios, envió Dios en vuestro corazones el Espíritu de su Hijo, clamando al Padre”. Y Juan apostilla, lo cual en los beatíficos de la otra vida y en los perfectos, y explica lo inexplicable, con una breve palabra introductoria: “y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta que el alma espire en Dios como Dios aspira en ella, por modo participado, porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que se hace deiforme y Dios por participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra…, o mejor, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad, pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma? Porque esto es estar transformada en las tres Personas en potencia, sabiduría y amor”. Concluye: “y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la creó a su imagen y semejanza” (Gn 1,26) (C 39,4; “y el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado… de poder ser hijos de Dios” (ib. 5).

Digamos que la “sustancia real” de nuestra filiación divina, es (como apostilla en la cita del evangelio de Juan (17,20-23), “comunicándoles [nos] el mismo amor que al Hijo, aunque no naturalmente como al Hijo sino… por unidad y transformación de amor…, que seamos por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en unidad de amor” (C 39,5). De semejantes premisas, la conclusión irrefutable, muy razonable, al mismo tiempo, principio esencial de la fe cristiana: “De donde, las almas esos mismos bienes poseen por participación que Él [Jesús] por naturaleza, por lo cual verdaderamente son dioses por participación, iguales y compañeros de Dios” (C 39,6). “Unión sustancial” [24].

El aterrizaje final en el seno del misterio trinitario lo hacemos como hijos en el Hijo, en modalidad divina de filiación, a la que se refiere, todavía una vez explícita y directamente en el grito de la esperanza en tanto que caminamos por nuestra historia de peregrinos a la ciudad –unión con Dios, definitiva [la unión beatífica]. Cuando se apuran los últimos momentos de la vida aquí, sobre la tierra, “porque en esperanza todavía, en que no se puede dejar de sentir vacío, tiene tanto de gemido, aunque suave y regalado, cuanto falta para la acabada posesión de la adopción de los hijos de Dios, consumándose en la gloria” (Ll 27,1).

Un paso más finamente teológico para expresar la realidad experimentada, que se hace fuerte en el fortín de la inefabilidad, sometida al asedio del lenguaje sanjuanista. Adelanta en Cántico lo que ampliará en Llama. Sienta el principio teológico, después de citar varios textos del evangelista Juan (1,12; 17, 24. 20-23), del clásico texto paulino (Ga 4,6 y 2º Pe 1,2-4): “Esto es estar transformada [la persona] en las tres personas” (C 39,4b), afirmando con esta interrogación: “¿qué increíble cosa es que obre ella [la persona] también su obra o, por mejor, la tenga obrada en la Trinidad, juntamente con ella, pero por modo participado… Y en esto es semejante el alma a la Trinidad” (C39,4). Lo que vuelve a afirmar de forma conclusiva: “De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación que Él [Hijo] por naturaleza” (ib 6).

Declarando los versos del poema Llama de amor viva, “con extraños primores /calor y luz dan junto a su Querido”, escribe que en el misterio trinitario, la persona culmina el proceso de vida en plenitud, “está dando en su Querido esa misma luz y calor que está recibiendo de su Querido”. Y explica: “porque estando ella aquí hecha una misma cosa con Él, en cierta manera es ella Dios por participación, por lo que “hace ella en Dios por Dios lo que Él hace en ella por sí mismo”; “así la operación de Dios y de ella es una” (Ll 3,78). Redondea su esfuerzo comunicativo de la realidad que le invade, diciendo: ella “está dando a Dios al mismo Dios en Dios”. Continúa razonando en su forcejeo titánico por poner palabra a su inefable experiencia: “porque allí [en la intimidad más íntima del matrimonio consumado = perfecto] ve el alma que verdaderamente Dios es suyo y que ella le posee por posesión hereditaria, con propiedad de derecho como hijo, y que, como cosa suya, lo puede dar y comunicar a quien ella quisiere de voluntad” (3,78).

Se me ocurre pensar si el gran teólogo Karl Rahner apuntaría, siquiera de lejos, no solo a la donación de Dios sino también a la de la persona en su plenitud vocacional, con su enunciación que “Dios es autodonación”, y que de esta misma “autodonación” está agraciada -capacitada-  “la única creatura que Dios amó por sí misma” (GS 24,3). Esto se cumplió prototípicamente y de manera singular en María que también aquí “nos precede” (verbo utilizado por el Vaticano II), pero que a nosotros se nos ha regalado la misma gracia -¡así es nuestro Dios!, “hace lo que es y es lo que hace” [25],-. Por lo que, podemos concluir preparando el “apéndice” con el que cierro este fascinante viaje al “misterio divino” que somos todos los humanos.


Apéndice-conclusivo

Dios, creando al hombre a su imagen y semejanza, creó un sujeto ético. Y lo recreó por la pasión, muerte y resurrección de su Hijo, Jesús de Nazaret, diría que con más razón que nos creó y recreó libres, racionales, sociales y capaces de amarnos. Y que en el desarrollo personal de esto irá creciendo y asentándose el sujeto ético, la sociedad ética. Esta es nuestra vocación divina-humana, humana-divina. El discurso de los místicos lo asumió en Concilio Vaticano II en la LG con este título: “Universal vocación a la santidad en la Iglesia”; en la posterior Constitución pastoral (GS), la extendió a todo hombre, como ya cité y vuelvo hacerlo aquí: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (GS 19). Más adelante explicita más su pensamiento: “la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que en la forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual, pasión, muerte [al hombre viejo], resurrección [al hombre nuevo]” (GS 22,5). La educación humana-cristiana tiene aquí su banco de prueba, de fidelidad a su fe. Así se forma el “sujeto ético”, que en lenguaje cristiano diríamos, “cristificar” o “jesualizar” nuestra vida, con tantos textos en Teresa, que no podemos citar ya, y un principio como este en Juan de la Cruz, o dos [3º de Llama, la página más larga y más profundamente teológica]: “todo lo que se puede en esta canción decir es menos de lo que hay [¡y bastante menos de lo que es], porque la transformación del alma en Dios es indecible. Todo se dice en esta sola palabra: que el alma está hecha Dios de Dios, por participación de Él y de sus atributos” (Ll 3,8b).

Y el otro texto puede elegirlo el lector de los citados al principio sobre el cristoncentrismo y Jesús-centrismo sanjuanista.

Es necesario precisar que este sujeto ético es más o va más allá del signo en el que se exprese únicamente algo y para quien crea en el sujeto emisor, o va más allá del “signo insignificante” posiblemente en la incontable mayoría de personas que, más o menos conscientemente, tienden a impulsos de una, consciente o inconsciente, personal trascendencia, pero vivida en tensión de infinitud. Lo que verdaderamente cuenta es el amor, como un signo insignificante o muy significante para la sociedad en la que vivimos. Por eso, repito, que lo que está en juego es la “formación de un yo ético”, que, don de Dios, crece en quien vive el seguimiento de Jesús, como hemos expuesto en este trabajo. Teresa de Jesús nos ha dejado este texto revelador, orando a Dios escribió: “muera ya este yo, y viva en mí otro [yo] que es más que yo y para mí mejor que yo” (Exc 17,3). Y en contexto de María [contemplativa] y Marta [activa], dice que “todo es servir al Huésped” (C 17,6).

Este es también el gran mensaje de Juan de la Cruz: quien sigue a Jesús, conforma su vida a la de Él, es un hombre nuevo, conducido por el Espíritu, por lo que todos sus actos humanos son divinos (Ll 1,9), como todos los actos humanos de Jesús fueron divinos, humanamente divinos, por tanto redentores. Comentando Juan de la Cruz los versos “ya no guardo ganado, / ni ya tengo otro oficio / que ya solo en amar es mi ejercicio”, comenta: “todos estos oficios [cuanto vivimos, hacemos, sufrimos o gozamos], “están puestos en ejercicio de amor de / a Dios, es a saber, toda la habilidad de mi alma y cuerpo, entendimiento y voluntad, sentidos interiores y exteriores y apetitos de la parte sensitiva y espiritual, todo se mueve por amor y en el amor” (V 28,8). Humanización plena, plena divinización.

¿Apuntaría a esto el gran filósofo E. Levinas cuando escribió, en un maravilloso capítulo titulado “Una religión para adultos”, escribió: “ser para sí es ya saber mi falta cometida respecto del otro. Pero el hecho de que no me interrogue acerca del derecho del otro, indica paradójicamente que el otro no es una reedición del yo; en su condición de otro, se sitúa en una dimensión de altura, del ideal, de lo divino, y por mi relación con el otro, estoy en relación con Dios”. Y continúa: “la relación moral reúne entonces a la vez la conciencia de sí y la conciencia de Dios”. Concluye: “la ética es una óptica”, (en otra ocasión dice que la ética es la primera filosofía). De modo que todo lo que sé de Dios y todo cuanto puedo escuchar de Su palabra y decirle razonablemente debe encontrar una expresión ética” [26]. Como cristiano añado, en la línea del Dios encarnado, Jesús de Nazaret que traducen o encarnan muy, cada uno según su gracia y su psicología, Teresa y Juan de la Cruz.

Esta experiencia de la extinción del ego, en la unión transformante, -“salir de sí”- es una experiencia autocontemplativa (se refiere la autora, Luce López Baralt (C 12). La amada contempla los ojos en la fuente –fe-, que están simultáneamente allí “y en sus entrañas dibujado” [27].


Herráiz García, Maximiliano.
“La nupcialidad en San Juan de la Cruz” [en línea]
Congreso Internacional de Literatura, Estética y Teología
“El amado en el amante: figuras, textos y estilos
del amor hecho historia”, VI, 17-19 mayo 2016.
Universidad Católica Argentina.
Facultad de Filosofía y Letras. Facultad de teología.
Asociación Latinoamericana de Literatura y Teología,
Buenos Aires.
Disponible en: http: //bibliotecadigital.uca.edu.ar/
repositorio/ponencias/nupcialidad-san-juan-cruz.pdf. [2017]





Notas:

 [1] C 12,8. Cito las Obras completas de Juan de la Cruz, según mi ed. en Sígueme, Salamanca, 2007; 1S = primer libro de Subida del Monte Carmelo, c. y nº de párrafo; así también 2S = Segundo Libro…; y 3S = Tercer Libro….; 1N o 2N = primero o segundo libro de Noche Oscura; C = Cántico espiritual, nº de estrofa y nº de párrafo; Ll = Llama de amor viva, nº de estrofa y nº de párrafo; DLA = Dichos de luz y amor; R = Romances; Ct = Epistolario; Cau = Cautelas.

[2] Ct. a Ana de Jesús, med/11/78; 1.

[3] Dichos de luz y amor, 27. Exhorta con intensidad más adelante: “Ame mucho los trabajos [dificultades, contradicciones] y téngalos por poco, por caer en gracia al Esposo, que por ello no dudó morir” (ib. 93); “Bástele Cristo crucificado, y con él pene y descanse” (ib 91).

[4] 1S 3,1. Y así continuará siempre: “Para liberarse de la servidumbre del “gusto”, motivo y causa de nuestro comportamiento. Para esto le aprovechó salir en la noche oscura de todos los apetitos” (1S 15,2). “habiéndola herido [enamorado] [Jesús] de su amor, por el cual ha salido de todas las cosas criadas y de sí misma…” (C1,2); se corrige en seguida: “salir de todas las cosas según la afección y voluntad de ellas…, siéndole todas las cosas como si no fuesen” (ib 6b).

[5] Se pueden leer los siguientes “dichos”: “Crucificada [la persona] interior y exteriormente con Cristo, vivirá en esta vida con hartura y satisfacción de su alma” (86); “Ame mucho los trabajos [contrariedades, dificultades, pruebas] y téngalos en poco por caer en gracia al Esposo, que por ella murió” (93); “imita a Cristo…, y nunca errarás” (156).

[6] 1S 13,3. Y aplica este único aviso a poner en orden de razón, a canalizarlas por la razón y el creyente en Jesús, también filtrando por Jesús todo lo que te provoquen: no te dejes conducir “por el gusto” (ib 4); las pasiones, humanízalas (ib 5-7), “mortifica la concupiscencia, el orgullo, la soberbia, el deseo de ser más” (ib 8).

[7] GS 22,5. Números atrás había adelantado: “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (ib 19).

[8] Por no romper el esquema que me he propuesto, no abundo en esta línea, pero invito al lector a asomarse a 3S 20, en el que habla de los provechos que se siguen al alma en apartar el gozo de las cosas temporales.

[9] Cita el 1º de Samuel 5,2-4.

[10] 1S 11,8. Finura lingüística que repite en este otro texto años más tarde. Después de citar el salmo 90,4  e Isaías 40,17, firma este apunte sugerente: “y ese mismo tomo [sentido] tienen [las criaturas] delante del alma, que todas las cosas le son nada, y ella misma es a sus ojos nada. Sólo su Dios para ella es el todo” (Ll 1,32). ¡No se puede expresar mejor el ser, la verdad de las cosas para la persona que está amorosa y lúcidamente atraída por el centro plenificante de su vida trascendente a todo lo creado! No niega la verdad de las cosas creadas, la expresa con claridad, ateniéndose a la verdad de las mismas en orden, y solo a la verdad y en orden a la “suprema vocación” del hombre.

[11] Cuanto dice en “S y en 1 y 2 N, en los demás escritos sobre la necesaria mortificación de todo lo que no es Dios, hay que leerlo e interpretarlo a la luz de este sublime texto cristológico, que me atrevo a decir “jesuológico”, del Jesús histórico.

[12] Texto ya citado de GS 22,5 y n. 19.

[13] S prol. 3; “grave palabra y doctrina” (1 N13,3) para la vivencia en plenitud de la vocación humana: “la igualdad de amor con Dios” (C 28,1) como veremos.

[14] Ct. a Ana de Jesús, 6/7/91; 25. En el mismo día escribe a María de la Encarnación: “de lo que a mí toca, no le dé pena, que ninguna a mí me da”. Añade, gesto sublime de compasión y comprensión: “de lo que yo la tengo muy grande es de que se echa culpa a quien no la tiene” ¡Es cosa de Dios! Luego “adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor” (Ct 6/7/91; 26)

[15] Ct a María de Jesús, 18/7/89; 16. Añade al final: “queriendo que les cueste algo este Cristo, y no siendo como los que buscan su acomodamiento  y consuelo, o en Dios o fuera de Dios”.

[16] Acuerdo y acorde perfecto con Teresa de Jesús que escribe a sus hermanas contemplativas “bien encerradas”: “Desasiéndonos del mundo y de los deudos [parientes], ya parece que lo tenemos todo hecho y que no hay que pelear más. No os aseguréis ni os echéis a dormir, que será como el que se acuesta muy sosegado habiendo muy bien cerrado sus puertas por miedo a los ladrones, y se lo deja en casa. Ya sabéis que no hay peor ladrón, pues quedamos nosotras mismas” (C 10,1)

[17] Ct 23.

[18] Ct fin/91; 33

[19] Ct a M. Leonor, 18/7/89; 15.

[20] 2N10, con abundantes referencias en sus escritos.

[21] Escribe en la canción 30 del Cántico espiritual: “este versillo –todo el Cántico Espiritual, el proceso espiritual que describe, “se entiende harto propiamente de la Iglesia y de Cristo, en el cual, la Iglesia, esposa suya, habla con Él, “haremos las guirnaldas”, es decir, “las almas santas engendradas por Cristo en la Iglesia” (30,7)

[22] C 12,8; cf C 22, 3b.

[23] C 37,3. Recuerda inmediatamente el estrecho, necesario lazo que hay entre la unión de la que empieza a hablar y de camino de negación, muerte del hombre viejo: a esta unión “no se puede llegar sin haber padecido mucho [la profunda operación quirúrgica, de la que nace y llega a plenitud el hombre nuevo], y que sustanció en la canción precedente: vivir a fondo la pasión, muerte y resurrección (36,10-13), de la que ahora empieza a hablar.

[24] Frecuente expresión sanjuanista (2S5,3; C 26,11; Ll 1,17; “transformación sustancial (Ll 3,28.78); o “toques sustanciales” (2N23,11; 24,3; Ll 2,209, “En la sustancia del alma pasa esta fiesta del Espíritu Santo”, “tanto más sustancial cuando más interior” (Ll 1,9; “sustancial comunicación” (C 19,5; 20,12). C39,6. De aquí el grito con el que trata de despertar y desplegar sin titubeos ni recortes la vocación humana: “¡Oh almas creadas para estas grandezas y para ellas llamadas! ¿Qué hacéis? ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones mirarías. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz sois ciegos, y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y gloria, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes, hechos ignorantes e indignos!” (ib. 7)

[25] C 33,8; Ll pról.. 2; 3,6. Con lo que Juan de la Cruz dijo siglos antes lo que expresó el teólogo E. Shillebeeckx, “Cada día entiendo menos [la distinción] de Dios en sí y de Dios económico”. Juan de la Cruz lo tenía claro: no hay distinción: Dios es lo que hace y hace lo que es.

[26] Difícil libertad. Edit. Fineo, México, 2006 p. 98. En esta línea se mueve la colección de colaboradores con el título.

[27] El narcisismo sublime de San Juan de la Cruz: la fuente mística del Cantico espiritual (Ínsula, nº 537, Spt/1991, p. 14. Poco antes había escrito: refiriéndose a la estrofa 11 “Máteme tu vista y hermosura”: “La indefectible unión del eros y el thanatos; la amada siente perder su propia identidad para adquirir Otra” [la de su Amado]. Escribe el santo: “no lo puede recibir [a Dios] sin que casi le cueste la vida” (C 13,3 .ib 14). Muere el yo narcisista y nace el “nuevo” yo, “transformado en Dios”. Sujeto ético: solo el amor vive en profunda sintonía existencial con el Dios que se reveló en y por Jesús de Nazaret. Aquí se pueden entender bien las enigmáticas palabras-guías de la experiencia y doctrina del Doctor místico: “Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres” ( 1S 13,11).





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