Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 27 de marzo de 2018

Jesús, amigo de pecadores y publicanos.


Matta el Meskin



Cristo ha venido para los pecadores. Los pecadores eran el objetivo de su obrar, el único objetivo de su obrar: “Esta palabra es digna de fe y de ser escuchada por todos: Jesucristo ha venido al mundo para salvar a los pecadores, el primero de los cuales soy yo” (1 Tm 1,15). Estar con los pecadores era su alegría, su pasión, su obra, su primera preocupación. Era un relacionarse que llegaba a convertirse en amistad íntima: “Estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, que se sentaron a la mesa con Jesús” (Mt 9,10). Se sentaban con él, en torno a él, ante él. Se amontonaban alrededor de él y él era feliz en medio de ellos. Es verdaderamente una escena extraordinaria que nos dice cuán íntima fue la relación que unía a los pecadores con Cristo. Si éste último se sentaba a la mesa en alguna casa, consideraban su derecho el entrar y sentarse todos con él. ¿Qué significa esto?

Esto significa que Cristo lograba no hacer sentir al pecador vergüenza de sí mismo. Al contrario, no tenía en cuenta su pecado, lo olvidaba, lo ignoraba a propósito como si aquella persona no fuese pecadora. El pecador, a su vez, en presencia de Cristo, sentía su pecado desvanecer y era atraído por Cristo como el enfermo es atraído por el médico, así como nos sentimos atraídos por Dios mismo: les daba confianza sintiendo que era capaz de dar vida y revelándoles su situación, confiados de ser curados como de recibir la vida: “¡Si tú hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto!” (Jn 11,21); “Yo no he venido en efecto a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13).

La conversión en la idea de Cristo es un quitar [1] y un desactivar [2] el pecado: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Mt 9,12). Esto significa que el pecador oprimido por el peso de su pecado, de su vergüenza y de su temor en la relación con Dios, cuando encontraba a Cristo sentía que Dios lo había escuchado y que lo había perdonado. El pecado simplemente, volviéndose ineficaz, caía. Entonces la persona encontraba en Cristo, en su corazón y en sus labios, un amor, una ternura y una dulzura que le hacían olvidar su ansia, su tristeza, su remordimiento. Era invadido por la confianza y el terror se transformaba y convertía en familiaridad. Los pecadores sentían verdaderamente una increíble familiaridad con Cristo: como un niño que, caído al barro, es tomado en brazos por su madre que lo limpia y lo besa. Esta familiaridad era capaz de eliminar cualquier actitud artificial y de hacerlo que se considerara un amigo, una persona querida. Los mismos enemigos lo confirmaban: “amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19).

La pregunta es: ¿por qué Cristo amaba a los pecadores? Por cuanto ha sido dicho, la respuesta es clara. Sabemos bien, en efecto, que desde el origen los pecadores son justamente las personas que Dios ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo, que ha adoptado bendiciéndolos con todas bendiciones espirituales en los cielos en Cristo (cf. Ef 1, 3-5). En Cristo los pecadores son escogidos, hijos de Dios, benditos y santos. Cristo ha asumido, del Padre, la misión de llevarlos a su primordial condición. Si los ama es porque son dignos de su amor y del amor del Padre. Incluso después del pecado, no ha dejado de amarlos, clavado en la cruz sobre la cual habría pagado el precio de la enemistad de ellos y luego su reconciliación. Cristo ha realizado una increíble obra misteriosa: llevarse la enemistad de ellos plantada por el pecado en sus almas y darles su amor. Cuando Cristo se sentaba con los pecadores, la enemistad desaparecía de sus corazones, de sus pensamientos y de sus miembros y en su lugar se instauraba el amor de Dios y una arrolladora ternura. Ahí están, entonces, corriendo detrás de él, yendo a la búsqueda de los lugares por donde pasaba para verlo, sentirlo y estar un poco con él. Cristo infundía paz en sus corazones, daba descanso a sus conciencias, a sus pensamientos, y les regalaba amor y vida: “se acercaban a él todos los publicanos y pecadores para escucharlo” (Lc 15,1)


Matta el Meskin
Ritrovare la strada
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano 2017. Pp. 197-199

Descargar artículo


Notas:

[1] El verbo árabe rafa’ a es la traducción literal del griego aíro que significa primeramente “levantar” (cf. Jn 1,29).

[2] El término árabe ibtal es la traducción del griego katarghéo con el sentido de “hacer inactivo, ineficaz” (cf. Rm 6,6)




No hay comentarios:

Publicar un comentario