Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 29 de marzo de 2018

Kénosis de Dios, kénosis nuestra



Matta el Meskin


La encarnación de Dios es, de por sí, la forma más alta de ascesis ya que es la expresión de la forma más elevada y posible de la humildad. Ésta ha sido realizada por el Hijo de Dios en sí mismo mediante una kénosis voluntaria, un vaciamiento de toda gloria divina y el revestimiento de la imagen del siervo humilde, del servidor rechazado.

Por otra parte, como consecuencia directa de la kénosis, la unión perfecta de la voluntad humana y de la divina en la cual Cristo ha uniformado perfectamente la voluntad del hombre a la de Dios, es ésta misma una obra ascética desde el momento en que pone en evidencia la importancia de la obediencia. A través de ella, Cristo ha probado, de modo incontrovertible, en el plano de la historia, su ser Hijo del Padre. La ascesis consiste, en efecto, en una operación continua con la cual hace coincidir la voluntad humana con la divina. Esta definición circunscribe la obra ascética haciendo de toda actividad que no apunte a la conformación con la voluntad de Dios, como teológicamente incorrecta.  La meta final de la vida cristiana, en efecto, es la divinización, una unión con Dios que comienza desde el primer instante de nuestra vida con Dios mediante la obediencia al mandamiento. De este modo, nosotros intentamos someter, de manera cada vez mayor, nuestra voluntad a Dios hasta que ésta se conforme a la de Dios.

Por tanto, el concepto de “ascesis” desde el punto de vista teológico consiste en dos puntos fundamentales:

1. es una preparación concreta indispensable para alcanzar el estado de unión con Dios predisponiendo la naturaleza humana a una kénosis continua, a un vaciamiento de todo orgullo, grandeza o vanagloria humana. El hombre debe llegar a una humildad semejante a la de la encarnación del Hijo de Dios a fin de que sea apto y esté listo para la comunión con Dios.

2. es un elevar la condición de esclavos vivida por el hombre lejano de Dios a una condición de filiación con Dios, mediante un esfuerzo continuo tendido a la obediencia y a la sumisión hasta la muerte, a fin de realizar la voluntad del Señor con todo instrumento posible. Este esfuerzo incluye el soportar, por nuestra parte, toda desgracia y tentación a las cuales somos sometidos durante el camino para demostrar ser dignos de la filiación  y de la herencia propia de Cristo. Esto sucede mediante el testimonio del Espíritu Santo en nuestro corazón y en nuestra consciencia según las palabras del apóstol Pablo:

“Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si hacen morir las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán. Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir ¡Padre! El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios.” (Rom 8, 13-16)

La vida ascética, en la perspectiva teológica, es pues la premisa concreta para la unión con Dios que nos allana el camino para elevarnos de la esclavitud de la carne a la libertad de los hijos de Dios, es decir a la filiación perfecta en Cristo. La ascesis es pues un medio que tiene un objetivo preciso: la unión con Dios y la filiación divina.

Este objetivo, a primera vista, puede aparecer al pecador como impracticable, incluso impensable e inimaginable. Es un sentimiento sincero y verdadero porque la vida ascética no implica absolutamente el simple esfuerzo humano, por otro lado si incluso para ser esclavo de Dios sería imposible, imagínense ser hijos.


Matta el Meskin
Ritrovare la strada
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano 2017. Pp. 207-209.

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