Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 30 de marzo de 2018

Nuestra necesidad de Cristo


Matta el Meskin


En los primeros años de mi vida cristiana, tuve una experiencia que con mucha fuerza atrajo mi atención. Es esta: cada vez que me siento necesitado en mis relaciones con las personas, con la Iglesia o con los monjes, estoy tan ansioso y derrotado que mi energía, mi acción y mi influencia sobre los otros están privados de toda eficacia.

Pero apenas me acerco a la persona de Jesús, mi Señor, y siento su presencia, como si volviese después de una ausencia de la cual yo soy siempre la causa, mi corazón se llena de alegría y mi espíritu se despierta. Cualquier sensación de poquedad se aleja de mí y Cristo se eleva en el horizonte de toda mi vida. Entonces lo veo, mucho más de cuanto viera las carencias, y advierto su plenitud que colma mi vida, arrastrándola en la corriente de su amor que supera mi mente.

Sucede lo mismo cada vez que estoy profundamente turbado por muchos pensamientos acerca de los modos de Dios y de su providencia para con las personas o para la humanidad en general. Mi mente es dolorosamente oprimida. Porque he deseado siempre ver la superioridad de Dios en todos los ámbitos: el de la misericordia  y el de su justicia, el de la corrección que impone y el de su tierna paternidad, el de su soberanía y el de la justa retribución que concede. Entonces estoy como desgarrado, atormentado por sentimientos contrastantes que no me dan paz, ni reposo. Pero apenas lo percibo cerca de mí, mi alma se calma inmediatamente, todas las preguntas desaparecen, todas las preocupaciones se alejan y Cristo aparece, superando todo criterio de nuestros racionamientos relativos a la misericordia, a la justicia, a la paternidad, a la soberanía. A menudo en estos momentos Cristo nos revela el misterio de su voluntad.

A través de esta doble experiencia, me he convencido de que Cristo es la única exigencia de nuestra vida. Cuanto más nos alejamos de él, tanto más sentimos necesidad de muchas cosas en este mundo y somos turbados por los acontecimientos de esta vida, aunque se trate de cuestiones personales o de casos más generales.

¿Por qué la persona de Cristo aparece pues como la plenitud de todas las cosas? La única consideración que responde a miles de cuestiones, o más bien que las anulas a todas, es la siguiente: debemos darnos cuenta que la naturaleza humana pertenece a dos mundos contradictorios, el mundo material y el espiritual. Esta dualidad parece ser parte de la riqueza de la naturaleza humana, pero el precio de todo esto es considerable.

En el ser humano el ideal que es propio al mundo espiritual se opone a una realidad material y degenerada que puede conducirnos al colmo de la decadencia y de la degradación. Un hombre puede matar al hermano por un pedazo de pan o vender su herencia celestial por un plato de lentejas (cf. Gen 25,33). La historia de la civilización, de la filosofía y de la ciencia demuestra que no hay esperanza de crear una reconciliación natural entre los ideales del espíritu y la realidad de la carne. Esta es la causa de la tensión y del desgarro en lo íntimo del ser humano. La reconciliación no puede ser realizada con la intervención de la sabiduría, ni con el desarrollo de las cualidades naturales y tampoco practicando los mandamientos de Dios o temiendo el castigo. Cuando el instinto se desencadena, termina por rebelarse contra todos los valores espirituales y una ceguera moral domina momentáneamente al hombre, impulsándolo a cometer los peores delitos, incluso contra su misma persona.

Aquí Cristo aparece en la plenitud de su humanidad y de su divinidad, como el maravilloso misterio que reconcilia con el ideal espiritual, o mejor, con Dios mismo, la realidad del hombre, todos sus instintos, sus pasiones, sus reacciones al mundo, sus exigencias y sus debilidades. Esta reconciliación es completa y definitiva por la eternidad, profundamente enraizada en el ser mismo del hombre porque todo lo que pertenece a Cristo se ha vuelto la esencia de la humanidad.

Cristo se vuelve así, al mismo tiempo, el maravilloso misterio del hombre y el maravilloso misterio de Dios. Del hombre, porque le ha hecho partícipe de la naturaleza divina. De Dios, porque, en Él, Dios ha penetrado la profundidad del hombre. Para entrar en la luz de este misterio debemos darnos cuenta que esta reconciliación no se basa sobre una teoría, por bien desarrollada que sea, y tampoco sobre la mera observancia de los mandamientos. La reconciliación realizada por Cristo es una reconciliación personal, cumplida por Cristo en su misma persona, por su poder y no por el nuestro. Y su resultado supera la comprensión del hombre. Basta darnos cuenta que desde el momento en el cual esta reconciliación se ha cumplido, con la encarnación y la crucifixión de Cristo, desde entonces abraza toda la humanidad en la persona de Jesús, el cual la hace presente delante de Dios Padre.

El hombre ha sido reconciliado consigo mismo, porque Dios se ha reconciliado con el cuerpo de nuestra humanidad que pertenece a Cristo, el cual lo ha recibido de nosotros, hombres. Es por eso que decimos con confianza y brevedad que hemos sido reconciliados con Dios en Cristo. Se trata de una reconciliación extremadamente personal, una mediación única en su género entre Dios y el hombre, emprendida por un único mediador, Cristo. Esta reconciliación ha dado vida a una nueva fuerza que ha invadido la tierra, o mejor que ha invadido el cielo.

La forma más débil y más pobre de nuestra vida cristiana es nuestro vano intento de aplicar en nuestros problemas cotidianos los mandamientos de Cristo sin Cristo mismo. Al contrario, su forma más potente es la inserción de la persona misma de Cristo en nuestra vida. Entonces todos nuestros problemas desaparecen y nos elevamos al nivel de los mandamientos de Cristo, sin ningún mérito de nuestra parte.

Cuando el cristiano afronta los mandamientos de Cristo y se descubre, aunque los ame, incapaz de realizarlos, siente amargura y tormento interior. Esto deriva del hecho de que él busca cumplir los mandamientos de Cristo sin la ayuda de Cristo. Pero esto es imposible. Cristo nos ha dado estos mandamientos a fin de que nosotros pudiésemos, a través de él, sentir su presencia en nosotros: “Poneos a prueba. ¿No reconocéis acaso que Cristo habita en vosotros? A menos que la prueba no sea contra vosotros.” (2 Cor 13,5)

El Señor dijo también: “quien acoge mis mandamientos y los observa, éste es aquel que me ama” (Jn 14, 21), en el sentido que quien lo ama es uno que puede cumplir estos mandamientos. Primero la persona de Cristo y sólo después todo lo que es de Cristo.

Es pedido al discípulo el testimoniar en todo momento su cristianismo, ante los cristianos y los no cristianos. Este requisito permanente lo coloca en una tensión constante porque está obligado a elevarse hacia la verdad para poderla ver y revelar. Y también la fe exige obrar en conformidad con ésta, antes de afirmarla. De otra manera sería una vergüenza para sí mismo y un deshonor también para Cristo.

Pero, ¿quién puede revelar a Cristo que es inaccesible en su grandeza? Ya que él es el culmen de todo lo que existe en el cielo y en la tierra. Él recapitula todo en su persona. Además, es imagen visible del Dios invisible. ¿Quién podría pues revelarlo o interpretarlo? ¿El espíritu del hombre, su elocuencia, su lógica? Nada alcanza a este objetivo.

Sólo Cristo es capaz de revelar a Cristo. Cada vez que lo siento cerca de mí, dejo caer todas mis armas, más bien ellas caen por sí solas. Sólo él puede decir la verdad y la fe que están en mí. Y él es el que habla por mí. Incluso sin hablar a través de mí, puede revelarse a través de caminos innumerables y en un misterio inexpresable. La persona de Cristo es una potencia infinita que se revela al hombre sin que él haga ningún esfuerzo. Es más, el esfuerzo del hombre es el mayor obstáculo para la revelación de Cristo. Así, nuestra más profunda necesidad es la de sentir que está viniendo a nosotros y acogerlo con todo nuestro ser para luego dejarlo hablar y obrar en nosotros.

La actitud crítica de los otros hacia nuestro cristianismo no es tanto respecto a la persona de Cristo, cuanto a la ausencia de Cristo en nuestra vida cristiana. Si Cristo con su divinidad estuviese presente en nuestra vida, ninguno se opondría a la divinidad de Cristo.

La gente tropieza frente a Cristo, porque en nuestra vida ponemos a Cristo en el mismo plano de nuestras otras necesidades: ganarse la vida, buscar el placer y la distracción, desear el conocimiento o la política. Y así, Cristo en nosotros aparece muy por debajo de su verdadera estatura. Si Cristo es Dios, en nuestra existencia debe ocupar el lugar más elevado y más grande respecto a toda otra cosa, incluso de nuestra misma vida. Nuestra necesidad más importante es que nuestra vida cristiana esté fundada sobre Cristo mismo y no sobre nuestros principios, nuestras ambiciones, nuestro orgullo, nuestra malicia o nuestro afán de vanagloria del mundo. Estas son todas dimensiones que escondemos detrás del nombre de Cristo.

La gente no odia en absoluto a Cristo. Él es amado y es verdaderamente el “Hijo del amor del Padre” (Col 1,13). Él es el amor mismo en toda su profundidad, vale decir, es a lo que tiende con pasión todo hombre. Pero la gente detesta nuestro comportamiento, nuestra conducta y las falsas cualidades que nos atribuimos hipócritamente en nombre de Cristo. La diferencia entre nuestra vida cristiana y Cristo se ha vuelto evidente más que nunca. Nuestras acciones y nuestras palabras proceden de nuestro cristianismo, pero no de Cristo. No exhalamos el perfume de Cristo (cf. 2 Cor 2,15). Por lo tanto, no nos sorprendamos si nuestro cristianismo no es amado por el mundo.

Nuestra mayor necesidad es la de recurrir, una vez más, a la persona de Cristo para que se manifieste en nuestra vida. Solo entonces se verificará un despertar sincero en el cual nuestras falsas acciones serán sacadas fuera para hacer espacio a las verdaderas obras de Cristo, aquellas que lo testimonian, sin la injerencia de nuestra habilidad caduca. Los hombres quieren ir a Cristo y no buscan nuestras personas, siempre defectuosas. ¿Somos capaces de aceptar todo esto? El mayor obstáculo en nuestro camino hacia Cristo es que nos concentremos en nosotros mismos en lugar de unirnos a Cristo. He aquí entonces que en los momentos de peligro o de cansancio, no se transparente Cristo sino nuestras personas.

Lo que es más grave en este extravío es que nos consideramos buenos a nuestros ojos. Y así no advertimos la necesidad de liberarnos de nosotros mismos para unirnos a Cristo. Entonces el Cristo real permanece escondido a los ojos y a los oídos de la gente.

A veces, sabemos que somos personas mediocres, falsas, hipócritas, que viven en el error, predicando a Cristo mientras él está del todo ausente en nuestras vidas. Pero no somos capaces de cambiar este estado de cosas. Nos falta la determinación para correr el riesgo de morir para que Cristo nos pueda hacer revivir en él. Porque la vida en nuestro tiempo es muy confortable y agradable para quien busca la propia gloria, sobre todo si éste se reviste de una apariencia cristiana. El alma se reviste entonces de una gloria deslumbrante pero falsa, que puede ser desenmascarada solo por aquellos que poseen la verdadera luz de Cristo. ¿Cuándo tendremos finalmente fe en este versículo: “Nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Cristo. En cuanto a nosotros, somos vuestros servidores a causa de Cristo” (2 Cor 4,5)?

Un número considerable de predicadores se presentan a sí mismos, tan bien disimulados detrás de las enseñanzas de Cristo que los hombres se han escandalizado de Cristo, y la culpa y el estigma no han sido lanzados contra ellos, sino sobre la persona de Cristo que ellos habían desfigurado. Aquel que testimonia a Cristo debe necesariamente recibir de Cristo para poderlo dar a los otros. Esto es el espíritu y el significado del testimonio. Todo esto nos es dado por el Espíritu Santo que conoce lo que pertenece a Cristo y desea con pasión testimoniarlo en nosotros de modo eficaz. ¡Cuántas veces hemos contristado al Espíritu Santo y hemos obstaculizado su acción, utilizando el testimonio de Cristo para nuestra gloria y para nuestro interés! Tenemos una desesperada necesidad de ser liberados de nosotros mismos. ¿Estamos dispuestos a aceptar todo esto?

¿Quién puede leer la vida de Jesucristo sin sentir en lo profundo del corazón que Cristo es la imagen más bella y más clara de Dios? Si Dios es como Cristo, entonces Dios es verdaderamente un padre amoroso y compasivo, sin dejar de ser un Dios infinitamente poderoso: “Quien me ha visto ha visto al Padre” (Jn 14,8).

La humanidad permanecerá miserable hasta no encontrar a Dios: pero no descubrirá a Dios si no en Cristo. Él debería encontrar en nuestra vida la posibilidad de mostrar su eterno poder y divinidad, para que así la humanidad pueda llegar a creer que él es verdaderamente  el Hijo de Dios y logre alcanzar, a través de él, la salvación y la vida eterna. Entonces, en él, podrá realmente ver al Padre. Pero nosotros somos dignos de reproche porque somos obstáculo a la fe en Cristo, presentándonos a nosotros mismos en lugar del verdadero Cristo, haciendo que nuestra humanidad sea glorificada en detrimento de su divinidad.

La obra redentora de Cristo se resume en el cumplimiento de nuestra transformación en él, revestidos de sus cualidades, después que él haya colmado de sí a nuestras vidas y haya comenzado a reinar sobre nosotros, no por medio de la enseñanza o la educación, sino como san Pablo decía: “Que Cristo habite por medio de la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17)

Si los hombres llevasen en ellos a Cristo y fuésemos revestidos de sus cualidades, la humanidad se superaría a sí misma y lograría atravesar todas sus impotencias, sus sufrimientos y la misma muerte, entrando en una fase gloriosa que no depende absolutamente de la heredad terrestre y mortal. Esta es la nueva creación del hombre y tal es el poder divino de Cristo, capaz de elevar al hombre más allá de sí mismo, de modo que él pueda superarse y entrar, gracias a la fuerza y a la eficacia de Cristo, en el campo del libre designio de Dios. El hombre entonces respondería libremente, conscientemente y con alegría a Dios y a todas sus llamadas. Esto es el futuro del Hombre Nuevo en Cristo, su nuevo nacimiento. Es por esto que Cristo ha sido justamente llamado el segundo Adán. 

¿Cómo podremos ser engendrados en Dios, sin Cristo? Esto es imposible. No olvidemos que Cristo ha fundado sobre la cruz su obra por la humanidad. Si bien la cruz en la vida de Cristo es en primer lugar un acto de redención, sin embargo él la ha entregado también como un modelo de vida y de conducta. Aquel que no vive o no piensa en términos de cruz, no alcanzará jamás la gloria que Cristo ha alcanzado con la cruz. Éste no entenderá el verdadero significado de la redención y no sabrá darle su verdadero valor. Pero si hacemos la experiencia de la cruz en nuestra vida y la gustamos con consciencia y alegría, entonces esta será para nosotros la iniciación mística en el conocimiento de Cristo y en el de su poder inefable hacia nosotros. En comunión con los sufrimientos de la cruz, nosotros entramos con Cristo en una alianza eterna, como herederos de todas las glorias y de todas las consolaciones del Padre celestial. ¡Cuán admirable es el misterio de Cristo, el misterio del hombre en Cristo!


Matta el Meskin


Vittorio Ianari.
I cristiani d’ Egitto nella vita e negli scritti di Matta el Meskin
Ed. Morcelliana. Brescia 2013.
Pp. 131-140






No hay comentarios:

Publicar un comentario